5. CULTURA
Desnudo de gozo con lo inmediato y lo propio
Se habla de la
coexistencia de distintas expresiones musicales como producto de choques culturales, modos
de vida y la imposición. De las artes plásticas cuyos autores principales se han
interrelacionado con expresiones extranjeras. Y de los rasgos fundamentales de la
producción literaria antioqueña en poesía y prosa.
María Eugenia
Londoño: Docente, Departamento de Música, Universidad de Antioquia. Jorge
Franco. Alejandro Tobón. Carlos Arturo Fernández: Filósofo y literato,
profesor de Historia del Arte, Universidad de Antioquia. Hernán Botero:
Docente, Departamento de literatura, Universidad de Antioquia. Dora Helena Tamayo:
filósofa y literata. Facultad de Artes, Universidad de Antioquia.
MÚSICA DE VIDA
De los sonidos aborígenes a la música mestiza
y moderna se pasa por el interludio de la cultura hispánica. Hacer música es otra manera
de contar la historia.
Unidos indisolublemente por la fuerza de una historia
común, en el noroccidente colombiano coexisten las musicas tradicionales folklóricas o
étnicas que comunican la vida cotidiana; la música erudita, comúnmente llamada
clásica, elaborada por estudiosos a partir de técnicas y teorías universales; y la
música popular comercial, animada por intereses económicos.
Esta unidad histórica persiste no obstante estos tres
lenguajes sonoros se hayan cultivado en espacios y tiempos culturales diferentes.
CULTURAS, SONIDOS Y SILENCIOS
En la región están
dispersos y son escasos, imprecisos y frecuentemente preciados los escritos referidos a
las músicas prehispánicas. En cambio, testimonio fuerte lo son las pruebas
arqueológicas: instrumentos musicales cerámica, de hueso o de aleaciones de oro y cobre,
vasijas silbantes y sonajeros de los quimbaya; trompetas, cascabeles y flautas
longitudinales de caribes y calimas; la música viva que hoy hace parte de la cultura Tule
o Kuna de Urabá, de chamíes y katíos que habitan en Dabeiba, Ituango, Bolívar, Jardín,
Valparaíso, Mistrató. Y canciones de cuna, cantos de Jai-curación o limpieza con su
música, instrumentos y danzas ceremoniales que viven aún porque encarnan relaciones
ancestrales música-naturaleza, música-vida, música-comunidad, música-orden,
música-ley, música-cosmos, música-Dios.
Después de que el
padre y la madre se abrazaron y crearon la vida, se convirtieron en instrumentos. Por eso
hay instrumentos macho y hembra. Por eso nuestra música es como la vida. Cantamos para
vivir, para que el río se apacigüe, para que la enfermedad se vaya, para que el animal
se aleje y no haga daño... Bailamos para no morir. (La Música de la Vida)
La cultura hispanoárabe
entre los siglos XVI a XIX impone valores, usos y costumbres y con ello, músicas e
instrumentos. Obras sacras de origen académico como los cantos gregorianos, el canto
toledano y la música polifónica, que dieron realce a los oficios religiosos y se
utilizaron para atraer nativos y esclavos a la nueva religión, mostraron el ímpetu de la
nueva cultura, lo mismo que en las músicas tradicionales populares religiosas y profanas.
Entre los
géneros de mayor significación destacamos el villancico, la salve, el romance, canciones
de cuna y danzas populares que van a influir enormemente en el desarrollo de la música
criolla. Los instrumentos de cuerda tañida tal como guitarras de cuatro cuerdas, laúdes
y vihuelas son los que se arraigan con mas fuerza y posteriormente se transformarán en
tiples, bandolas y guitarras alma de los conjuntos montañeros. Tienen importancia,
además las chirimías,
especies de
oboe de origen árabe, panderos y redoblantes o tamboriles muy usados entre nosotros hasta
hace sesenta años para llamar la atención de gentes en la lectura callejera de bandos,
edictos y ordenanzas.
