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(continuación capítulo Vida Cultura)
ESPACIOS
ESCÉNICOS
En este período de
formación aparecen los primeros teatros y salas de espectáculos, distintos del atrio y
el claustro coloniales. El Teatro Colisio, de Cartagena, es llamado más
tarde Teatro Mainiero y finalmente en 1912 Teatro Heredia.
Santa Marta, la más antigua
ciudad colombiana de origen español, nunca tuvo teatro hasta 1912, fecha que recuerda un
testigo excepcional, don Pepe Vives, quien como gobernador construyó el Teatro
Santa Marta en los años 40, con diseños del cubano Manuel Carrerá. Sincelejo
igualmente tuvo su primera sala en 1912 fecha clave para la historiografía
teatral, un local construido por italianos y caso parecido al de pueblos menores
como Aracataca y Río Frío, en el corazón de Macondo.
La vecina
Ciénaga, en cambio, antigua aldea india, vio en 1907 el teatro Universal,
y luego en 1922 su flamante Teatro Barcelona, construido por un ciudadano
de origen curazaleño. Una curiosidad es hallar en Ciénaga en 1924 una sección de
crítica teatral en el diario vespertino El País, lo que revela una constante actividad
teatral.
El continuo desarrollo
mostrado por Barranquilla, humilde villorrio colonial, permitió que esta ciudad portuaria
ostentara a fines del siglo pasado dos teatros: el Emiliano y el Cisneros,
hermosas construcciones desaparecidas.
Entre tanto, la brega teatral en Riohacha ocurría
bajo la tutela de la vieja colonia curazaleña que emigró a la Zona Bananera y luego a
Barranquilla.
Por su parte, compañías
extranjeras de comedias y varietés, especialmente españolas, animaban la escena viva,
estimulando la creatividad entre los nativos, quienes fundaron efímeros grupos
experimentales y aficionados, de donde surgieron algunos de los dramaturgos costeños
contemporáneos.
AUTORES
DRAMÁTICOS
Historiar el teatro costeño
desde el punto de vista de la escritura es algo cómodo: poco de ismos y vanguardias, apenas un quehacer
descontinuado, a ratos coyuntural, y no relacionado entre sus cultivadores.
Los autores dramáticos en la costa fueron
hombres de letras que amando el teatro lo enriquecieron con su haber literario. Personajes
del teatro, a la manera del interior del país como Alvarez Lleras o Buenaventura, no hubo
entre nosotros, con excepción del cartagenero Alberto Sierra. Digamos que el fenómeno
teatral costeño es diferente del andino el cual se ha favorecido por el clima y el
interés del Estado por desarrollar el eje cultural Bogotá-Cali-Medellín.
Empero hay
autores costeños muy importantes. Los primeros José Fernández Madrid Fernández
de Castro, cartagenero de origen samario, quien introduce la trama indigenista algo
falsa sin embargo, y Lázaro Maria Madiedo, también cartagenero. Son sus contemporáneos
el samario José C. Alarcón, el atlanticense Juan José Nieto, militar y novelista, el
momposino, poeta de la negritud, Candelario Obeso, y una dama de El Banco (Magdalena),
Marcelina Argüelles.
En la primera mitad de este
siglo aparecen autores dramáticos al conjuro de los grupos aficionados que funcionan en
la costa y son ellos Amira Arrieta McGregor (Amira de la Rosa) y Alfredo de la Espriella
en Barranquilla, Judith Porto de González y Régulo Ahumada Zulbarán en Cartagena,
quienes anteceden al dramaturgo Alberto Sierra, autor del absurdo criollo; en Santa Marta
encontramos a José Francisco Gnecco Mozo, cuyo drama Manuelita la libertadora del
Libertador, fue el gran éxito de taquilla en los años 50; el anarquista de
Ciénaga, Gilberto García González, influido por la filosofía orientalista; el
bolivarense del Carmen de Bolívar Néstor Madrid-Malo, introductor de los
temas macondianos en teatro; y los hermanos Manuel y Juan Zapata Olivella, nativos de
Lorica (Córdoba).
