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(continuación capítulo
Política)
EL LENGUAJE DE LA POLÍTICA
La guerra era un mecanismo
importante de movilidad social, de ascenso y de formación de líderes políticos,
incluso, de acceso a la economía y al reconocimiento. En adelante la historia política
del país y especialmente de la región central, será la historia de las guerras civiles
que anteceden a las constituciones. Era el ciclo guerra-armisticio- constitución, en el
que la contienda era ante todo el mecanismo de hacer política: su objetivo, antes que la
derrota total del enemigo mediante la toma del poder o el cambio de sistema siguiendo
métodos revolucionarios, consistía en sobresalir, alcanzar una jefatura partidista o
simplemente lograr la participación burocrática de una fuerza excluida, o simplemente
expresaban las rivalidades interregionales, de líderes o caudillos locales insatisfechos
momentáneamente y las confrontaciones ideológicas por concepciones del Estado y la
política.
Durante el siglo XIX los individuos prestantes
de los pueblos cundiboyacenses se mostraron apáticos a asumir cargos administrativos a
nivel local. Las razones iban desde la costumbre de domiciliarse en la capital, la rudeza
de la política provincial o la ventajosa táctica de participar moderadamente,
protegiendo intereses determinados y trabajando en asocio con líderes locales. Hombres en
su mayoría modestos, pero destacados en su pueblo, ocuparon estos cargos administrativos
y se convirtieron en agentes electorales para los partidos, en caciques que a través de
la política accedían a posiciones de prestigio y autoridad. Los líderes de los partidos
hacían campaña en las localidades a través de los caciques, que organizaban fiestas con
asados, cerveza, chicha y música, para animar a los votantes. A la clientela política de
los caciques se sumaban jóvenes que aprovechaban las escasas oportunidades de educación,
entre ellas la abogacía, para participar en el reparto del botín burocrático del
Estado.
TRAS EL PODER
A
partir de 1844 empezaron a surgir sociedades
democráticas, integradas por artesanos y estudiantes que buscaban reformas fundamentales
al Estado, para ellos una continuación del régimen colonial. Ingresaron al protagonismo
político con los sucesos del 7 de marzo de 1849, cuando su presión fue decisiva para la
elección presidencial de José Hilario López. Desde ese momento el término rojo hace
referencia a liberal y chusma o plebe alude a las masas populares exaltadas, que López
oficializa y convierte en instrumento partidista. En esta coyuntura se formaron Felipe
Pérez, Salvador Camacho Roldán, Aníbal Galindo, José María Samper, Teodoro
Valenzuela, Ramón Gómez, Camilo Echeverry, Francisco Alvarez, Foción Soto, José María
Rojas Garrido y muchos otros líderes. En estos años de gran actividad política se
considera a Ezequiel Rojas abogado boyacense y a Mariano Ospina Rodríguez, nativo de
Guasca, Cundinamarca como los fundadores del Partido Liberal y Conservador,
respectivamente, el primero, líder de la Sociedad Republicana y el otro de la Sociedad
Filotémica.
Electoralmente, Boyacá y Cundinamarca desde los
primeros tiempos de la República se convirtieron en zonas de influencia mayoritariamente
conservadora. En este juego de acomodación de las fuerzas políticas en las elecciones de
1856, primeras de votación popular, se constituyeron en el comienzo de la
territorización de los partidos, situación que se reforzaría con las clientelas de las
guerras. En los mencionados comicios, la casi tercera parte de la votación correspondía
a las jurisdicciones de Boyacá y Cundinamarca, y mientras en el resto del país hubo un
virtual empate entre el conservador Mariano Ospina Rodríguez y el radical Manuel Murillo
Toro, la balanza la inclinó esta región hacia el candidato conservador.
Desde las elecciones de 1856 se consolidaron
como provincias mayoritariamente liberales Fusagasugá, Guaduas y la Palma, en
Cundinamarca, y Casanare y Vélez (Moniquirá y Chiquinquirá) en Boyacá. Como
conservadoras Bogotá, Caquezá, Chocontá y Guatavita en Cundinamarca, y Tundama y Tunja
en Boyacá. Solo el desarrollo de cada guerra y el manejo electoral desde el poder haría
variar esta correlación.
Del federalismo al centralismo
LA CONTIENDA TRAE LA NORMA
El
Olimpo Radical
D
esde la
Constitución de 1853 existía consenso alrededor del federalismo como forma de gobierno.
