(continuación capítulo Vida Cultura)

CAMINO DE RESISTENCIAS

Entre los indígenas sobrevivientes están los wuayúu —llamados guajiros—, los de la Sierra Nevada de Santa Marta (kogis, arsarios y arhuacos) denominados genéricamente arhuacos y finalmente, los reducidos grupos de chimilas, yucos y cunas. Todas estas culturas se encuentran en precarias condiciones.

Los wayúu han mantenido una resistencia permanente hacia los mecanismos de control de la sociedad dominante y han practicado el contrabando como una importante actividad económica. Así se ha marcado el ethos de la cultura guajira y generado un carácter especial en la identidad costeña de la subregión guajira.

Símbolo eterno de la resistencia aborigen al invasor son los arhuacos. Luchadores incesantes, estóicos, contra los hermanos menores que los han despojado de sus tierras, lugares sagrados y aun de su propia cultura.

También el africano abona el terreno cultural costeño. La explotación del esclavo negro genera adaptación al nuevo sistema junto a una enorme capacidad de resistencia es decir, diferentes formas de contrapoder.

Los indígenas y posteriormente los mestizos asumen una actitud negativa hacia el trabajo forzado. El español de antaño supuso entonces que aquellos eran por naturaleza haraganes e incapaces y con el tiempo se consolidó uno de los más importantes rasgos del hombre caribeño que algunos han llamado el complejo del dejao: “la dejadez es como una táctica de sobrevivencia. Un mecanismo de autodefensa” (Fals Borda).

En síntesis, la resistencia indígena y posteriormente la de los africanos, introducen en la cultura caribe cierto aguante pero al mismo tiempo la despoja de su pacifismo. Se defiende con vigor lo que se considera justo para sí mismo, para la familia, la localidad o la región.

LAZOS Y LEALTADES

La mezcla racial de aborígenes, africanos y europeos definen la cultura del Caribe colombiano como mestiza. Es una cultura nueva en la que, sin embargo, predomina lo propio del blanco por ser quien controlaba el poder económico, militar y político.

Pero esa nueva cultura es eminentemente popular con todas las implicaciones que de ello se derivan: a pesar de las diferencias sociales de los grupos, entre los costeños se mantienen tendidos los puentes de la solidaridad y familiaridad en el trato. Tal conducta se traduce en comportamientos efímeros como la lisura, o duraderos como el compadrazgo, auténtica institución social que funciona no sólo en el plano de la amistad, sino en el de las lealtades políticas, especialmente en las variantes del gamonalismo-clientelismo.

Otras múltiples manifestaciones culturales expresan la nueva cultura: la música, el baile (danzas), la fiesta —en la que sobresale el Carnaval de Barranquilla—, la narrativa oral, las prácticas poligámicas —relación amistosa esposa-queridas—, la visión de la muerte —influencia de los muertos en la vida diaria, casi que una necromancia— y la vivencia —o sea aprender a vivir y dejar vivir en contextos sociales. Aquí está la mejor definición: “fuimos capaces los costeños de cambiar las bandas de guerra por bandas papayeras” (Fals Borda).

ROSTROS VENIDOS DE LEJOS

Las migraciones ocurridas en el transcurso del siglo XX son importantes para la historia cultural de la región. Los inmigrantes europeos —especialmente italianos— y árabes —sirio-libaneses y palestinos— conocidos como turcos, ayudaron al fortalecimiento de dos polos destacados de desarrollo regional: Barranquilla y Cartagena. Ellos se integraron a la cultura costeña.

No sucedió lo mismo con las inmigraciones cachacas, las cuales permanecen al margen de la cultura caribe. El grupo de los cachacos —denominación costeña para todo interiorano—, se asentó principalmente en la Sierra Nevada de Santa Marta y en las zonas de colonización de la llanura caribe. Estos numerosos inmigrantes llegaron especialmente de Cundinamarca, Tolima, Santanderes y Antioquia, y conservan en forma más o menos fiel la atmósfera de sus lugares de origen. Sólo los descendientes de los inmigrantes cachacos se integraron a las comunidades caribeñas en un proceso de asimilación que duró casi lo que una generación.

UN MAPA CON otros colores

Conjuntos de municipios con características que sus mismos pobladores consideran afines y con las que se sientan identificados: esa son las subregiones verneculares.

Los habitantes de varias localidades de la costa definieron los límites de su territorio local. Propusieron de acuerdo con criterios más propios y vivenciales una división del territorio y sus propuestas se recogieron fundamentalmente en reuniones conjuntas de los Consejos de Cultura.