Varios reconocidos escritores costeños incursionan en el teatro
esporádicamente:
García Márquez, Germán Espinosa, Eduardo Lemaitre, Clemente María
Canabal,
David Sánchez Juliao, Ramón I. Bacca, Antonio Mora Vélez, Guillermo Tedio,
Martiniano Acosta y Guillermo Valencia Salgado, entre otros.
Entre los autores más
recientes se encuentran William Morón, actor y director de
Valledupar, Orlando Cantillo,
dramaturgo nacido en Ciénaga y su coterráneo
Gilberto Cadena, joven autor de obras
infantiles llenas de gracia y humor.
Un renovado espíritu se vislumbra en la costa
atlántica. Pueblos y ciudades pequeñas son cuna de nuevos autores y grupos escénicos
que permitirán en un futuro cercano la renovación del quehacer teatral colombiano ya sin
la férula del teatro colectivo, pasado de moda
Itinerario
PLÁSTICO
Ni tendencia homogénea ni
panicular dentro de la plástica del Caribe colombiano, aun cuando grandes exponentes de
nivel nacional e internacional tiene origen costeño.
La condición de puerta de
entrada al país condujo a una permanente influencia de las escuelas europeas en el arte
de la región. Las primeras manifestaciones
se encuentran, precisamente al inicio de la república cuando la pintura europea entra en
contacto con el despertar americano y muestra una iconografía extremadamente politizada.
Las pocas obras son de dudosa adjudicación y prolifera la pintura burguesa, retratos de
personajes de carne y hueso que nos llevan hasta el fin del siglo XIX.
Con el siglo XX entra, como
es sabido, el arte moderno a través del impresionismo y el simbolismo. Obras que han
presentado un reto a las diferentes academias y se constituyen en la vanguardia del
trabajo artístico, son las que toman auge en la región.
El paisaje es la práctica de
casi todos los pintores de comienzos de siglo en el país. Lo hacen con fruición,
buscando cada cual proyectar su talento. A la costa llegó por conducto de muchos viajeros
y expedicionarios que se valieron de él como recurso documental.
El pintor cartagenero
Jeneroso Jaspe (1846-1918) vio en los edificios históricos de su ciudad natal y en el mar
circundante, los motivos ideales para sus óleos y fotografías y en ellos prima también
un interés documental. Luego, a partir de los años 30, y vinculada al interés por el
paisaje, toma auge la acuarela esa técnica cuyas transparencias se prestan para las
representaciones de exteriores. Aquí se encuadra la producción de Hernando Lemaitre
(1925-1970).
También los temas
costumbristas escenas típicas, cotidianas y comunes tuvieron gran importancia
al iniciarse el siglo XX. Ya en el país había algunos cuadros de costumbres, pero en la
costa sobresalen por su oposición a los temas importantes, históricos o religiosos, de
la mayoría de los pintores, y puesto que hasta el período finisecular no son pintados
bajo las luces académicas o con objetivos modernistas.
UNA
MAYOR IMAGINACIÓN
El impulso hacia la
abstracción se sintió con el expresionismo, esas obras que se alejan deliberadamente de
la imitación de lo real en favor vehemente del sentimiento y las emociones.
Alejandro Obregón 1920-1992,
nacido en Barcelona, España, pero radicado en la costa atlántica, hace manifiestas una
fértil imaginación y una singular vitalidad, al tiempo que centra su obra en la
naturaleza.
Su pintura
pasa del naturalismo al expresionismo paulatinamente: domina los pigmentos, define
símbolos y signos, y reconstruye con intención poéticadespués de haberlas
fragmentado las múltiples figuras que conforman su temática. Su estilo está
compuesto de contrarios: inmensos espacios de brochazos enérgicos y detalles minuciosos
de pincelada delicada; misteriosas veladuras y figuras contundentes; zonas grises y
calladas y áreas de colores fuertes, vivos, contrastantes; referencias directas a la
realidad y alusiones inequívocas a la magia, los enigmas y la fantasía.
