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Respecto
a la explosión del Volcán Galeras en diciembre 7 de 1580 los testimonios dicen:
"llenó de terror a los descuidados moradores... arrojando gran cantidad de agua
hirviendo que quemaba sus flancos, y cenizas que derramadas caían sobre la ciudad.
Empezó a turbar el día con grandes y espantosas avenidas de humo, que salían derecho...
Sin que el viento ni su peso pudieran desbaratar y tornando una nube más o menos oscura,
se esparcieron del alto cayendo con gran tuna por todos los lados. A veces piedras
encendidas se derramaban por las faldas, quemando y durando el fuego según su alimento,
acompañado de gravísimos estruendos. Hizo esto novedad, poniendo espanto en los
corazones de los vecinos, y gran temor en los naturales; y todos a su talle, elevaron
oraciones al cielo, que a su parecer los quería castigar por sus gravísimos pecados; y
ese día el Cabildo dispuso poner por intercesor al bienaventurado San
Andrés..."(Sañudo 1938- 86).
Otra referencia similar
relata:
"corría el 4
de junio de 1616 cuando el volcán volvió a despertar a los vecinos de sus descuidos,
pues reventé con gran cantidad de humo, cenizas y azufre, cosa insufrible al olfato y de
temerosa vista... arrojando el combustible encendido, quemaba sus faldas y amenazaba con
hundir al pueblo de Anganoy ubicado a su raíz. Tuvo también el oído su parte de espanto
por dejarse oír el bramido como de un mar tempestuoso, o de un torrente desbordado de su
lecho. Faltos de humano consuelo acudieron a Dios poniendo por intercesor a Juan de
Sahagún que poco hacía había sido beatificado... y como el volcán cesase, a la hora y
media de recibido en sus espantos, y fuese sosegado tomaronle devoción y le juraron por
patrón... dando de limosna cuatro patacones al año" (1939: 25).
Con relación a las
catástrofes naturales antes relatadas de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII que
arruinan a Pasto, se dice que la ciudad "padecía muchas miserias, por varias causas
que el cielo en su providencia había querido que se juntasen para su daño y ruina".
Al referirse a las mencionadas pestes de 1693 y 1703, se relata que los vecinos
"hubieron de acudir a la misericordia de la Virgen de Guadalupe que se venera en
Catambuco y al glorioso San Sebastián y hacerles misas y novenarios". Respecto a las
lluvias de 1685, "sacaron en procesión a la Virgen de la Inmaculada que está en San
Francisco... y como cesase la lluvia de allí a poco, tomárola por patrona y
abogada". Con relación a las lluvias de 1698, "se hizo un novenario a la Virgen
de Mercedes en diciembre de ese año". Por la sequía de 1700 el Cabildo ordena
trasladar la estatua de la Virgen de Mercedes en procesión hasta la iglesia matriz donde
se llevan acabó varios novenarios. Respecto al verano de 1727, el relato menciona que
"hubo de hacerse procesión de Jesús Nazareno en Obonuco y a la siempre añada en
los casos desdichados la Virgen de Mercedes" (Sañudo 1940: 92). Cuando en 1619 es
registrada una colosal invasión de langostas se elige como protector a San Luis Beltrán;
en 1701 con ocasión de otra arremetida de la plaga los rezos se dirigen a la inmaculada
de San Francisco, hasta que en 1748 el padre Larre de Popayán conjura la plaga
definitivamente en nombre de San Joaquín (Molina 1995:10).
Por las copiosas
manifestaciones de fe en todos los actos de la vida cotidiana expresa Ortiz (1948: 88 -
90) que la vida ciudadana es semejante a un claustro religioso, donde aparte de los
quehaceres domésticos y las faenas de la agricultura, la única preocupación son los
deberes cristianos. El cabildo cree cumplida su obligación si al final de su gestión ha
servido a Dios y al rey como prioridad, celebrando con máxima solemnidad las fiestas
religiosas, especialmente la de San Juan la Inmaculada Concepción y Semana Santa. Con
esta satisfacción "entregan las varas" a los sucesores y reciben las gracias
por su desempeño; sin importar que hayan sido ineficientes en el suministro de carne,
tabaco y otros artículos considerados indispensables.
La Semana Santa empieza
el domingo anterior con la procesión de la Penitencia que recorre la ciudad y las
iglesias. Los "penitentes" vestidos de blanco corren de casa en casa recordando
que hay castigos eternos para los pecadores. Los "cucuruchos" vestidos de morado
y negro con antifaz y fuete, espantan a los muchachos callejeros y demandan limosnas para
el Santo Sepulcro. Desde ese domingo por la tarde salen con permiso los presos retenidos
por deudas; se da "punto de pascua" (libertad con fianza) a los presos por
"delito crimen" y también comienza un riguroso ayuno aun para los enfermos.