Los esfuerzos responden a un proceso de afianzamiento de la realidad subregional en las instancias político-administrativas y, aunque se encuentra en ciernes, muestra con mayor claridad cada vez que la participación a nivel local se basa precisamente en el reconocimiento de lo específico que existe al interior de cada subregión y del espacio donde se desarrolla.

No hay dudas ni titubeos al identificar el territorio y los rasgos propios: el mapa de subregiones vernaculares es elocuente en sí mismo puesto que refleja los diferentes grupos sociales y su presencia territorial.

A partir de este auto-reconocimiento se delimitaron 31 subregiones y seis territorios indígenas en el área continental del Caribe colombiano y una serie de sectores en el archipiélago de San Andrés, Providencia la Vieja y Santa Catalina. Entre ellas, la depresión Momposina —con municipios de los departamentos de Bolívar y Magdalena—, la Mojana y La Guajira han conformado Asomcaribe. Y en los departamentos de Sucre y Córdoba las particularidades de las identidades locales han sido recuperadas en muchos de los planes de acción estatal, particularmente en los de desarrollo departamentales.

LA CLAVE DE LA VIDA

Es con los indígenas con quienes se hace más evidente la relación de identidad vital con el territorio. Su presencia después de quinientos años obedece a lo que queda de él. Sin excepción, son las tierras la principal reivindicación de estos grupos. Tienen clara conciencia de que para los hombres, al igual que para cada especie sobre el planeta, ellas son la clave de la supervivencia física y cultural.

Es imposible generalizar la concepción de los grupos indígenas en este asunto dada la complejidad de los diferentes niveles de su realidad. Pero se pueden establecer globalmente en ella por los menos tres dimensiones: la del territorio ancestral, la de sus tierras actuales y la de los terrenos que jurídicamente el Estado les reconoce. Nunca coinciden: son permanentemente invadidos e irrespetados por la costumbre de la colonización de origen europeo, que trata de extraer al máximo los recursos disponibles hasta su agotamiento.

Dos casos permiten entender la situación jurídica de las tierras indígenas en la región: el de los denominados resguardos nuevos en tierras baldías  tierras de los wayúu en la península de La Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta, donde habitan los kogi, arsariosy arhuacos, la Serranía de Perijá espacio de los yuko-yukpa y los motilón-barí, las sabanas del Ariguaní en el Magdalena terreno de los chimila y las cabeceras del río Sinú lugar de los emberá y el caso de los resguardos de origen colonial los zenú en Córdoba y Sucre. La tierra es para el uso y no para la propiedad: en eso se identifican también todos los indígenas. No es ella un bien de mercado susceptible de ser vendido o comprado y es tal vez esta forma de pensar el origen de mayores problemas en las relaciones inter-étnicas del país.

ISLEÑOS

Tres grupos de pobladores habitan las islas del Archipiélago de San Andrés, la vieja Providencia y Santa Catalina: raizales, continentales y sirio-libaneses.

Población raizal. Puebla las islas de Providencia la Vieja y Santa Catalina. De la isla de San Andrés ocupa San Luis, Cove, Sound Bay y La Loma. Tiene religión protestante y tradición anglo-norteamericana. Su ascendencia es básicamente africana con influencia miskito, europea y oriental —china y javanesa. De acuerdo al prestigio, a las relaciones de parentesco —que determinan en última instancia la pigmentación— y al acabado de la vivienda, se establece su estratificación social, El auge de los desarrollos turísticos, impulsados actualmente por los capitales de Cali, está desplazando los habitantes raizales.

Continentales. Mejor conocidos en las islas como pañas. En ellos predomina el elemento mulato procedente del Atlántico y de Bolívar. Los de ascendencia mestiza, criolla colombiana, provienen de los departamentos del viejo Caldas. Ocupan en su mayoría el sector de North End, en barrios donde se reproduce la estructura espacial de sus zonas de origen. Se trata de grupos de estrato socio-económico bajo que han migrado al archipiélago buscando mejores condiciones de vida dentro del comercio en pequeña escala—cacharrería de contrabando— o siguiendo las promesas de políticos y empresarios necesitados de mano de obra barata.

Sirio-libaneses. Esta población se ha desplazado en muchos casos desde el área continental colombiana, donde ya estaba establecida, atrayendo nuevos paisanos que han llegado de sus países de origen. Concentra un enorme poder económico y político y constituye una comunidad sumamente cerrada. Se han localizado en el North End.

