|
(continuación capítulo
Política)
EL SOCORRO DE
LOS ILUSTRADOS
El cabildo del Socorro
redactó en 1809 una Instrucción dirigida a la Junta Gaditana en la cual expresaba un
proyecto político bastante liberal y progresista para la época.
L
a expedición
militar napoleónica en España, un episodio más de la expansión política de la
Revolución Francesa, provocó un fenómeno que los analistas han reconocido como la
crisis política de 1808. EL vacío de poder que se originó cuando se despojó del trono
a sus dos pretendientes legítimos, obligó a un grupo de políticos españoles e
hispanoamericanos a comprometerse con la restauración de la legitimidad realenga y con la
resistencia al usurpador.
El proyecto político partió
de la conformación de una Asamblea Constituyente con capacidad para dirigir los destinos
de los reinos hispanos y asumir la defensa de los intereses de la monarquía legítima en
ausencia de su titular. Para tal efecto, el cuerpo legislativo que se constituyó con el
nombre de Junta Suprema y Central Gubernativa de España e Indias se dispuso traer a su
seno no sólo a los representantes de las provincias de la península ibérica, sino
también a 105 delegados de los territorios ultramarinos. El efecto de esa apertura
política fue el de una verdadera fiebre juntista en
los reinos americanos que se tradujo en la adopción del modelo político que emanaba de
la Junta de Cádiz.
LA INSTRUCCIÓN SOCORRANA
DE 1809
En 1809 se redactó en el
Socorro una Instrucción dirigida al diputado que viajaría a España en representación
de la Nueva Granada. Ahí se hacían planteamientos que en el decenio de los cincuenta
serían conocidos como el paquete de reformas liberales del medio siglo. Por ejemplo, la posibilidad y la
necesidad de acabar con el comercio de esclavos en el territorio neogranadino, actividad
descrita como una degradación de la naturaleza
humana. Esta intención era armonizada con las necesidades de fuerza laboral de los
agricultores, hasta entonces satisfechas con la introducción de negros esclavos.
Si bien esta propuesta fue
expresada en un lenguaje filantrópico, podemos adivinar en ella la mano del grupo de los
comerciantes socorranos, para quienes el monopolio de la tierra y la fuerza de trabajo
herían sus más íntimas convicciones liberales. La libertad del trabajo, el comercio y
la producción conformaban desde el siglo XVIII el credo de un grupo de comerciantes que
en las villas de San Gil y Socorro acopiaban la producción domiciliaria de un campesinado
y un artesanado libres.
La recepción del pensamiento
ilustrado europeo por el grupo de socorranos que redactó esta Instrucción puede probarse
por su reiterada alusión a las leyes de la Economía Política, un término y un saber
poco conocido en aquella época pero que identificaba a quien lo usaba o conocía como
simpatizante del liberalismo temprano, que para muchos en el Socorro todavía era
susceptible de ser confundido con los principios de la soberanía popular reivindicados
por los Comuneros casi treinta años antes.
Otra idea de la Instrucción
era la de que la principal labor que un Gobierno puede desarrollar en beneficio del pueblo
era el estímulo a la agricultura, el comercio y la industria, entendidos como el trabajo
en todas sus manifestaciones. Estímulo que se materializaba en la libertad a los agentes
de aquellas tres ramas del progreso material, dándole prioridad, en consecuencia, a la
protección del interés individual que estaría estorbado política, física o
moralmente. Por ello, el cabildo socorrano fue pionero en el planteamiento de la
eliminación de los bienes de manos muertas, concebidos como una forma de esclavitud
perpetua de las propiedades territoriales porque les impedía su ingreso al mercado
inmobiliario libre. El hecho de que dichos bienes territoriales tuviesen patronos
celestiales era considerado por los capitulares socorranos como una muestra del abuso
inveterado de los eclesiásticos ante la ignorancia generalizada de las gentes. La
argumentación contra esos bienes de manos muertas se apoyó en la autoridad intelectual
de reconocidos exponentes del pensamiento ilustrado español, como don Gaspar Melchor de
Jovellanos y el conde de Campomanes.
