PASTO: ESPACIO, ECONOMÍA Y CULTURA
Benhur Cerón Solarte – Marco Tulio Ramos
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Con las características anotadas, la estructura espacial de Nariño, se percibe como un proceso de ocupación territorial discontinuo, debido a las distancias y dificultades del relieve que también obstaculizan la comunicación. Como consecuencia, al interior del territorio no se desarrollan relaciones regionales profundas, mas bien se establecen vínculos comerciales y culturales abiertos que cada área crea y sostiene por separado. Así, el sur tiene relaciones estrechas con Ecuador; Pasto con Putumayo y el Norte; la región de La Cruz con Valle del Cauca y Huila. Dicho aislamiento permite a cada área conservar rasgos ancestrales, lo cual hace de Nariño un mosaico de climas y culturas, donde se destacan fundamentalmente dos grandes espacios, la Costa cuyo centro es Barbacoas y los Andes con los centros económicos de Túquerres, Ipiales y Pasto. La distancia con relación a estos centros poblacionales y de poder; marca en forma proporcional la marginalidad de los territorios circundantes y su grado de atraso.

La fundación de pueblos y creación de espacios funcionales es más evidente en la parte Andina de Nariño, donde además la encomienda se impone como eje en la organización territorial. Este orden espacial está asociado a la creación de centros administrativos y económicamente activos como Pasto, donde prospera una sociedad señorial que explota fuerza de trabajo indígena y diseña un esquema de vida semifeudal. El poder civil y eclesiástico diseñan una sociedad profundamente religiosa, cuyas expresiones del mundo material en el espacio geográfico se materializan a través de grandes catedrales, conventos y caserones descomunales que dominan el paisaje. Al lado están los innumerables santuarios de imágenes "aparecidas", que hacen parte del mundo simbólico y operan como aglutinantes de la población e influyen en los comportamientos espaciales. Tal es el papel de las Iglesias que culturalmente se conciben como "lugar central" a partir del cual se organiza el espacio circundante. En este ordenamiento territorial la distancia hacia el lugar central se constituye en la variable fundamental, que asociada al ejercicio del poder en el espacio, explica la lógica con que se ubican las formas en el paisaje.

El esquema se verifica a diversas escalas y permite comprender el aislamiento de Pasto del acontecer nacional. En primer lugar la distancia opera como factor objetivo, en tanto que la ciudad está equidistante de los Centros de poder Popayán y Quito, sin posibilidades de una comunicación eficiente debido a las pésimas condiciones de transporte. La ubicación de Pasto entre estas ciudades le genera un marco jurisdiccional ambiguo conveniente a la clase político, que obviamente tampoco está interesada en el control de sus actividades que pueden ponerse en evidencia mayor si existe integración nacional los factores de aislamiento y el caos gubernamental, contribuyen a crear un escenario propicio para que los gobernantes locales y la Iglesia, perpetúen sus privilegios y manejen los destinos de esta región dentro de los parámetros de sus intereses sin ningún tipo de censura. En estas circunstancias, Pasto se convierte en fortín realista y clerical, sinónimo de las ciudades más conservadoras en la historia de Colombia.

El paso a la etapa republicana no aporta cambios sustanciales a la estructura regional nacional, pues en todo el Siglo XIX la característica esencial es la fragmentación de territorios y su heterogeneidad socio-cultural. Unicamente existe comunicación permanente a través del río Magdalena que regulariza la navegación a vapor desde 1850. A partir de 1870 aparecen los ferrocarriles, destinados únicamente a conectar el interior con los puertos de exportación. Este modelo de sistema vial y de organización territorial se convierte en factor de disgregación que estimula el localismo, diferenciación regional y la imposibilidad que áreas periféricas puedan incorporarse a la vida nacional.

La falta de cohesión regional se debe también a las dificultades que tiene el país para encontrar uno o varios productos de exportación, capaces de generar recursos para su desarrollo y lo obliguen a aglutinarse para mirar hacia afuera como un todo, basado en la fortaleza de una integración nacional. Los productos de exportación no logran un mercado sostenido; el auge del tabaco cuenta con escasos treinta años (1855-1885) y muchas oscilaciones de prosperidad y depresión. Lo sustituye fugazmente la quina por un lapso de 15 años ya que al final del siglo es prácticamente inexistente. Sólo la aparición del café logra consolidar una economía exportadora estable, pero su significado en la integración regional también es limitado.

El país continúa como un mosaico de regiones geográficas aisladas, en la que cada una mantiene su propia cultura; es decir, una escala de valores sociales, económicos y políticos propios. La única muestra de identidad nacional es la lengua y la religión, pero cada región conserva el orden sociocultural que sustenta las ideologías federalistas de los radicales y constitucionalistas de Rionegro.

