PASTO: ESPACIO, ECONOMÍA Y CULTURA
Benhur Cerón Solarte – Marco Tulio Ramos
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Figura 40.

"El castigo del cepo aplicado en La Laguna". André, 1874 (América Pintoresca, 1984: 58)

Ante estas circunstancias Qujiano establece que entre 1810 y 1886, parece que en Pasto "los años se hubiesen estancado en anchos fosos de silencio. Los mismos métodos de ignominia, el mismo quebranto de la religión, los mismos derechos conculcados". La expectativa de una liberación ideológica y geográfica en la primera fecha, así como la posibilidad de una independencia territorial y burocrática en la segunda, constituyen una frustración más (1996: Prólogo).

Figura 41.

"Interior de la Iglesia de Dolores". André, 1874 (América Pintoresca, 1984: 61).

Diferente suerte corren regiones como Antioquia de tradición comercial y minera, donde la elite conservadora es socialmente más abierta, pues la experiencia en el manejo de estas actividades permite tener otra perspectiva del desarrollo, razón por la cual impulsan vías de comunicación, agencian el proceso colonizador y amplían la escolaridad con el apoyo de la Iglesia. La aceptación de ciertas actitudes asociados a la modernidad capitalista se expresan en la valorización del tiempo, afán de lucro, búsqueda individual del éxito, iniciativa privada, movilidad espacial y social (Melo 1992: 152 – 153).

A la par de las carencias propias del escaso desarrollo, un aspecto digno de admirar en la ciudad de Pasto es la idiosincrasia de la gente que jamás abandona el cultivo de sus expresiones artísticas, entre ellas el gusto musical y las manifestaciones plásticas que surgen sin directrices de escuela. Al final de la convulsionada segunda mitad del siglo hay una excelente pléyade de pintores de óleo, entre ellos el extraordinario retratista Isaac Santacruz. Aparecen las primeras escuelas de música en el oratorio de San Felipe aunque de corta duración. En general, existe en la cultura local una disposición casi espontánea para el canto y la guitarra, así como para la elaboración de artesanías entre ellas barniz y tallas en madera. La calidad unida a la alta carga de emoción y creatividad que el artesano imprime en sus obras, hace de cada uno de estos productos una verdadera obra de arte, lo cual explica su competitividad en el mercado. De estas afirmaciones dan fe la exposición de Bellas Artes que en 1874 se realiza en Bogotá para celebrar el 20 de Julio. Sobresale en este empeño Don Rafael Troya, famoso maestro de pintura. En los dos últimos años del siglo XIX proliferan órganos de publicidad en los que se defiende la "tesis decimista", es decir la creación del décimo departamento, así como inquietudes políticas, históricas literarias, judiciales, religiosas y cívicas (Quijano 1996: 330 - 340).

En Pasto el paradigma de vida tradicional se acentúa al terminar el siglo bajo la custodia del obispo Ezequiel Moreno Díaz, intolerante defensor de la fe católica y el conservatismo. Gracias a su influencia todas las instituciones pasan al servicio de la religión; especialmente la educación se convierte en una instancia fundamental del aparato cultural y clerical. Excepto algunas escuelas particulares y el colegio académico creado en 1894 como preámbulo de la Universidad de Nariño, todos los establecimientos están bajo el control de comunidades religiosas. Entre ellos aparece el colegio Seminario (1892), Filipense (1880), Bethlemitas, Javeriano y las escuelas de los Maristas (1893) que se consolidan como parte esencial del proceso de reproducción de la ideología y valores sociales dominantes. La sociedad por su parte también reproduce a estos principios y proliferan las cofradías de carácter religioso y origen colonial; entre ellas la Asociación de San Vicente de Paul, la Orden Tercera, del Sagrado Corazón de Jesús, Hijas de María, de San Luis Gonzaga, de las Matronas, de la Adoración al Santísimo, de las Sirvientas, entre otras.

Rodríguez Guerrero anota que en esta sociedad se vuelve común la excesiva misantropía, la propensión a la crítica frívola y malevola; dice que es hábito marcar y ahondar las diferencias sociales y el exagerado individualismo se convierte en obstáculo para la cooperación ciudadana. Dentro de este escenario José Rafael Sañudo es en 1894 su obra "Expiación de una madre", donde revela su papel de conductor espiritual y moralizador, además de su sentimiento puritano, misógino y profunda convicción católica. En la novela, el hijo natural carga con el pecado de su madre que debe escarmentarse. La expiación es el justo castigo para quien peca y su descendencia, así como las calamidades originadas por fenómenos naturales constituyen castigos divinos para las sociedades gobernadas por impíos (Zúñiga 1997: 1 - 15). Chaves (1983: 212) dice que la obra refleja con precisión la vida social de Pasto, en donde la instancia principal es la religión alrededor de la cual giran las demás instituciones.