Proponía la Instrucción
socorrana de 1809 el establecimiento de un nuevo sistema de cobranza de las rentas e
impuestos del Estado que resultase menos dispendioso que el hasta entonces utilizado, y
con un empleo del menor número posible de agentes.
Las Aduanas fueron definidas
como un termómetro capaz de graduar la protección de la industria autóctona y a la vez
útil para contrarrestar el efecto de las mercancías extranjeras. Esta era una de las
reivindicaciones más populares, ya que si bien había en ella un gremio de comerciantes
exportadores poderoso también es cierto que la mayoría de la población pertenecía al
gremio de los artesanos: hombres, mujeres y niños estaban de alguna manera vinculados a
la producción de lienzos de algodón, sombreros y alpargates.
Como una forma de
mejoramiento de esos productos, que dinamizaban el comercio socorrano, se planteó aquí
tempranamente el establecimiento del impuesto directo único sobre la riqueza, otra idea
recogida de las obras de los ilustrados españoles, especialmente de las de don Miguel de
Muzgun. La propuesta prometía eliminar los fraudes a la Hacienda Pública y reducir al
mínimo la cantidad de empleados encargados del recaudo de las rentas estatales, quienes
saldrían de la burocracia para dedicarse a los oficios productivos en la agricultura y el
comercio.
Entre las propuestas se
incluyó también el establecimiento de un régimen de libre comercio entre todos los
puertos de América y España con las naciones amigas y neutrales, y la reducción de los
días festivos sólo a los domingos y unos pocos más ya consagrados por la iglesia,
argumentando que así se potenciaría el trabajo indispensable para el fomento de la
agricultura y el comercio.
Este fomento, por otra parte,
requería con urgencia la aplicación de un plan de apertura de caminos y construcción de
puentes no sólo en la provincia sino en todo el territorio del virreinato. Se pretendía
con este proyecto ampliar los estímulos ofrecidos al desarrollo del comercio con todos
los pueblos y por otra parte incorporar a la explotación económica los recursos
naturales que se suponían perdidos en las inmensos territorios baldíos del medio
Magdalena santandereano.
EDUCACIÓN,
JUSTICIA Y PACTO SOCIAL
La ejecución de todas las
propuestas enunciadas requería de una reforma de las actitudes de los pobladores respecto
a los retos de la civilización y el progreso moral e intelectual de los pueblos, y
por ello los capitulares del Socorro las completaron con la idea de una reforma del
sistema educativo hasta entonces existente. Esta no debería prestar tanta atención a
aquellos estudios que tendían a engrosar las clases
estériles y gravosas de la sociedad, es
decir, los conducentes a títulos de teólogos y abogados, sino a aquellos centrados en
las ciencias exactas porque así se predispondría a los hombres al ejercicio de los
oficios y las profesiones liberales directamente orientadas por el criterio de la
utilidad. En la provincia del Socorro las escuelas introducirían en sus planes el estudio
de la filosofía, la aritmética, la geometría y el dibujo, mientras que en las ciudades
que contasen con colegios y universidades se añadiría a sus planes el estudio de la
Economía Política durante uno o un par de años.
Finalmente, la Instrucción
socorrana comisionó al diputado neogranadino para solicitar ante la Suprema Junta de
Cádiz la elaboración de un nuevo Código Civil y Penal que simplificara la labor de la
administración de justicia, hasta entonces lenta en su aplicación por la gran masa de
ordenanzas y reglamentos diversos existentes. El postulado del respeto social ante la ley
fue levantado en contra de la arbitrariedad de la autoridad despótica, como un resultado
de un libre acuerdo de todos los ciudadanos que conformaban la sociedad política. Así,
la idea de un pacto social con notables
perfiles rousseaunianos fue proclamada expresamente como fundamento de la legitimidad de
la autoridad política, del respeto por la opinión pública y de la abierta
participación de los asociados en la formulación de las leyes.
