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(continuación capítulo
Vida Cultura)
Literatura VIAJE UNIVERSAL
Una sala obra puede
perpetuar en la memoria de las pueblos a una región o un país. Dos novelas y dos poetas
inscriben a Santander en el ámbito de una historia cultural de América Latina.
ABIERTA A LA AVENTURA
P
arece inevitable, al hablar
de literatura en Colombia, empezar con La otra raya
del tigre de Pedro Gómez Valderrama (Bucaramanga, 1923-Bogotá, 1992). En la
excelente novela se recrea la historia de Santander en el siglo XIX; se materializa el
espíritu romántico de un hombre que además de enfrentar la aventura vive la tragedia de
un exilio forzoso. Una pasión amorosa y el ideal de un país liberal lo conducen a un
peregrinar por diversas tierras hasta que encuentra un asidero para vivir acorde con sus
ideales.
La otra raya del tigre
trasciende la literatura santandereana recreando paradójicamente la figura de un alemán:
Geo von Lengerke. Pero es que en ella se reconstruye un pasado con la apropiación
artística de una novela que deleita al lector en la aventura pausada, llena de leyenda,
ensueño y erotismo. La novela es el goce de un viaje por el Río Grande de la Magdalena,
es la mirada atónita de unos extranjeros ante la exuberancia de la vegetación y la feraz
fauna de un territorio embrujado por la magia de sus hombres y el colorido del paisaje. Es
el sitio perfecto para un romántico.
Dice la novela: Con la
pasión amorosa se mezclaba de manera entrañable la pasión política. Cuando llegaron a
Alemania los vientos del 48, la onda liberal (que es sin duda la que coincide más
hermosamente con la onda amorosa por la desmesura de la generosidad), yo era, a un tiempo
mismo, el enamorado que se jugaba una vida que tenía en poco aprecio y el conspirador que
buscaba una Alemania mejor.
Lengerke y La
otra raya del tigre, metaforizan el espíritu de un pueblo que antepone su tenacidad a
cualquier adversidad. Es una novela que combina lo histórico las guerras civiles y
las debilidades de un gobierno central con la noción de la nueva novela en América
Latina, esto es: conjugar diversos planos, meter al lector en un juego de espejos por
donde el erotismo es parte complaciente de la mirada escrutadora del buen salvaje, quien
se siente embrujado por las notas musicales de un piano o la deificación de una mujer tan
terrenal como las nuestras pero con el encanto de la extranjera. La Nodier paraliza a los
hombres por su desparpajo y la fingida inocencia de un cuerpo que se siente asediado por
la lujuria de los hombres del trópico. Por eso hablar de la literatura santandereana es
evocar la leyenda de Lengerke y no es paradójico porque en él y en la novela de Gómez
Valderrama se universaliza la cultura de esta tierra abierta a todo aquel aventurero que
traiga el ideal del progreso y cultura.
ABSURDOS Y
REALIDADES
En 1972 con Jesús Zárate
Moreno (Málaga, 1915-1967) se vuelve a repetir la historia de Giuseppe Lampedusa y el
Gatopardo: gana el premio literario de Planeta en España con La cárcel, pero el ganador está muerto. La novela
se agota en una semana, se venden 55 mil ejemplares y entre noviembre y diciembre de 1972
se agotan cuatro ediciones en Europa. ¡Mientras en nuestra propia tierra Jesús Zárate
sigue en el olvido!
Su obra narrativa compuesta
por cuentos No todo es así y dos
novelas El
cartero y La cárcel, muestra
la depuración en el lenguaje y a un escritor pulcro, elocuente y cargado de una inmensa
cultura.
Específicamente, La cárcel recrea la problemática de una época,
la injusticia, pero de una manera existencial. El absurdo de un hombre Antón
Castán, detenido y encarcelado durante
tres años por el único delito de o haber cometido delito, es la sátira elegante,
metaforizada y cargada de humor negro contra la institución carcelaria y contra los
hombres que administran injusticias. En su lectura se recrean otras. Se evocan escritores
como Franz Kafka, Fedor Dostoievski, Albert Camus y, a partir del humor negro, la
corriente surrealista.
