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Igualmente
es irrelevante considerar de una manera tajante la división campo-ciudad; esta división
se puede plantear con criterios únicamente metodológicos, pues en la realidad no se
presentan compartimientos ni estancos entre la ciudad y lo rural, sino necesidades
recíprocas. Esto significa que, lo urbano y lo rural constituyen una dialéctica que, no
puede olvidar ningún elemento, ni puede reducir la explicación al papel de uno de ellos.
Lo anterior no quiere decir que la ciudad y lo rural se presenten como dos aspectos
iguales, sino que cada uno aporta una faceta de la realidad que permite comprender las
situaciones concretas de la urbanización.
En palabras de
(Duvigneaud, 1992) la villa y la ciudad se constituyen en un ecosistema urbano y puede
extenderse considerablemente, instaurándose una circulación de gentes, capital,
mercancías, etc., y unas facilidades de comunicación y transporte que apenas se puede
hablar de un régimen sedentario, sino más bien de un régimen circulatorio.
En cuanto a la
concepción de ciudad, es importante considerar que implica no sólo un proceso de cambio
cuantitativo, sino también cualitativo que hace referencia al conjunto de funciones que
cumple una ciudad como sistema. En tal sentido, la ciudad se refiere a procesos complejos
que tienen lugar en sistemas sociales espacialmente organizados.
La conceptualización
de ciudad en cuanto a proceso de cambio intersectorial, se considera como sinónimo de la
industrialización. La base de sustentación de este cambio intersectorial está
constituida por la precondición clásica de que la producción agrícola debe sobrepasar
los límites de la subsistencia para que pueda existir especialización y urbanización.
Uno de los más
notorios exponentes, es el profesor (Currie, 1976), quien considera que el incremento en
la productividad de la agricultura no explicaría la declinación absoluta y relativa de
la población rural, sino fuera por la existencia de otro fenómeno, los bajos precios y
la escasa elasticidad de la demanda de los productos agrícolas. Esto tiene como efecto no
el incremento del promedio de ingresos de los agricultores pobres, sino el proveer
oportunidades de trabajo en las ciudades y motivar la migración hacia ellas.
Aunque existen muchas
versiones y posiciones que se pueden considerar dependentistas el concepto de la
urbanización dependiente puede ser relacionada como neomarxista puesto que se aleja de un
aspecto básico del punto de vista de Marx, esto es, que la urbanización es un modo de
integración económica en el desarrollo del capitalismo mundial y su explotación de la
metrópoli hacia los países en desarrollo.
En este contexto
(Castells, 1981), que ha estudiado el proceso de la urbanización en América Latina,
propone otro enfoque, que tiene como punto central la consideración de que la ciudad es
la proyección de la sociedad en el espacio.
El espacio urbano está
distribuido de tal manera, que su organización no es al azar y los procesos sociales que
lo estructuran reflejan las fuerzas que lo determinan y lo configuran; (Castells, 1981),
se coloca en la siguiente perspectiva: el análisis histórico o estudio de la producción
de formas sociales les corresponde un análisis de la producción de formas espaciales; en
otras palabras se deben estudiar las transformaciones del espacio como formas en las que
se refleja una correspondencia con su estructura social vigente.
Por causa de las
estructuras internacionales Centro-periferia, la organización espacial adquiere una forma
social específica: la urbanización dependiente, en la cual las formaciones locales en
desintegración quedan subordinadas a sectores capitalistas dominados desde el exterior
(Castells, 1973).
De la dialéctica que
se presenta entre la acumulación de capital y el sistema urbano se generan múltiples
problemas (rentas excesivas, especulación con el suelo urbano, segregación espacial y
social) cuya solución está limitada por las leyes estructurales que gobiernan al sistema
capitalista; (Lojkine, 1979), propone que, el proceso de acumulación capitalista imprime
una triple limitación a cualquier planeación racional y social del desarrollo urbano.
