(continuación capítulo  Cultura)

 

ORACIONES MUSICALES

Pero los vencidos no descansaron: a fuerza de azotes y palabras empezaron a pensar que su adorado sol ya no era el mismo sino otro, justiciero y semi­humano, que se valía de violas de arco, arpas, rabeles, bajeles y órganos pequeños. Y los que al principio se escondieron bajaron del monte, cautivados por la misteriosa fuerza emanada de violines y de las férvidas voces de los hombres del crucifijo. Desde entonces, los blancos supieron que bis orat qui can tat -quien canta ora doblemente-y, haciendo propio el aforismo medieval, inundaron las nuevas doctrinas con cantos gregorianos. Y supieron también que, pese a todo, los niños idólatras podían leer nota, cantar llano y tocar flautas, chirimías y violines

Por todo esto, los curas de Cajicá oficiaron la primera misa amenizada por los indiecitos del Reino y tuvieron por cosa de milagro la destreza de Juanillo, que bien podía ser tiple de capilla del Sumo Pontífice. El jesuita José Dadey construyó un órgano de cañas en Fontibón y se valió de pequeños cantores para la liturgia. Y la humilde iglesia doctrinera de Tópaga a fe que pareció una catedral por la variedad de instrumentos y la armonía de las voces. Y en poco tiempo los maestros de canturrias nacieron aquí y se multiplicaron las escuelas de música en los curatos.

Entonces las iglesias coloniales se llenaron de órganos y libros de coro; músicos de valía ocuparon los puestos de chantres como maestros de capilla en las grandes catedrales; se contrataron hombres diestros en canto; se completó la nómina religiosa con el chirimero del Santísimo Sacramento; se instituyeron las voces de coro. Y el divino oficio se acompañó con motetes, salmodias, responsorios, misas de gloria y de difuntos para mayor esplendidez del culto y, cómo olvidarlo, con villancicos donde se enseñaron gozos y estribillos en días menos solemnes.

No lejos de portales con dintel, a la espera del amo, los cocheros se asomaron a las rejas de las ventanas para entremirar la blancura de las paredes y los lienzos con fabulosos dibujos de Nabucodonozor; los crucifijos y el calvario el candelabro de plata y la caja de madera que contiene el peso de pesar oro. Y las mujeres que fueron contratadas para limpiar la estancia; quitar el polvo a la argentería de jarros, fuentes, platos y saleros; desocupar bacinillas de azófar; tender camas con colgaduras de paño verde y colcha de oro y seda de la China; pudieron ver, en noches de fiesta, desde la cocina, el saltarello de moda o el galante bailo, trasmutado noches después, durante fandangos y ocios populares, en el baile del tres, al lado del torbellino, la manta, la jota y el punto.

Primero fueron las pavanas y las gallardas. Después, cuando la dinastía Borbón, llegó el minué y la aristocracia criolla saltó a los salones en ritmo de paspié, rigodón, gavota y courante. Y hubo quienes según su carácter y genio se enloquecieron al estilo inglés con la bretaña, el amable y la contradanza. Y los que no pudieron divertirse en exclusivas reuniones, lo siguieron haciendo, como un siglo antes, en la calle, en la plaza o en las trastiendas oscuras, bebiendo chicha a hurtadillas, alegres, desenvueltos de todo refinamiento.

En alguna ocasión -quién lo creyera- se notificaron a los tratantes de la calle real de Tunja y a oficiales, sastres, zapateros, zurradores y silleteros para que, so pena de diez pesos de oro corriente, saquen cada uno un hacha de cera blanca alumbrando el Santísimo Sacramento y cada uno una danza buena. Con lo que se acostumbraron también a los bailes del Corpus, de moros y cristianos y de los santiagueros. Y al son de la tarasca, pudieron comprender por fin porqué Jesús Sacramentado triunfa sobre el mundo, la muerte y el infierno.

