Siglos XVIII y XIX
UNA ECONOMÍA QUE MIRA AFUERA

 

Los sucesivos auges de la ganadería, el tabaco y el añil no alcanzaron para estructurar una región económica.  

La decadencia de la minería de la plata acentuó lo que sería una característica bastante duradera de la economía en el Alto Magdalena: el aislamiento de las economías locales. Las haciendas a menudo estaban más articuladas a mercados de otras regiones que a los pueblos, villas o ciudades más próximos. 

El Valle del Saldaña, por ejemplo, minero y ganadero, estaba más integrado a Honda y  a Santafé que a Neiva o Ibagué; la zona de Chaparral —jurisdicción de Ibagué—, también minera y agrícola - ganadera, al menos durante ese siglo, vivió más ligada al Chocó y a Popayán que a Ibagué o Santafé. Llanogrande (Espinal) estaba más vinculado a Santafé que a Ibagué o Tocaima, de cuya jurisdicción hacía parte, y las villas de Timaná y de La Plata más articuladas a Popayán que a Neiva. 

Sin embargo, por su estratégica ubicación, la Villa de Honda — principal puerto interior del virreinato— fue un epicentro interregional donde convergieron y se abastecieron muchas economías locales de las provincias de Mariquita, de Neiva, parte de las de Popayán, Antioquia y Santafé de Bogotá, así como del comercio procedente del puerto de Cartagena. 

El oro, el ganado, la pesca, el cacao, los cueros, el anís, las mercancías importadas de España (vino, telas y ropas de lujo, aceites, hierro), los lienzos y ropas de la tierra, el tabaco, la moneda, convergían en recuas de mulas, champanes y canoas en ese populoso puerto sobre el río Magdalena. 

Honda desplazó a Mariquita en el siglo XVIII de su condición de centro económico y administrativo provincial, una vez que se establecieron en ella la Real Fábrica de aguardiente hacia 1780 y las oficinas del ramo de tabacos. Por entonces la villa pudo alcanzar más de quince mil pobladores sobre todo en los tiempos de San Juan y de Navidad; su vida urbana, comercial y política era de las más intensas del Nuevo Reino y se beneficiaba notoriamente del oro que fluía desde Antioquia durante todo el siglo XVIII por el camino que de Mariquita llevaba a esa provincia. 

El impacto de las guerras de España con Inglaterra y con Francia y el cambio de las rutas comerciales por el libre comercio y el contrabando, principalmente, fueron procesos que hicieron decaer la importancia económica de la villa de Honda. La decadencia se agravó con el terremoto de 1805 y con las guerras de Independencia. 

Sólo con el establecimiento de la navegación a vapor a finales de la década de 1830 y de las exportaciones de tabaco especialmente desde la década de 1840, Honda recuperó y amplió los beneficios de su privilegiada situación. 

Departamento del Huila

EL ABASTO DE GANADOS  

Durante el siglo XVIII, la provincia de Neiva continuó enviando ganado a diversos mercados, especialmente a Santafé y Popayán. Hacia 1730, el reparto del abasto de ganado para Santafé le asignaba a la provincia 6 mil 500 novillos anuales. Este ganado era obtenido de las grandes haciendas que pertenecían a las elites criollas de Neiva, Timaná y La Plata, y también de los hatos que tenía la Compañía de Jesús y de las no pocas haciendas que poseían los curas en sus parroquias. 

La expulsión de los jesuitas en 1767 y el posterior remate de sus haciendas (La Vega, Doima, Tena y Villavieja) a burócratas y terratenientes locales hizo que se modificaran la estructura de la propiedad y las relaciones con sus esclavos lo cual generó tensiones y conflictos sociales. 

Durante la época colonial, los hacendados y campesinos del Alto Magdalena se vieron afectados por algunos problemas, a veces de efectos devastadores. Se trataba de las plagas de langosta y las bandas errantes de loros que devoraban en cuestión de días cultivos y cosechas dejando en la penuria a muchas familias campesinas. 

Las sequías afectaban por igual cultivos y ganados, aunque el mayor problema que enfrentaron los hacendados era el abigeato: al punto de constituir un mal crónico a la vez que un rasgo de la cultura de ciertos sectores populares.

 

LA ECONOMÍA FUMA TABACO  

A la recuperación económica luego de las guerras de Independencia contribuyó la exportación de tabaco a Europa y la consiguiente expansión de su cultivo, hecho que ocurrió desde mediados de la década de 1830. 

La provincia de Mariquita, en la zona comprendida entre los pueblos de Guayabal y de Coello, con epicentro en Ambalema, tuvo la más grande participación en estas exportaciones hasta la crisis de 1857, cuando comenzó a disminuir al parecer como resultado de la pérdida de calidad y de la fuerte inestabilidad política. 