UMBRALES DE IDENTIDAD

La Guajira. Se conserva aquí la mayor parte de lo que fue el territorio ancestral de los wayúu. Entre sus habitantes anida una relativa autonomía política y cultural. Hay evidencia de la gestación de una etnia regional guajira que tiene como núcleo básico a la población indígena con asiento la alta Guajira y cuyo territorio abarcaría hasta Sinamaica en la vecina república de Venezuela. Dentro del espectro guajiro se diferencian otras dos subregiones:

Riohacha. En el umbral de lo guajiro se introduce una marcada influencia africana. Están los habitantes del núcleo urbano y un sector rural muy vinculado a actividades como el comercio y el contrabando. Maicao aparece aquí con un enclave sirio-libanés.

Sur Guajira. Un área de transición donde los pobladores, de ascendencia mestiza, mantienen gran afinidad con Valledupar y la cultura vallenata. Del sur y de Riohacha surgen los dirigentes políticos de La Guajira: son sectores vinculados con la burocracia estatal a diferencia de los grupos indígenas de la alta guajira para quienes el Estado cumple un papel secundario como ente regulador y no ejerce su soberanía.

Kankuama. Está situada en las laderas sur orientales de la Sierra Nevada. Allí habita un grupo en cuyo mestizaje confluyen múltiples etnias que han estado presentes en esta zona: los ya desaparecidos kankuamo y los arsarios, arhuacos, kogi y wayúu. Se evidencian el campesino y el propietario de grandes extensiones residente en Valledupar.

Vallenata. Aparecen en esta subregión dos grupos de pobladores —al igual que en muchas ciudades costeñas de origen colonial: uno de características mestizas y una élite de origen hispano sobre la que tuvieron gran influencia las migraciones europeas. La élite ostenta el poder político y socioeconómico, a través de la institución del compadrazgo y concentra la propiedad de la tierra particularidad de las zonas donde se ha dado el proceso hacendatario.

Perijá. las vertientes de esta serranía han sido pobladas por campesinos provenientes especialmente de los Santanderes y otros departamentos del interior del país. Son ellos colonos presionados por las condiciones de violencia y pobreza de sus lugares de origen. Enfrentan una situación generalizada en ciertas zonas de colonización donde se da un doble movimiento ascendente: la concentración de la propiedad que desplaza al pequeño campesino el que a su vez desplaza al indígena.

Santa Marta. Su población es fundamentalmente mestiza y tiene origen en la red de pueblos de indios tributarios que se estableció a su alrededor durante la Colonia. Entonces se consolidó también una élite, de ascendencia hispana, con carácter paternalista.

Cienaguas. Los pobladores del irrigado valle que se forma entre los contrafuertes de la Sierra Nevada y la Ciénaga Grande, tienen diversas ascendencias pues el valle ha sido receptor de migraciones de origen múltiple durante el último siglo. Hay campesinos provenientes de otras zonas de la costa o inmigrantes europeos. Se han articulado económicamente a partir de la explotación del banano.

Sierra Nevada. Los hoy campesinos de origen cachaco que colonizaron la Sierra desde la década de los cincuenta, reclaman una identidad que los diferencia de la gente del     plan—de cultura costeña— y de los indígenas —y adicionales habitantes del macizo. Se trata de una población que ha permanecido marginal para los gobiernos nacional y departamentales, por lo cual aquí se han consolidado diversas formas de autoridad a partir de influencias externas como los grupos protestantes y la guerrilla, entre otros.

Ciénagas del Magdalena. Poblaciones también tradicionalmente marginadas inclusive en el nivel local. Tienen características mestizas y han mantenido una explotación artesanal de esta zona lacustre.

Montaña del Magdalena. Habita un grupo que consolidó la colonización, el desmonte y la explotación de esta zona anteriormente boscosa. Se presentan acelerados flujos migratorios, procedentes en su mayoría de otras zonas de la costa. La presencia de enclaves extranjeros de explotación determinó en buena parte sus relaciones sociales. Los sectores comerciantes son de origen sirio-libanés.

Ciénagas del Cesar. Los habitantes del entorno de la ciénaga de Zapatosa, mantienen una unidad fenotípica, sociológica y lingüística, que los identifica con los grupos ribereños. Se trata de una población que se ve marginada por el proceso de latifundismo que se apropia de los playones anteriormente comunales.

Ocañera. En esta subregión el núcleo de poblamiento es santandereano. Se mantienen una relación permanente con el noroccidente de Santander así como unidad en intereses y aspiraciones.