Desde el martes hasta
el sábado hay procesiones "de aparato" con cuadros vivos que salen de las
iglesias y conventos. Unos se azotan, otros como el cuadro llamado "Alma Santa"
hacen signos misteriosos en cada esquina e intentan crear consternación acompañados del
sonido de matracas, música fúnebre y tañido de campanas. Constituye un gran honor
cargar las andas de imágenes, componer los monumentos o costear el alumbrado, actividades
reservadas a autoridades e hijosdalgo, encargados también de guardar los turnos al Santo
Sepulcro. A partir del Jueves es sacrilegio trabajar dedicarse a la meditación; con este
propósito cada familia vive aprontamiento realizado con anterioridad. La procesión del
río de Pascua cierra el duelo y es monopolizada por indígenas, que luego desembocan en
grandes borracheras invariablemente censuradas por las autoridades.
Ortiz (1948:123)
expresa también que dentro de la soñolienta vida colonial pacata y confiada, sin mayores
ambiciones y llena de restricciones, las fiestas cívicas constituyen la única
oportunidad divertirse. Ellas se realizan con motivo de la llegada de un alto funcionario,
un acontecimiento de la realeza y celebraciones Santoril es decir, se trata de regocijos
aceptados y controlados por las autoridades en los que siempre se hace referencia a la
fidelidad al rey. En estas ocasiones los jóvenes lucen,
"lobas de recio
paño de Segovia, briosos caballos con caparozones ricamente bordadas, rejones de plomo
dorado para sorteos y justas, o mantener sortijas y hacer los caballeros de alarde y de
premios; y las doncellas ricos vestidos de tisú y brincos da perlas de buen valor.."
(Sañudo 1940: 34).
Posiblemente el primer
festejo de la ciudad ocurre según ortiz día de San Juan en 1555, con la "corrida de
gallos" en la calle del chancos. La fiesta de origen español aún se preserva en
algunas veredas y consiste en la disputa de dos jinetes por un gallo vivo, o compiten por
descolgarlo de lo alto pasando por debajo a todo galope. También menciona una ceremonia
para recordar la autoridad del rey mediante la consagración de un recuerdo de la lejana
España, que consiste en ubicar un estandarte llevado por una cabalgata que grita vivas al
rey.
Es sobresaliente la
fiesta denominada "la Jura del Rey", es decir, reconocimiento de obediencia
sagrada al nuevo rey que se sienta el trono. Para el caso referido a Pasto, la Jura de
Carlos III está precedida del luto del rey Fernando VI, el cual dura tres días con
obligatorio cumplimiento incluso para los indígenas quienes en los sombreros, ruanas o
rebozos llevan una banda negra. Pasado el duelo la ciudad se engalana, los hidalgos
preparan con cuidado la solemnidad de "la jura" y las damas alistan los mejores
vestidos para una festa que dura una semana.
Figura 24.
"Procesión
colonial de Viernes Santo. Siglo XVIII".
Ilustración Augusto
Rivera Garcés (1948)
"Hasta la
santa paz y el retiro de las monjas concepcionistas turbaba en esos días porque ellas
también probaban su amor a la monarquía tomando a su cargo un día de toros y una tarde
de comedia de artificio" (1948: 124).
El día principal los
nobles se ubican en un tablado levantado en la plaza y toman asiento por orden de
importancia. Con la llegada del estandarte toman la palabra los principales para vivar al
rey juran solemnemente obediencia y al final suenan petardos, repican campanas y sigue la
algarabía con corridas de toros, borracheras mojigangas de los indígenas, "hasta
que pasados ocho días vuelve a hundirse el vecindario en la calma chicha y somnolienta de
la larga noche colonial" (1948:125).
De las fiestas
tradicionales del nuevo reino las corridas de toros son las de mayor popularidad. Se
inauguran en el año temprano 1532 en Darién para recibir al gobernador Julián
Gutiérrez, luego pasan a Santafé de Bogotá y en el S. XVI se tiene noticias al menos de
seis corridas, consideradas como la parte galante de fiestas civiles, religiosas
(Rodríguez 1993: 3). Con ella se agasaja a presidentes, obispos, coronación de los
reyes, noticias del nacimiento de los infantes y en general amenizan las fiestas de Santos
patrones. Incluso hasta la elección de una nueva abadesa en el convento de la conceptas
es un buen pretexto para hacer corridas de toros (Ortiz 1948: 24).
Se deduce entonces que
a lo largo del año hay varias como organizadas por el cabildo que solicitan los toros a
hacendados y ciudadanos prestantes que costean además pólvora y el ornato. Como no
existe plaza apropiada, el cabildo nomina a los vecinos encargados de costear los tablados
en la plaza mayor y construir balcones. La plaza de toros es la misma plaza principal
cerrada en el contorno con madera; en lugares especiales se levantan palcos y balcones
para comodidad y seguridad de los beneméritos y autoridades donde no falta la presencia
de religiosos (Rodríguez 1995:
3 - 4).
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