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b. Regionalidad
histórica
Desde el momento de la conquista
española y, especialmente en la Colonia, se inició el proceso de construcción regional
en lo que hoy es la República de Colombia. Un examen de la Cartografía Histórica del
País, muestra como en 1685, ya se distinguían en nuestro territorio las regiones de Río
de la Hacha, Santa Marta, Cartagena, Popayán y Granada, denominadas como provincias, las
cuales evolucionaron para consolidar hacia el siglo XIX las regiones de Bolívar,
Magdalena, Antioquia, Tolima, Santander, Cundinamarca, Boyacá y Cauca.
Esta regionalidad histórica fue un
factor importante en el desenvolvimiento del proceso de organización
político-administrativa del país en el siglo XIX. Cada una de las regiones poseía su
propia economía de autoabastecimiento, su cultura o género de vida, como resultado del
aislamiento producido por los accidentes orográficos y por las pésimas condiciones del
transporte que constituían serias barreras a la interacción regional.
Antes de 1850, no existía una economía
nacional integrada, es decir, no existían relaciones comerciales estables entre las
diferentes regiones de la Nueva Granada. El país era, entonces, un país de regiones
históricamente construidas, con cierta homogeneidad cultural, expresada en sus valores
espirituales (lenguaje, religión, costumbres, ideología), experiencia histórica vivida,
estructura social y territorialidad: la cultura opita en la región del Tolima Grande, la
cultura paisa en la región antioqueña incluyendo el Viejo Caldas, la cultura costeña en
las regiones de Bolívar y Magdalena, la cultura santandereana en los santanderes, la
cultura cundiboyacense, la cultura pastusa, etc.
En el siglo XX se presentan cambios
fundamentales en la integración económica-territorial del país, al desarrollarse
ostensiblemente los medios de transporte, rompiendo con el aislamiento que alimentaba el
sentimiento regionalista. Simultáneamente el predominio del campo fue cediendo su lugar
al predominio de la ciudad en la organización del espacio nacional y las nuevas
divisiones del territorio respondían cada vez menos a la regionalidad histórica, cuyo
peso político y homogeneidad cultural fue perdiéndose por el fraccionamiento de los
antiguos estados o departamentos, para crear nuevas entidades departamentales que en casos
como el Chocó correspondían con aspiraciones regionales legítimas, en tanto que en
otros como Risaralda y Quindío, respondían más a apetitos burocráticos y de
representación política (Fals, 1996).
De este modo, las ocho regiones
históricas del país: Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena,
Santander y Tolima que en 1863 constituían los Estados Unidos de Colombia y que en 1886
fueron convertidos en departamentos, son paulatinamente divididas, al desmembrar de éstas
nuevas entidades territoriales: la región de Bolívar fue dividida en tres departamentos:
Bolívar, Córdoba, creado en 1951 y Sucre en 1966; la región del Magdalena en cuatro:
Magdalena, Atlántico, creado en 1905, La Guajira en 1964 y Cesar en 1967; la región de
Santander en dos: con Norte de Santander creado en 1910; la región del Tolima en dos con
el Huila que se crea en 1905; la región de Antioquia, en cuatro: Antioquia, Caldas creado
en 1905 y Risaralda y Quindío creados en 1966; La región de Boyacá en tres: Boyacá,
Casanare y Arauca.
Los nuevos departamentos, aunque en
principio aparecían como algo extraño a la conciencia territorial de la población, cuya
identidad estaba más próxima a la región "madre", con el paso de los años
fueron construyendo su propia identidad, generando una nueva conciencia regional y una
nueva iconografía. Hoy, por ejemplo, es casi imposible encontrar un cordobés o sucreño
que se sienta bolivarense. Situación que es bien clara en las competencias deportivas,
especialmente en el béisbol.
Así, llegamos al momento actual, en el
cual se observa una vuelta a la provincia y a la región como entidades de la
organización político-administrativa del país. El proceso de fragmentación
departamental y municipal iniciado desde comienzos del presente siglo, cede su lugar al
reagrupamiento de municipios en provincias y de departamentos en regiones y, como ha sido
normal, surgen, también, los intereses políticos y apetitos burocráticos como
motivación principal en algunos procesos de acuerdo para la creación de regiones.
