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(continuación capítulo
Vida Cotidiana)
CAMINOS DE PALADAR
Si
usted
tiene el privilegio de estar sentado en Tunja, en un cómodo restaurante a orillas del
Pozo de Donato, podrá ojear la carta y encontrar al lado de las infaltables hamburguesas
gringas o las lazañas italianas, un repertorio interesante de comida autóctona.
Si coincide con el día que
es, le ofrecerán en primer lugar el sabrosamente célebre ajiaco. Los historiógrafos del
paladar sabrán que esta sopa de papas pudo ingresar a la cocina internacional y competir
con los potages franceses por pequeñas pero contundentes adiciones a la receta original:
trocitos de pollo desmenuzado, crema de leche y alcaparras. La preparación es similar en
cualquier restaurante turístico de Santafé de Bogotá o Tunja. Los cundiboyacenses
sabemos, sin embargo, qué cantidad de sutiles diferencias se originan en las manos y
narices de nuestras cocineras. Podemos diferenciar la calidad y sabor de la sopa por el
tipo de papa incorporada y discutiremos interminablemente si las guascas tradicionales la
mejoran o empeoran.
En cuestión de entradas,
nuestro viajero tendrá un discreto pero apetitoso repertorio:
Platanitos mirafloreños,
asados al horno y relleno, con queso de Paipa y bocadillo veleño. El subproducto de la
guayaba, para ser objetivos, proviene de Moniquirá, municipio boyacense de tierra
caliente que alguna vez perteneció a la Provincia de Vélez en Santander, debido a ese
complejo juego de mecanos político-administrativos que sufrió la historia de esta
región.
Salchichas cachiporritas.
Insuperables salchichas rojas (dice la carta), acompañadas de turmitas criollas. Aquí al
turista hay que explicarle eso de cachiporros y de turmas. En cuanto a lo primero, es
mejor no revolverle política al estómago. Y en relación con lo segundo, es buena la
idea de reivindicar el término y dejar de hablar de papas, un término flojo que ha dado
lugar a otros tantos chistes ídem. Aunque no faltarán los mordaces que malentiendan las
turmas.
Pero de criadillas hablaremos
más tarde.
Albóndigas Jorge Voto. No se trata, malpensado
lector, de una variante de las malentendidas turmas, ni de un vengativo invento culinario
de Pedro Bravo de Rivera, el astado esposo de la Hinojosa. Se trata de jugosas bolitas de
carne, acompañadas de las inigualables y únicas arepas boyacenses que no se parecen en
nada a las desabridas y blancas que acompañan la frijolada paisa.
Siguiendo el orden a la carta, el hambriento
comensal podrá escoger.
Cuchuco de trigo con espinazo
de copartidario. El más típico brebaje de trigo con espinazo de cerdo preparado a la
manera runtana. Aquí, me perdonaran, es inevitable revolverle partidismo al asunto. La
expresión se la oí a mi abuelo materno hace muchos años en un restaurante popular de
Chocontá. Este hombre de convicciones políticas tradicionales, con un vozarrón
inconfundible y como para no dejar dudas de quién entraba, pedía enérgicamente el tal
cuchuco con espinazo de conservador. Mi familia, como todas las del altiplano, vivió por
dentro las estériles pugnas que desangraron al país, y yo ya no sé de qué color era el
tradicional espinazo pues mi abuelo paterno lo prefería rojo. El restaurante ha optado
sabiamente por no comprometerse, fiel a la tradición frentenacionalista. Por otra parte,
solamente los tunjanos saben a qué se refiere eso de a la manera runtana y podrán
salivar ansiosamente mientras les sirven la sopa, pues comparten el privilegio de
ancestrales secretos con que las cocineras de la vereda de Runta hacen milagros todos los
jueves con el bendito marrano. Hay que añadirle a esta carta los otros cuchucos que se
hacen con cebada y maíz.
