(continuación capítulo Economía)

 

LLEGANTES REMOVIENTES

El atropello del español al pueblo muisca dislocó la forma como se venían tejiendo las redes comerciales. La organización económica se modificó sustancialmente en provecho del conquistador.

La Corona quiso conformar en todo el Nuevo Reino un sector agrario y otro minero al amparo de una fuerte organización pública traída de la metrópoli. Para ello basó la economía colonial en la encomienda o reparto de indios, la mita y posteriormente los resguardos.

EL TRUCO INICIAL

La primera institución fue la encomienda, Con ella se trataba, más que de expropiar la tierra a los indígenas, de una relación para producir y entregar un tributo. Los aborígenes labraban la tierra y debían tributar una parte al encomendero. No obstante, muchos títulos —otorgados por los conquistadores y más tarde por la Real Audiencia— mencionaban la labranza, ambiguamente, como parte de la encomienda, con lo cual la tierra del indígena era un objeto de usufructo del encomendero.

La generación inicial de beneficiados con la titulación en la región, estuvo integrada por hombres de la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada Belalcázar y los séquitos de Alonso Luis de Lugo, y el licenciado Díez de Armendáriz. Hacia 1558 existían entonces 58 encomiendas en Tunja y 50 en Santafé —las dos importantes provincias del Nuevo Reino. De los corregimientos de Tunja —Chivatá, Sogamoso, Paipa, Sáchica, Turmequé, Tenza, Gámeza Tunja y Duitama— Sogamoso, Duitama y Tunja fueron los primeros colocados directamente bajo el mandato de la corona —en Santafé fijaron su residencia los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada y Hernán Pérez de Quesada  allí se instaló la Real Audiencia en 1550, quedando el Nuevo Reino sometido a la jurisdicción española.

La sobreexplotación que enfrentaron los indígenas bajo la encomienda trajo consigo una sensible disminución en la población, el agotamiento de algunas de sus tierras y su fuga de las encomiendas. La obvia reducción de los tributos y la dispersión de la población aborigen, indujeron al gobierno español a establecer los resguardos. Para extraer riquezas auríferas y piedras preciosas, y organizar en general el sector minero destinado al usufructo de la corona, se impuso la mita en 1609. En la región se organizó la de Mariquita en 1612 para la explotación de plata, pero empezó a decaer a partir de 1633. La mita urbana o alquiler obligaba a los mitayos a prestar servidos en los predios de las ciudades o sus alrededores y duró hasta 1741, cuando fue abolida por el rey.

DE BUENAS INTENCIONES

El propósito de proteger los indígenas contra los abusos causados por la convivencia con los españoles y con otros grupos étnicos, dio a luz los resguardos. Las tierras de los resguardos estaban compuestas por parcelas individuales —para el usufructo de cada familia india— y zonas destinadas a la explotación colectiva. A la vez los indígenas estaban obligados a prestar servicios fuera del resguardo, en la agricultura y la minería privadas y en las empresas económicas del Estado.

Los primeros repartimientos de tierras en la región de Tunja se hicieron en 1596 y luego en los distritos mineros de Mariquita, Pamplona y Muzo. Con el reordenamiento de la mano de obra indígena se agregaran unos pueblos de indios a otros y familias completas tuvieron que desplazarse hacia los resguardos.

En virtud de las mercedes de tierras otorgadas sobre las tierras abandonadas por los indígenas que habían sido obligados a marchar a los resguardos, aumentaron, en los primeros años del siglo XVII, las propiedades de los españoles. Nacieron así, al lado de los hacendados, los estancieros o medianos propietarios y los labradores o pequeños propietarios que eran mestizos o españoles pobres.

En 1606 se hizo una relación de estancias en la Sabana y se contabilizaron 2 en Suba, 16 en Guasca, en Simijaca 10 al igual que en Cajicá, Tabio, Gota y Chía, y en Tunjuelito, Bosa y Fontibón, 38. Los nuevos propietarios fueron los encargados de formar los primeros oficios en las nuevas poblaciones y de poner en marcha nuevas actividades agropecuarias y comerciales en la región.

