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(continuación capítulo
Política)
AUTONOMIA POR CONTRABANDO
Uno de estos enfrentamientos por el control del
contrabando local ocurrió entre los comerciantes peninsulares residentes en Mompox a cuya
cabeza estaba el capitán Antonio Moreno de San Lucas y los burócratas criollos
comandados por José Zúñiga y Lazerda, gobernador de la provincia de Cartagena. Sucedió
en 1711 y a la postre fue ganado por los comerciantes peninsulares gracias a la
intervención de la Corona española.
En este conflicto se
involucró también el gobierno de la provincia de Santa Marta, cuando el capitán Antonio
Moreno, en compañía de los alcaldes de Mompox, con el propósito de huir de la tropa que
había enviado el gobernador de Cartagena para tomarlos presos, buscó refugio en el
fuerte de Tenerife, jurisdicción samaria. Los fugitivos recibieron la protección de las
autoridades de Santa Marta, en especial del gobernador Cristóbal de Guevara Laso de la
Vega, quien con este acto
desconoció la jurisdicción de Cartagena sobre Mompox.
El conflicto se alargó por
varios años e involucró también a la Audiencia de Santa Fe, que por algunos intereses
particulares terminó apoyando a los comerciantes peninsulares residentes en Mompox. Con
esta decisión animaron aún más a los momposinos para que continuaran impulsando la
legalización de algo que en la práctica era ya una realidad: la búsqueda de su
autonomía.
Pero algunos años después,
en 1737, los comerciantes de Cartagena lograron que el jefe de escuadra de la Real Armada
prohibiera a las autoridades de Mompox la expedición de permisos para que desde allí se
comerciara con las provincias del virreinato, alegando para ello que la mayor parte de las
mercancías eran de contrabando.
La
medida, que
estuvo vigente por 40 años, no sólo evitó que Mompox continuara acaparando el comercio
colonial, sino que también golpeó a la elite momposina donde más le afectaba: su poder
económico, base fundamental para ampliar su proyecto político de convertirse en
provincia autónoma.
POBLAR PARA GOBERNAR
Durante el siglo XVIII, los Borbones impulsaron el
repoblamiento en sus colonias. El encargado de promover las fundaciones en las provincias
de Cartagena y Santa Marta fue el Virrey Sebastián Eslava (1740-1749). El propósito
central era ejercer control eficaz sobre la población mestiza y someterla a la influencia
de un
régimen tributario
unificado. Se buscaba, pues, acabar con el arrochelamiento
que mantenía a la población dispersa y sin la influencia civilizadora.
Este proceso permitió entre
otras cosas la ampliación de la frontera agrícola, que generó grandes beneficios para
los hacendados. Lo comandaban en la provincia; de Santa Marta el maestre de campo José
Fernando de Mier y Guerra, vecino de la villa de Santa Cruz de Mompox, y en la provincia
de Cartagena Francisco Pérez de Vargas, alcalde pedáneo de Barranquilla y Soledad.
El poblamiento no estuvo
exento de enfrentamientos entre los mismos hacendados. Un ejemplo de ello es lo que
ocurrió en la problemática fundación de Santa Cruz de Pizarro, hoy Sitionuevo, en 1751,
cuando asociados Andrés de Madarriaga y Francisco Pérez de Vargas solicitaron la
asignación de ocho caballerías de tierra con el propósito de poblarlas con varios
vecinos. A ello se opuso Mier y Guerra, alegando que aquellos serían quienes irían a
disfrutarla, ya que no contaban con tanta gente para lograr este propósito.
Es claro que esta denuncia
del maestre de campo no obedecía a las preocupaciones de un celoso funcionario por evitar
apropiaciones irregulares de tierras realengas de la provincia de Santa Marta. Era más
bien la respuesta de un hacendado y militar que veía invadido su espacio de poder por
competidores con iguales privilegios a los suyos.