La regionalidad histórica como criterio
para la construcción regional plantea la necesidad de realizar una lectura retrospectiva
del proceso de organización regional del país, para encontrar en el pasado la huella
regional que hoy observamos difusa. Con este criterio se puede reconstruir el mapa de las
regiones históricas del país, como punto de partida del proceso de construcción
regional actual. Se trataría de integrar nuevamente los espacios que fueron desintegrados
en el último siglo, ajustándolos en función de algunos cambios fundamentales en la
integración funcional del territorio. De este modo, existirían en el país 8 regiones,
en las cuales se presenta la mayor empatía cultural.
En el caso de la Costa Atlántica es
notable que históricamente en este espacio han existido dos regiones: Bolívar, integrada
por los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, con epicentro histórico y funcional
en Cartagena y la región del Magdalena integrada por los departamentos de Atlántico,
Magdalena, Cesar y La Guajira, con epicentro histórico en Santa Marta y epicentro
funcional en Barranquilla. Si esta base histórica la confrontamos con el mapa de regiones
funcionales del país, encontramos que existe coincidencia en identificar a estas dos
regiones costeñas, aspecto que no debe desdeñarse en el proceso de construcción
regional que se vive en el Caribe colombiano.
c. Proyecto político
Además de los criterios históricos y
funcionales, la construcción de una región debe considerar, también, la existencia de
un proyecto político concertado entre los distintos actores sociales del desarrollo
regional: productores, comerciantes, profesionales, gobiernos departamentales y/o
municipales, grupos étnicos minoritarios, pequeños campesinos, colonos, mineros, etc.,
cuyos objetivos y planes deberán contribuir a aglutinar a estos actores en torno a
escenarios futuros de desarrollo económico y socio-cultural, los cuales constituirán la
razón de ser de la región y la base de la construcción social, cultural y política de
la región.
- Construcción social
La construcción social implica la
creación o consolidación de una sociedad regional, en la cual las instituciones
públicas, clase política, empresarial, organizaciones sociales, sindicales y gremiales
superen la visión departamental hacia una visión e identidad regional, que favorezca la
cohesión social de la región y ayude a que la población regional sea capaz de
movilizarse tras la realización del proyecto político, es decir, a que sea capaz de
transformarse de objeto dominado y manipulado a sujeto activo de su propio desarrollo
(Boisier, 1988). Este carácter activo se manifiesta en movimientos sociales que expresan
la regionalidad de la población y las aspiraciones colectivas con respecto a sus
escenarios de desarrollo regional.
La existencia de esta sociedad regional
evitará que el poder entregado por la Nación a la región tenga como depositario
exclusivo a los grupos políticos dominantes, en detrimento de los demás sectores
sociales, situación que acabaría con todas las expectativas que se tengan en torno a los
alcances de la regionalización colombiana en el nuevo orden territorial que se busca y en
el mejoramiento de las condiciones de vidas de grandes porciones de territorio
históricamente marginados de los beneficios del desarrollo nacional.
- Construcción cultural
La construcción cultural plantea la
necesidad de que el proyecto político reconozca la diversidad cultural existente en la
región. No se puede olvidar que de la misma manera como la diversidad del medio natural
ofrece oportunidades diferenciadas de desarrollo económico y social que exigen un mayor o
menor esfuerzo para lograr el progreso, la diversidad cultural plantea la necesidad de un
tratamiento diferenciado del territorio que respete a los distintos grupos culturales o
étnicos que coexisten en dicho espacio.
Asimismo, se hace necesario que el
proyecto político contemple mecanismos de articulación de las culturas subregionales y
locales, de modo que se pueda superar la debilidad que a este respecto se manifiesta en
las actuales regiones CORPES: la inexistencia de una cultura regional, debido a la
agrupación de departamentos sin historia común.