RATAPLÁN, RATAPLÁN, RATAPLIN

Al otro lado del mar, en los salones peninsulares, Oiga señor alcalde / la tonadilla / eh, eh, eh / que es un baile tan rico / que es de las Indias, la despreocupación cortesana siguió a pesar de las noticias secretas sobre esos licenciosos y livianos bailes de la tierra americana, hasta que llegaron los primeros tiros y entonces la agilidad de los danzantes criollos y sus curiosas interrupciones para escuchar coplas dejaron de ser atractivas y todos vieron con gravedad que los batallones americanos se insuflaban de entusiasmo a los aires del bambuco.

Durante la patria naciente, las bandas de guerra terminaron por destronar al tambor con sordina del ángel de la muerte en la calle real, y cuatro clarines rompieron la marcha, ocho batidores despejando el campo, luego los maceros del ilustre Cabildo y alta Corte de Justicia, los empleados y corporaciones en hilera y, por fin, mil vivas gloriosos y lluvia de flores: al fondo, en medio de Anzoátegui y Santander, el gran Libertador. Y todo fue gozo y contento y delirio a la vista de los soldados vencedores de Gámeza, Vargas y Boyacá. Tonadas de tiples, bandolas y guitarras apenas si dejaron escuchar el solemne Te Deum que entonaban en la Catedral religiosos, universitarios, colegiales y principales. Ya salen las emigradas, / ya salen todas llorando, / detrás de la triste tropa / de su adorado Fernando.

Dicen, porque yo no estaba allí, que valses y minués se ejecutaron con gallardía y primor en la fiesta de Palacio y que en el intermedio sirvieron un magnífico ambigú. ¡Quince días viendo corridas de toros en la Plaza mayor!. Y mascaradas y comida, mucha comida. Y todos vieron a Bolívar bailando La Vencedora al ritmo de contradanza. Y galerones. Y cómo toca de bien mi general Santander La Cholita.

Entonces, cesó el Patronato Real y fueron incautadas las Capellanías Sanz Lozano, y todos los coros de este antiguo reino, empezando por el de la Catedral de Bogotá, se vinieron a menos. Lo que no impidió que el prócer Nariño, en agonía escuchara con devoción el modesto grupo de cantores litúrgicos de la Villa de Leiva. Y pudo expirar tranquilo para irse al cielo.

Hubo, sí, uno que otro sarao durante la Patria Boba, pero los aires republicanos terminaron por imponerse. Entonces vino la abstinencia económica y todos estuvieron pendientes del comercio exterior y esto, como dijera el poeta Vidales, radicó el destino de la gente en una preferencia por lo lejano. La ópera, desconocida hasta entonces, causó furor en la capital. Juan Antonio de Velasco trajo la música de Beethoven, Haydn y Mozart; Nicolis Quevedo Rachadell tocó por primera vez las oberturas de Rossini; y todos imitaron con ánimo las nuevas costumbres. Se fundó una academia de música en el convento de La Candelaria con la ayuda de Cancinos y Hortúas, pero los nuevos músicos siguieron soñando con enviar sus hijos a perfeccionarse en algún conservatorio europeo. animados por la elegancia y cultura de los recién llegados Fergusson, Convers, Williamson, Michelsen y Brigard que sentaron sus reales en este nido de águilas.

La Sociedad Filarmónica de Enrique Price, primero, y la Sociedad Lírica de José Joaquín Guarín, después, hicieron olvidar por algunos momentos la monotonía de la capital y el fastidio del politiqueo sempiterno. Los músicos aprendieron a vestirse y todo fue distinción y lujo; las mujeres dejaron el descote y se pusieron sombrero; y los gallos más finos de los dos partidos escucharon, en la armonía incolora del frac, la Obertura II Pirada de Bellini, el valse Les feuilles des roses de Strauss y la Sinfonía en ut menor de Beethoven. Entonces, ¡rataplán, rataplán, rataplín! se multiplicaron las sociedades musicales, los profesores, los sextetos, /Adelante, valientes muchachos, los afinadores de pianos, las canciones nacionales, / Suenan cajas y trompas y cachar, / Bata el viento los rojos penachos; los himnos federales, los bohemios de la Botella de Oro ylas veladas sentimentales con guitarra y todo. / Vista al frente y al hombro el fusil y por el precio de 40 centavos el benemérito institutor don Carlos M. Torres vendió su Colección de canciones fáciles para el uso de las escuelas del Estado de Boyacá. /Adelante, ¡cachorros intrépidos! /Rataplán, rataplán, rataplín...