TODO CONTRA LOS CHIMILAS
El repoblamiento propiciado durante el siglo XVIII en el
Caribe, también tenía entre sus objetivos, por lo menos para el caso de la provincia de
Santa Marta, el sometimiento de la nación Chimila que no permitía la libre movilización
en la ribera derecha del río Magdalena.
La pacificación, que en la
práctica se convirtió en el exterminio de los indios chimilas, era prioridad para los
españoles, que desde comienzos de la Colonia tuvieron que aceptar la existencia de muchas
tribus que permanecían libres de la dominación peninsular. En la costa los más temidos
eran los guajiros y chimilas. Estos últimos habían ganado fama de grandes guerreros
desde que su cacique Sorli le hizo frente en 1583 al primer intento organizado por
los españoles para ocupar sus tierras.
El temor a la nación Chimila era tal que ni aun
los negros cimarrones se atrevían a cruzar el río Magdalena para establecer sus
palenques en la ribera oriental.
Pero a
pesar de la tenaz resistencia de los chimilas, se les fue ganando terreno, abriendo
caminos, estableciendo pueblos y repartiendo sus tierras. Este proceso lo dirigió José
Fernando de Mier y Guerra, quien también desbarató las alianzas entre los pueblos
indígenas. Sin embargo, la nación Chimila defendió por mucho más tiempo su territorio
y realizó ataques a Bonda, Mamatoco, Gaira y Malambo, amenazando con hacer lo mismo
contra Santa Marta y Ciénaga.
La conquista de los chimilas
ocupó casi todo el siglo XVIII, pero, a pesar del éxito que reclamaba el gobernador, de
Santa Marta, nunca se logró, salvo su aniquilamiento, porque los escasos sobrevivientes
nunca llegaron a ser pacificados: en una zona conocida como San Angel fueron diezmados por
las epidemias de viruela.
También en el siglo XVIII
los españoles debieron enfrentarse al poder que representaba la nación Guajira, quienes
tenían relaciones con ingleses y holandeses. Estos entraban por las costas guajiras
trayendo gran cantidad de esclavos y mercancías con lo cual se fomentaba el contrabando y
se evidenciaba que los guajiros estaban por fuera de la república española. Su
sometimiento no fue fácil ya que n expertos guerreros, hábiles jinetes y muy diestros
con las armas de fuego que recibían de los extranjeros.
Los españoles tuvieron que desarrollar, durante mucho
tiempo, una política que combinaba los pactos amistosos y las acciones bélicas, pero
fracasaron. Emprendieron entonces una última tentativa de pacificación colonial que
estuvo dirigida don Antonio de Arévalo en 1773.
Duró tres años y se
desarrolló desde Santa Marta y Riohacha, pero como en los anteriores intentos también
fracasó, pues los guajiros, a pesar de colaborar con los peninsulares en la construcción
de fuertes y pueblos, procedían luego a destruir y en otras ocasiones asaltaban las
caravanas de víveres y mercancías, lo cual llevaba a la población blanca y mestiza a
dejar las poblaciones establecidas por falta de suministros y aceptar la imposibilidad de
pacificarlos.
¡AUTONOMÍA GRITAN!
Al fragor de la lucha de independencia, las elites
locales promueven la autonomía de los centros de poder.
A partir de los sucesos que tuvieron lugar en España en
1808 con la invasión
napoleónica a la península, se inicia el proceso de independencia. Pero las diferentes
actitudes de las provincias frente a la Corona se constituyeron en una nueva fuente de
conflictos en la costa atlántica. Mientras la élite cartagenera abrazaba la causa
patriótica, la elite samaria era partidaria del statu quo. Mompox no quería dejar pasar
la oportunidad para desvincularse políticamente de Cartagena.
EL LIDERAZGO CARTAGENERO
Cartagena intentó liderar la lucha por la independencia
en la costa, a la que consideraba su región natural y sobre la cual quería seguir
influyendo, como lo había hecho durante cierto tiempo en el período colonial.