En tanto, los debates entre conservadores y liberales caldeaban el ambiente por el control
de los Estados y las provincias. En 1859 el presidente Ospina y el partido conservador
desestabilizaron al gobierno liberal de Santander llegando hasta el asesinato del
gobernador. Al ser derrotados, los conservadores movilizaron las fuerzas oficialistas de
Boyacá, desatando en 1860 una de las guerras más cruentas: solo los ejércitos rebeldes
movilizaron más de 10 mil hombres armados. Fue el triunfo militar del radicalismo en el
que gólgotas y draconianos habían derrotado al conservatismo, para avanzar en su
programa de reformas, mediante la consagración de la Constitución de Rionegro, que
ratificaba y profundizaba los rasgos federalistas de las constituciones anteriores, dando
más poder político y militar a los Estados federales que al gobierno central. Ante la
derrota, los conservadores organizaron guerrillas semipermanentes, especialmente en la
zona de Guasca y el Guavio, que mantuvieron a Cundinamarca en estado de guerra permanente.
En 1861 Tomas Cipriano de Mosquera es nombrado
presidente provisorio y asume el poder en medio de la guerra civil. Con el objeto de
reducir el poder de la Iglesia, Mosquera proclama el decreto de tuición de cultos que
obligaba a los ministros religiosos a solicitar permiso a la autoridad civil para ejercer
sus funciones, y expulsa nuevamente a los jesuitas, que habían regresado al país durante
la administración de Ospina. En septiembre de ese año, dicta el decreto de
desamortización de bienes de manos muertas. En Bogotá la Iglesia se había convertido en
el mayor propietario de finca raíz, lo que significaba un obstáculo para el desarrollo
urbano de la ciudad. Los bienes desamortizados en Bogotá y la Sabana equivalían al 57%
del valor de los desamortizados en todo el país. La medida de desamortización puso en
circulación el 20% de las fincas raíces de la ciudad, que pertenecían a la Iglesia. La
mayoría de los bienes rematados quedaron en manos de individuos que los adquirieron para
colocarlos en circulación, haciendo negocio con ellos.
En Boyacá se desamortizaron 204 fincas, para un
total de más de 20.000 hectareas productivas y 145 predios urbanos, los principales
ubicados en Tunja, Villa de Leyva, Somondoco, Ráquira y Tenza. Las 50 propiedades más
importantes fueron adquiridas entre diez notables de Tunja, altos funcionarios del
gobierno de Mosquera y líderes radicales. La desamortización generó protestas y
levantamientos armados de los conservadores en Cundinamarca y Boyacá, en donde se
presentaron numerosos levantamientos en contra de esta medida y de los gobiernos
radicales, entre 1863 y 1876.
Para el presidente Mosquera el gobierno de la
Unión debía residir en un territorio que no perteneciera a ninguno de los Estados, por
lo que creó el Distrito Federal de Bogotá. La medida le otorgaba autonomía a la capital
frente a Cundinamarca, pero al mismo tiempo la excluía de la participación en el
Congreso, reservado a los representantes de los Estados Soberanos. Entre 1861 y 1867, el
general Daniel Aldana junto con un grupo de abogados y tinterillos liberales de los
pueblos la sabana, apodados los sapos, se apoderaron del poder legislativo y judicial del
Estado de Cundinamarca, y mediante mecanismos como el fraude y la utilización de los
cargos públicos, lograron construir eficaces redes electorales que desplazaron a los
tradicionales y aristocráticos bogotanos de ambos partidos. Desde la Asamblea legislativa
los sapos impedían la reincorporación de Bogotá a Cundinamarca. Con Santos Gutiérrez
en la presidencia del Estado Federal en 1864, los capitalinos lograron su reincorporación
a Cundinamarca, y en 1867, se vieron favorecidos por la destitución de los sapos del
poder, por haber brindado su apoyo a la dictadura de Mosquera.