Definitivo será el aporte
africano a raíz de la llegada de esclavos negros a regiones mineras del nordeste
antioqueño y del Viejo Caldas. En Remedios Segovia, Yolombó, Supía, Marmato, Pueblo
Rico, la Región del Oro y en minas de aluvión cercanas a Riosucio, la fuerza del
mestizaje impregnó de ritmos nuevos, timbres, colores y de modos de hacer, de expresar y
de sentir la vida a cuerpos y espíritus, y por ende a la música y a la danza, hecho
éste que va determinar gustos y preferencias musicales en la región.
Debido al aislamiento de estas tierras en épocas de la
Colonia, fue inexistente alguna documentación referida a la música erudita de grupos
minoritarios, elites religiosas y políticas. Escasa también fue la información alusiva
a las músicas que hacían las gentes del común. No era posible para el europeo corriente
la valoración y menos el intercambio con las culturas que se proponía someter el pueblo,
compuesto por mayorías iletradas y oprimidas; no tuvo los medios los recursos para
historiar su cultura. El exterminio masivo de aborígenes, las restricciones que pesaron
sobre los esclavos, la normatividad moralista y represiva que se impuso en todo el
continente y las sanciones y tributos que recayeron sobre los festejos populares
determinaron un escaso desarrollo musical en a la región.
SONIDOS MESTIZOS
A comienzos del siglo XIX se
conformaron las primeras bandas de música en Medellín y Rionegro, y la creación de la
primera academia musical. El francés Joaquín Lemot, el inglés Mr Edward Gregory Mac
Pherson y Don José María Salazar, oriundo de Marinilla, figuran como pioneros en el
desarrollo de la música erudita en Antioquia.
Las bandas pueblerinas,
reflejo del militarismo europeo, se convierten, en manos de los criollos, en verdaderas
escuelas de música durante los siglos XIX y XX, donde se formaba a excelentes músicos
nacionales, al apropiar y difundir, equitativamente, música religiosa y profana de
grandes maestros colombianos y extranjeros. Hoy, en la zona andina, es el noroccidente el
mayor cultor de tales agrupaciones.
Sabemos de la existencia de
la guabina y el bunde, ubicada la primera por Carrasquilla en la mitad del siglo XVIII, y
cuyo origen parece ser antioqueño, a juicio de Gregorio Gutiérrez González. Tomás
Carrasquilla y Eduardo Zuleta
hacen valiosa referencia a la cultura danzaria y musical
tradicional del nordeste antioqueño "...hacia 1800 en Antioquia se bailaba el
capitucés, el arrancapellejo y el francisquito, sin que se sepa bien en qué consistían"
(Jesús Mejía). El bunde se realiza en plazas pueblerinas en noches de luna, a la luz de
fogatas y medio de la alegría colectiva, según narran Juan Francisco Ruiz y Eladio
Gónima. Cantando divierte el pobre, siente el jornalero alivio, y el herrero se
consuela, a los golpes del martillo.(El cancionero de Antioquia)
En mitad del siglo XIX, las
minas, la arriería, las fondas camineras, los trovadores y los cantores populares,
expresan el pensamiento regional. La cartagena, el gavilán, el bizarro, el salgaelsol, el
gallinazo, la guabina, las vueltas, los monos y otras danzas de presumible origen
campesino, son llevadas al pentagrama por destacados músicos antioqueños de principios
del siglo XX y publicadas por Benigno A. Gutiérrez, en su obra Arrume folclórico (1948). Estas músicas y
posteriormente el pasillo y el bambuco, se fueron imponiendo sobre las expresión
indígenas y sobre el mapalé, la cumbia, el seresesé, propios de las comunidades negras.
Se consolida la música popular mestiza. La música citadina y campesina tienen pocos
puntos de contacto.