OTRA MIRADA

Hasta que Figueroas, Quevedos, Osorio, Guarín, Fallón y muchos otros terminaron el siglo reinventándose la música. Y fue olvidándose al bumbuco no vuelvo a ser más soldado /la guerra me tiene loco/ el palo que dan es mucho/ y lo que pagan muy poco. Entonces, a pesar de la crémes santafereña que veía en las asociaciones musicales unas horrorosas veladas de aguardiente, tiple y trasnochada, Jorge W. Price fijó en las esquinas grandes cartelones, anunciando la apertura de la enseñanza diaria de teoría, solfeo, violín, viola, violonchelo, contrabajo, clarinete, flauta, trompa, trompeta y trombón; en poco tiempo, les demostró a los prejuiciosos que la Academia Nacional de Música no era una utopía ni el camino más corto para llegar a la India.

Para los compositores nacionales, la suerte de los soldados que llevaron del bulto en las contiendas civiles quedó transfigurada, quien sabe porqué, en una imagen lejana de aldea mitificada, y sus cantos terminaron por confundirse con el de los copetones y las mirlas y las frondas de los cerezos criollos y el balido de los corderos y los mugidos de la vacada, como en la Hermosa Sabana del bicho Ponce. Al tiempo con tenores, Ester, la ópera bíblica en tres actos, y Florinda, la Eva del Imperio Godo Español, todo fue exaltación, glorias inmarcesibles, júbilo inmortal; y también tiples, bandolas y guitarras cuando Rafael Pombo entonaba Yo no soy de Cartagena, / Popayán ni Boyacá / Ni de Antioquia ni de Neiva / Ni del mismo Bogotá. / Una tierra tan chiquita / No me llena el corazón; / Patria grande necesita, / Soy de toda la Nación.

ENTRE GUSTOS NO HAY DISGUSTOS

Los músicos clásicos llevaron el síndrome trágico de ser nacionales y modernos a la vez. De no ser por la tímida presencia indígena en el país, aquí hubiéramos escuchado óperas con temas indios pero cantadas en italiano, como en México. Lo que no impidió que el propio Guillermo Uribe Holguín escribiera obras con títulos como Ceremonia Indígena, Tres ballets criollos, Bochica y la vastísima 300 trozos en el sentimiento popular. Hay que creerle a Otto de Greiff cuando revela que el maestro hizo esta labor a regañadientes y con poco convicción pues estaba lejos de creer en la música nacional. Ni el bogotano Jesús Bermúdez Silva con su Orgia Campesina o Estampas de Santa Fe de Bogotá, ni el caleño Antonio María Valencia y su Sonatina Boyacense escaparon a esta tendencia nacionalista que Bella Bartok llamó folklor postizo. Todavía en medio de sonatas y sonatinas se cuelan las bambuquerías y las Cantatas Campesinas en el compositor de Villapinzón, maestro Luis Antonio Escobar.

De aquí en adelante todo fue modernidad que, para nosotros los neófitos, es la manera más simple de describir el extraordinario y complejo mundo musical que va desde lo más conservador de los neoclásicos y neorrománticos hasta las tendencias más vanguardistas de la música electroacústica contemporánea. En este caso cabrían los nuevos bogotanos Germán Borda, Jacqueline Nova, Luis Torres y los últimos, bogotanos también, Eduardo Carrizosa y Luis Pulido. Y no sigo más para no correr el riesgo de las incómodas omisiones de El pibe Caro, que nadie me perdonaría, por lo que el lector tendrá que olvidarse en este capítulo de los compositores extranjeros, de los conservatorios y escuelas -como La Superior de Tunja-, del señor Olav Roots, de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, de las otras orquestas y los coros y de los grupos de cámara y de los solistas y de la Opera en Colombia, la Radio Nacional y los Festivales Musicales -como el Internacional de Tunja.