La novela de Zárate Moreno
revive la angustia de unos hombres confinados a reflexionar sobre la libertad; pasea al
lector por la sordidez de los espacios quejumbrosos, oscuros y llenos de desesperanza muy
al estilo de Humillados y ofendidos y Recuerdo
de la casa de los muertos. Los personajes de La cárcel alimentan esperanzas en el
absurdo de regar una rosa artificial que quizás algún día adorne el féretro de uno de
ellos; se distraen al evocar la libertad con el único ser que viene desde la calle, desde
la libertad: una rata. Ella es el aliciente para unos personajes que se desdibujan en la
oscuridad y la lobreguez de una celda. Dice Antón Castán en el diario que escribe:
Nos encontramos en el patio, a la hora del sol. Al turno del descanso lo llamamos la
hora del sol, aunque con mucha frecuencia a esa hora no haya sol en el patio.
La novela es la lectura de un
diario. Es dramatizada sobre otra y en ese juego de textos uno puede intuir fácilmente El proceso, la novela de Kafka. El lector se
sumerge en el drama de la libertad, allí, en ese espacio, se aprecia cuánto vale, cuán
importante es la vida, observar el sol y sentir que la mirada se pierde en las cuatro
paredes que oprimen la dignidad de los hombres. Hay un mensaje pletórico de imágenes
desconsoladas. Rigurosa en el absurdo parece que La
Cárcel juega también a vivir en el absurdo de un olvido o de un desconocimiento.
Zárate Moreno se propuso con
su obra universalizar la literatura colombiana, pues su maestría técnica, el efecto y
suspenso cargado de ironía nos presenta al escritor de oficio, preocupado en rescatar lo
más sutil de su entorno para hacer lo complejo, ambiguo y metafórico. Así es nuestro
gran escritor; para que ojalá un lector culto, ávido de nuevas sensaciones encuentre en
él la placidez y el gusto de leer una gran obra literaria.
DE ENTRADA AL
UNIVERSO
Nuestro viaje literario se
detiene en la prestancia de dos poetas: Jorge Gaitán Durán (Pamplona 1925-1962) y
Eduardo Cote Lamus (1928-1964); junto a ellos creció y se desarrolló la Revista Mito, la cual le dio el nombre a esa
generación que ahora proporciona un sitial importante a Colombia en el panorama de la
literatura universal. Con Mito maduraron
escritores como García Márquez, Gutiérrez Girardot, Alvaro Mutis, Hernando Valencia
Goelkel entre otros.
La Generación le abre las
puertas a la cerrada cultura colombiana de las décadas de los cincuenta y sesenta.
Gaitán Durán y Cote Lamus viajaron desde la provincia nortesantandereana para inyectarle
aires renovadores a la amodorrada y adocenada Atenas
suramericana qué título más engañoso! y con ellos Colombia despierta a
las urgencias de una vanguardia literaria.
Fue Gaitán Durán el primero
en presentar lo más nuevo de la literatura europea. Trae los escritos de Georges Bataille
y luego las lecturas psicoanalíticas, el pensamiento de Sartre, tan leído en Europa en
dichos años, y virtualmente el surrealismo que tuvo su aceptación en Colombia con la Revista Mito.
La presencia de Gaitán
Durán y Cote Lamus depuró la poesía cargada de añoranzas terrígenas, de ampulosos
latinazos y de escuetos versos al amor eterno. La Generación de Mito puso en contacto a
Colombia con el resto de los países latinoamericanos; escritores como Jorge Luis Borges,
Octavio Paz y Lezama Lima cedieron en las ideas de considerar a Colombia como un país de
incultos poetas.
La poesía de Gaitán Durán
limpia al verso colombiano del falso pudor y trasciende en la exaltación cuidadosa del
cuerpo:
Dos cuerpos que se juntan
desnudos solos en la ciudad donde habitan los astros inventan sin reposo el deseo. Eran
versos que asaltaban la sinrazón de una Colombia castigada por la moralidad de una
iglesia avejentada y la crueldad de una violencia irracional. Los versos de Gaitán Durán
son una llamada a la renovación, son la invocación a la libertad, a la creación
poética cargada de imágenes actuales, virtuales y con el mensaje del cambio, de la
actualización.
Ya León de Greiff lo había
hecho de una manera solitaria, parecía una llama al viento huracanado del atraso
literario. Pero es con Gaitán Durán y Cote Lamus que la literatura colombiana se instala
en el siglo XX. Su experiencia sirvió de ejemplo al espíritu iconoclasta del poeta
antioqueño Gonzalo Arango y su grupo nadaísta y con ella se demuestra que para
universalizar la literatura de una región no se necesita hacer un inventario de sus
costumbres, de sus formas de pensamiento; sino enaltecer en profundo el sentimiento de una
cultura. Es el trabajo constante sobre el quehacer literario, es trascender esos espacios
e instar a su entorno a que se coloque en la dimensión plural del pensamiento.