El resguardo empezó a decaer en la segunda mitad del siglo XVIII y desapareció prácticamente a mediados del XIX. Con su disolución se impuso la hacienda como eje de la organización económica del siglo XIX.

VIRAJES DEL AGRO

Nuevos productos de la tierra llegaron con los españoles para atender sus costumbres alimenticias. Se aclimataron el trigo y la cebada, algunos vegetales de huerta y oleaginosas: arveja, habas, cebolla, habichuelas, lechugas, repollo y coliflor entre otras.

El trigo de la Sabana fue exportado en forma de grano, harina y aglutinado —bizcocho— hacia Tunja, el río Magdalena —Honda y Mompós— y embarcado con rumbo al Caribe —Cartagena. Las poblaciones productoras para la época eran Susa, Rincón, Simijaca, los valles de Tunjuelito, Bosa y Sibaté, y el eje Chía-Cajicá-Tabio-Cota. Con el cultivo del trigo se introdujeron las técnicas agrícolas europeas: el uso e hachas, arados, barretas, azuelas, hoces, palas, azadones, hornos metálicos, arado metálico con rejas a manera de rastrillo y las yuntas de bueyes, base fundamental de la transformación del sistema de producción con respecto a técnicas indígenas.

Para el siglo XVII aumentó la producción de trigo con el uso de los animales en campo. Se satisfacía así la creciente demanda de los centros mineros del sur de las regiones no productoras de occidente. La panela se conoció al introducirse la caña de azúcar y ponerse en marcha los trapiches. Los propietarios Santafé y Tunja los mantuvieron en el siglo XVII en las tierras calientes de Guaduas, Tocaima, Tena, Pacho y Valle de Tenza y las haciendas de caña ocuparon un lugar preponderante en la economía colonial del siglo XVIII.

Las costumbres muiscas sufrieron otro cambio importante: la introducción de la cría y levante de ganado vacuno en la Sabana. Ya existían estos animales en las tierras del altiplano desde finales del siglo XVI junto con ovejas, cerdos, cabras, gallinas y huevos para los blancos, pero con la formación de hatos ganaderos se inició la producción de leche y quesos destinada al consumo interno o a la venta en los centros mineros. A su vez, con la cría de ovejas se obtuvo la lana que, desde entonces, reemplazó al algodón en la elaboración de mantas y ruanas.

AJETREO CITADINO

“Cundinamarca y Boyacá eran zonas de densas poblaciones indígena y de los más fuertes encomenderos del Nuevo Reino, de activo mestizaje, desarrollándose en ellas una sociedad de base agrícola, de poca dinámica social, paternalista y señorial” (Jaime Jaramillo Uribe, 1986)- En efecto, dentro de la sociedad colonial la región central del país jugó un papel vital como albergue de la autoridad española en el Nuevo Reino, de la jerarquía eclesiástica y de los primeros centros educativos del país.

El principal mercado de Santafé se localizaba en la llamada Plaza de las Yerbas, hoy parque de Santander y a partir de 1550 se abrió la plaza mayor —sin causar el cierre de la primera. En las horas de la madrugada llegaban los cosecheros, quienes iban directamente a la plaza y allí se instalaban formando cuadros para dejar callejones por donde transitaban más cómodamente los compradores.

Se abrieron además las pulperías —para la venta de víveres—, las tiendas de mercaderías —expendios de productos diversos— y las chicherías —lugares de diversión. Otros productos de primera necesidad —carne, velas y pan— sí se vendían en lugares especializados.

La carne se compraba en las tres carnicerías que se abrieron; el sebo —obtenido en las carnicerías— era vendido a las fábricas de velas donde eran adquiridas por el consumidor final, y el pan se distribuía en el amasadero o panadería. Para abastecer de estos productos a la creciente población urbana, se incentivó el intercambio interregional durante la Colonia: la carne para Santafé provenía de Neiva y sus  regiones adyacentes.


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