PASTO: ESPACIO, ECONOMÍA Y CULTURA
Benhur Cerón Solarte – Marco Tulio Ramos
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Las artesanías más importantes corresponden a mantas, brazas de chaquira, alpargates, piezas de loza, bateas, petacas, aperos para las bestias, tablas, tirantes, algodón hilado, cargas de hierba, cargas de leña. Los productos agropecuarios más solicitados corresponden a fanegas de ajos, nabos, maíz, fríjoles, papas, trigo, celemines de linaza, aves, puercos, huevos, botijas de miel y muchos otros artículos. Se agrega la alta tributación al sacerdote doctrinero que recibe en forma abundante los productos antes mencionados, además de puercos, carneros y el dinero que aporta el encomendero para facilitar su tarea (Zuñiga 1996:157-161).

De la información de Calero (1991:111-113) se deduce que desde ese tiempo algunas áreas que rodean al Valle de Atriz se especializan en usos del suelo que se vuelven tradicionales, seguramente por la adaptación a este ecosistema. El trigo se cultiva en casi todos los pueblos, pero la tributación en este cereal es más abundante en Jongobito, Catambuco, Botinachanaque y Obonuco, la cebada en Pejendino y Catambuco. Los nabos y ajos se producen más en Jamondino; mientras que los cultivos nativos de maíz y papa son más o menos abundantes y homogéneos; no obstante se exige mayor tributo en leña a los indígenas asentados cerca a los bosques andinos; entre ellos Pejendino, Jongobito y Obonuco.

Este enlace con la producción rural permite apreciar que la ciudad dinamiza su entorno como espacio de producción según sus necesidades, lo cual conduce a la adopción de nuevas tecnologías agrícolas, mestizaje, valoración del espacio e institucionalización de la cultura externa. Los cambios son particularmente drásticos en el Valle de Atriz, al punto que apenas en la mitad del siglo XVI Cieza de León describe el paisaje de esta manera:

"El pueblo está asentado en un muy lindo y hermoso valle por donde pasa un río de muy sabrosa y dulce agua, y otros muchos arroyos y fuentes que vienen a dar a él. Llamase a este Valle de Atriz; fue primero un poblado, y ahora se han retirado a la serranía; esta cercado de grandes sierras, algunas de montañas y otras de campiña. Los españoles tienen en todo este valle sus estancias y caseríos donde tienen sus granjerías y las vegas y campiñas de este río está siempre sembrado de muchos y muy hermosos trigos y cebada y maíz" (1973:96).

La lógica indígena de la Organización del espacio es reemplazada por la lógica de los conquistadores, cuyo concepto de ordenamiento territorial concede lugares específicos a los diferentes grupos sociales en conflicto como a los usos del suelo. Se hace evidente la segregación racial en el espacio cuando Cieza de León dice que los indios "se han retirado a la serranía" y destaca el predominio del trigo en los cultivos circundantes, aspectos que en forma constante repiten las crónicas de la colonia. Su importancia va aparejada a una revolución cultural y técnica responsable de la adopción de nuevas formas de trabajo, otro lenguaje agrícola, calendario apropiado y novedosos hábitos alimenticios que se generalizan rápidamente, así como el uso del arado de reja, rastrillos, hoces, guadañas y animales de tiro.

Apenas unos años después de la fundación de Pasto, Cieza reitera, "en la villa de Pasto no se come pan de maíz, sino de trigo, por la abundancia que tiene..." (1973: 96). El cronista refiere también la existencia de un molino que es el principio de la más tradicional y prospera industria de la localidad. A comienzos de la segunda mitad del siglo XVI la abundancia de trigo es tal, que para garantizar a los cultivadores el procesamiento de la cosecha, el Cabildo limita a 3 hanegas (150 kilos) la cantidad que una persona puede moler cada vez (Calero 1991:123).

La estimación preferencial por el trigo se debe al tradicional consumo en Europa sin descartar otros elementos culturales, entre ellos los prejuicios que asocian al maíz como alimento de indios y animales, frente al privilegio de la harina de trigo, escogida para elaborar las Hostias del ritual católico en la Misa. Se agregan las excelentes condiciones ambientales del Valle de Atriz que propician el cultivo, convirtiéndose en la principal actividad de los españoles junto con la cría de ganado y cerdos. Con base en este marco señala Sañudo (1938:19) que "los colonos prosperan con las copiosas cosechas quedaba la agricultura, única labor en que inmediatamente se ocupaban".

El progreso de la agricultura se respalda en las zonas mineras del Telembí, Ancuya, Sibundoy, Mocoa y Almaguer que requieren de abundantes recursos artesanales y alimentos que convierten a Pasto en centro de intercambio. Estas condiciones a su vez atraen población que desea participar de los procesos productivos y comercio, entre ellos nuevos españoles y comunidades religiosas que dinamizan la producción agropecuaria a través del tributo y de la explotación de sus propiedades, con lo cual el mercado de Pasto tiene crecimiento sostenido al menos durante todo el siglo XVI (Alvarez 1996).