La poesía de Eduardo Cote
Lamus se coloca en esa tónica. Está cargada del sentimiento por la vida, el amor, la
añoranza de un paisaje diluido en las brumas de la cordillera, de un pasado en las
imágenes de la infancia. Es un viaje entre la leve alusión a los estoraques, a la
visión de las colinas que circundan la ciudad y la vida del poeta en Europa:
Vengo de la casa
que antes tuvo nieve para volverse llanto al pie de la colina.
En otro poema dice:
Pero el
tiempo en Berlín cae igual
que una piedra sin esperanza en la soledad.
Son los contrastes que se
imbrican en un mismo sentir poético, es el sabor a la distancia que se recobra en la
palabra evocadora de espacios entre el sueño y el amor.
La música MEMORIA Y OLVIDOS
CAMINO DE
ANALOGÍAS
Santander es la primera
región en el gigantesco corredor de la geografía de la cordillera, vía necesaria de la
civilización hacia el altiplano cundiboyacence, centro de la cultura chibcha durante el
período precolombino. Y es la primera en el camino de las analogías que permite
adentrarse en la historia de la música. Allí los ceremoniales el de la muerte, por
ejemplo, tan importante en los santandereanos precolombinos y evidente en el refinamiento
del tejido, de la momificación de los restos, del concepto de la protección de los
restos; o los relacionados con los astros, las siembras, la bóveda celeste, las tragedias
de la guerra debieron acompañarse de música y danza en un estado primitivo y
todavía muy fuertemente conectadas con el ejercicio de la magia y la superstición. En el
estadio de la organología, habría algunos artefactos que acentuaron los ritmos, el
dominio del aire entubado dentro de flautas y caracoles y seguramente el canto, que es una
manifestación casi inconsciente de la civilización en estado primitivo.
También el paisaje debió
inspirar música. Tan diferente del verde de la sabana, esa silueta de nuestras montañas
que se alza imperiosa. Más triste o más alegre que la del altiplano, pero muy diferente
de esa que describe la crónica de la conquista cuando cantaban al son de unas flautas o fotutos tan
melancólicos y tristes que más parecían
música del infierno que de este mundo.
Los guanes, suicidas ante el
conquistador, quizás se expresaron musicalmente. La fuerza del paisaje de Santander y la
sanguina de la tierra, apenas pueden compararse con las imperiosas cumbres de los centros
ceremoniales Incas, de caminos eternos entre Machu-Pichu y Huaína-Pichu, cuyo silencio
tan sólo profanaba el canto de las fustas, vírgenes del sol en las brumosas cumbres de
la historia.
Luego de la conquista se
borró cualquier lazo con el presente. Nada sobrevoló las barreras del tiempo en la
tradición oral. Ningún pictograma sobre la roca insinúa un camino y el conquistador
español o el alemán que también llegó a Santander no dejó registro de una
manifestación demasiado hermética para ser tenida en cuenta.
CUENTAN LOS
CRONISTAS
El alud conquistador y civilizador estuvo animado por el sonido
lánguido de la vihuela, el sugestivo de su parienta la guitarra andaluza, el brillante de
la pandereta y el penetrante de la castañuela. Esas las músicas de la calle, del
jolgorio, de la llegada de la noche.
Paralelamente la Iglesia puso
sus picas en Flandes. Aún hoy se alzan las
iglesias sobre el perfil de los pueblos santandereanos, y ello contrasta con la
depredación de sus coros. No queda rastro de los órganos que los hubo españoles y
también fabricados por organeros luthiers criollos
pero el corpus musical debe reposar en los
archivos. Lo que sí se sabe con certeza es que los artistas locales ampliaron el
repertorio siguiendo modelos españoles a los cuales integraron instrumentos propios.
Pero de ese pasado tampoco
quedan demasiados testimonios.
Del lugar que ocupó la
música en la vida colonial llegan referencias no muy exactas. El Girón de 1708 celebró
el nacimiento del infante Luis Felipe con saraos y
música de vigüelas, castañetas, sonajas, clarines, caxas y otros instrumentos de
pífanos y trompetas.
