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(continuación
capítulo Poblamiento)
DEL MILAGRO DE PARROQUIA A VILLA
Con el fin del siglo XVI
concluye la expansión minera y la economía regional se orienta a la producción de los
frutos de la tierra. Nuevos asentamientos y disputa por las jerarquías urbanas.
L
a instalación
de las empresas mineras y agropecuarias implicó la movilización de los indios desde sus
asentamientos originales hacia el nuevo territorio hispano de producción: hacia los
distritos mineros del río del Oro y las vetas pamplonesas, al igual que hacia la
arriería. Los estancieros no pararon de sonsacar domésticos y aparceros para el servicio
de los trapiches, para las ganaderías y para el abasto de los mercados urbanos y mineros.
Pero a finales del siglo XVI
ya había terminado la expansión minen en la región y su economía se orientó hacia la
producción de bienes de consumo. Ese proceso siguió el curso de la artesanía en los hogares campesinos que podían
subsidiarla con la producción de bienes de consumo en sus parcelas familiares. Todo lo
cual supuso readecuar los asentamientos debido a que muchas ciudades se encontraban
despobladas por la dispersión que provocó la conquista.
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Rutas de los conquistadores y primeras
ciudades fundadas
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PUEBLOS DE
INDIOS
La reversión del
asentamiento disperso que marcó la decadencia de
Vélez, Pamplona y las demás ciudades se inició durante la segunda y tercera décadas
del siglo XVII con la aplicación del programa de reducción de los indios a pueblos
dotados de tierras resguardadas. Las directivas de los oidores Lesmes de Espinosa Saravia
(1617) y Juan de Villabona Zubiaurre (1622-1623) consolidaron respectivamente para las
jurisdicciones de Vélez y Pamplona la existencia de los pueblos de indios bajo la mirada
vigilante de los curas doctrineros. Así, los pueblos de Bucaramanga, Cúcuta, Cácotas,
Oiba, Guáca, Servitá, Moncora (Guane), Charalá, Curití, Arboledas y otros sirvieron no
sólo de concentración de los indios en rancherías sino que además ofrecieron al
campesinado rural la posibilidad de llevar alguna vida social dominical gracias a su
asistencia a la iglesia doctrinera como agregados.
Este reasentamiento de los
indios en pueblos fue el resultado de la aplicación de la política realenga que había
sido diseñada por los partidarios de las tesis de fray Bartolomé de las Casas. Su
implantación en la región puede hacerse remontar al primer esfuerzo del oidor Tomás
López en la jurisdicción de Pamplona (1560). Pero sólo hasta la visita de Luis
Enríquez y Beltrán de Guevara entre 1600 y 1602 fue que se hicieron trazas de pueblos de
indios en los cuales se reasentaban los diversos grupos étnicos en barrios equidistantes
de la iglesia doctrinera y se les delimitaban las tierras resguardadas que les
permitirían tener ganados y una producción familiar que al sostenerles contribuía a
abaratar el precio de su fuerza laboral en las haciendas y en la minería.
En lo espiritual, la
aplicación del proyecto de los pueblos de indios significó el establecimiento del
control de las Ordenes Mendicantes al norte, los
agustinos administraron las doctrinas de Cúcuta
y Capacho, y posteriormente las de los pueblos de misión en la jurisdicción de Ocaña.
En la actual provincia de García Rovira, los dominicos
impusieron su orden espiritual y la devoción por el Rosado y la Virgen de
Chiquinquirá, mientras que en la provincias de Vélez y Pamplona coadministraron a los
indios con los franciscanos.
LA INSURGENCIA DE LAS
PARROQUIAS
Los hogares campesinos
autoabastecidos con su propia producción lentamente reactivaron las exportaciones de
conservas, alpargates, lienzos de algodón y harinas, hacia los mercados mineros y
marítimos distantes. Surgieron centros de acopio dinamizados por nuevos grupos de
comerciantes.
La forma administrativa que
el vecindario blanco y mestizo usó con mayor facilidad para establecer trazas urbanas fue
la parroquia, experimentada tempranamente por los feligreses del Capitanejo, San Gil y
Socorro. En cuanto el crecimiento demográfico de los estancieros y el aumento de sus
beneficios alcanzaban el nivel suficiente para pagar la congrua de un cura y sostener tres cofradías y una
iglesia, aparecía una nueva parroquia en medio del escenario rural, cuya traza y
servicios públicos siguieron el viejo modelo experimentado por las ciudades de la
conquista.
Durante el siglo XVIII puede
registrarse un excepcional crecimiento demográfico gracias a la erección sostenida de
nuevas parroquias por parte de los desagregados de las viejas doctrinas. En algunas de
ellas se aprecia un especial, crecimiento económico por la posición que ocuparon como
polos de acopio de la producción campesina y sede de los comerciantes compradores y
exportadores hacia mercados distantes por las rutas de los ríos Magdalena, Lebrija,
Sogamoso y Zulia.
La importación de sal marina
o de Zipaquirá y Chita, un producto básico en una región donde la dieta alimenticia se
basaba en la carne, la yuca y la changua, contribuyó a estimular la producción campesina
de excedentes artesanal les para los mercados de San Gil, Socorro, Charalá, Barichara,
Vélez y Málaga.
SOCORRAMOS
CONTRA SANGILEÑOS
La estrategia política de
los estancieros y comerciantes que pagaron los gastos de las erecciones parroquiales se
dirigía al elevamiento de su estatus y prerrogativas por medio de su transformación en
villas gobernadas por cabildos. Estas tenían capacidad de imponer regímenes urbanos
financiados por las rentas públicas que ofrecían las tarabitas, las rentas de Propios y la participación en los impuestos
realengos. Los parroquianos de San Gil y Socorro habían llegado casi simultáneamente a
la condición de parroquia, pero la primera ganó de mano la posición de villa,
cerrándole a la segunda por casi setenta años ese derecho, como también le ocurrió a
Barichara.
Como acaeció que las dos
parroquias mencionadas lograron convertirse en los más importantes mercados de acopio de
la producción artesanal y agropecuaria del feligresado de las parroquias vecinas,
constituyendo sendas redes de comercialización,
la oposición se planteó también en el terreno del estatus político: la villa de San Gil con mayores rentas públicas,
se enfrentó a la parroqui
a
del
Socorro, con mayor población e
iniciativa privada. La rivalidad ha llegado hasta nuestros días, quizás porque
socorranos y sangileños no han podido reconocer que fue la acción mancomunada de sus
antepasados la que produjo el milagro económico que
convirtió a la provincia socorrana en una de las más pobladas y dinámicas del
virreinato durante la segunda mitad del siglo XVIII.
La ciudad de Girón,
vinculada al circuito comercial de Mompox por el río Sogamoso, también experimentó un
notable crecimiento demográfico y una expansión de su poblamiento hacia las parroquias
de Piedecuesta, Bucaramanga, Floridablanca y Rionegro, gracias a sus privilegios realengos
para la producción libre de tabaco y sus exportaciones de cacao, un producto que
estimuló hacia el oriente la urbanización de las parroquias de San José y El Rosario de
Cúcuta.
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