Las comunidades indígenas y negras
constituyen espacios culturales muy diferentes a los espacios donde domina la cultura
mestiza. Así mismo, dentro de esta última existen diferentes subgrupos diferenciados
bien por atributos de lenguaje y otros valores culturales (antioqueño, nariñense,
santandereano, costeño) etc. (Figura 17). Aún dentro de cada uno de estos grupos, puede
asimismo distinguirse diversas subculturas como en el caso de la costa, donde según mapa
elaborado por el CORPES de la Costa Atlántica en 1991, se presentan al menos 10
subregiones culturales (Fals, 1996:48). En este sentido, Fals (1996), llama la atención
en el hecho de que a pesar de ser costeños, se presentan diferencias culturales, de modo
que no pueden considerarse idénticos a un cordobés con un guajiro, como tampoco puede
confundirse a un costeño sabanero (de las sabanas de Córdoba, Bolívar y Sucre) con el
costeño de las ciudades de Barranquilla y Cartagena; asimismo, se presentan subculturas
significativas como la denominada por Fals (1988,1996) "anfibia" presente en la
Depresión Momposina y en la Ciénaga Grande de Lorica.
- Construcción política
La construcción política, por su parte,
hace referencia al proceso político-administrativo que ha de desarrollarse para la
creación legal de la región y en la cual la participación de las fuerzas parlamentarias
de los departamentos, la voluntad de los gobernadores y del Gobierno Nacional y el apoyo
popular son determinantes. negociación de los departamentos costeños ante el Gobierno
Nacional y hacer sentir la voz de la región en el Congreso de la República, así como la
realización de importantes proyectos de inversión regional, que constituyen un avance en
el proceso de consolidación de la sociedad regional. No obstante, el grado de cohesión
de dicha sociedad es aún débil, a lo cual contribuye la debilidad de las sociedades
departamentales.
En general, conviene siempre considerar
que en la construcción política de una región son válidos los elementos considerados
por Sanguin (1981:52) para el caso nacional, al plantear que la existencia de atributos
culturales son los que justifican la razón de ser nacional. Los atributos culturales son
los ladrillos con los cuales se construye la viabilidad política; el cemento que une esta
viabilidad esté formado por interacción social y las ideas políticas del pueblo
afectado.
d. Morfometría y propincuidad
regional
El logro de la integración regional, la
concertación de proyectos de desarrollo social y económico y la eficacia en la
planificación territorial, pueden verse beneficiados cuando en el proceso de
construcción se consideran también elementos de morfometría regional con criterios de
propincuidad, los cuales tienen que ver con la dimensión regional, especialmente con
aspectos de tamaño y forma de la región.
Aunque esto puede parecer simplista o
teórico, el tamaño de las unidades regionales y su forma han sido aspectos importantes
en la regionalización de Francia y Estados Unidos. La ciencia geográfica, por su parte,
ha desarrollado una profunda conceptualización en torno a la interacción espacial y las
condiciones de tamaño y forma que favorecen la movilidad espacial y la administración y
control territorial. El tamaño y la forma constituyen propiedades significativas de las
superficies territoriales.
En el caso de la construcción regional
la propincuidad se define en términos de eficacia espacial de la región en cuanto se
refiere a la proximidad entre los grupos humanos y entre la población y los centros
administrativos o capital regional. En este sentido, existen principios geográficos que
señalan que los fenómenos de la naturaleza alcanzan sus objetivos por el camino más
corto (Haggett, 1975:45). Tal idea, añade Haggett, aparece en la ciencia física durante
el siglo XVIII, en la obra de Labrange, formulada como "principio de acción
mínima", y reaparece en el análisis de sistema como concepto de energía potencial
mínima. En investigación operativa se denomina geodésica (o líneas óptimas de
movimiento) y en las ciencias sociales se le conoce con el nombre de principio de esfuerzo
mínimo (Haggett, 1975:45).
Los principios de la interacción
espacial consideran que al aumentar la distancia a partir de un centro, aumenta la
fricción de distancia -obstáculos- para la interacción eficaz con los demás centros
con los comparte el espacio, y aumentan, también, las oportunidades mediadoras
-intervinientes- de otros centros, para prestar en forma eficaz el servicio administrativo
(Abler y otros, 1971).