Desafortunadamente para la elite cartagenera, de la cual hacían parte García Toledo,
José María Castillo y Rada y Germán Gutiérrez de Piñeres, las condiciones habían
cambiado debido a factores como el contrabando, que se había logrado extender por todo el
litoral, debilitando sensiblemente los ingresos fiscales de Cartagena, también la
obstrucción del canal del dique conllevó a que muchos barcos ya no llegaran allí sino
que prefirieran descargar sus mercancías en los puertos de Santa Marta, Sabanilla y
Riohacha, a lo anterior habría que agregar las dificultades
que pasaba Cartagena por el reclamo que permanentemente hacían las ciudades del interior
del virreinato a la corona para que eliminara los privilegios y subsidios con que ésta
contaba.
Con esas condiciones era obvio que Cartagena no
encontrara eco en unas ciudades que como Santa Marta, Mompox, Valledupar y Riohacha no
reconocían ya su liderazgo regional. Pero la elite cartagenera no estaba dispuesta a
perder supremacía e intentó en varias oportunidades someter a las ciudades proclives a
la Corona o deseosas de autonomía.
Varias campañas militares
emprendió contra la realista Santa Marta. La primera estuvo comandada por el general
francés Pierre Labatut, quién logró tomar a la ciudad el 6 de enero de 1813,
sometiéndola al saqueo indiscriminado y actuando como un conquistador Le impuso a los
samarios la constitución cartagenera, su papel moneda y altos tributos. Lo que causó
indignación tanto en la elite como en el pueblo samario; entre quienes estaban José
María Martínez de Aparicio, Esteban Díaz-Granados y José Múnive, a los cuales se les
expropiaron sus bienes.
Pero la
ocupación no duraría mucho. Tres meses después, los indios de Mamatoco, unidos a los de
Bonday algunos samarios que habían abandonado la ciudad encabezados por el viejo cacique
Antonio Núñez y por José María Robles, lograron expulsar las tropas del francés
Labatut. Santa Marta, pues, declaró su independencia, pero de Cartagena.
No obstante, los cartageneros, encabezados por el
vicepresidente Gabriel Piñeres, no se resignaron a perder el control sobre Santa Marta e
hicieron nuevos intentos. Incluso mediante decreto llegaron a ofrecer, al ejército de voluntarios que conquistara a Santa
Marta, todas las propiedades urbanas, muebles e intereses que se encontraran en aquella
plaza. Las hostilidades continuarían entre dos ciudades por mucho tiempo y volverían
a hacer su aparición durante vida republicana.
MOMPOX VS. CARTAGENA
La decisión de Mompox de separarse de Cartagena tiene su
explicación porque el cabildo estaba controlado por los comerciantes contrabandistas,
quienes permanentemente eran golpeados por las medidas del gobierno cartagenero y ahora
veían una gran oportunidad para lograr su autonomía política y administrativa.
El 5 y 6
de agosto
de 1810, Mompox declaró su independencia absoluta de España; Desde ese momento afloraron
de nuevo las contradicciones que esta provincia tenía con Cartagena. El afán de Mompox
de lograr su autonomía como provincia gracias a la segregación de España, no fue visto
con buenos ojos por los cartageneros.
La elite aristocrática cartagenera, comandada por
García de Toledo, buscó someter a Mompox a través de una expedición militar, para
reprimir así los funestos principios de anarquía
que tanto se han proclamado allí por cabezas sulfúreas.
El ejército cartagenero daría inicio a lo que el
historiador José Manuel Restrepo llamó la primera guerra civil de nuestra historia
contemporánea, en la cual se sometió a vejámenes a notables personalidades momposinas,
que no por ello dejaron de reclamar su independencia frente a Cartagena. La autonomía, en
parte, la consiguió Mompox en 1831, cuando el gobierno central le autorizó, al igual que
a Santa Marta y Riohacha, a nombrar sus propias autoridades civiles y militares.