EL CENTRALISMO
La Regeneración buscó el
control sobre los artesanos, o al menos influir sobre su organización y sus
orientaciones. Las Sociedades Católicas desempeñaron un destacado papel en la guerra de
1876-77 y en el triunfo posterior de la Regeneración. Las medidas proteccionistas del
gobierno y la actividad desplegada por asociaciones cristianas, le permitieron a los
artesanos consolidarse como una fuerza importante durante la Regeneración. Sin embargo,
en 1893 las difíciles condiciones sociales de los artesanos, la acción del liberalismo
radical que propagaba la oposición al gobierno y el viejo grado de autonomía de los
artesanos contribuyeron al estallido de un nuevo motín. Ignacio Gutiérrez Vergara,
miembro de la Sociedad San Vicente de Paul y acaudalado comerciante conservador, había
iniciado desde diciembre de 1892 la publicación de una serie de artículos destinados a
combatir las costumbres de los artesanos. Ofendidos por lo que consideraban
manifestaciones de desprecio social los artesanos de Bogotá decidieron responder a su
detractor con pedreas contra su residencia y amenazas que fueron reprimidas por la
policía. En los disturbios uno de los amotinados fue muerto por un gendarme,
desencadenando una respuesta violenta de los artesanos, que se dispersaron por la ciudad
en numerosos grupos armados, destruyendo instalaciones públicas y algunas viviendas de
las autoridades. El Gobierno reprimió los disturbios drásticamente. El ejército detuvo
a cerca de 400 amotinados y por lo menos 20 personas murieron.
La Regeneración se
transformó en una dictadura conservadora dedicada a la persecución sistemática de sus
opositores. En la Guerra de los Mil días (1899-1902), una vez sucedida la derrota de los
ejércitos liberales, se extendió en el país el uso de tácticas guerrilleras. En
Cundinamarca las provincias cafeteras de Sumapaz , Tequendama y La Palma fueron los focos
principales de la actividad guerrillera, que persistía a pesar de las victorias militares
del gobierno. El municipio de Viotá que había sido controlado por los liberales durante
la guerra, servía de refugio para los grupos guerrilleros, después de sufrir denotas en
las regiones controladas por el gobierno. Aunque pocos hacendados de este municipio
tomaron las armas, la mayoría apoyaba la revolución liberal.
Durante los tres años de la
guerra, las guerrillas resistieron exitosamente el control del gobierno en las zonas
cafeteras, comprometiendo la disciplina y moral del ejército oficial. Las guerrillas
liberales se sostenían por medio de expropiaciones a los conservadores partidarios del
gobierno. El gobernador militar de Cundinamarca, Aristides Fernández, emprendió
sanciones como contribuciones forzosas y encarcelamientos contra prestigiosos liberales
bogotanos, con el argumento de que las guerrillas eran abastecidas y dirigidas desde la
capital. Ante el asedio guerrillero, en Bogotá se incrementaron las medidas de seguridad
y se organizaron milicias de ciudadanos para defender la ciudad. En febrero de 1902 el
gobierno obtuvo una victoria decisiva sobre las fuerzas guerrilleras en Soacha. El
presidente Marroquín ofreció una amnistía general a los guerrilleros que fue aceptada
por algunos jefes. En el nordeste de Cundinamarca continuaron los enfrentamientos, pero en
los meses siguientes los grupos guerrilleros se rindieron o fueron capturados y
ejecutados. Una de las consecuencias de esta guerra, además de la crisis económica que
produjo, fue la separación de Panamá en 1903.
Luego de la guerra, el país
entraba en una etapa de recuperación económica. El saneamiento de la economía, la
revitalización de la industria, la legalización de los capitales acumulados durante la
guerra, y grandes obras de infraestructura asociadas a la pujante economía cafetera
marcaron las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, todo esto no cuajó en una gran
reforma, y el ingreso a la modernidad capitalista quedó a mitad de camino.
LA FAMOSA DANZA
Boyacá y Cundinamarca
constituían uno de los más importantes ejes viales con el ferrocarril de Girardot y la
Sabana, y con la carretera Central del Norte. Rafael Reyes, boyacense, puso especial
énfasis en ella. Con la posterior Danza de los Millones la región fue favorecida con la
asignación de recursos. Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez impulsaron los
Ferrocarriles del Norte y del Nordeste, ambos sobre el altiplano. Como Ministro de Obras
el general Sotero Peñuela, hombre de confianza del general Próspero Pinzón y veterano
de la última guerra, se extendió la carretera central del norte hasta el municipio de
Soatá, cabecera de García Rovira y tierra natal del funcionario.
Los movimientos populares
tomaron fuerza en momentos en que irrumpía el socialismo en el país. El problema agrario
fue álgido entre colonos y propietarios en las haciendas cafeteras de Cundinamarca,
especialmente en las provincias de Sumapaz y Rionegro. Viotá y Yacopí eran las capitales
de los conflictos de los años veinte por la tierra y la escasez de mano de obra para la
cosecha cafetera. Las Ligas Campesinas obtuvieron importantes victorias, contra las
relaciones de aparcería y renta en trabajo imperantes en esas zonas, frente a los
terratenientes ausentistas y a los hacendados.