IDEAS Y
REALIDADES
Los principios postulados por
el Cabildo del Socorro en su Instrucción del 20 de octubre de 1809, a la postre se
constituyeron en la base política para la elaboración del Acta de proclamación de la
independencia de la provincia socorrana el 10 de julio de 1810. En este texto político
todavía se aceptaba la legitimidad de la autoridad de la monarquía española en
América, siempre que fuese ejercida por Fernando VII en reemplazo de su padre.
Durante la noche del 9 de
julio el corregidor del Socorro y sesenta soldados buscaron refugio en el Convento de los
Capuchinos, de donde fueron sacados al día siguiente por un tumulto independentista de
miles de socorranos. La Junta Suprema de Gobierno que de inmediato se instaló bajo la
dirección de don José Lorenzo Plata los envió hacia la costa en compañía de los
capuchinos, para que de allí pasasen a Filadelfia a
tomar lecciones de Humanidad.
La constitución de la provincia en Estado libre e
independiente el 15 de agosto de 1810 pareció abrirle las puertas a la realización de
las tempranas ideas liberales, claramente expresadas en el texto constitucional, pero
antes de dos años las tropas enviadas por Antonio Nariño anexaron la provincia a la
autoridad del Estado de Cundinamarca. Más tarde, sumada por la reconquista española a la autoridad de los nuevos
virreyes, la provincia debió esperar algunas décadas para convertir en realidades
políticas su viejo programa liberal de 1809.
Orígenes del bipartidismo:
VICISITUDES RADICALES EN SANTANDER
Con la independencia de la
Corona se inauguró la política republicana y las gentes del territorio nacional
sufrieron las consecuencias de un grupo humano que aprende a autogobernarse.
A
unque se acepta con frecuencia que los dos partidos
políticos tradicionales en Colombia tuvieron su origen en la primera década del gobierno
no republicano y que el ideario de cada uno de ellos puede hacerse remontar a las
inspiraciones de Francisco de Paula Santander y Simón Bolívar, la verdad es que la
historia política aún no tiene respuestas definitivas al problema del origen de los
partidos. Se acepta, no obstante, que los cuerpos doctrinarios de las dos colectividades
no surgieron de golpe sino de un largo proceso de racionalización de las experiencias
políticas vividas en la década de los años cuarenta del siglo pasado.
LOS INNOVADORES AZUERO Y
SOTO
En el año 1828 fueron
presentados ante los asistentes a la Convención de Ocaña dos proyectos constitucionales,
uno de ellos elaborado por don José María del Castillo y Rada y el otro por el doctor
Vicente Azuero Plata. Si bien puede hablarse aún en esta época de la existencia de
los dos partidos político en cambio puede afirmarse que las ideas expresadas por el
doctor Azuero en su proyecto de reforma constitucional de la república sí pertenecían a
un clara estirpe liberal, en contraposición a las ideas casi monarquistas de Del
Castillo. En su proyecto, el doctor Azuero se distanció de las ideas del Libertador se
pasó a las filas de sus opositores junto con sus paisanos el socorrano Diego Fernando
Gómez y el cucuteño Francisco Soto.
La reforma propuesta por el
doctor Azuero debilitaba el poder centralizado dividir la Gran Colombia en veinte
departamentos, cada uno de ellos gobernado por Asambleas Legislativas y con amplios
poderes políticos. Uno de los aspectos más destacados del proyecto, motivo de la cerrada
oposición de los bolivaristas, era la
pretensión de disminuir notablemente las atribuciones del poder ejecutivo y ampliar las
de las Asambleas Departamentales.
Aunque el proyecto no pasó a
mayores, pues el Libertador proclamaría su dictadura después de dicha Convención, sin
embargo marca el inicio de una tradición liberal presente en la mayoría de los
pensadores políticos nacidos en Santander Más tarde este legado se enriquecería con los
aportes de otras idea políticas y con la propia experiencia regional que sería llamada escuela Radical cuyos postulados aparecen en los
textos constitucionales de 1853 y 1858.