Desagregando lo
propuesto por Lojkine, las limitaciones las enumera de la siguiente manera: Un límite
relacionado con el financiamiento de los diversos elementos que dan a la vida urbana
capitalista su carácter particular; un límite relacionado con la division social del
trabajo a lo largo del territorio como un todo y, por lo tanto, con la competencia
anárquica entre los diferentes agentes que usan o transforman el espacio urbano; y un límite
que se deriva de la propiedad privada de la tierra como tal.
La ciudad en el
capitalismo, a diferencia de ésta en los países en vías de desarrollo, no sólo se
apropia del excedente de productos, sino que, al ser el punto de localización de la
producción extrae plusvalía por medio de la producción y el comercio (Harvey, 1973).
Por ello, la urbanización en estos países connota un patrón específico de desarrollo
del capitalismo por intermedio de unas estructuras internacionales Centro-periferia.
Al analizar la teoría
convencional de la renta urbana, Harvey contempla ciertas nociones marxistas (tales como
el excedente, la acumulación y circulación del capital, el capital fijo y el capital
circulante, el modo y la estructura de producción) con referencia a situaciones sociales
empíricas, y las traduce en categorías espaciales.
La definición dada por
(Roberts, 1980: 99), declara que la ciudad es esencialmente "el producto del
desarrollo y la expansión del capitalismo", esta conceptualización considera a la
ciudad inmersa únicamente dentro del modo de producción capitalista; sin embargo, no
específica como se presenta este proceso en los países en vías de desarrollo y mucho
menos en cada uno de ellos.
La concepción de
ciudad como proceso de cambio social y político está fuertemente enraizada en los
estudios sobre modernización (Fredmann, 1976: 72), quien considera que ésta, se debe
tratar a partir de los siguientes aspectos: "Generación y difusión de innovaciones,
control de decisiones, migración de la población e inversión". Estos conceptos
permiten considerar, según el autor, la organización espacial de las sociedades como el
tema principal de una teoría de la urbanización.
El interés por las
características de la percepción que el ciudadano posee del espacio urbano arranca de la
obra pionera y fundamental de Kevin Lynch (1960) acerca de la imagen de la ciudad. Obra
que permitió tomar conciencia de algunos elementos del paisaje urbano en la
configuración de la imagen que los ciudadanos poseen de ella.
En Antropología
Economía, Geografía, se descubrió que los individuos y los grupos sociales poseen una
percepción de la realidad, en función de sus valores culturales, sus experiencias, sus
aspiraciones. Además, se pudo determinar que cada hombre se mueve en un universo
personal, organizado concéntricamente en torno a él. La esfera más inmediata es el
medio de su actuación habitual, del que posee una información personal y directa: la
casa, el barrio, la ciudad, los lugares cercanos que frecuentan el fin de semana, (Capel,
1973).
En cuanto a los
contenidos de la imagen desde el punto de vista morfológico, han sido clasificados
siguiendo la terminología de Lynch, en sendas, nodos, bordes, barrios y mojones.
Todos estos elementos
parecen agruparse y organizarse según Lynch, en complejos locales interrelacionados, y
ello hasta el punto de que a veces, al parecer, la imagen llegó a constituir un campo
continuo. Las imágenes no son estáticas, sino que sufren cambios diversos. Unas veces se
modifican en función del punto de vista del observador o incluso de la hora del día;
otras, deben ajustarse a los cambios producidos en la misma realidad urbana, como
resultado de procesos de renovación o deterioro o del mismo crecimiento de la ciudad,
(Cartellezzi, 1986).
De la obra de Lynch, se
deduce la importancia que los habitantes le dan al espacio, así como de ciertos rasgos
naturales de la ciudad tales como la vegetación y el agua, en la formación de la imagen
de la ciudad también se presenta una clara referencia a la relación entre clases
sociales y morfología urbana y a la importancia de los elementos del pasado.
En conclusión, podemos
manifestar que, la imprecisión que hemos encontrado en la definición de ciudad permite
suponer que la concepción de ciudad está sujeta a una continua renovación. La
definición no puede ser la misma para todas las épocas y todos los países. Lo más
conveniente es situar a las ciudades en su complejo económico, social, espacial,
simbólico y, a partir de estos supuestos interpretarla; es un error metodológico pensar
en una homogenización de las ciudades.
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