En la obra de Obregón, el
arte es expresión de una cultura: la costeña. Por ellos su ímpetu y libertad creativos
se refieren frecuentemente al paisaje y la flora y fauna tropicales manglares,
volcanes, cóndores, toros y alcatraces que transforma en símbolos del país y el
continente gracias a su fuerza pictórica y su intensidad cromática y social (Velorio, Violencia, Homenaje al Che Guevara), subrayando
su preocupación regionalista. En estilo y contenido su trabajo ha ejercido gran
influencia en la plástica y la cultura costeñas, y sobresale como una de las expresiones
pictóricas latinoamericanas más ambiciosas y logradas de este siglo.
Grau (1920) nacido en
Panamá pero cartagenero por familia y residenciainicia su carrera artística, al
igual que Obregón, en los años cuarenta, aunque es sólo después de sus estudios en
Nueva York y en diversas ciudades italianas cuando comienza realmente a cimentar los
parámetros de su lenguaje. A su retorno comienza a marcar sensiblemente dentro de un
esquema que podemos denominar el arte costeño.
La mujer caribeña participa
de la disyuntiva entre la representación y la abstracción, tal como lo muestra Cecilia
Porras (Cartagena, 1922-1971). Ella es una de las artistas con quienes empieza a figurar
la mujer de manera consistente en el arte colombiano a mediados de siglo. Siempre
interesada en la representación, especialmente de la flora y las calles y murallas de su
ciudad, pintaba dichos temas bajo el impulso abstraccionista de la simplificación y de un
libre e idealizado colorido.
La fuerte tendencia
expresionista entre los artistas costeños se refleja en las obras que se han inclinado
por este género en las últimas décadas. Son un claro ejemplo las hirientes pinturas de
mujeres disecadas del cartagenero Norman Mejía (1938) y los sugestivos Congos del
barranquillero Angel Loockhart (1933). Aun así, la figuración nunca pierde vigencia en
el país.
En los años sesenta la
pintura figurativa se abre en una dirección de más clara vanguardia bajo los influjos
del arte pop. Algunas de sus peculariedades sirven de base a buen número de artistas del
país para iniciar lenguajes propios y únicos, como los hacen con el arte caribeño
Alvaro Barrios (Cartagena 1945), Hernando del Villar (Santa Marta 1944).
Mientras que en sus primeras
obras Del Villar presentaba la figura humana en los colores planos reminiscentes de la
publicidad, se orienta luego hacia el paisaje que interpreta con la vibrante exuberancia
cromática de la naturaleza tropical en los setenta llega además a la abstracción
geométrica. En los últimos años su obra se ha ido complicando intencionalmente con la
creación de sinuosos patrones que avivan y enriquecen su festiva producción,
características del ethos caribe.
RASGOS
CONTEMPORÁNEOS
El nuevo realismo o
hiperrealismo tuvo una amplia y entusiasta acogida en Colombia en los últimos
años. Este movimiento internacional también se desarrolla en la costa con
características propias.
Calidad excepcional en sus representaciones ha alcanzado el
cartagenero Darío Morales (1944-1988). Las modelos desnudas dentro de su estudio, hacen
con frecuencia no tanto por la
desnudez como por las posiciones y puntos de vista un llamamiento erótico.
Arnulfo Luna (1946), Alfredo
Guerrero (1936), Cecilia Delgado (1941) y Roberto Angulo (1946) cartageneros
también, se han dedicado igualmente a la interpretación realista de figuras
femeninas, de puertas y ventanas, de paisajes y de ambientes urbanos.
En las postrimerías de los
sesenta aparecen además en la costa los primeros ejemplos de arte conceptual, tendencia
que conformaría sin duda el más revelador y radical acontecer en la escena artística
costeña de la siguiente década. Exponentes de él son los barranquilleros Ramiro Gómez
(1949), Sara Modiano (1951) y Alvaro Herazo (1947). Se producen ensamblajes con materiales
de desecho, enfáticamente no atractivos (cajas y zapatos viejos, vidrios rotos, animales
disecados, brea y puntillas), de apariencia peligrosa y mágica (Gómez), o grandes
construcciones en ladrillo que revelan interés en el anverso, y al reverso de un espacio
dividido escalonadamente (Modiano). Otra es la acción artística o performance con miras
históricas y políticas, o la modelación en cera de imágenes y objetos religiosos
destinados a ser devorados por el fuego, una innovación con acogida en la región
(Inginio Caro, 1952).
