JUNIO FESTIVO para espantar los males  

Expresiones católicas hispánicas y fuertes vestigios aborígenes se funden en la fiesta calentana. 

De las estatuas de San Agustín la más hermosa, justamente, es la de la mujer que tañe una flauta. Otra corresponde a alguien tocando un caracol. Dos indicios que el salesiano Andrés Rosa recoge en su estudio del rajaleña para mostrar que los aborígenes del Alto Magdalena eran un pueblo musical. En este ritmo descubre el estudioso sacerdote el carácter de los primeros habitantes. En la agógica —manera de conducir la melodía— devela “un pueblo alegre si, pero con la misma facilidad con que lograban el clímax del frenesí, se hundían en la tristeza o se enmarañaban en las cadenas del odio”. 

En alegría de los calentanos se torna colectiva en el mes de junio, cuando las fiestas se vienen en cascada y para las cuales se preparan con suficiente anticipación: el Corpus Christi, el San Juan y el San Pedro, en apariencia cristianas pero que tienen trasfondo indiscutible. 

EL Corpus se afianzó en la disputa con la reforma protestante. Para luteranos y similares la liturgia eucarística sólo era un recuerdo de la Ultima Cena y las formas del pan y del vino apenas un signo de la presencia de Cristo en la comunidad. Los católicos —con más énfasis luego de Trento— afirmaban la transformación material del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Este misterio de la transubstanciación es el objeto de la fiesta del Corpus, afirmación católica al tiempo que diferenciación frente al hereje.

Tenía esta celebración un carácter educativo. Ocasión para los autos sacramentales en los que el brillo del espectáculo y la fuerza de la representación servían para edificar a los fieles. Nos cuenta fray Toribio Benavente Motolinia las fastuosas representaciones en los primeros años de la Nueva España, lo que hoy es México. Los edificados no eran solamente los espectadores sino los actores mismos, de manera que se formaban elencos multitudinarios en los que participaba casi toda la población. La tradición dramatúrgica precolombina se ponía al servicio de la nueva doctrina. 

Este uso también se estableció en el Nuevo Reino. Por él, en el aparente reconocimiento a la religiosidad impuesta pervivieron representaciones precolombinas. En el Corpus de El Guamo además de hacer demostración agradecida de la feracidad de la tierra mediante los llamados paraísos, desfilan matachines, indios, gallinazos y toda la gama de la mitología regional. Reaparecen, entonces, para el general regocijo los mitos del solar. 

Mención especial merece una comparsa propia de estas fiestas: la familia Castañeda, el trasteo de una familia campesina con las trazas del éxodo forzado. En un comienzos representaba los colonos, pero en los años de la Violencia mostraba a los exiliados y hoy se reedita en muchas partes de nuestra geografía como desplazados por la guerra. Un homenaje al tesón de quienes no se rinden ante la adversidad y reconstruyen su vida en parajes desconocidos, hostiles casi siempre. 

Si el Corpus es una fiesta religiosa, San Juan es un pretexto para celebrar la fecundidad y alejar la mala suerte. En La rama dorada Frazer describe como toda Europa celebraba el solsticio estival. Por el 24 de junio al llegar el sol a su cenit empezaba a descender; las gentes consideraban su deber animarlo en este trance para que su luz nunca faltara. Con ello auguraban mejores cosechas y prevenían plagas y enfermedades. La víspera se hacían fogatas en todas partes de modo que “toda la mala suerte me deje y se queme aquí con esto”. 

Esta fiesta la compartieron los incas —según cuenta el Inca Garcilaso— “en reconocimiento de tenerle y adorarle por sumo, solo y universal Dios que con su luz y virtud criaba y sustentaba todas las cosas de la tierra”. 

Los chibchas por esta fecha recibían un nuevo sol. Era su año nuevo. Ritualmente, barrían la casa, quemaban las basuras y al niño más pequeño lo llenaban de ceniza para bañarlo en la madrugada en la fuente más cercana. Este uso pervive en los paeces de Calderas quienes comienzan esta fiesta con un baño (refresco) a las cuatro de la madrugada para evitar las llagas en personas y animales. 