En Boyacá la situación se
hacia más critica. El enganche masivo de trabajadores en las obras públicas se cortó
abruptamente con la crisis de 1929, iniciándose un retorno al campo que se expresa en el
bandolerismo endémico, principalmente
en la
zona de Yacopí, en el norte de Boyacá y García Rovira, y en la agudización de los
conflictos agrarios del Sumapaz y Tequendama.
En Bogotá, entre tanto, los
estudiantes habían iniciado un movimiento cívico contra la corrupción del gobierno y en
protesta por la masacre de las bananeras y el nombramiento como jefe de policía del
magnicida coronel Carlos Cortés Vargas. La muerte de un estudiante de la Universidad
Nacional puso en jaque al gobierno. Estas situaciones y el impacto social de la crisis
deterioró 12 legitimidad del régimen conservador y facilitó su caída.
LA REPÚBLICA LIBERAL
En medio de los efectos de la
crisis y de la división del Partido Conservador, el liberalismo asciende al poder. En una
rápida campaña electoral Enrique Olaya Herrera, boyacense, natural de Guateque, gana las
elecciones presidenciales de 1930.
A partir de ese momento en
Boyacá se desató una verdadera guerra regional. En un departamento hegemónicamente
conservador son nombrados un gobernador liberal y alcaldes liberales en 115 de 124
municipios. La primera consigna fue la de no entregar las alcaldías. Fueron frecuentes la
asonadas contra los alcaldes en los municipios conservadores.
La guardia departamental y el
resguardo, ambos de filiación conservadora, desacatan sistemáticamente a los alcaldes.
Estos crean entonces las llamadas policías cívicas, integradas por individuos adscritos
al liberalismo y llevados de otros municipios. Esa sería la fuente de innumerables
atropellos y persecuciones contra los contrarios, entre las que se destacan los
enfrentamientos armados en Tunja y las masacres de Capitanejo, en diciembre de 1930, y
Molagavita en 1933. Allí se generaron los movimientos armados conservadores desde 1933
hasta 1936, en Boyacá y los Santanderes.
La población en 1930 en
Boyacá era 60% conservadora y 40% liberal. Tres años después el 18% de los habitantes
era conservador y el 82% liberal. En adelante se mantendría esa proporción hasta la
caída de la República liberal. Las masacres e incidentes armados en casi todas las
provincias del departamento continuaban, especialmente en las zonas del Norte, Gutiérrez,
Occidente y la zona esmeraldífera. El directorio conservador, con la participación
activa del clero, nombró jefe militar en 1931 al general Luis Suárez Castillo, y se
inició la declaratoria de una guerra regional, con todas las características de las
guerra civiles del siglo XIX. Sobresale la actividad del sacerdote Cayo Leonidas Peñuela,
hermano del general Sotero Peñuela y de Alcides García, un famoso bandido y jefe militar
de los chulavitas, quienes comandan las acciones conservadoras. Se inicia la estrategia de
desobediencia civil emanada del Directorio Nacional Conservador, ahora bajo la conducción
de Laureano Gómez.
El parlamento discutía un
proyecto de ley de desarme de Boyacá y García Rovira, cuando se presentó el conflicto
con el Perú. Se produjo en ese momento una pausa en el conflicto interno. Laureano hizo
la proposición de apoyo al gobierno. Pero una vez se firmaron los tratados que terminan
el litigio, la situación interna vuelva a agudizarse. Luego de las elecciones de 1933,
Boyacá se había transformado, por medio de la violencia, en un departamento
mayoritariamente liberal.
En Cundinamarca especialmente
en Sumapaz, se agudizaba el conflicto entre campesinos, colonos y trabajadores de las
haciendas cafeteras y los dueños reales o supuestos. Temerosos ante las reformas,
cafeteros y terratenientes conformaron ligas de propietarios para atacarlas. Pronto se
transformaron en la Asociación Patriótica Económica Nacional, Apen, a la que ingresaron
algunos empresarios que veían amenazados sus intereses por las reformas laboral, agraria
y tributaría.
Viotá, Fusagasugá, Pandi y
Yacopí fueron municipios con movilizaciones permanentes en especial de la Ligas
Campesinas que desde la década del veinte lideraba Erasmo Valencia y que tenían una
fuerte influencia gaitanista. Por presión del movimiento agrario en el Sumapaz, hubo
parcelaciones por 83 mil hectáreas entre cerca de siete mil familias durante la primera
administración de López. La figura de Juan de la Cruz Várela creció a la luz de estos
conflictos. Este campesino de origen boyacense, lideró el movimiento del Sumapaz que fue
violentamente reprimido en muchas ocasiones por las fuerzas oficiales, ante la presión de
los terratenientes.