LA AUTONOMÍA MUNICIPAL
Pero las rivalidades
políticas entre las elites regionales no sólo las protagonizaron Cartagena y algunas
otras ciudades importantes de la costa. También se presentaron enfrentamientos entre
poblaciones que como Valledupar, Guaimaró, Remolino y Sitio Nuevo vieron en la causa
revolucionaria más que la oportunidad de obtener su independencia de la Corona española,
la posibilidad real de despojarse del régimen a que también los tenía sometidos Santa
Marta como capital de la provincia, la cual solamente
comunicaba a los pueblos sus decisiones, como mencionaron estas ciudades en largo y
detallado memorial dirigido a la junta Cartagena con el propósito de ser acogidas bajo su
protección.
En el fondo, la intención de
la elite de Valledupar, de la que hacían parte entre otros Juan Plaza, Antonio Castro y
José Vicente Maestre, era aprovechar la situación para convertirse en la capital de un
área de la provincia de Santa Marta sobre la cual había pretendido ejercer en varias
oportunidades su influencia. Pero no le resultó tan fácil. Se encontró con la
oposición de varios pueblos como Villanueva, Fonseca y El Molino, que se mostraron
partidarios del gobierno español, lo cual podría interpretarse más como una reacción
en contra de su rival territorial, que como una verdadera vocación realista. Valledupar,
entonces, se vio obligada a buscar el apoyo de Cartagena, pues consideró que allí le
brindarían las posibilidades y recursos necesarios para someter a su pretendido
territorio.
Otro caso similar ocurre
cuando los vecinos de la villa de Chiriguaná, provincia de Santa Marta, elaboran un acta,
el 14 de septiembre de 1810, para proclamar la independencia que ellos querían. Se puede
deducir de un escrito que dirigieron al gobernador Acosta, y que lleva la firma de Luis
José Reinado, Basilio Rodríguez y Juan José del Río, en el cual manifiestan que en junta, el pueblo de plebe menor hizo comparecer
a los blancos a la sala municipal y allí proclamaron todos la absoluta independencia de
la ciudad de Tamalameque.
Este tipo
de situaciones muestra también a las claras que en la costa Caribe existía un marcado
particularismo no sólo entre grandes ciudades, sino también entre las villas y poblados
que por muy míseros que fueran aspiraban a una autonomía que les permitiera tener un
espacio sobre el cual gobernar y del cual sacar provecho.
Esa situación se prolongaría durante todo el siglo XIX
y se convertiría en un obstáculo insalvable para la conformación de la región del
Caribe colombiano, que sólo empezaría a mostrar indicios de su existencia en los
primeros años del presente siglo cuando, a propósito de la Liga Costeña se dejan de lado esas pugnas para
elaborar un programa de defensa de los intereses de la región.
Las supremas GUERRAS
Creación de los Estados soberanos de la costa
atlántica y la lucha contra el centralismo. Manifestación del federalismo propio.
El
régimen
federal de Colombia al despuntar la segunda mitad del siglo XIX, tiene como uno de sus
antecedentes la llamada Guerra de los Supremos, durante los años 1840 a 1842. Esta guerra
civil puso de presente, entre otras cosas, la escasa presencia del Estado en el territorio
de la Nueva Granada y la manera como fue suplantado por las elites y caudillos regionales.
Durante esta guerra, las más importantes provincias de la costa Caribe colombiana se
declararon independientes del gobierno central e intentaron organizarse a través de cinco
Estados Soberanos: Manzanares, Cibeles, Riohacha, Cartagena y Mompox.
El movimiento costeño tuvo sus primeras manifestaciones
en Ciénaga el 11 de octubre de 1840 y su gestor inicial fue el general Agapito Labarces,
que era un líder local del naciente liberalismo y que luego se convertiría en uno de los
principales actores de la política en el Estado Soberano del Magdalena.
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