Hoy, a las cinco de la mañana se abre la fiesta con la alborada. El pueblo entonces se inunda de alegría de modo que nadie puede quedar indiferente. Si bien no es día de guardar, siempre hay matrimonios en San Juan porque trae buena suerte. En la mañana, la despescuezada del gallo y la ronda despreocupada de las comparsas porque en todas partes habrá aguardiente y comida donde se necesite. En la tarde toros y riña de gallos. En la noche jolgorio público con quema de pólvora incluida. 

La fiesta no concluye el 24, ha de seguir el 25 con el día de San Eloy y el 26 con San Eloycito y el 27 con San Churumbelo y el 28 con san Churumbelito, hasta llegar a San Pedro el 29. Un santoral a la medida de los juerguistas y para su uso exclusivo. 

Si San Juan era fiesta campesina, San Pedro era más festejo urbano. El primero se celebraba en las haciendas y veredas, en tanto que para el segundo la población se desplazaba a los poblados. Hoy, la diferencia se ha perdido y una y otra se celebran con la constante del grito jubiloso de ¡iii San Juan! iii San Pedro!, acompañados de expresiones como iii San Pedro, que viva el mozo de mi mamá!!!, que ponen un toque de irreverencia.

Un aspecto central de estas festividades es la música. En los ritmos de bambuco o rajaleña la gente se da al duelo de coplas y a la burla de los defectos ajenos. Tienen el sabor picante de la desinhibición. Se canta en La Plata que la mujer que vive sola/ vive lleno de congojo/no tiene palito´e leña/ ni tiene quien se lo coja. Y también: Las ovejas por la lana/ las mujeres por el “ese”/ la lana p’hacer cobijas/y el “ese” por si se ofrece. Va la última muestra de la picardía calentana: Uno mujer de aburrida/ se las arrancó al marido,/ las mangas de la camisa/ que se le habían descocido. 

Consciente del doble sentido de sus coplas, quien las canta advierte al empezar: Permiso pido, señores,/ para ponerme a cantar/ Si alguna falta cometo/ me la sabrán perdonar. Copla que puede ser complementada con esta: Si quieres cantar conmigo/ tienes que tener paciencia/ porque mi canto lo aliño/ con algo de repelencia. 

Para la interpretación de estos ritmos la fiesta se ha dotado de un conjunto especifico: la cucamba, conformada por instrumentos indígenas como el chucho y la flauta de queco, o criollos pero con su sello regional como la marrana, el cien pies y el carángano, o más universales como la tambora y el tiple. Un instrumento destacable es la hoja (de limón, naranjo, laurel o guayabo) que permite interpretar una amplia gama de melodías. Casi todos estos instrumentos son de fabricación doméstica. 

Otro grupo musical importante en las fiestas es la banda. Tan famosa como la de El Espinal, ganadora de concursos, es la de Gigante. La mayoría de estos músicos son aficionados que viven de otras actividades, pero que participan por fiesteros y en un servicio cívico. 

Una banda particular es la de Los Borrachos de La Plata, cuyos instrumentos han fabricado con materiales propios de la región. En la Plata “en el año de 1958 había secuelas de la violencia política —cuenta su fundador Carlos J. Ibatá—y organicé una fiesta sanpedrina para unir a los hombres por medio de nuestro folclor: la música nuestra con sus coplas, rajaleñas, bambucos y torbellinos. Para lograr una armoniosa participación y hacer más grande la alegría de toda la región, se creó una organización musical que, plagiando a la banda de Santa Cecilia de la época, a la vez la pusiera en ridículo, por cuanto esa banda iniciaba las fiestas y llegaba a tal grado de borrachera, que las reuniones terminaban sin música por falta de intérpretes en sano juicio. De esta situación se desprende el nombre de banda de Los Borrachos...”. 

De la fiesta y la música se ha tenido en la región un claro concepto social, como se ve en el origen de esta banda. Tal vez porque como dice el viejo adagio el que cante sus males espanta o, como argumentaba el maestro Darío Garzón, porque “un pueblo que canta y baila es un pueblo feliz y un pueblo feliz no puede ser un pueblo violento”. 

 

MITOS, ESPANTOS Y HECHIZOS

 

El concepto de la vida y los valores sociales perviven en las leyendas y los mitos.

