9. VIDA COTIDIANA

Arrancó la romería

Se parte del cuestionamiento al asunto de la identidad cundiboyacense y desde ahí se hace un acercamiento a los elementos culturales y de vida cotidiana que permitirían una inicial respuesta. Es una novedosa propuesta en la cual se recorre desde los hábitos alimenticios hasta las reflexiones sobre la regionalidad.

Fotografía de Pablo Mora

Pablo Mora: Antropólogo.

TONO DISTINTIVO

 

La indagación debe comenzar por la historia de las duras pruebas de la cultura y la política y resaltarle importancia a los atavismos.

La perspectiva de describir nuestro ethos algo así como nuestro estado de ánimo colectivo puede conducimos peligrosamente al pathos del regionalismo y del alma popular, una enfermedad recurrente en nuestro país desde hace 150 años. Frente al carácter laborioso del paisa o al espíritu bullanguero del costeño, tendríamos que hablar de nuestra melancolía ancestral, un antereotipo que suena a defecto más que a virtud: a la pregunta de cómo estamos por lo general contestamos regularcito, gracias; y, aparentemente tiene más sabor un limpión de cocina que un cundinamarqués bailando salsa.

Si por Ventura nacimos en la capital señorial de la alta sociedad cuyo cosmopolitismo miope había ignorado al resto del país podemos contrarrestar este embeleco argumentado la procedencia provinciana del antioqueño tumbador venido a mis, o la impertinencia y mal gusto del costeño desadaptado al frío sabanero y las finas maneras de la Atenas suramericana Tunja, la muy noble y leal, cuna de soberbios encomenderos, también se reconoce por la discriminación de sus élites hacia negros, indios y mestizos, y si acepta forasteros deben ser gente bien de tierra caliente. Con una recia mentalidad hispanista, no es difícil explicar por qué, salvo los días de mercado, es imposible encontrar más de 10 personas con ruana en la Plaza de Bolívar de Tunja a las 6 de la tarde. Y tampoco, como lo dijo irónicamente el antropólogo Luis Horacio López, por qué la Tunebia única minoría étnica que sobrevive al norte del departamento está “más cerca del Palacio de Miraflores de la Torre en Tunja”.

En las élites blancas que niegan su ancestro impuro puede encontrarse un viejo sustrato de la historia nacional cuya estratificación social basada en segmentaciones raciales, impuso un control vertical jerárquico a las poblaciones indias y mestizas. Desde entonces la conciencia blanca y criolla ha oscilado entre la indiferencia, la displencia y el temor. El miedo al pasado de nuestras élites decimonónicas fue también el de una clase a un mestizaje oscuro al que podría atribuírsele una extraña e imprevisible violencia social: miedo a la barbarie que excluyó clases y sectores de su proyecto nacional (Germán Colmenares). Esta se advierte en las huellas recientes de una memoria lingüística que prefiere hablar del indiecito como se refieren cariñosamente a su mayordomo las señoras con finca en la Sabana y no de la guacherna esa que se salió de madre en Santafé de Bogotá un 9 de abril.

Pero, desprovistos de la lente señorial, es difícil convencernos de que nuestra malicia indígena apenas si es un débil respuesta a la leyenda negra de los que no viven aquí y quieren vengar varios siglos de discriminación social, centralismo político y hegemonía cultural. Lo asombroso es que la idea de que nuestro mal está en la sangre o en el ancestro unido al paisaje, ha sido esgrimida por nuestra propia intelligentsia: desde Miguel Triana en La civilización chibcha, pasando por armando solano en La melancolía & la raza indígena hasta llegara a Juan C. Hernández quien afirmó en Raza y Patria -no sin vergüenza- la tristeza del indio del altiplano -léase campesino- es patológica, proviene de la falta de oxígeno y la mala alimentación y tiene todos los caracteres psicopáticos de la pasividad: depresión, cansancio, desaliento moral, resignación y abulia. No sería justo con estos dos escritores boyacenses desconocer su valeroso indigenismo esbozado en sendas conferencias hace más de medio siglo cuando Tunja se preparaba para celebrar sus 400 años de fundación hispánica.

