4. VIDA COTIDIANA

Lazos y labores

Se muestran los rasgos de la santandereanidad y la lectura que hacen otros de ella; la influencia del temperamento en la forma de hablar y otros giros de su tradición oral; los aportes de Santander a la música, el canto y el baile que comparte con toda la zona andina y La generosa cocina diaria, lazo eterno de su gente con la región.

Fotografía Mario Zafra

Orlando Serrano Giralda: Investigador del folclor santandereano, miembro de la junta directiva Fundación Santandereana para el desarrollo Regional (Fudaser), director artístico Semana Nacional del Tiple.

RIGORES DE UN PERFIL

 

Tajantes y recios, fijos en su lugar y sus obligaciones, pero provistos, paradójicamente, de un gran sentido del humor.  Así se reconocen los habitantes santandereanos.

Extendamos la mirada un poco más allá del marco político-administrativo asignado desde 1910: la cultura santandereana lo desborda. Vamos hasta 1857, cuando las viejas tradiciones decimonónicas delimitaron el territorio de las provincias históricas que configuraron la jurisdicción del Estado Soberano, es decir, lo que hoy se encuentra dividido entre los departamentos del Norte de Santander y Santander. La frontera cultural entre estos dos departamentos es prácticamente inexistente.

Mas que entre el norte y el sur las diferencias culturales más importantes se registran entre el oriente andino y el occidente fluvial magdalenense. Es decir, que frente al añejo santandereano de la cordillera ha emergido en este siglo su alter ego que bautizaremos provisionalmente como ribereño. Pero esto ha de ser el contenido de una historia socio-cultural de los santandereanos diversos, cuyos estadios más extensos de configuración cultural trataremos enseguida.

TODO QUEDA EN FAMILIA

Durante el tiempo colonial y el de todo el siglo XIX la región nororiental de la Nueva Granada, que a la sazón se conocía con los nombres de las provincias socorrana y pamplonesa, fue un importante epicentro demográfico, económico, político e intelectual de la nación. La especial división del trabajo en estas provincias les confirió una fisonomía cultural basada en la pequeña propiedad campesina, el trabajo familiar intensivo en la artesanía del hilado y el tejido del algodón, el fique y las fibras sombrereras, complementado con la producción de tabaco y más tarde de café para los centros de acopio que abastecían las rutas de exportación hacia mercados distantes.

Los tejedores y sombrereros —que al tiempo cultivaban hojas de tabaco en sus parcelas— fueron las figuras sociales predominantes, al lado de los comerciantes y arrieros que acopiaban y transportaban la producción de los primeros. Los curas párrocos completaban esta trilogía social de la Colonia que se prolongó durante todo el primer siglo republicano.

En esa trama social, la recepción de las ideas liberales y el experimento de un gobierno radical en la conducción del Estado Soberano de Santander, se correspondieron con las tradiciones del trabajo familiar independiente —en el sector agropecuario el artesanal o el comercial. Así, el acendrado individualismo que se atribuye al santandereano sería el resultado de un largo proceso generalizado de trabajo no asalariado, realizado en unidades familiares de producción.

El hogar campesino fue una empresa que siempre involucró a todos sus miembros, sin distingo de edad o sexo, y en ella la producción de una parte del sustento (yuca, ají, frutas, guarapo de caña, caldo y arepa) subsidiaba el costo de los bienes mercantilizables. Con la disciplina, el ahorro, la frugalidad y el sacrificio personal, se reforzaba la auto-explotación del trabajo familiar: los objetos artesanales se llevaban a los mercados de acopio a muy bajo precio, de tal modo que eran los comerciantes exportadores los que podían realizar todo el valor del trabajo contenido en la producción campesina.

La tradición familiar de las empresas santandereanas se mantiene hasta hoy. Eso les ha valido una dura crítica por su resistencia a convertirse en sociedades anónimas capaces de captar y administrar mayores capitales que potencien sus dimensiones y alcances internacionales. Quizás exageradamente se ha llegado a predicar que en el fondo de los sueños de cada santandereano hay una tiendita, subrayando así su preferencia por las empresas que puede llevar a cabo sólo con su esfuerzo personal.

EL MATIZ DEL PROFESIONAL

El segundo estadio comienza con el fin de la Guerra de los Mil Días. Con ella quedó destruida buena parte de la infraestructura de la producción cafetera, afectándose gravemente la fuente de empleo asalariado más importante: el café había movilizado trabajadores desde las viejas provincias tabacaleras hacia las emergentes de Bucaramanga, Cúcuta y Ocaña. Los proyectos del crecimiento económico regional parecieron entonces agotarse en la imaginación de los hombres que inauguraron nuestro siglo.

El aislamiento económico de Santander se reflejó en la inversión de sus procesos demográficos respecto del tiempo colonial: la región no ha cesado de exportar sus trabajadores hacia los polos industriales de Barranquilla, Medellín y Bogotá, y hacia el otro lado de la frontera venezolana. Pero la cultura colonizadora de Santander redirigió a buena parte de sus hombres hacia el valle medio del río Magdalena, el Cesar o los llanos orientales, mientras la migración interna produjo las concentraciones humanas de Bucaramanga y Cúcuta.

Las viejas tradiciones de la disciplina familiar se aplicaron entonces a la profesionalización de los trabajos urbanos, provocándose la expansión del comercio moderno y de los servicios profesionales. El auge de la industria petrolera condujo a Barrancabermeja buena parte de esos servicios profesionales y hubo simultáneamente una fuerte inmigración de colonos. Así fue cristalizando la nueva manera de ser ribereña, al estilo barramejo .