En torno al fogón, luego de la jornada, solían los viejos contar a su prole las tradiciones. Historias fantásticas aunque verosímiles porque les habían ocurrido a gentes con nombre propio cuando no al mismo narrador. Así el propósito pareciera trivial, matar el tiempo para llamar al sueño, reeditaban experiencias de terror y valentía, lecciones para la vida. 

Estos relatos configuraron en nuestro país una de las mentalidades más ricas en seres míticos, espantos, trasgos y endriagos, indígenas unos, otros propios de la tradición católica, marcadas todas por el sello mestizo.

 

SIMBOLO DE RESISTENCIA  

Escribió el sabio sacerdote Ramírez Sendoya que sus similares pijaos eran llamados mohanes. Hoy, entre los paeces, mojano es el brujo que gracias a sus artes se convierte durante la noche en animal, con frecuencia en perro. 

El Mohán pudo ser el sacerdote indígena que ante el hecho cumplido del dominio español se marginó de la sociedad y como muestra de resistencia llevó vida eremita. Y es que el Mohán vive en cuevas o en las profundidades del río; de vez en cuando se lo sale a tomar sol o a fumarse sus tabacos. Sus contactos son esporádicos, para raptar una lavandera o para hacer travesuras a los pescadores, volteándoles la canoa, enredándoles la atarraya o jugando a ahogarlos, porque el Mohán es un gran nadador. Con todo y eso, se cuenta de pescadores que lo vencieron y así pudieron contar la historia. 

Es curioso, pero el Mohán no es el mismo en todas partes. En unas es una fiera, traidora y perversa, que verlo es desastre seguro: crecientes, terremotos, calamidades. En otras, es un hombre alto, hasta hermoso, de larga cabellera y luenga barba que enamora a las mujeres y las seduce con sus riquezas. Puede ser también pequeño y musculoso, compañero de los juerguistas que aparece en los pueblos comprando aguardiente y en las noches de tormenta, entre risotadas, se dedica a la pesca. En estas descripciones el Mohán no se viste de manera convencional. No es pobre, porque su cueva refulge de riqueza, acaso el oro que no se pudieron cargar los españoles. 

La pervivencia de comunidades indígenas se explica en gran medida por la de sacerdotes. Ellos son la memoria viva de la raza, los depositarios de la cultura. Su discreta existencia, marginal a los valores y usos generales, logró preservar la identidad de su gente. Función parecida cumplió el Mohán, no sólo guardián de ríos sino celador de su pueblo.

 

PRESENCIA CONSTANTE 

La tenaz resistencia de yalcones, paeces y pijaos la simbolizó una mujer a quien españoles llamaron Gaitana y de la cual tenemos noticia por las historias de Juan de Castellanos y fray Pedro Simón. El autor de las Elegías de Varones Ilustres describe con minucia la venganza de esta madre ante el sacrificio de su hijo. Fue tan admirable su valor que el mismo cronista acaba reconociendo lo legitimo de su actuación. 

Tal vez por ello, no sólo la música sino la mitología exalta a la mujer. Ella es símbolo de la fecundidad y vitalidad de la estirpe. Si bien se elogia el carácter de un Tulio Varón, quedan en la memoria colectiva las acciones de aquellas Juanas, que dieron compañía y auxilio en los peores momentos a los combatientes de las guerras civiles. 

Una de las figuras femeninas centrales de esta mitología es la Madremonte, espíritu del bosque. Se la representa como una hermosa mujer, cubierta de líquenes y hojas, a quien nadie ha podido ver la cara, pero cuyo bramido sobrecoge a la distancia. Cuando la Madremonte se baña en los nacimientos de los ríos, estos se enturbian, crecen e inundan todo a su paso. Es una figura poderosa que ataca a quienes usurpan terrenos ajenos, a los que disputan por linderos o son irresponsables con el bosque. A sus enemigos los pierde en la espesura. 

Otra representación femenina es la Madredeagua: una hermosa muchacha, hija de uno de los primeros conquistadores, se enamora sin prudencia de un cacique que ha caído preso, huye con él y llega a tener un hijo suyo. La persecución del conquistador tiene éxito y luego de torturar al cacique, manda ahogar en el río a este primer mestizo. La madre enloquece. Es la Madredeagua. La misma que cuando desespera al recordar a su hijo hace temblar las montañas y envenena las aguas trayendo peste y muerte a los ribereños. Su furia es mayor cuando las selvas vírgenes eran ocupadas por nuevos habitantes. Así ocurrió en 1847, cuando llegaron los primeros antioqueños a las vertientes del Ruiz, entonces el Lagunilla trajo muerte a las gentes del Llano. 