Los músicos tradicionales, menos acomplejados fueron decididamente nacionalistas. Y, como le pasó al tango argentino, aquí también tuvimos nuestros colombians made a hit con la flamante gira de la Lira Colombiana en el exterior -proporciones guardadas entre el París de Carlos Gardel con sus películas y Buffalo, USA, de Pedro Morales Pino con su periódico matinal, y los aplaudidos en la Feria Internacional de Sevilla, España, Alejandro Wills, Alberto Escobar, Jerónimo Velasco, Francisco Cristancho y el bogotanísimo Emilio Murillo de incontables bambucos, pasillos, polcas, valses, canciones y coplas populares de su Estudiantina, grabados en discos y rollos de autopiano.

El mundo verá rutilar desde entonces una enorme pléyade de criollistas y la nación entera se familiarizará hasta los tuétanos de arrurrúes, aguas que lloviendo vienen, senderitos, tiplecitos de mi vida, brisas del Funza, rosas, rositas muy moradas, y cantan las mirlas por la mañana, así no aparezcan en los índices onomásticos de la Historia de la Música en Colombia y haya que esperar cincuenta años para conocer desde la A -de Acero Niño, Domingo Hernán- hasta la Z -de Velosa Ruiz, Jorge Luis-, a los 70 autores del Primer Album Musical de Compositores Boyacenses.

Después de la fantasía Escenas Pintorescas de Colombia interpretada en 1941 por la Orquesta Sinfónica y dirigida por su autor, el gambiteño Luis A. Calvo, uno ya no esperará que el país de este siglo, con sus levantamientos sangrientos de campesinos despojados de tierra y sus migrantes con casco de obrero, quepan en el romanticismo nacionalista de esos apóstoles. Y aunque el lirismo virtuoso y altamente especializado de los cultores de salón no se aparezca al alma anónima del pueblo rural, uno francamente ya no sabrá dónde termina la tradición campesina, o dónde y cuándo se inventa la tradición.

No es del caso entrar en detalles musicológicos pero la famosa Guabina chiquinquireña no es guabina sino rumba criolla, no es chiquinquireña sino obra del ubateño Alberto Urdaneta y no se llama así sino Sacate el clavo -lo dice el maestro Reinaldo Monroy quien tuvo en sus manos el manuscrito original que guarda un viejo músico a oreja en Chiquinquirá.

LEVES RECUERDOS

Los músicos populares, rústicos promeseros del tiple o desatinados guitarristas de vereda, siguieron cantando para que los nuevos artistas nacionales pudieran arrebatar de sus manos los bambucos, pasillos y torbellinos, antes oprimidos o ignorados, para llevarlos sin temor a los salones urbanos de todo el país. Y siguieron repitiendo antiguas melodías sin importarles si eran o no sincopadas, o provenientes de ritmos españoles de los siglos XV y XVI.

Al lado de los que siguieron entonando el antiquísimo romance El Conde Olinos, otros abandonaron sus costumbres, sin dejar huella de la nostalgia romántica con que recuerdan los ilustrados sus tradiciones perdidas, y se volcaron a los ritmos tropicales puestos de moda por el apabullante mundo de las disqueras para ser borrados de los libros de folclor por impuros. Y, en breve, el inauténtico merengue guasca que los campesinos se inventaron al oír a Bovea y sus vallenatos, se convirtió en el moderno símbolo de identidad cultural de enruanados cultivadores de papa, muchachas al servicio de las casas bogotanas y tunjanas, policías urbanos, transportadores interdepartamentales y toda la rusa que huyendo de la violencia construyó íntegramente la megalópolis bogotana.

Se multiplicaron entonces los tríos y cuartetos con nombre de apellido -los hermanos Castillo, Vargas, Torres-, de paisaje vernáculo -Los Arrayanes-, de fauna sabanera -Los ruiseñores-, de procedencia municipal o veredal -Los auténticos del Cocuy- y de candorosa resistencia al frío -Los Tropicales de Sote. Todos soñaron con una palomita donde el Ciego de Oro de Radio Santafé y unos muy pocos pudieron grabar su primer acetato con el sello Mi Disco. Esta es, pacientes lectores, la incompleta historia de la música que se inventó y reinventó durante quinientos años en esta región.


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