Mute moniquireño, con el
más rico sabor de nuestro maíz y exquisitas carnes. Lo del maíz es incuestionable:
hasta los cundiboyacenses urbanos que salen los días de fiesta saben que un piquete sin
las tiernas mazorcas con sabor a humo, mantequilla y sal es taxi incompleto como un
chocolate sin queso. Reconocemos que lo de las carnes debe dejarse así, a la imaginación
del viandante. Sólo los conocedores sabrán que las posibilidades con que se acompaña el
mute pueden comprometer la reputación del restaurante. Difícilmente una carta de esta
naturaleza podrá exponer sin riesgos el conocido mute con jeta o, menos prosaico, con
rostros que las cocineras de plaza preparan del hocico del cerdo, la vaca o el cordero y
que sólo los paladares refinados dejarán de probar por estúpidas convicciones
estéticas. Lo mismo podrá decirse del mute con pata que aunque hace incómodo saborear
el líquido por la pezuña de res que rebosa el plato; no le quita sabor, a condición de
que sea preparado en los humeantes toldos a puro fuego de leña. Si no se animan a
probarlo, conténtese con el mute oficial, ese que se hace con estómago de res, mejor
conocido como toalla o callo.
Mazamorra chiquita, la más famosa sopa de todo
el país que hace honor a la comida boyacense. Sin comentarios, ¿sí, o paqué?
Pasadas las entradas y las sopas, seguimos al
plato fuerte. No podría ser de otra manera pues este orden aunque no es universal, es
invariable en Colombia. Ahora, el comensal podrá optar entre una amplia gama de recetas
que identifican al restaurante:
Trucha Lago de Tota: filetes de trucha Arco Iris, oriundas del lago de Tota, preparadas en
salsa criolla, a la plancha, al ajillo, gratinada o en champiñones. Como podrá ver, la
comida cundiboyacense puede ufanarse no sólo de poseer este gustoso pez de tierra fría
traído hace algunos años de Estados Unidos, sino de conocer también las más variadas
opciones culinarias de la comida internacional. El invento es reciente y ya no tenemos que
lamentar -gastronómicamente hablando- la desaparición de especies nativas de nuestros
ríos y lagunas. No tuvo el gusto de probar capitanes ni aguapuchas, pero sí reconozco la
diferencia entre la trucha de Tota y la de la represa del Sisga.
Lengua tunjana (semipicante). Lo mismo que el
plato anterior, estos filetes de lengua tienen distintas opciones. Recomiendo la sazonada
a la criolla o en champiñones, especialmente si estos últimos provienen de las
factorías sabaneras donde se ha llegado a elevados sistemas de producción que no tienen
nada que envidiarle a los europeos.
Cordero Aposentos Tuta:
delicioso costillar de cordero, preparado con el secreto de los tutanos. Seguramente el
propietario del restaurante es de Tuta o supone que la denominación es familiar por el
programa de televisión dejémonos de vainas, de donde es oriunda Josefa. Lo cierto es que
ha caído en un imperdonable localismo pues se nota que no ha probado las costillitas que
sirven en Ventaquemada, al lado de la Carretera Central o las que preparan todas las
cocineras que poseen ovejas en el altiplano.
Pechugas a la Torralba: las más abundantes
pechugas de pollo con trocitos de lengua y exquisitas verduras. De no ser por la
combinación el plato no tendría nada de típico.
Sobrebarriga tocana. El chef cae nuevamente en
localismos, lo que no le quita exquisitez a la carne. Bien sea a la criolla o a la
plancha, cualquiera restaurante de cualquier
categoría ofrece este suculento plato que el comensal sabrá acompañar de colombiana o
refajo, y más si está enguayabado. No se trata de una propaganda a la conocida fábrica
de gaseosas sino de una combinación hereditaria difícilmente modificable para un
cundinamarqués o un boyacense. Así como no me imagino la sobrebarriga sin papas
chorreadas, no podía comérmela con vino tinto.
Cola Inés de Hinojosa. No
sabrá describir el plato para los maliciosos: se trata de una inigualable cola de res
sudada en abundante salsa criolla que el creativo de la minuta supo aprovechar gracias a
su sentido histórico-regional.
Acto
seguido, el viajero que trae buen apetito podrá seleccionar a su gusto, alguno que
otro platillo adicional. Desde la ensalada guatecana -o de cualquier rincón sabanero que
se distinga por sus verdes hortalizas- hasta las famosas picadas servidas en sendas
bandejas donde podrá degustar una variedad de carnes, pollos y salchichas.