En este marco social también el desprecio por las clases inferiores se mantienen rígidamente como en el tiempo de la colonia. El atraso histórico de las instituciones se reflejan en la persistencia de métodos coercitivos para mantener el principio de autoridad, que André (1938:121) dice, "creía relegados a las tinieblas de la historia de España". Refiere que a su paso para la Laguna de La Cocha, observa el uso del cepo como instrumento de tortura aplicado a tres indígenas en la aldea de La Laguna. Comenta que al castigo se suman algunos latigazos y finalmente expresa: "estas atrocidades ejecutadas en la misma casa del Alcalde me quitaron las ganas de almorzar". Otros hechos de final del siglo también ilustran la degradación ejercida contra los indígenas; entre ellas su utilización como cargueros por los misioneros capuchinos en la vía al Putumayo. Un sacerdote español justifica la costumbre de esta manera:

"... era indispensable acudir al antiquísimo método... de cabalgar sobre las espaldas de los indios, por cuanto no había que pensar en bestias, por ser materialmente imposible usarlas en estos caminos" (Bonilla 1969: 70).

Dos acontecimientos rompen la monotonía cultural y política de Pasto. De una parte se vislumbra la creación del departamento de Nariño, pues la dependencia del Cauca y el centralismo constituyen a juicio de la clase dirigente la causa principal del atraso de esta región. A partir de 1886 unida por un propósito común la clase dirigente dinamiza la actividad política y cultural a través de la "Sociedad Filológica de Pasto", que además de los debates literarios, se discute la autonomía de Nariño y se pone al servicio público una incipiente biblioteca. Los intelectuales también se aglutinan en la "escuela literaria", cuyo órgano de expresión es el periódico "El Precursor" que funciona sin interrupciones entre 1886 y 1888. En este proceso merece mencionarse a Alejandro Santander maestro del periodismo e impulsor del desarrollo cultural de la región.

En Pasto los líderes separatistas son Rafael Sañudo, Manuel María Rodríguez, Wenceslao Gales, Tomás Hidalgo, Julián Bucheli, Samuel J. Delgado, Daniel Zarama, Lucindo Almeida y otros personajes, casi todos de filiación conservadora, muchos viejos luchadores desde la revolución de 1876 en unión del legendario caudillo general Miguel María Villota. Figuras del clero también hacen parte de estos grupos académicos, de donde se deduce que la idea de la creación del Departamento y el objetivo de la autonomía regional son compartidos. Este empeño es apoyado en Túquerres, Ipiales, Tumaco y Barbacoas a través del periódico "El Bien Público" (1892). (Quijano 1986:1-3).

Otro acontecimiento importante en torno a la política regional es la guerra de los mil días al final del siglo, lo cual contribuye a aumentar la miseria, desconfianza y odios políticos en la región. La guerra se inicia por el intento de los liberales para recuperar el poder, lo cual hace preveer que en la región de Pasto la contienda es sumamente desigual, aunque en los municipios del sur gran parte de la clase política es liberal. El proceso bélico local se desencadena cuando el general Miguel María Villota es enviado por los conservadores a Ipiales en octubre 19 de 1899, con el fin de imponer la ley marcial y evitar levantamientos de los liberales. En esa localidad el jefe liberal José Antonio Llorente se opone a tal medida negándose a firmar una acta considerada denigrante del partido; por este motivo es apresado y obligado a pagar una fianza de 5.000 pesos.

Los partidarios pagan la fianza al tiempo que logran la fuga del Dr. Llorente al Ecuador, donde es acogido por los liberales igualmente radicales que gozan del poder con el gobierno del presidente Eloy Alfaro. La defensa de los liberales se organiza en Tulcán y Llorente es improvisado como general del batallón. La primera contienda se lleva a cabo en Cascajal y ante la superioridad de las fuerzas del gobierno los liberales se repliegan a Tulcán (Ecuador), hasta donde son perseguidos por el ejército conservador. El ejército liberal con la aprobación de Alfaro se reorganiza en Otavalo (Ecuador) y allí se unen otros generales derrotados en el interior del país. Finalmente triunfan los conservadores en batallas sucesivas destacándose los enfrentamientos de Córdoba y Puerres. El 20 de agosto de 1901 se sella la victoria definitiva y con ella la continuidad de la hegemonía conservadora.

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