Ya en los años ochenta y
noventa, es perceptible un renacer en la pintura del país
al igual que en el mundo
entero. Con la tendencia expresionista se respira una nueva libertad creativa manifiesta
en el carácter espontáneo e intuitivo de las obras de más reciente aparición del
barranquillero Rafael Panizza (1953).
Aparece también la escuela
de Bellas Artes en Santa Marta, con exponentes como Angel Almendrales que experimenta
nuevas técnicas y maneja elementos autóctonos, Lucy Peñaranda quien manejando muy bien
el pastel en elementos precolombinos, y la acuarelista Zarita Abello de Bonilla, destacada
por sus bodegones. Sojo y Laignelet son, finalmente, 2 exponentes costeños de la actual
escuela francesa que en su retorno al país comienzan a tomar auge.
SIGNIFICA resistir
Costeño es habitante de la
región Caribe y así lo identifica el país. Su naturaleza es tan compleja que cualquier
Intento por describirla deja por fuera muchos aspectos que lo configuran.
La naturaleza
mestiza, el enraizamiento con el solar nativo, la prosperidad espiritual, el temperamento
pacífico, el júbilo existencial y la extroversión son características que distinguen
al costeño. Pero estos rasgos han tendido a mitificarse desconociéndose otros no menos
importantes del ethos caribeño: la resistencia,
el aguante, la dejadez, la lisura y el machismo.
DESEO DE AUTONOMÍA
El concepto ha traspasado el
proceso histórico reafirmando la identidad del pueblo costeño y esa afirmación de lo
regional ha sido significativa y reiterada en la región caribe, como lo muestran los
intentos de federalización.
El 11 de octubre de 1840 se
inicia en Ciénaga, Magdalena, la revolución que intenta cambiar la forma central de
gobierno por la forma federal (Alarcón, José). El coronel y más tarde Brigadier General
Francisco Javier Carmona, de origen venezolano y uno de los héroes de la Batalla de
Boyacá, asume el mando como Jefe Supremo de los Estados de la costa caribe y que
perdería a manos del poder central en febrero de 1842. Unos años más tarde se dan los
Pactos de Cartagena (1860) y de la Unión (1861). El siglo XX encuentra nuevas expresiones
de la misma intención, la Liga Costeña de 1914, que subrayan la necesidad de conquistar
la autonomía y la integración nacional. Incluso en conflictos subregionales que han sido
marcados por la defensa de sus intereses comerciales, en especial entre ciudades que
expresan la identidad cultural costeña (Cartagena, Barranquilla, Santa Marta), nunca se
ha cuestionado el sustrato común específico de esta región: la identidad como
costeños.
RAÍCES DE
IDENTIDAD
La combinación de factores
históricos con la posición estratégica de la costa caribe ha propiciado la formación
de una cultura regional rica en matices dentro del variado mapa cultural colombiano.
Comprender su carácter debe, pues, remitirnos al estudio de las culturas precolombinas
asentadas en la región y a su contacto con el mundo europeo.
Dos elementos
indígenas han influido en el hombre costeño en forma atávica: los aborígenes no fueron
grandes navegantes, por lo cual se limitaron a una navegación costanera y fluvial sin
aventuras ultramarinas; y los cacicazgos descansaban más en principios teocráticos que
en complejos bélicos que se mostraran expansionistas. El desarrollo ha dado entonces la
espalda al mar y la visión política esconde detrás de un dudoso pacifismo una postura
civilista que ha mitificado el caciquismo. Tras el encuentro de nuestras culturas con la
europea hubo tres consecuencias: una cuantiosa perdida de vidas humanas y la desaparición
de una variada gama de culturas nativas dotadas de elementos míticos, usos y costumbres
que constituían un marco de representación único; la formación del alto sentido de
supervivencia física y cultural de los pocos grupos indígenas que escaparon al
exterminio y el vasallaje impuestos por el conquistador español; y, finalmente, el
establecimiento de los rasgos del ethos caribe adquiridos en el proceso de mezcla
interracial de los aborígenes, primero con los hispánicos y luego con los africanos, lo
cual dio la característica mestiza a la cultura regional.
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