Finalmente, si lo que trae es
hambre, podrá rematar con una ensalada de frutas oriundas del Valle de Tenza o de Nuevo
Colón, aliñadas con salsa de maracuyá; o degustar un sorbete de curuba, de fresa o de
feijoa. No se olvide de hacerle un campito al postre, más si se trata de un arequipe
gratinado, un dulce de mora o un postre de natas. Podrá rematar con una agüita de
toronjil o de limonaria, y dejar para más tarde unas buenas onces con agua de panela,
almojábanas y queso.
LA TENAZ
SURAMERICANA
Un recorrido breve y singular
por años decisivos en la historia capitalina, huellas de una ciudad naciente.
Algunos escritores están de
acuerdo en que Bogotá dejó de ser la Atenas Suramericana cuando sobre los restos
humeantes del tranvía, las vitrinas destrozadas y las pilas de cadáveres esperando su
turno en la fosa común, la ciudad se levantó conmocionada por la muerte de Jorge
Eliécer Gaitán. Desde ese legendario 9 de abril, hace ya cuarenta y cinco años, todo
cambió y la antigua ciudad conventual empezó a desarrollar una imagen de desarraigo,
cosmopolitismo y miseria que la convirtió en La
Tenaz Suramericana: 2.600 metros de angustia sobre el nivel del mal, como constaté
hace poco un graffitti callejero.
Los historiadores saben, sin
embargo, que la fecha es apenas un símbolo nace sano de las viejas generaciones para
construir una imagen límpida y simple de un complejísimo proceso que cambió el
carácter rural del país. También asumen que el antes y el después de esos días no son
suficientes para dar cuenta del desarrollo de la capital. Es a partir de 1920 que Bogotá
empieza a salir del letargo colonial, y la aparente monotonía de la vida urbana se vio
sacudida a veces por los ecos de guerras fraticidas en las aldeas y los campos; los años
del ruido, como decía mi abuela, fueron los nuevos sonidos de una ciudad en
transformación.
Los ruidos provenían de las
sirenas de las fábricas, los pitos de los ferrocarriles, las bocinas de los carros y las
gargantas vociferantes de los primeros huelguistas que ondeaban banderas con los tres
ochos inscritos sobre fondo rojo: ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de
descanso (Mauricio Archila).
De los artesanos heredaron
los obreros un ideario disímil de tradiciones cristianas radicales, racionalistas y
socialistas. No era sorprendente pues encontrar catecismos donde los dirigentes eran
apóstoles y mártires y María Cano quedaba transfigurada en Virgen María. Como tampoco
que en las conmemoraciones del Primero de Mayo se cantara La Marsellesa y no la
Internacional y que los nuevos compañeros soñaran con pancho Villa y la Revolución
Mexicana. Y, aun, que se oyeran vivas al Partido Liberal Ateo. En estos primeros años del
siglo no faltaron quienes se resistieron al trabajo fabril y prefirieron abandonar las
fábricas con sus promesas de ingreso estable y prestaciones sociales para disfrutar la
indisciplina laboral de los lunes de zapatero o retornar a la parcela rural. Era fácil el
ingreso al trabajo asalariado pues las nacientes industrias de ferrocarriles, obras
públicas y construcción en el centro del país competían entre sí y con los sectores
tradicionales por captación de mano de obra.
El paternalismo dominó al
principio las relaciones de trabajo y bastaba un trato amigable, unos regalos navideños y
caprichosos aumentos de salario para mantener la lealtad al patrón. En la empresa
Cementos Samper, como en otras, los dueños ofrecían comida y cerveza el día de la
Fiesta del Carmen y todos salían a la procesión. Todavía hoy se recuerda con nostalgia
los buenos que eran los patrones de antes. El caso mis singular es el del alemán Leo S.