De modo que el comercio, la riqueza agrícola y la alta tributación hacen de Pasto un centro importante como puente entre el interés privado y la Corona, afianzando su carácter gestionador del conjunto económico, representado en las minas cercanas, los recursos del espacio agrario y la abundante mano de obra indígena.

Pese a estas ventajas comparativas, en la relación comercial directa con la metrópoli, el rol de Pasto no es preponderante, pues la extracción de excedentes económicos en forma intensiva se propicia mejor cerca a los puertos, grandes centros mineros y asentamientos indígenas de renombre. En consecuencia, si bien los españoles asentados en Pasto gozan de muchos recursos y privilegios, la región está muy lejos de equipararse con Lima o el Cuzco dentro del proyecto imperial. De igual manera, por la alta producción artesanal de los obrajes y densidad de población, Pasto es ampliamente superada por Quito. Incluso a nivel interno la ciudad se ubica en tercer lugar después de Tunja y Santafé, pese a que los españoles comparativamente disponen de mayor número de tributarios y encomiendas (Alvarez 1990).

La importancia de Pasto entonces no se deriva de su papel económico respecto a la metrópoli sino como valuarte dominador y ordenador del espacio, al ejercer de la mejor manera relaciones de dominación colonial a través de una gestión esencialmente administrativa y religiosa. Esta perspectiva paulatinamente instaura una clase burocrática parasitaria en la ciudad, cuya función es controlar las instituciones que allí tienen asiento para someter a los indígenas y garantizar el ejercicio de las prácticas económicas, políticas y culturales que se materializan en el espacio geográfico.

Como dista mucho de Cartagena la relación de Pasto es mejor con Guayaquil de donde recibe mercancías procedentes de España, instaurándose desde ese entonces la tradicional comunicación con Quito y el distanciamiento con el resto de Colombia. Es así como en sus procedimientos la clase dominante actúa con notable autocracia debido al aislamiento y confusión de poderes; pues depende de Popayán en asuntos judiciales y de Quito en los eclesiásticos y administrativos por ser sede de la Real Audiencia. Además de estas ambigüedades la relación con dichas ciudades es débil e intermitente debido a la lenta y difícil comunicación. Tales circunstancias permiten a las autoridades locales, edificar un esquema de vasallaje riguroso y excesivo, que convienen a la Villa de Pasto en una isla de existencia europea que acentúa el carácter colonial.

En este proceso es importante la función del Cabildo, responsable de la institucionalización del nuevo orden social y espacial tanto en la ciudad como en las áreas aledañas. A esta institución le corresponde limitar o prohibir la producción de algunos artículos, conceder derecho de vecindad a los inmigrantes, señalar la propiedad de los solares y tierras de cultivo, determinar las tierras comunales (ejidos y dehesas), administrar los bienes de la ciudad, proveer el desempeño de algunos casos, imponer los precios del mercado y garantizar la autenticidad de las Ordenanzas Reales (Deler 1983: 81). El celo de la clase dominante en el cumplimiento de estas funciones crea el derecho de solicitar al Rey de España cambiar el nombre y conceder escudo a la ciudad, por cuanto según Díaz del Castillo, "sobrados méritos tenían sus vecinos por las reiteradas pruebas de lealtad, valor y servicios a la Corona" (1990: 80); es decir, la ciudad cumple con todos los fines estratégicos para lo cual es creada.

La gestión da resultado y la Princesa en nombre del rey Felipe II suscribe dos cédulas reales, en la primera se cambia la jerarquía de Villa por la de Ciudad y con la segunda se otorga Escudo de Armas. Las dos cédulas se expiden en Valladolid en 1559. Una parte del texto de la Cédula, en las que se reiteran sus virtudes relacionadas con el escudo dice:

"...dha (dicha) cibdad nos han servido con mucha lealtad en lo que se a ofrecido como muy leales vasallos... que para que de bros (vuestros) servicios y de los vezinos della y de su lealtad quedase memoria os mandase señalar armas.. y tener por bien que de aquí adelante se llamase e yntitulase la Cibdad de Sant Joan de Pasto... y tenga por sus armas conocidas un escudo que en medio del este un castillo de plata, y a los lados del cuatro leones de oro y que debaxo del dho. castillo salga un río con unas aguas azules y blancas que atraviese entre unos árboles verdes en campo azul todo el dho. escudo y árboles y castillo y sobre un campo amarillo y suelo verde y oro según que aquí va pitado y figurado en un escudo... para que las pueda traer y traer y poner y traiga en sus pendones y escudos sellos y banderas y estandartes y en las otra ptes. Y lugares que quysierdes..." (Díaz del Castillo 1990: 80).

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