En Medellín, hacia 1860,
sobresalen Daniel Salazar, Juan de Dios Escóbar, Dolores Berrío -arpista y pianista- y
doña Luisa Uribe, porque impulsan con entusiasmo la actividad musical. Dirigen
agrupaciones, ofrecen conciertos y desarrollan una importante labor pedagógica. En los
salones aristocráticos se baila polkas, shotises y mazourcas. José Viteri funda en 1888
la escuela Santa Cecila con Francisco y Pedro José Vidal -padre este último de Gonzalo
Vidal, compositor del Himno Antioqueño, sobre versos de Epifanio Mejía, antes
musicalizados y entonados en las calles por Juan Yepes, Juan Cojo, modelo del canto popular según Ñito Restrepo. Vienen a Medellín, Riosucio y
Manizales, compañías extranjeras de ópera y zarzuela, que inciden en la posterior
producción musical popular y religiosa aportando al canto elementos estilísticos y
exigiendo a los músicos locales mayor preparación. En 1899 la llegada de la Lira
Colombiana, dirigida por Pedro Morales Pino impacta la vida cultural. En ese año comienza
la Guerra de los Mil Días.
Las Liras -grupos
instrumentales-, estimulan el uso de las cuerdas, favoreciendo el desarrollo del pasillo y
el bambuco. El músico español Jesús Arriola, fundó en 1903 la Lira Antioqueña (dos
bandolas, dos tiples, dos guitarras y un contrabajo), agrupación que en 1910 graba en
Nueva York. En 1908 el dueto antioqueño Pelón y
Marín produce en México los primeros discos de
música colombiana. En 1905, se crea el departamento de Caldas.
El cancionero sufre un cambio
sustancial: Del trovador criollo del siglo XIX expresión de lo cotidiano y síntesis de
juglares hispanos, cantores nativos y cuentistas africanos, pasamos al canto a dos voces,
influido por un tardío romanticismo que aún perdura como tendencia principal de las
canciones andinas; despierta el interés por el desarrollo de la armonía. En torno a la
música y la poesía se concentra esa intelectualidad bohemia y nacionalista del primer
cuarto de siglo.
Música de hoy
DANZA EN EL ESPEJO
Si hacemos nuestra propia historia musical,
podemos valorar la música que hoy oímos y bailamos. Cuando nos apropiamos del acontecer
musical de los pueblos del noroccidente colombiano reconocemos la esencia viva y milenaria
de pueblos indígenas que aún cantan y danzan su propia historia; sentimos la vida
afroamericana atravesando ritmos y danzas, desde tambores y cantos negros de pescadores y
mineros, hasta el merengue
y la salsa urbanos; desde el siglo XVI hasta nuestros días
encontramos melodías, ritmos y coplas del alma hispanoárabe y europea en los labios e
instrumentos de campesinos zambos, mulatos y mestizos y en forma de villancicos y tonadas
SIGLO XX
CAMBALACHE...
La creación, interpretación y difusión de la música,
se transforman esencialmente con el advenimiento de la grabación, los discos y,
posteriormente, la radiodifusión y en general los medios de comunicación de masas, que
dan origen a la música comercial. Grabaciones de la Orquesta
I
nternacional las Liras Antioqueña y Colombiana, los Hermanos Hernández y otras agrupaciones, realizadas
en México, Buenos Aires y Nueva York, impactan la vida cultural musical de las ciudades y
por reflejo la de los pueblos y veredas.
El comercio impulsa el mercado de vitrolas y gramófonos,
y el consumo de discos de 78, prensados en el
exterior, que traen por un lado un tema colombiano y por el reverso música argentina o
mexicana. Comienza la industria del espectáculo y en el afán de las ventas se divulga la
producción de músicos y poetas urbanos como Carlos Vieco, Tartarín Moreira y sus
contemporáneos, quienes incorporan elementos eruditos a los nuevos modelos
discográficos, transformando los géneros regionales.
La muerte de Carlos Gardel en Medellín en 1935, es otro
acontecimiento que marca definitivamente el gusto musical de la región. El tango
permanecerá en la cotidianidad de paisas y caldenses. La vida de cafés y salones
sociales, deja de ser un acto desapercibido para convertirse en cantera del hacer musical
y de la formación de pequeñas y grandes orquestas.
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