La primera mención concreta
y conocida sobre la música en Santander es de finales del siglo XVIII. Habla
de las espléndidas celebraciones que en el Socorro se realizaron entre el 7 y el 15 de
febrero de 1784 con motivo de nombramiento como Virrey y Capitán General de Santa Fe del
arzobispo Antonio Caballero y Góngora. Se cuenta que hubo toda suerte de manifestaciones
escénicas: teatro (Caer para levantar, Con amor no hay amistad, Primero es la honra), un
sainete y una zarzuela (El veneno de la hermosura).
Con respecto a
la zarzuela, la crónica abre los ojos sobre la
vigencia de un género ya de moda en España, que apenas empezaba a liberarse de la
rigidez de temas mitológicos y entraba en una temática costumbrista. La obra subió a
escena con una mezcla de actores y cantantes venidos en su mayoría de Santa Fe y la parte
orquestal estuvo a cargo dc la orquesta de música de los caballeros aficionados. Para la
época, Socorro una de las poblaciones santandereanas más importantes del
Virreinatocontaba con una agrupación adicional, un conjunto de música de clarines, trompetas, vihuelas y violines.
Hay más
todavía acerca del repertorio interpretado. El relato habla claramente de las deferencias, la forma musical que en España
antecedió a la variación, tan en boga en la
Europa del clasicismo. Además cuenta que a mediados del mismo siglo se fabricaban
vihuelas en Mogotes.
De resaltar el
lugar prominente que ocupaba el baile se encarga el historiador Enrique Otero
DCosta. Se refiere a que en el paseo ofrecido a Bolívar en la, hacienda de El
Cacique durante la estadía del libertador en Bucaramanga se bailó La
Cachucha, música que en tradición oral alcanzó las primeras décadas del presente
siglo, pero que inevitablemente desapareció.
Otros cronistas
escriben sobre los primeros años de la Independencia, que estuvieron animados por compañías
itinerantes, fundamentalmente españolas. Dicen que en 1864 se presentó en Bucaramanga la
soprano Eugenia Bellini, cuyas arias de ópera y romanzas de zarzuela marcaron toda una
época. Tres años después fue reemplazada en la imaginación de las gentes por el
español Emilio Toral y su esposa. De Toral se dijo que fue el mejor artista oído en la ciudad durante el
siglo XIX.
Para el año de 1893, don
Anselmo Peralta levantó el coliseo de la ciudad con
doble fila de butacas y su inauguración estuvo en manos de la Compañía Azuaga.
Todavía está en pie el Coliseo Peralta. Además, el fin del siglo y las primera décadas
del XX estuvieron dominados por la figura de Alejandro Villalobos (1875-1938), autor de un
corpus musical considerable que incluye la Obertura del Sueño, para orquesta Sinfónica.
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BIBLIORAFÍA
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Banco de la República, Área
cultural de Bucaramanga. Catálogos de las
exposiciones de artistas santandereanos en las décadas de 1960 y 1970. Bucaramanga,
1989 - 1991.
Gala, Marina González de y González Aranda Lucila. Antología
de 365 años de arte en Santander, Banco de la República, Área cultural de
Bucaramanga, Bogotá, 1981.
Gala Roso, Informe del secretario de Hacienda.
Informe del Gobernador a la Asamblea de Bucaramanga, abril 30,1890, Imprenta del
Departamento.
Cantini, Jorge Enrique. Pietro Cantini Semblanza
de un arquitecto, Editorial Presencia, Colección Corporación La Candelaria,
Alcaldía Mayor de Bogotá, 1990.
Cote Lamus, Eduardo. Estoraques, Ministerio de
Educación Nacional, Bogotá, 1963.
García, José Joaquín. Crónica de Bucaramanga, Imprenta
del Departamento, Bucaramanga, 1944.
Gómez Valderrama, Pedro. La otra raya del tigre, Siglo
XXI, Bogotá, 1977.
González de Gala, Marina. Fotografía en el Gran
Santander, Banco de la República, Bogotá, 1990.
López Barbosa, Fernando. Nuevos artistas de los
Santanderes, Edinalco, Medellín, 1989.
Serrano, Eduardo. Historia de la fotografía en
Colombia, Museo de Arte Moderno Bogotá, O. R Gráficas. 1982.
Zárate Moreno, Jesús. La cárcel, Editorial
planeta, Barcelona, 1976.
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