Kopp, fundador de Bayana, cuyo mito de bondad sigue alimentando el fervor del pueblo
bogotano que lo visita sagradamente todos los lunes en el cementerio central: una extensa
romería hace la cola que le permitirá acercarse a la famosa estatua y elevar a su oído
secretas plegarias por un futuro mejor. Pocos como él tienen el privilegio de ocupar un
lugar tan destacado en el santoral popular: Jorge Eliécer Gaitán, José Raquel Mercado
y, más recientemente, Carlos Pizarro.
La Iglesia católica reforzó
esta ideología de gran familia abogando por justicia y caridad en los patronos y respeto
y sumisión en los obreros. La intención moralista evidenciaba que las cosas no eran
idílicas y que no era suficiente la presencia de sacerdotes o las estampas del Sagrado
Corazón en las grandes fábricas para mejorar unas relaciones que ya empezaban a
desembocar en protestas laborales.
Las élites, especialmente conservadoras, se oponían
a la antinatural jornada de ocho horas pues, al acortar el tiempo de trabajo, se
multiplicaban los vicios puesto que se consideraba que los obreros no sabían aprovechar
su tiempo libre.
CHICHA EN LOS
NUEVOS TIEMPOS
El domingo en la tarde
-recuerda Joaquín Tamayo- los elegantes salían de paseo en coche descubierto por el
Camellón de las Nieves vestidos de sombrero de copa, chaqué, pantalón rayado y botas de
charol. Nuestras más encopetadas damas asistían a misa en el templo de Santa Clara
luciendo trajes de abundante tela, sombreros de plumas, bolsas de piel, collares y
guantes. Ese mismo día y a esa misma hora de 1928, ¿qué hacían obreros y
artesanos? Seguramente pasaban el tiempo jugando tejo y tomando chicha en alguna oscura
tienda, mientras sus mujeres los aguardaban pacientemente ocupadas en lavar y almidonar la
ropa de alguna contrata para mejorar el ingreso. En la noche era de buen tono y la única
diversión de los ricos reservar un palco en el Olympia y suspirar cuando la orquesta de
la Unión Musical ejecutaba el valse Sobre las olas.
Entretanto, la mujer obrera afanaba a su hijo para salir en busca del retardado padre,
entretenido quizás en algún juego de azar o impedido de caminar por la tremenda
enchichada.
No es difícil explicar la
aversión que senda la élite capitalina por esas antihigiénicas y malolientes
chicherías que abundaban en la ciudad y que perjudicaban la disciplina laboral. En los
talleres, en cambio, era normal para todos beber durante la jornada e, incluso, considerar
el alcohol como parte del pago. Esta situación provenía del campo, donde el guarapo es
consustancial al esfuerzo físico y sin él no trabaja nadie. Pero, finalmente, los
gobiernos, reforzados por el impacto del consumo de aguardiente en el producto oficial de
las rentas departamentales, recurrieron a la prohibición total de la venta de chicha.
Esto no significó su desaparición: hoy, todavía, en algunas tiendas de los barrios
populares de Bogotá puede uno adquirir -no tan clandestinamente- un vaso del temido
líquido. Y, en los pueblos del altiplano, es frecuente su consumo en agasajos y
festividades.
Los combates moralistas que
se emprendieron contra el consumo de la chicha y, de paso, contra las costumbres ociosas
del pueblo bogotano, se extenderían por muchos años y, en ellos se jugaría una nueva
lógica en los ritmos de vida que habría de cambiar sustancialmente los hábitos, tanto
laborales como de esparcimiento popular: la modificación de los patrones tradicionales en
favor de una nueva concepción del tiempo, jalonada por los pitos de las fábricas.
El tiempo libre de los obreros fue para
ellos mismos, además de tiempo libre, el rato para estudiar y realizar actividades
económicas complementarias; sus mujeres también tenían la posibilidad de una segunda
jornada laboral. Pero los empresarios lo interpretaban en cambio, como horas dilapidadas,
la Iglesia como tiempo para la inmoralidad; eran momentos en que se fraguaban las
rebeliones, según el Estado, o en que se alienaban las masas, al decir de los
revolucionarios.
