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(continuación capítulo
Economía)
EL SOCORRO Y
CÚCUTA, LOS NUEVOS POLOS
Con la ruina de
los encomenderos y la inexorable decadencia de las ciudades de Vélez y Pamplona al
escasear el oro y los indígenas, florecieron la agricultura primordialmente campesina y
la artesanía doméstica. Resultaron favorecidos aquellos lugares que ofrecían las
condiciones más propicias para la agricultura y la artesanía, bien fuera por su
estratégica ubicación en relación con las vías de comunicación, por la vocación de
sus tierras, o por la abundancia o habilidad de la mano de obra.
De todas esas favorables
condiciones gozaba la provincia del Socorro y fueron las que hicieron posible su
impresionante crecimiento: tierras aptas para la producción de materias primas como el
algodón o el fique, explotadas directamente por sus propietarios; gentes laboriosas y
diestras en el manejo del azadón, la rueca o el telar; y una comunicación relativamente
eficiente con los principales mercados de sus productos hicieron el milagro de transformar
a la joven parroquia socorrana en el segundo centro urbano del virreinato por su
población y riquezas.
Las provincias
del Socorro y San Gil, antiguo asiento de los guanes y con una numerosa población mestiza
de agricultores y artesanos, se especializaron en la producción de tejidos de algodón y
fique, de clara estirpe prehispánica, y abastecieron durante todo el siglo XVIII y buena
parte del XIX más del 75% de la demanda neogranadina.
Se ha calculado
que hacia 1830 la producción artesanal del Socorro, constituida principalmente por
hilados y telas burdas de algodón, sogas y costales de fique y alpargatas, valía más de
medio millón de pesos, una suma muy apreciable para la época y el lugar. El indicador
más claro de la prosperidad de la provincia lo muestra el crecimiento de su población
que alcanzó en 1800 una cifra cercana a los 20 mil habitantes, siendo superada sólo por
Santa Fe.
En cuanto a Cúcuta, su cálido, extenso y
fértil valle había permanecido prácticamente despoblado hasta el siglo XVIII debido a
su poco atractivo clima, a lo inseguro su territorio y a la inexistencia de minas y mano
de obra sumisa en
su jurisdicción.
Al menos cuatro
factores de mucho peso incidieron en la fundación y en el acelerado desarrollo del puerto
de San José de Cúcuta: 1) la prematura e irreversible decadencia del antiguo puerto de
San Faustino; 2) la consolidación de ciudades como Mérida, San Cristóbal y La Grita, en
los Andes venezolanos, y las evidentes dificultades que para su comercio implicaba el
largo y accidentado camino de Ocaña hacia el Magdalena; 3) el promisorio desarrollo del
cultivo y comercialización del cacao y el café; y, 4) la progresiva pacificacíón de los motilones que ocupaban las
riberas del río Zulia.
Por ello, desde el mismo
momento de su fundación en 1733 Cúcuta experimentó un crecimiento tan rápido como
sostenido. Y aunque por su conducto había traficado desde un principio y con intensidad
con mercancías de contrabando de entrada y de salida, la legalización del
comercio intercolonial facilitado por las Reformas Borbónicas significaron un espaldarazo
definitivo para la economía cucuteña, pues su valle y su puerto se convirtieron en corto
tiempo en el epicentro de la producción y comercialización del cacao que exportaba en
abundancia hacia el rico mercado mexicano de Veracruz.
LA SUERTE DE LAS
ANTIGUAS FIEBRES
Entre tanto los viejos
enclaves urbanos capoteaban a su manera las nuevas circunstancias. Vélez, que había
logrado consolidar en los tiempos de su bonanza una importante economía agrícola
sustentada en sus haciendas, se especial en ganado, cueros, mulas, panela, miel, azúcar y
conservas de frutas. Sus productos estaban destinados a los mercados de Tunja, Santa Fe y
Antioquia, situación intermedia entre la pujante región del Socorro y el altiplano
cundiboyacense y su obstinación en mantener el infortunado camino del Carare permitieron sobrellevar las
adversas circunstancias.
Mucho más difícil fue la situación de Pamplona pues su más
directa dependencia de la minería la había conducido desde el siglo XVII a una aguda e
insuperable depresión económica.
Ocaña, por su parte, apenas
se mantuvo gracias a su función de puerto, pero la consolidación de puertos y vías
alternas al Magdalena, como los Girón y Vélez, le restaron importancia y dinámica en
una época de claro repunte
de la economía regional
santandereana. Girón, en cambio, gracias a desarrollo portuario y comercial y a su
producción tabacalera y cacaotera logró mantener su hegemonía subregional.
SOMBREROS
PARA EL SOL LEJANO
Le apertura económica del
siglo XIX provocó una conmoción inesperada para la economía artesanal y campesina de
Santander que se había caracterizado por su lento pero evidente progreso.
Consolidada la independencia,
los orientadores de la política y la economía nacionales se enfrascaron en una ardua y
dilatada polémica entre quienes planteaban la necesidad de defender la producción
vernácula de la competencia extranjera y quienes propendían por una inmediata y total
apertura al mercado mundial. Unos actuaban como abanderados del proteccionismo, los otros,
en cambio, eran los adalides del librecambismo.
Pero
el triunfo definitivo del libre comercio a mediados del siglo XIX implicó no sólo una
brusca ruptura del inveterado aislamiento de la región santandereana, sino que hizo
sentir sus efectos en los diferentes sectores de su producción y su geografía.
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