Este tono distintivo aparentemente fatalista -y que en clases altas se llama sin eufemismos estupidez o imbecilidad- difícilmente puede ser contrarrestado desde el orgullo puntilloso y cínico que le rinde culto a la inteligencia y al ingenio sabaneros otra de nuestras cualidades con que combaten algunos ilustrados estos imaginarios en la vida cotidiana. Melancolía, malicia, estupidez, ironía o ignorancia no son solamente problemas de autoimagen y mentalidad, sino caracteres que merecen un acercamiento histórico que, lejos de aceptar supuestas herencias atávicas, explique la concatenación y la acumulación de factores culturales negativos preservados y trasmitidos por la familia y originados, entre otras, en experiencias religiosas letárgicas y en las adversidades causadas por la política (Orlando Fals Borda).

NUESTROS MESTIZAJES

La formación de nuestra sociedad a partir del siglo XVI presenta todos los signos de un rápido proceso de mestizaje en el que los elementos protagónicos fueron el blanco español y el indio nativo. Ni las cifras más optimistas pueden darle un valor significativo a la población negra en este proceso. En la sociedad colonial, las relaciones entre negros e indios no parecieron muy cordiales y positivas: cada vez que hubo entre ellos algún contacto, el africano, con cierta conciencia de superioridad, trató de sacar ventajas (Jaime Jaramillo Uribe). Lo que no impidió, por supuesto, que los españoles de Santafé y Tunja apetecieran esclavos negros en su servidumbre.

Y aunque el mestizaje constituyó una forma de ascenso y de mejoramiento del status, los privilegios legales y de hecho que se dieron a ciertos grupos sociales, terminaron por crear en el siglo XVIII una sociedad estratificada, de tendencia cerrada, dividida en grupos socio-raciales bien diferenciados. En primer lugar los españoles blancos, con una clara noción de superioridad. Después, los criollos, demasiado seguros de sí mismos, de engreído orgullo y gran debilidad por la nobleza y los títulos pomposos.

Más abajo, los mestizos, preocupados por la limpieza de la sangre para conseguir prerrogativas y prebendas, o simplemente para evitar las discriminaciones. Y finalmente los indios que no podían ni siquiera aspirar el apelativo de don, a menos que fueran caciques el don, como título adquirido o apropiado, símbolo de distinción y nobleza de los primeros conquistadores, fue desvalorizándose con el tiempo. En la independencia, las constituciones republicanas prohibieron su uso y lo sustituyeron por el de ciudadano.

El campesinado cundiboyacense de hoy proviene del mestizo pobre de colonia. Siguió siendo inferior por efectos de esta rígida estratificación social que paralizó en las capas más bajas, la aspiración a mejora. La miseria la llevó a la rutina de ahí a la indolencia. Pero no siempre fue así, la pasividad fue una herencia atávica: en 1781, en un acto de sublevación, un noble chibcha, descendiente del zipa, fue proclamado príncipe de Bogotá. Entonces, mestizos e indios del altiplano olvidaron su mansedumbre y se unieron a las luchas nativistas, apoyando al príncipe Antonio Pisco y al jefe comunero Berbeo (Fals Borda). Ya conocemos el final de la historia: Galán fue descuartizado para escarmiento de los rebeldes.

La dolorosa experiencia reforzada por una cuidadosa campaña de la Iglesia, redujo a las gentes una vez más al antiguo statuquo. en el siglo XIX, las guerras civiles y el caudillismo derivado en caciquismo terminaron de traumatizar a la sociedad campesina.

COMPLEJOS MODERNOS

El escritor boyacense Eduardo Vargas se dolía hace poco del proceso migracional que se inició en el altiplano con el avance mismo de los conquistadores hace quinientos años, por el cual “desde lo más selecto y grande de sus intelectos y fortunas, hasta lo más ignorante y pobrísimo de sus gentes, se han ido a estudiar y a trabajar [fuera] y todavía no han vuelto”. Hoy, muchos escritores autoexiliados desarrollan un sentido de diáspora nostálgica del terruño y la patria chica, o bien comparten el complejo de inferioridad -o diferencia?- que les impide decir que son cundinamarqueses o boyacenses.

