PASTO: ESPACIO, ECONOMÍA Y CULTURA
Benhur Cerón Solarte – Marco Tulio Ramos
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CAPITULO V

PASTO: ESPACIO; ECONOMIA Y CULTURA SIGLO XX

1. ECONOMIA Y ESPACIO

Al entrar en el siglo XX Colombia es un país rural de más de cuatro millones de habitantes, de los cuales 10% vive en las capitales. Solo existe comunicación permanente entre regiones del centro del país, beneficiadas por la navegación del río Magdalena y los ferrocarriles que sirven de arteria principal hacia los puertos de exportación. En estas regiones el diseño de la red vial consolida el tormento exportador, así como el proceso capitalista articulado a la economía mundial. La transformación hacia el desarrollo industrial es posible gracias a las actividades mineras, comerciales, artesanales, pero especialmente por el café, cultivado por campesinos independientes que dan un giro a la economía campesina, generando salarios nunca antes percibidos, poder adquisitivo y por ende un mercado regional sostenido.

Desde el momento en que el café se afianza como producto de exportación, la balanza comercial colombiana se torna favorable propiciando fuerte acumulación en los comerciantes exportadores cuyo aporte es definitivo al proceso de industrialización. Es importante el apoyo del General Reyes (1904 1909) quien desde el gobierno dicta disposiciones proteccionistas e impulsa obras públicas, el cual también genera empleo y salarios que estimulan el crecimiento de ciudades y mercados. Al finalizar la primera guerra mundial el café almacenado alcanza ventas gigantescas a precios sin precedentes, logrando mayor captación de divisas que facilitan la importación de maquinaria para el naciente desarrollo industrial

Estos acontecimientos referidos a las regiones cafeteras ligadas a la exportación, contrastan con los espacios periféricos que subsisten como archipiélago de regiones desconectadas y ciudades rodeadas de grandes áreas deshabitadas. Es el caso de Pasto que mantiene un carácter autárquico debido al escaso intercambio mercantil y casi nula movilidad migratoria, pues son raras las personas que alguna vez han visitado otra región. De Pasto a Bogotá se emplean 40 días a lomo de mula y exponiéndose a muchos peligros, al punto que algunos viajeros dejan hecho su testamento por temor a morir en el viaje (Rincón 1940: 57).

El aislamiento y carencia de vías operan entonces como variables fundamentales que frenan el desarrollo, al punto que los mercados del interior del país aún desconocen variedades de papa producidas en Nariño, según asegura el ilustrado ingeniero Miguel Triana en 1905:

"las papas son deliciosas y hay de ollas una multitud de especies desconocidas en el resto del país. Las legumbres se producen con exuberancia; hay allí repollos de media arroba y lechugas de un tamaño fabuloso. Conocimos una clase de habas que, por su extraordinario desarrollo, podrían exhibirsen cualquier exposición agrícola: el maíz CAPIO... es del tamaño que veinte granos llenan un puñado... la cebada alimento popular; es tan buena, abundante y barata, que allí la gente más pobre se nutre bien y vive rolliza. Carne suculenta, variedad infinita de frutas, pastos tiernos y jugosos, leche rica y abundantisima y un clima frío y seco, hacen del cuenco pastuso un famoso criadero de la especie humana" (1950-95).

El esquema de desarrollo económico dirigido al mercado local crea sobre oferta que baja los precios sin dejar rentabilidad que justifique el más mínimo plan de vías, tecnificación o importación de maquinaria. El grueso de la producción es atendida por indígenas y campesinos dentro de una economía parcelaria simple autosuficiente que no permite surgimiento de un mercado regional pues los rendimientos no propician acumulación de capital que dé origen a actividades diferentes. Los latifundios ociosos y ajenos a las transformaciones tecnológicas, igualmente no conducen a una economía monetaria en pleno funcionamiento, como tampoco a un desarrollo urbano que la sustente.

Triána en su pródiga descripción permite acercarse a la organización del espacio geográfico y la economía rural que circunda a Pasto, evidenciándose notable permanencia de formas ancestrales de producción, así como las relaciones que la ciudad mantiene con el entorno rural.