Antioquía es predominantemente minera y comerciante con una estructura social dinámica, abierta y escasos rezagos coloniales. La costa Atlántica es tradicionalmente comerciante, ligada a las actividades de importación y exportación, además de una agricultura limitada y ganadería extensiva basada en la hacienda latifundio; su tradición esclavista genera en la sociedad un carácter cerrado y segregacionista. Similar situación se reproduce en el Cauca por la herencia señorial tradicional que explota fuerza de trabajo indígena y el acento que imprime la minería esclavista. Los Santanderes son manufactureros, comerciantes y agrícolas, con fuerte herencia española en su formación social y con débiles componentes indígenas; la débil presencia esclavista y la tradición revolucionaria se expresan en una sociedad más democrática. Tolima y Huila son fundamentalmente ganaderos con base en explotaciones latifundistas y conservan alto porcentaje de población indígena, aunque predominan las poblaciones mestizas inestables socialmente. Cundinamarca y Boyacá son agrícolas y poco comerciantes; como herencia de su importancia colonial la burocracia se convierte en un soporte económico considerable, además de conservar las relaciones señoriales que le dan a la sociedad un carácter cerrado y paternalista (Jaramillo 1983:191 - 192). El Valle del Cauca, enfatiza su dedicación empresarial al cultivo de tabaco, cacao y ganadería, que encuentran salida en el mercado nacional y extranjero a través de Buenaventura (Valencia 1988:22-23).

Dentro de este panorama nacional, Nariño tiene el comportamiento propio de las áreas marginadas y periféricas; es decir, no hay novedades en la estructura económica y social. Los espacios diferenciados aún se sustentan sobre la base de los antiguos territorios indígenas, cuyos paisajes conservan gran parte del ancestro cultural, material y espiritual; mientras que la sierra y la costa constituyen dos países diferentes totalmente desligados. Incluso dentro del área Andina, es una odisea llegar a territorios del occidente como Sotomayor, Cumbitara, Policarpa o el Rosario, dadas las enormes dificultades de comunicación y un débil proceso urbano que impide generar integración a través de un mercado regional.

En estas circunstancias, predomina la hacienda tradicional al lado de una economía parcelaria de autoconsumo, mientras que la población indígena sigue ligada a los resguardos, hecho que frena el establecimiento de formas de explotación agrícola capitalista y niega las posibilidades de acumulación que permitan el desarrollo de una infraestructura mínima.

Otras medidas del gobierno relacionadas con educación, higiene y vivienda, que potencialmente podrían desarrollar una actitud de consumo para el mercado comarcano tampoco asoman; pues la población no tiene capacidad de compra y la clientela de artículos manufacturados es reducida en favor de la producción artesanal local.

Para los comerciantes y autoridades la única salida consiste en centrar esfuerzos para mejorar la vía de comunicación de Túquerres a Barbacoas y utilizar el río Telembi como puerto para alcanzar el mercado europeo, con la producción de tabaco, quina, añil, tagua y caucho extraídos de las cordilleras y selvas del Putumayo y la Costa. Dicha estrategia hace parte del modelo económico del país que se proyecta al exterior dentro de las políticas del libre cambio. Específicamente el Estado Soberano del Cauca además de la vía a Buenaventura tiene otras perspectivas de salida al Pacífico; entre ellas el proyecto elaborado por Mosquera y Enrique Meiggs (1869) que plantea instalar una línea de ferrocarril para conectar a Tumaco con el río Magdalena y el Atlántico (Valencia 1988:32). Debido a la imperiosa necesidad de estas vías, la construcción se afronta conjuntamente entre el Estado y la adjudicación de contratos a compañías generalmente inglesas y empresarios particulares.

Con estas características, el camino Túquerres Barbacoas es gestionado desde la mitad del siglo XIX con grandes inconvenientes y visos de epopeya hasta su culminación a finales del siglo. Su funcionalidad es muy significativa, al convertirse en único vínculo de comercio exterior y entre la sierra y costa de Nariño. Son notables sus efectos en las modificaciones del uso del suelo y estructura agraria regional de Túquerres, por ser el principal proveedor de artículos agropecuarios a la zona minera. Los beneficios de la dinámica comercial también se expresan en el plano cultural, porque con las mercancías fluyen nuevas tecnologías y diversas ideas que acompañan a los inmigrantes europeos y nacionales. Es así como el pensamiento liberal encuentra un ambiente de desarrollo en esta ciudad donde las formas de producción más modernas se asocian a cierto prestigio intelectual, mientras que en Pasto la característica esencial es el latifundio tradicional mantenido por la aristocracia y la Iglesia.

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