Costera del Atlántico. Habita aquí una población mestiza junto con algunos reductos de la cultura Mocaná, actualmente presionados por el impulso de la franja turística que está consolidando un eje costero entre Barranquilla y Cartagena. Se destaca la ciudad de Barranquilla por la magnitud y complejidad de sus relaciones urbanas.

Sabanalarga. Espacio constituido por los pueblos de origen indígena que, siendo parte del área de influencia de Barranquilla, mantienen valores y expresiones diferentes frente a la cultura metropolitana.

Depresión momposina. Confluyen en esta parte habitantes del Magdalena, del Cesar y de Bolívar, con un ancestro cultural común que se origina en la actividad de la boga, eje del zambaje a lo largo del río Magdalena, y en la hacienda esclavista colonial. También se identifica aquí el remanente de una élite de origen europeo.

La Mojana. Sus pobladores presentan características similares a los de la Depresion. Son tradicionalmente marginados y han enfrentado la apropiación de tierras comunales hecha por los hacendados.

San Lucas. Poblada recientemente en dos oleadas de colonización: en los años cincuenta con campesinos cachacos desplazados por la violencia de entonces y en los años 80 y siguientes con campesinos desalojados del Magdalena medio por la violencia actual.

Ribereña. Los habitantes de esta zona ribereña, encerrada entre la Serranía de San Lucas y la Cordillera, presentan una marcada influencia de la realidad del Magdalena medio. Constituyen un eje que penetra hasta Barrancabermeja.

Cartagena. La mayor parte de su población tiene un ancestro africano. Conserva la riqueza de sus relaciones socio-culturales a pesar de los patrones de una élite de origen colonial de ascendencia hispánica que entraba la movilidad social por razones de prejuicio racial.

Caneleros. En el canal del Dique los habitantes hacen parte del complejo cultural del río; la tradición de cimarronaje y palenques que existió aquí durante la Colonia tiene aún vigencia en su cotidianidad.

Montes de María. La subregión se compone de municipios de Bolívar y Sucre. Su población tiene origen en los arrochelados y libres que se refugiaron es la Serranía de San Jacinto y que fueron objeto de los proyectos de repoblamiento del período colonial. La tradición de las relaciones laborales, a partir del cultivo del tabaco, ha sido clave en su identidad socio-política.

Costera de Morrosquillo. Aquí habita una población de origen esencialmente africano, con una fuerte tradición de palenque y cimarrona y por lo tanto de resistencia. A pesar de su cercanía con Cartagena, ha vivido marginada.

Sabanas. Subregión formada por los departamentos de Córdoba, Sucre y parte de Bolívar.  Sus gentes se han forjado a partir de su origen mestizo y de las relaciones de dominación históricamente establecidas por la hacienda. Ocupan los rescoldos del latifundio y venden ahí su fuerza laboral.

San Jorge. Comparte importantes rasgos con la zona de sabanas y se encuentra también con la influencia anfibia de los habitantes de las ciénagas.

Bajo Cauca. Es antigua zona minera donde también tuvieron peso enorme el cimarronaje y el palenque. Entre sus habitantes se mantiene la tradición de vivir al margen y su territorio ocupa parte del departamento de Antioquia.

Costera de Córdoba. En su mayoría los habitantes son de la tradición africana con una clara influencia de la cultura de la sabana. Enfrentan la reciente presencia del capital paisa dispuesto a apropiarse totalmente de las tierras y del desarrollo turístico del litoral.

Ciénagas del Sinú. Su población tiene marcada tradición indígena, una gran influencia económica y política de los habitantes sirio-libaneses y presencia afrocostera derivada de la relación histórica de Lorica con Cartagena.

Sinú Medio. Con incidencia de las sabanas y de los sirio-libaneses, este espacio se caracteriza también por la presencia del latifundio que ha demarcado claramente las relaciones sociales.

Montería. Se reflejan aquí las influencias poblacionales que caracterizan la región sinuana a partir del desarrollo urbano de Montería: el riberano sinuano, la cultura sirio-libanesa, la hacienda sabanera y la intrusión del poder económico paisa, especialmente el narcotráfico.

Alto Sinú. subregión ocupada por campesinos de origen sinuano y sabanero y otros de ascendencia antioqueña. Es una zona manejada por el latifundista antioqueño.


BIBLIOGRAFÍA

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Bell Lemus, Gustavo (comp.). El Caribe colombiano. Ediciones Uninorte, Barranquilla, 1988.

De la Rosa, José Nicolás. Floresta de la Santa Iglesia catedral de la ciudad y provincia de Santa Marta. Biblioteca del Banco Popular. Bogotá, 1975.

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