"Desde las cumbres que encierran este fecundo cuenco, se columbra una especie de damero a cuadros de variado matiz, en los que juegan todos los verdes imaginables, separados por abollonaduras de un verde casi negro, formadas por arbustos Hondos que sirven de valadar a los pequeños predios. En cada lote hay una choza y dentro de ella una numerosa familia de indios que viven su diminuta heredad. La india teje en el telar; el indio labra la tierra, los indiecillos pastorean las ovejas. Las casas indígenas se parecen a sus dueños: fachadas, humildes y silenciosas, el color gris de la techumbre y el terroso de las paredes dan al conjunto de los caseríos un aspecto de mansedumbre, de quietud y de paz, muy en armonía con el genio de los naturales.

Como núcleos de concentración, aparecen dispersas en el Valle de Atriz una veintena de capillas, de torres cuadradas, cubiertas de teja, donde penden dos campanillas de una voz chillona, que sirven de lengua a la parcialidad agrupada en su contorno el toque de alba, para saludar el día; el de AVEMARIA, para suspender las labores campestres y alabar a Dios; el toque de ANIMAS para recordar a los antepasados, son los únicos signos de lenguaje metálico de la parcialidad, pronunciados desde lo alto del campanario entejado de la capilla rústica. Frente a Esta suele haber en cada parcialidad un cuadro (plaza) mal cerrado por el Cabildo y la cárcel, en cuyo suelo escarban las gallinas y se revuelcan, amodorrados los cerdos de gran barriga y patas cortas. En las callejuelas que salen de esta plaza formados por sauces, madreselvas y curubas, balan y giran del cabestro alrededor de la estaca, las ovejas asustadizas, paciendo a la orilla de la labranza, donde crecen arbustos, el carretón y la plegadra...

Como tributarios de la ciudad, la rodean, la sirven y la embellecen estas aldeas indígenas... Buesaquillo y La Laguna le reportan madera y carbón, Pandiaco les trae cal, Aranda y Tescual le ofrecen tierras blancas y ocres; Jamondino, Mocondino y Pejendino les prestan sus construcciones de casa rústicas, Anganoy les trae nieve de las cumbres del Galeras, Chapal les ofrece baños termales y todas le suministran víveres abundantes y peones baratos...

Por el camino encajonado entre altos barrancos de corte amarillo, baja el indígena a la ciudad los viernes y los martes, días de feria. Van en fila con sus pantalones anchos y sus ponchos largos, conduciendo a la plaza sus productos excelentes y baratos, humildes y cabizbajos y silenciosos entran a la ciudad y salen de ella por la tarde, con el poncho al hombro y la gorra arriscada, produciéndose en alta voz temas de una filosofía incomprensible. Buena estatura, musculados, de color casi blanco y de una fisonomía dulce y socarrona, los indios de las cercanías de Pasto recomiendan tanto como los productos agrícolas la fertilidad y el cariño de la tierra" (1950: 95 - 97).

El ordenamiento espacial del Valle de Atriz es corroborado en una referencia de Jesús Rivera (1906: 233) de la misma época y agrega que estos caseríos con excepción de La Laguna se encuentran gobernados por entidades indígenas especiales, según lo dispuesto en la ley 89 de 1890. Señala que cada poblado tiene un templo destinado al culto católico, generalmente con una pequeña plaza donde se aglutina la población.

Pasto como reflejo de este entorno y del sistemático distanciamiento del desarrollo económico del país, presenta un panorama desalentador. Su infraestructura conserva el tradicional corte colonial con grandes caserones mal cuidados:

"...en 1.904 podían verse aún innumerables casas de grandes balcones y de misteriosos enrejados y pesadísimas piedras forradas en cuero crudo colgando detrás de los portones que sin duda prefieren mantenerse cerrados... Había acequias citadinas, deslizándose rápida y rumbosamente por el centro de las calles principales... la ciudad estaba empedrada con gruesa piedra del río y....de cuando en cuando, en cumplimiento de alguna una orden municipal, salían de la cárcel grupos de detenidos, que no se si a buena cuenta de sus cadenas... procedían al deshierbe y limpieza de las calles de aquella manera adoquinadas" (Montezuma 1982: 40).

Las referencias de la época comúnmente señalan que la infraestructura denota descuido y niveles mínimos de salubridad. Esta triste imagen se debe entre otras cosas a las secuelas que han dejado la sucesivas guerras civiles, en especial la de "Los Mil Días". No hay fondos para el arreglo de la ciudad y el deterioro de la economía afecta a muchas familias que viven en estado de mendicidad. Desde este momento se menciona las "Tiendas" como uno de los problemas más graves de hacinamiento en la ciudad. Pereira menciona que

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