El imaginario del profesional asalariado del Santander de hoy está aún por investigar. Puede intuirse, empero, en su espíritu receptor de tecnologías y hábitos de consumo, un esfuerzo de equilibrio respecto de las tendencias de aislamiento que tanto se le han criticado.

VOCES CRÍTICAS

Dicen algunos que la idiosincrasia regional es comparable a la superficie montañosa y los ríos encañonados. Se fabrican metáforas que nos hablan de la rudeza, aridez y majestuosidad del alma santandereana. El cañón del río Chicamocha ha sido la imagen geográfica más asociada a estas metáforas del santandereano altivo, silencioso, duro y pendenciero.

En realidad, el archipiélago de los paisajes regionales no es tan reducido, hay una gran diversidad. No es posible, por ejemplo, presentar al socorrano como el arquetipo de la santandereanidad, en vez de enfrentar la rica gama de tipos humanos presentes en las nueve provincias distintas que hoy dividen culturalmente a los dos santanderes.

Otros ensayistas han sugerido la compulsión tradicionalista de los santandereanos. Que hay una continua repetición de sus rituales dietéticos o sociales a pesar de los cambios de edad o domicilio. En esto tiene que ver la institución de la encomienda con sus permisos para que los emigrados —por razones escolares o laborales— continuaran abasteciéndose de sus hormigas, panes especiales, salchichones o capones, dulces y bocadillos. Hoy las visitas renuevan antiguas amistades y lazos familiares, cuando no se concertan matrimonios y compadrazgos.

Para los críticos, los atavismos significan no un esfuerzo conciente de preservación de los valores constitutivos de la cultura, sino una impotencia generada por una escasa apertura espiritual hacia las visiones cosmopolitas. En este atrevido esbozo del alma santandereana falta señalar una pasión que con frecuencia se endilga al hombre de Santander: la envidia, cuyo estudio aún no se ha emprendido.

VOCACIONES

Las investigaciones de doña Virginia Gutiérrez de Pineda, ilustre socorrana emigrada tempranamente a la capital del país, han mostrado el funcionamiento del código del honor entre los santandereanos. Hay en ellos un carácter solemne aunque sobrio, parco en las expresiones de la afectividad, tajante e irreversible en sus determinaciones. En este paisaje humano sobresale un perfil trágico, una vocación para la muerte que llamó poderosamente la atención del ensayista Tomás Vargas Osorio. En síntesis, lo cotidiano en la región se rige por fuertes patrones tradicionales. El arquetipo del santandereano es un hombre constante frente a su trabajo, mesurado en su vida privada, luchador incansable por la garantía de una vejez tranquila, con un alto sentido de responsabilidad frente al hogar pero carente del espíritu aventurero para alimentar las grandes empresas.

Un factor de equilibrio compensa, eso sí, los excesos de autocontrol: el sentido del humor. Plenas de mordacidad e inteligencia, las gentes de estas tierras tienen manifestaciones particulares en todas y cada una de las localidades de Santander y en ellas se definen personajes típicos. Son exponentes conocidos Humberto Martínez Salcedo, Leonidas Ardua Díaz, Norberto Serrano Gómez, Félix Villabona Ordóñez y Pedro Nel Martínez Poveda, cultores de la copla, la décima y todas las expresiones del humor popular.

VENGA LE DIGO

 

Acérquese usted por aquí. Para cuando lo haga, ahí van algunas pistas que le ayudarán a conversar mejor y a comprender los vericuetos de la tradición oral.

E n Santander el habla popular se caracteriza por una acentuación sobria y muy marcada, algo áspera, reflejo del temperamento regional. El tuteo y el voseo no tienen allí vigencia. Sólo en ciertas capas sociales urbanas se permite el primero dentro de un tratamiento excepcional y en relaciones muy próximas. En otras circunstancias el santandereano considera el tuteo una falta de respeto y una violación del distanciamiento que debe mediar entre una persona y otra.

A cambio, es profusa la utilización de giros y la creación de acepciones de uso exclusivo en la región. Adapta significaciones diferenciadas para términos comunes con otras regiones colombianas en especial la antioqueña. Una investigación en curso ha abierto aproximadamente 3 mil cédulas lexicográficas correspondientes a términos y locuciones características de Santander.

UNAS CUANTAS PALABRITAS.

iDígame!: exclamación pronunciada con una marcada acentuación de la i y un pronunciamiento prolongado de la primera sílaba. Significa por su puesto que sí. Es muy usual la expresión dígame si no,

Aguarde tantico: también se utiliza espere tantico. Significa espere un momento.

Venga le digo: significa présteme su atención, y en algunas ocasiones espere le hago una aclaración..

Qué: se pronuncia con una acentuación muy fuerte y seca. Significa imposible, no le creo, mentiras.

¡Úste!: se pronuncia con una acentuación muy marcada en la u y representa una exclamación de sorpresa ante un hecho inesperado como un golpe o una expresión fuerte.

Mucho poquito: Significa muy poco.

Pingo: esta expresión usual en el español clásico con la significación de caballo viejo es corriente en Santander para connotar tonto o su sinónimo regional pendejo. Su uso es tan amplio y difundido que señala a cualquier persona en tono familiar, como ocurre con oiga pingo venga le digo.

Toche: expresión más usada entre los nortesantandereanos con una significación análoga a la de pingo en Santander del Sur, pero la amplia divulgación hace reconocer ya a los del norte como los toches y a los del sur como los pingos.

Amañarse: adaptarse, sentirse a gusto en un lugar, como cuando alguien dice estoy amañao en este pueblo.


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