El hecho es que miles de cundiboyacenses han sido profetas en otras tierras del país o millones de boyacenses residiendo actualmente en el agujero negro bogotano, y que sólo 1,3 millones quedan en el campo. Antes del siglo XIX, Boyacá compartía con los Santanderes la característica de ser una de las regiones más densamente pobladas del país. A partir de entonces la caída poblacional ha sido dramática por efecto de un proceso migratorio continuo.

Se ha exaltado esa cultura migracional como una permanente búsqueda de libertad y superación. Es bien conocida la fama de buenos trabajadores que tienen los boyacenses en otras regiones, no exclusiva de las serviciales muchachas contratadas a destajo en las casas de Bogotá y Tunja o de los ciclistas mensajeros de droguería y campeones del Dauphiné Liberé: también lo es de Bogotá y de los recios colonos del Casanare, del viejo Caldas, el Tolima y los antiguos Territorios Nacionales. En la otra cara, el flujo permanente de población refleja unas difíciles condiciones de trabajo, educación y tierras. En este proceso complejo se ha ido conformando históricamente una oposición valorativa entre el campo y la ciudad, entre la provincia y la capital, entre Colombia y el exterior.

La imagen de un próspero departamento agrícola sólo se encuentra en los libros escolares de geografía y en algún folleto turístico. El minifundio y algunos tímidos asomos de agroindustrias no producen ni el 40% del producto interno de la región. El empobrecimiento del sector agrícola ha sido generado, no como muchos están tentados a pensar por su crecimiento industrial, sino por el desarrollo descarado de la burocracia departamental que bate el récord de permanencia desde 1610 en plena Colonia.

En el llamado corredor industrial de Paipa-Sogamoso se concentra la primera siderúrgica del país -Acerías Paz del Río-, Cementos y Siderúrgica de Boyacá, la Industria Militar, Bayana, Termopaipa y la Ex-Sofasa-Renault. Pero estas industrias no solamente han perdido su capital boyacense: los propios empresarios raizales han exportado capitales a Bogotá, al resto del país y al mundo, dejándoles a otros el trabajo de crear y fomentar la industria en el departamento. La alarmante disminución de establecimientos fabriles, empleo generado y producción e inversión a partir de 1970, contrasta con el récord de 18 millones de botellas/año que convierte a Boyacá en el mayor consumidor de cerveza del país.

El cuadro anterior puede completarse con la siguiente imagen de una escuela rural (Alejandro Álvarez): un cronograma colgado en la pared, envuelto en plástico, coloreado con vistosas figuras; un organigrama que representa la estructura organizativa, jerárquica y rígida de las relaciones de autoridad; la figura de uno o más próceres de la Independencia y el Sagrado Corazón; un afiche de amor y amistad; frases moralizantes pegadas en pedazos de cartulinas; por fuera las paredes pintadas con monos norteamericanos, de Rafael Pombo o paisajes europeos; al frente el asta de la bandera sobre un pilote de cemento, los sanitarios sucios y sin agua, y el monumento a la Virgen Santísima adornado con flores marchitas; los salones rectangulares dan cabida a los pupitres, rigurosamente juntos uno tras otro, mirando al tablero y la mesa del profesor.

Desde estos pupitres, hacia dónde se mira el futuro? A la parcela milenaria, a una ferretería donde un primo en Bogotá, a los cuarteles del servicio militar y quizás, con ayuda del pariente o del doctor, a la Facultad de Ingeniería de la UPTC.

SU MERCED

 

A través de un corto viaje por este capítulo nos hablará el habitante del altiplano. Y nos ayudará a entender las dimensiones de su lengua y de sus costumbres.

Sumercecita, no levante al cuba Pioquinto de la cuja porque tiene romadiizo. Y busté -dirigiéndose a la entenada- no me huiga: alcánceme la escudilla con las turmas que ya falta me está haciendo la bendita comida pa' empezar la sacanza... Como que me quere dar un váguido.

Umpf! mi taita como es de guache.
Ah malhaya! Se delicó la china. Ni que le hubiera llegado una visita. Y no me tuerza la jeta o le chanto su puño.
Ya empezó mi papasito a chambiar la cara. Y con lo frioloso que amaneció hoy Pa’pior me toca ir a la mana... Si por lo menos me llegara el nombrado y me llevara a las jiestas.


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