Tanto la eficacia del movimiento interno
como la eficacia de los límites de una unidad regional contienen intrínsecamente el
factor distancia como elemento clave. Factor considerado vital para identificar la
racionalidad espacial de la división regional del país. A este respecto, Massam
(1972:60), plantea que la función administrativa al demandar movimiento físico de
personas y bienes, es afectada en su eficiencia por la estructura espacial que adoptan
estas unidades.
Sanguín (1981:25) refiriéndose a este
tema identifica y evalúa las formas más comunes que los países adoptan, las cuales son
válida también para las regiones. Este autor señala las formas alargadas, compactas,
apendicular, fragmentada, perforada, estrangulada y circundada.
La forma ideal es la compacta, debido a
que maximiza la proximidad de los grupos humanos, les permite compartir mejor sus
influencias recíprocas, disminuye los costos de los servicios públicos y facilita un
mayor acceso a las áreas periféricas, permite una mayor integración de las redes de
transportes, un mayor control de todos los puntos del territorio y una mayor conectividad
entre los distintos centros urbanos o nodales de la región. Una región compacta
comprende un máximo de territorio en el interior de un mínimo de perímetro de límites
(Sanguín, 1981:25).
Dentro de este contexto, se han utilizado
principios geométricos para hallar las formas más compactas de unidades territoriales y
administrativas, llegándose a las siguientes conclusiones: Primero, los polígonos
regulares son formas más económicas, que los polígonos irregulares. Segundo, los
círculos son los polígonos regulares con mayor compacidad. Tercero, los hexágonos son
los polígonos regulares que permiten la mejor división de un territorio.
Con base en lo anterior, la forma
circular es, geométricamente, la más compacta pero poco útil para realizar divisiones
regionales por los espacios que quedan por fuera de los límites al unir varios círculos.
Esta limitación es superada por las formas hexagonales las cuales, aunque presentan una
menor compacidad, permiten el ensamble de distintas regiones hexagonales.
Massiris (1987) aplicó estos principios
a los departamentos colombianos, utilizando los polígonos de Thiessen para llegar a una
división departamental hexagonal. A la división obtenida le aplicó una fórmula
matemática que medía el grado de compacidad de cada unidad y la comparó con la
compacidad de las unidades departamentales actuales, los resultados fueron sorprendentes,
tanto en la mejoría de la compacidad de las unidades obtenidas con los polígonos de
Thiessen, como en los cambios de tamaño que deberían tener los actuales departamentos
para ser espacialmente más eficientes. Seguidamente, La regionalización departamental
obtenida mediante la aplicación de los polígonos de Thiessen la comparó con las
regiones organizadas funcionalmente por las capitales departamentales (regiones
funcionales) y los resultados también fueron muy sorprendentes, por las coincidencias
encontradas en ambas regionalizaciones.
En cuanto al tamaño, aunque no existe un
tamaño-base que se pueda considerar como óptimo, pues esta es una noción relativa a
algunos factores integración y desarrollo económico-territorial, existen algunos
procesos que pueden ser afectados por la dimensión territorial de una región. En este
sentido, es reconocido que mientras mayor es la región, mayores son los obstáculos
físicos (fricción de distancia) y el esfuerzo requerido para administrar el territorio y
atender las demandas de los espacios periféricos. Este hecho es más relevante cuando se
trata de regiones localizadas en áreas con fuertes variaciones de relieve y bajos niveles
de accesibilidad, donde son más eficaces los tamaños pequeños. En las áreas planas,
con una buena integración territorial, en términos de transporte, el tamaño óptimo
puede abarcar un espacio mayor.
En la definición de un tamaño óptimo
es necesario, además, considerar otros elementos de contenido que son determinantes de la
eficiencia espacial de la región. Dentro de éstos se destacan los recursos de
producción disponibles, la necesidad de ejercer un control sobre todo el territorio y de
ser regiones políticamente fuertes. En este sentido, mientras más amplio sea el
territorio de la región, mayor puede ser el capital natural disponible y el poder
político, pero será menor el control eficaz de la totalidad del territorio. En este
punto influye, también, el grado de eficacia, de la localización de la capital regional.