En el campo de las
innovaciones del pensamiento político, no hay que olvidar que el doctor Vicente Azuero
Plata fue, siguiendo los preceptos del general Santander, el introductor en nuestro país
de las ideas del pensador utilitarista Jeremías Benthan; y que el doctor Francisco Soto
fue quien introdujo el pensamiento del filósofo sensualista Destutt De Tracy. Azuero y
Soto, santandereanos ambos, fueron los responsables de la formación intelectual de una
generación post-independiente que con el tiempo llegó a regir los destinos políticos del
país: en 1848, el profesor Ezequiel Rojas publicó en un periódico santafereño (El
Aviso) el primer programa del Partido Liberal en donde aparecía el proyecto político de
estos dos personajes.
LOS ARTESANOS DE LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS
La cristalización práctica
de las ideas liberales que desde la Instrucción socorrana de 1809 maduraban entre los
miembros de dos generaciones republicanas, tuvo su primera oportunidad en el ascenso al
poder del Partido Liberal durante el año 1849 con el general José Hilario López. En ese
mismo año un abogado oriundo de Ocaña, José Eusebio Caro, y en compañía de Mariano
Ospina Rodríguez, redactó el primer programa del Partido Conservador en respuesta al
programa liberal.
El gran alcance que el
gobierno liberal quiso darle a las reformas políticas que tanto tiempo había esperado,
entre las cuales se contaban la abolición de la esclavitud y de los monopolios, la
reducción del pie de fuerza militar y la intención de entregarle los territorios
baldíos del país a los campesinos pobres y sin propiedad, tendió sobre los miembros del
grupo gobernante el manto de la radicalidad.
Uno de los principios
políticos que quisieron institucionalizarse en esa coyuntura, que la historiografía ha
sobrevalorado con el nombre de revolución del medio
siglo, fue el intento de ampliación de la base social de la política y la democracia
por medio de la extensión de la instrucción pública hacia los grupos sociales de más
modestos recursos económicos. Se quería evitar así que la oposición a las reformas
políticas pudiese dar al traste con ellas, dado que el partido adversario podía contar
con el apoyo de los ministros de la iglesia, una
institución con una extensa influencia entre los campesinos y artesanos.
Uno de los espacios
políticos que privilegiaron para la educación política de los grupos subordinados
urbanos fueron las llamadas Sociedades
Democráticas, en las que una parte del clero tuvo la oportunidad de tomar partido por
las reformas radicales del medio siglo. José
Pascual Afanador, párroco de Pinchote en las cercanías de la villa de San Gil, en 1851 y
bajo el auspicio del Partido Liberal constituyó una Sociedad Democrática integrada por
los artesanos de las poblaciones aledañas, verdadero centro promotor de la candidatura
presidencial del general José María Obando, quien aparecía ante la mirada de los
artesanos como una garantía de acción política favorable a sus intereses, por cuanto
había prometido en su programa electoral la protección de las producciones manuales
nacionales con un incremento de los aranceles de importación sobre las mercancías
extranjeras.
Adicionalmente a los
intereses electorales inmediatos, la Sociedad Democrática sangileña representó una
alternativa de acción política distinta a la tradicionalmente ejercida por el grupo de
los comerciantes y hacendados de San Gil, apodado por sus contrincantes con el mote
genérico de nobleza sangileña. Los principios
básicos que definieron el funcionamiento de la Sociedad Democrática fueron los de la
búsqueda de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre sus asociados, así como la
ayuda mutua y la instrucción permanente para la formación de una conciencia política
ilustrada entre los artesanos, quienes así pensaban contrarrestar el proselitismo
político de sus adversarios nobles,
fervientes partidarios del conservatismo.
CONTINUAR
REGRESAR AL ÍNDICE
|