Aunque expresan los valores impuestos, hay otras figuras significativas: La Patasola es la infiel a la que el marido llevado por intenso dolor amputa una pierna. Frente a ella, la víctima asustada debe recitar sin titubear: yo como si,/pero como ya se ve,/suponiendo que así fue,/ lo mismo que antes así,/si alguna persona a mi/echare el mismo compás,/ eso fue de aquello pende,/supongo que ya me entiende,/no tengo que decir más./Patasola, no hagas mal/que en tu monte está tu bien. 

O es la impaciente mujer que cansada de esperar a su marido que ha ido a la guerra, resuelve darlo por muerto para reorganizar su existencia. Pero un día el Odiseo calentano vuelve y nuestra mala Penélope enloquece y en su locura pierde al fruto de su impaciencia, lo que hace aún mayor su delirio. Es la Llorona, presente a lo largo de todo el río Magdalena, porque “en una calle de Tamalameque dicen que sale una Llorona loca, (...) con un tabaco prendido en la boca”. 

Prototipo de proxeneta y mujer licenciosa, es la Muelona perseguidora de los jugadores de los cuales se burla con lustrosas monedas que los queman y baldan. Es claro que mediante estas figuras se presenta, por contraste, un ideal de mujer. Porque la leyenda tiene una función ética primordial. Por medio de las sensaciones fuertes, estos relatos fijan en los niños valores y conductas. Es lo que ocurre con los espantos. El Guando es un hombre insolidario que nunca acompañó a un vecino en un duelo. En su avaricia —porque ante todo era avaro— pidió que cuando muriera lo botaran al río. El día que lo visitó la señora Muerte, sus vecinos quisieron sepultarlo e hicieron una camilla para llevarlo al pueblo, pero el cadáver pesaba tanto que debieron turnarse para cargarlo. En un descuido, al pasar un puente se les cayó al río y se les perdió. Lo único que quedó fue un cortejo fúnebre, que aparece para enseñar el valor de la solidaridad. 

Otro mal ejemplo es el del Fraile. Un capuchino amigo del juego que perdió hasta el hábito en el vicio y del que sólo quedó el espanto deambulando sin cabeza por los llanos del Tolima Grande.

 

ENCANTOS COTIDIANOS 

Este mundo encantado se hace cotidiano para enfrentar los despechos y los abandonos; entonces los conjuros logran lo que no consigue la seducción. La oración a Santa Helena, la madre de Constantino, hace que la persona ligada “no pueda comer, ni en cama dormir, ni en silla sentar, ni con mujer u hombre hablar, ni tenga momento de reposo, hasta que por vuestra intercesión se rinda a mis plantas”. O la oración al justo Juez que hace inmune frente a los enemigos a quien a reza con fe, de modo que “si tienen ojos no me vean; si tienen manos no me toquen. Así sea”. 

En estas prácticas se mantienen tercos conceptos precolombinos sin que quienes los viven sospechen siquiera su procedencia ni la significación que tienen. Así, el mal de ojo que tanto daño hace a los más pequeños, o el hielo que es llevado a los niños por quienes vienen de un cementerio o el efecto del sereno que enluna quien lo recibe y ocasiona trastornos y dolores de cabeza. 

Es un mundo que requiere ser permanentemente interpretado, porque todo cuanto ocurre esta en relación con algo en curso o por venir. El aparecer una mariposa es señal de muerte, o soñar con gatos indica perfidia de hombre o traición de mujer. Si se atraviesa un colibrí se debe esperar carta segura, si es un cucarrón ha de llegar una visita, pero si es un sapo lo que entra a nuestra casa no deberá esperar nada bueno. 

Blanca Alvarez, maestra por treintiún años en campos y ciudades del Tolima, fue guardando en registro prodigioso las leyendas, decires y costumbres de sus gentes. Uno de sus libros se titula Bajo el cielo hechizado del Tolima, y es que como lo hemos mostrado todo parece significar una realidad que es preciso descubrir.