El tamaño óptimo resultará, entonces,
de la combinación equilibrada de variables de eficacia espacial (en términos de forma y
localización de la capital), disponibilidad de recursos productivos, control territorial
y poder político. En el caso de la Región de la Costa Atlántica, no hay duda que desde
el punto de vista de propincuidad, la unión de los siete departamentos continentales más
el departamento Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, puede resultar
en una región muy grande, dada la lejanía geográfica de San Andrés y los problemas de
integración territorial que presentan vastas zonas del sur de Bolívar, sur del
Magdalena, sur del Cesar y la Depresión Momposina, con respecto a sus capitales
departamentales y a la localización de la probable capital regional en Barranquilla. En
cuanto a la forma, su compacidad sería baja y, además, la inclusión del Archipiélago
de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, la convierte en una región fragmentada, con
las desventajas que para este tipo de formas señala André-Louis Sanguín (ver Sanguín,
1981:26-27).
e. Autonomía
En este punto se hace referencia
básicamente al poder de la regiones territoriales -RET- para administrar y planificar el
desarrollo de su territorio y gestionar de manera autónoma los asuntos que sean de su
interés. Este poder dependerá de la manera como se resuelvan interrogantes relacionados
con la distribución de funciones, competencias y recursos entre la Nación, los
departamentos y las RET, los cuales aún no están muy claros. Qué funciones y servicios
va a transferir la Nación a la región? Qué poder entregarán los departamentos a la
región para que ésta sea una entidad fuerte sin que se disminuya la importancia de
ellos?, Cómo evitar que las regiones territoriales reproduzcan la estructura burocrática
de los departamentos y el esquema centralista de la Nación?. He aquí preguntas claves
que necesariamente deberán ser consideradas dentro del proceso de construcción regional.
Son muchas las respuestas que estudiosos
de la materia han dado a estas cuestiones cruciales, especialmente a partir de rigurosas
interpretaciones jurídica de las normas constitucionales y de discusiones en torno al
contenido de la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, así como la prolífica
discusión dada en el seno de la Comisión de Ordenamiento Territorial.
De las definiciones que sobre estos
asuntos se presenten en el futuro dependerá en gran medida el nuevo orden político
administrativo del país. Un orden que puede orientarse hacia una planificación
descentralizada, a partir de regiones fuertes por las funciones y recursos transferidos o
cedidos por la Nación y los departamentos; o un orden basado en el poder absoluta de la
Nación que asigna múltiples competencias a municipios sin recursos suficientes para
cumplirlas, con unas entidades departamentales y regionales débiles, sin funciones
significativas; o un orden en el que las entidades territoriales menores estén sometidas
a un doble poder: el central y el regional.
La etapa de región administrativa y de
planificación, previa a la región territorial, debe servir para que la región negocie
con la Nación el poder fiscal, administrativo, planificador y, si es posible,
legislativo, que le será transferido y se discuta entre los departamentos el perfil de
región territorial que se quiere. El cual ojalá se oriente hacia el querer del
constituyente de 1991, quien interpretando las expectativas de la sociedad, perfiló una
organización regional como soporte para una planificación descentralizada en la cual la
Nación entrega a la región la función de formular, orientar y ejecutar de manera
autónoma los planes regionales (supradepartamentales) y de gestionar los asuntos que sean
de su interés y los departamentos ceden a la región recursos y funciones que permitan a
ésta convertirse en sujeto activo, jalonador del desarrollo departamental y regional.
La planificación descentralizada, como
soporte del nuevo orden territorial lleva implícita, entonces, la capacidad de decisión
y actuación autónoma de las regiones en sus asuntos, lo que significa un cambio en el
proceso de planificación, tradicionalmente realizado de arriba a abajo, por un proceso de
abajo a arriba, en el cual la Nación ya no impondría la planificación a las entidades
territoriales, sino que armonizaría los planes de éstas en un plan nacional de carácter
indicativo.
Los aspectos de autonomía y perfil
regional son tan determinantes para la justificación y protagonismo de las regiones que
los demás pilares señalados antes (integración funcional, regionalidad histórica,
proyecto político, propincuidad, etc.), pasan a un segundo plano.
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