REGIO ESTRENO
Con al aparición del cinematógrafo, todos los
estamentos sociales -las élites cultas, los cachacos, los trabajadores y hasta los
obreros politizados- homologaron sus distracciones momentáneamente en la horizontalidad
mágica de la pantalla y disminuyeron los suicidas del Salto del Tequendama.
¿Quiere
hallar la alegría en su hogar? Muy sencillo: concurra siempre al Municipal y estará muy
feliz con su familia. Cartelones como este empezaron a ser frecuentes en Tunja, Sogamoso y
Duitama. Bogotá irradiaba periódicamente espectáculos al público de provincia.
El cine fue el mejor
espectáculo. Ya desde 1902, al final de la Guerra de los Mil Días empezaba a prosperar
la naciente industria de la exhibición. Luego, con la irrupción en la década de los
treinta del cine sonoro, que revolucionó la industria internacional, el cine colombiano
entró a un período desértico, apenas sí llenado con unos pocos documentales y algunos
largometrajes que nunca llegaron al celuloide como Sangre criolla y Un bambuco vale un
millón. De aquí en adelante todo fue frustración y las deslucidas producciones apenas
si aguaron frente a los modelos convencionales del cine internacional de la época.
La
llegada de la televisión y la política de propaganda del gobierno de Rojas Pinilla
sirvieron, entonces, para que la documentación audiovisual entrara de lleno a la memoria
histórica del país. El público, sin embargo, tuvo la palabra y los productores
siguieron aguardando el nacimiento de la industria cinematográfica nacional.
DEL TENIS DE
MECHA AL FÚTBOL
Visto que la popularización
del teatro no tuvo mucho éxito entre las clases trabajadoras de Bogotá y que se salía
sospechosamente de las fábricas a las chicherías o a ver cine mexicano, las élites
tuvieron que recurrir a lo que era, hasta entonces, un privilegio suyo: el deporte.
El
común jugaba tejo y veía boxeo. Y los que trabajaban como sirvientes en exclusivos
clubes o en los colegios privados para varones, pudieron ver también el extraño juego de
11 contra 11 que había traído los europeos y algunos ricos que venían del extranjero.
Los primeros juegos
deportivos nacionales se efectuaron en Bogotá en el año de 1927, bajo el patrocinio del
Ministerio de Instrucción y Salubridad Pública. Pero, a decir verdad, no fueron
nacionales. Se limitaron a algunos partidos de fútbol y a algunas pruebas atléticas
realizados en el estadio del Instituto de La Salle. Dos años más tarde, llegaban los
primeros equipos extranjeros, procedentes del Perú; por esa época el diario El
Espectador organizaba la primera prueba del ciclismo de aliento Bogotá-Tunja-Bogotá, y
una de velocidad entre Bogotá y Chapinero. El pueblo pudo ver las nuevas aficiones de las
élites, como el automovilismo, en la carrera Bogotá-Capitanejo -que llegó solamente
hasta Soatá, en el departamento de Bogotá- y el motociclismo en la competencia de
Bogotá a Usaquén; ellas, por su parte, reforzaron sus diferencias practicando polo,
tenis y golf en exclusivos clubes.
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BIBLIOGRAFÍA
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Archila Neira, Mauricio. Cultura e identidad obrera: Colombia 1919-1945, Cinep,
Bogotá, 1991.
Fals Borda, Orlando. Campesinos de los Andes,
Punta de lanza, Bogotá, 1978.
Jaramillo, Uribe, Jaime. Ensayos sobre historia
social colombiana. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1974.
Mora, Pablo y Guerrero, Amado. (Comp), Historia y
culturas populares: los estudios regionales en Boyacá, ICBA-MEN-IADP, 1989.
Ocampo López, Javier. Historia del pueblo
boyacense, Ediciones Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, 1983.
Vargas, Lesmes, Julián. La sociedad de Santafé
colonial, Cinep, Bogotá, 1990.
Nueva Historia de Colombia. Tomo VI, Literatura
y Pensamiento, Artes, Publicación. Planeta, 1989.
Agradecemos al Centro de Publicaciones
de Cultura Popular del ICBA en Boyacá por su generosa atención en facilitarnos
publicaciones, informaciones de primera mano, y archivos orales sobre la cultura
boyacense.
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