 

EL RETO DE lo que somos  

“En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla.” Walter Benjamin  

Antes que Alvaro Hernández Vásquez se perdiera en el laberinto aburrido de la burocracia hizo cuentos. Con El Libro Cantor ganó el premio Enka en 1985. El relato que más gusta —y que no necesariamente es el mejor— es el titulado Supermán vs. el Mohán. En el dos niños alegan por la supremacía de uno u otro. Uno de los disputadores argumenta que las historias del Mohán son puros embustes de pescadores, “una invención de viejos analfabetas”. Y la razón tal vez esté con Luciano Madrigal —el detractor del Mohán— porque ese mundo mágico ha desaparecido, y para siempre.  

El proceso ha sido acelerado. A finales de los años 20 el ingeniero Alejandro E. López contrastaba la realidad de unas tierras casi incultas con su promesa: “esas tierras tolimenses tienen una ventaja que pocas regiones poseen en Colombia: una posición central, en medio de la zona más poblada de Colombia, con ríos navegables, ferrocarriles y caminos como ninguna otra; y, en suma, con mercados fáciles para todos los productos en todos los ocho sentidos de la rosa náutica”. Por lo mismo que las consideraba ideales para experimentos de reforma social para irradiar por todo el país. 

El cambio se operó aunque no en el sentido en que el visionario antioqueño lo previera. No se reestructuró la tenencia de la tierra en un sentido democrático, aunque sí se modernizaron las formas de producción. Las combinadas y avionetas de fumigación, los tractores, ordeñadores eléctricos y el regadío le cambiaron la cara al agro tolimense. El decir de la llanura ilímite se volvió retórica por los trenes primero y luego por los carreteables y las carreteras. El campo volvió a despoblarse porque sus moradores migraron a las ciudades. Ellas difunden por radio y televisión otros mitos y otras razones. 

Agréguese a lo anterior que por efecto del desarrollo de las comunicaciones el Tolima Grande ha quedado irremediablemente bajo la influencia poderosa de Bogotá. Y si antes esta ciudad era el sueño de los poderosos y los cultos que sólo allí triunfaban, hoy es la meca de todos por igual. 

Se preguntan muchos en los medios académicos y en los ámbitos de la intervención social cuál es la identidad de la región. Perplejos constatan que ésta no es evidente. Hay una apropiación ostensible de modos y prácticas desabridas por tener el sabor de lo que no es de nadie al ser de cualquier parte. Cada vez los jóvenes saben menos de bambucos y torbellinos y no sólo en los centros urbanos. Cada vez los niños saben menos del Mohán y la Patasola que de los héroes que la televisión les prodiga.  

En los festivales del Folclor y del Bambuco en que terminaron las fiestas de San Juan y San Pedro es donde más se aprecia esta contradicción. Cada día son parecidas a cualquier feria con casetas y rumbas de club, con pasarelas, desfiles de carrozas y reinas coronadas. Empero hay quienes persisten en conservar el culto de lo tradicional y se empeñan en rebajarles el sabor fenicio. 

La vieja identidad del calentano se ha quedado sin piso material, sostenida apenas por los cultores de la tradición por ella misma. Quizá el primero en advertirlo fue Daniel Samper. En polémico artículo denunciaba la inautenticidad de los bambucos que cantaban a un cisne más blanco que un copo de nieve y a bohíos inexistentes.  

La verdad es que en los viejos odres se vierten vinos dudosos para que la gente asuma como propios. Es el momento de preguntarse si tiene sentido mantener las tradiciones a pesar del cambio del contexto. O de otro modo, si hay algo en ellas que merezca pervivir. 

Pregunta similar se hizo el romántico Albert von Chamisso y la respondió con una parábola: la historia de Schlemihl, un ambicioso que pactó con el diablo a cambio de todas las riquezas. El comprador sólo exigió la sombra de Schlemihl. Pero en todas partes, las mujeres y los niños, los campesinos y las enfermeras rechazaban al hombre que había perdido su sombra, esto es, su identidad, la cultura popular. Al faltarle la raíz, lo acompañaba la desventura así poseyera toda la riqueza deseable. 

La antropóloga Joanne Rappaport en trabajo etnohistórico sobre el territorio páez, desafortunadamente inédito, nos ilustra. Para ella la tradición es el conjunto de nociones y estrategias que definen la identidad, concepto dinámico relacionado con el pasado pero basado en la actualidad. 