DEL 9 DE ABRIL
AL FRENTE NACIONAL
Con su llegada al poder en
1946, los conservadores tomaron revancha de la violencia liberal de los años treinta. Las
elecciones de 1947 fueron particularmente tensas. En Cundinamarca, Jorge Eliecer Gaitán
obtuvo 32.780 sufragios contra 9.761 de Carlos Veras Restrepo. A nivel nacional la
victoria liberal y gaitanista era irrevocable en tanto que en Boyacá ganaba el Partido
Conservador. Después de las elecciones de 1947 la dirección liberal nacional cayó en
desbandada y Gaitán se convirtió en el jefe único del partido.
La muerte de los líderes
liberales era cada vez más frecuentes. Los asesinatos comenzaron en las antiguas zonas de
violencia de los años treinta (Santanderes y Boyacá) y se expandió al Sumapaz,
Tequendama y Rionegro en Cundinaniarca. Se había iniciado la política de
homogeneización de pueblos y veredas consistente en la expulsión de los liberales
mediante actos de terror colectivo y la práctica del destierro. En el Sumapaz se
realizaron hostigamientos y persecuciones contra los pobladores liberales, entre ellas la
masacre de Pueblo Nuevo, donde fueron asesinados más de 90 campesinos y colonos del área
rural de Villarica y Cunday. Los pobladores rurales se refugiaron en las ciudades de
Bogotá, Fusagasugá y Girardot.
La policía se reestructuró
luego del 9 de abril vinculándose a ella grupos de campesinos de las zonas más
radicalizadas de Boyacá y Santander. El proceso en Boyacá quedó en manos del gobernador
Jesús Maria Villareal quien organizó la celebre policía chulavita, en adelante la más
sobresaliente protagonista y símbolo de la Violencia: bien como la defensora triunfante
del palacio presidencial el 9 y 10 de abril de 1948 durante el Bogotazo, o bien como la
fuerza brutal que mediante la venta de servicios de policía a otros departamentos sembró
el ideal de la guerra civil con sus métodos de terror y muerte.
La violencia fue tan intensa
en Boyacá, Cundinamarca, los Santanderes, Antioquia y el Viejo Caldas que en pocos años
generó procesos de colonización en Sumapaz, Magdalena Medio y los Llanos orientales.
Allí se organizó la resistencia liberal. En 1952 se generaliza la quema de pueblos que
apoyan a los guerrilleros. Son incendiados los caseríos de Páez en Boyacá y Yacopí en
Cundinamarca y fusilados 140 campesinos en Villarica y el Sumapaz tolimense. Señaladores
y pájaros anteceden la llegada de los chulavitas que adoptan, cada vez con mayor
frecuencia, la política de tierra arrasada
El general Gustavo Rojas Pinilla asumió el poder en
junio de 1953 derrocando a Laureano Gómez. Su objetivo era derrotar a las guerrillas,
acabar con el bandolerismo y reconstruir las zonas de violencia. Aunque la pacificación
de los llanos fue relativamente fácil, y varias de las guerrillas se acogieron a la
amnistía propuesta por el Gobierno en Cundinamarca y Tolima, especialmente en Sumapaz, la
situación fue distinta. Para los terratenientes, que habían sido desplazados por los
colonos parceleros, la verdadera paz consistía en la restauración de sus propiedades.
Del lado de los campesinos no era concebible sin la consolidación de su lucha de más de
treinta años: el reconocimiento de los títulos de la tierra que trabajaban. El principal
argumento que se esgrimía en contra de los campesinos era el triunfo de una pequeña
revolución comunista.
Juan de la Cruz Varela dirigió la resistencia de las autodefensas contra más de
un tercio del Ejército que fue volcado sobre el Sumapaz haciendo fusilamientos masivos,
bombardeos a la población civil y creando el primer campo de concentración en Cunday.
Allí surgiría la primera columna guerrillera comunista que dio origen a las Fuerzas
Revolucionarias de Colombia, FARC. El éxodo campesino de la región del Sumapaz
significó el abandono de numerosos predios rurales, que generó una crisis en la
agricultura y en el mercado de trabajo en la zona. La política de rehabilitación del
Frente Nacional frente al Sumapaz estuvo orientada a brindar soluciones a la crisis
agraria
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