Retomando nociones de Shanklin, Rappaport insiste en que no puede entenderse la tradición como un rimero de vejeces, sino como una fuerza activa que se utiliza en situaciones de peligro, cuando es necesario poner énfasis en la identidad frente a amenazas que provienen de fuera. Así, concluye, la tradición se halla en la actualidad no en el pasado. 

Todo un programa para los intelectuales del Tolima Grande, si para ellos la región debe mantener su identidad. Porque en opinión del ya citado Benjamin, el mundo espiritual es ante todo confianza, coraje, humor, astucia, denuedo que “actúan retroactivamente en la lejanía de los tiempos”. 

Como el río Magdalena, la riqueza económica y espiritual está siempre de paso por las sedientas llanuras. Pocas obras de consideración se han escrito sobre ellas. El poemario Tierra de Promisión de Rivera y los no muy conocidos cuadros de costumbres de Nicanor Velázquez Ortiz títulados Río y Pampa. Parecida situación se presenta en las artes plásticas. No por casualidad debió importarse a Arenas Betancur para hacer un homenaje a la Gaitana. 

¿Pero es que no ha ocurrido nada significativo en las tierras del Tolima Grande? No resistimos una comparación. El nordeste brasileño atravesó un período similar al de nuestra Violencia. A principios de este siglo se llenó de yagunzos y cangaceiros y luego se convirtió en dominio de los coroneles. A diferencia nuestra hubo un hombre de la talla de João Guimaraes Rosa que hizo de la existencia de estos bandidos una saga universal, verdadera descripción etnográfica de su mundo, en el que el perpetuo duelo del bien y el mal lo libran los hombres de su tierra. 

¿Por qué no ha habido un Guimaraes entre nosotros? Deben existir muchas razones. La ausencia de tradición literaria local tal vez. Esta carencia no se ha compensado por un grupo que asuma con disciplina la empresa de formarse para un proyecto similar y que se comprometa con visión de largo plazo. La politiquería que todo lo ha degradado ha distraído bienintencionados esfuerzos. Otra parte la ha puesto la ilusión del éxito fácil tan propio de estos tiempos. 

Pero, por sobretodo, ha faltado una más justa valoración de la gesta de los hombres comunes de esta tierra. Alguna vez Leonel Arias, profesor de la Universidad Surcolombiana, se propuso la enjundiosa tarea de comparar las pasiones de los protagonistas de los tragedias griegas con las padecidas por los campesinos de su natal Santa Helena. Quién sabe qué tanto adelantó en este sentido. Pero no son menos universales. Sin embargo, hasta ahora sólo son expresión de la barbarie o de un indefinible atavismo. 

Quizás el peso que alguna vez tuvieron los hombres del Tolima Grande en los destinos del país se debió en buena medida al carácter definido de sus gentes. En esta era de lata de Fujimoris, Collores de Melo, Carlos Andreses, Endaras, Serranos y similares, los hijos del Gran Tolima pesan como plumas. Recuperar la entidad política dependería de un renacimiento que recree la identidad cultural y el carácter a las gentes de esta tierra. Tarea colosal para quienes hoy se den a la labor de pensar la región y su historia.

 

BIBLIOGRAFÍA  

Alvarez, Blanca. Raíces de mi terruño. Imprenta departamental Ibagué, 1990 

Alvarez, Blanca. Bajo el cielo hechizado del Tolima, Tecnimpresos, Ibagué, 1992 

Friedman, Susana. Las fiestas de junio en el Nuevo Reino. Editorial Kelly, Bogotá, 1982 
Nueva Revista Colombiana de Folclor, Vol. 2 No. 8, 1990 (Número dedicado a la cultura popular huilense). 

Martínez González, Guillermo. Mitos del Alto Magdalena. Trilce Editores, Bogotá - Neiva, 1993. 

Ramírez Sendoya, Pedro José. Diccionario Indio del Gran Tolima, Editorial Minerva, Bogotá, 1952. 

Vargas Motta, Gilberto, et. al. Así es mi Huila, Fondo de Autores Huilenses, Neiva, 1985. 

Velázquez Ortiz, Nicanor. Río y pampa, Imprenta Departamental, Ibagué, 1944.

 

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