La vinculación de la región al mercado mundial mediante este ciclo agroexportador tuvo un significado trascendental en el cambio agrario y social e incluso mental y político en las gentes que directa o indirectamente participaron en el cultivo y comercio de la estimulante hoja. 

Durante la década de 1850 hubo en el distrito de Ambalema un crecimiento inusitado de los valores de la tierra, los salarios y los precios; así mismo, se introdujeron exóticos patrones de consumo y nuevos modelos de relación social; en cambio las zonas de Purificación, Neiva y Peñaliza —un poco al sur de Girardot—, no lograron incorporarse al auge exportador dado el fracaso de las factorías allí establecidas en 1847-1848. 

La economía tabaquera estimuló fuertemente la ganadería de la región, tanto por el crecimiento del consumo de carne y la demanda de cueros para enfardelar las mercancías como por la oportunidad de introducir cambios técnicos —formación de potreros de pasto artificial— y mejoras en la administración de los hatos, acorde con los costos de la cría y ceba. Estos cambios no fueron generalizados ni suficientemente intensos como para modernizar el conjunto de la ganadería en la región. 

El hecho más notorio fue la expansión de la hacienda ganadera en tierras de antiguos resguardos indígenas (Coello, Piedras, Natagaima - Coyaima). 

El cultivo de la caña y la producción de aguardiente, sobre todo en haciendas tabacaleras con numeroso campesinado de cosecheros apareció desde finales de la década de 1850, como una actividad complementaria una vez las firmas exportadoras de tabaco —como la Fruhling y Goschen, la Compañía Anglocolombiana y otras— se convirtieran en terratenientes y controlaran el proceso productivo. No obstante, la destilación de aguardiente fue, luego de la guerra civil de 1860-1862, una industria predominantemente popular. 

Con la decadencia de las exportaciones tabacaleras y de la participación de empresarios colombianos en ellas, unos cuantos tendieron a desplazar sus inversiones hacia sectores productivos con oportunidades transitorias en el mercado mundial, tales como el añil. 

Desde finales de la década de 1860 se dio este nuevo ciclo exportador, sobre todo en haciendas ribereñas al río Magdalena entre los sitios de Peñaliza y Neiva. Este ciclo fue muy breve. Algunos de esos empresarios sufrieron considerables pérdidas por los altos costos de producción y por la recuperación de los tradicionales productores a mediados de la década de 1870.

 

DE UNA FIEBRE A OTRA FIEBRE  

Una artesanía lujosa, auge de la quina y el caucho, de nuevo la minería, pero la economía regional no pudo despegar. 

A los efectos de las guerras de Independencia se agregaron las repercusiones del terremoto de 1827 que represó el río Suaza, y su posterior avalancha arrasó con un millón de árboles de cacao, afectando las haciendas y cultivos de Guadalupe, Garzón y Gigante.  

Empero, para las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XIX, en la provincia de Neiva la producción de cacao se había recuperado. De tal manera que se estimó la producción de cacao, para toda la región del Alto Magdalena, en $600 mil y sus mercados de consumo se localizaban en el interior, la Costa Atlántica, Antioquia y Cundinamarca. Hacia 1874 se calculaban dos millones de árboles y una producción de 42 mil arrobas de cacao en la zona de Neiva.  

Durante todo el siglo XIX la economía huilense continuó siempre definida por el predominio de las ganaderías vacuna, caballar y mular, que abastecían diversos mercados del país. En 1887 se observaba que en las llanuras del Alto Magdalena pastaban más de 500 mil reses y contingentes apreciables de caballos y mulas, producción que surtía el comercio interior y las provincias de Bogotá, el Socorro y Cúcuta. La mitad del ganado que se consumía en Cundinamarca provenía de las dehesas del Alto Magdalena.

 

LOS SOMBREROS DE PANAMÁ ERAN DE SUAZA  

Durante el siglo XIX, la artesanía de exportación más importante de Colombia fue la representada por los sombreros de paja. En el Huila se producían sombreros en el distrito de Suaza, Timaná, Elias, Naranjal y Guadalupe. Los sombreros de paja eran conocidos en el país bajo diversos nombres: de jipijapa, de nacuma, de iraca, de Suaza, de murrapo, entre otros. En el exterior se los conocía como sombreros de Panamá. 

También se los producía en Santander y Antioquia. Los huilenses eran los de mejor calidad y los más caros, seguían los antioqueños y finalmente los santandereanos, que eran de consumo popular. En Santander se ocupaban en la fabricación de sombreros algo más de 40 mil personas, en el Huila de 10 a 12 mil y en Antioquia una cantidad algo menor. 

La producción se hacía en las condiciones de una artesanía familiar, en donde trabajaban primordialmente las mujeres y los niños, Los sombreros del Huila, dado su alto precio, en general eran adquiridos por las clases medias y acomodadas. En 1868 esta región producía 120 mil sombreros, por un valor de $250 mil lo que representaba el 12.5% de la producción nacional. La mayor parte se exportaba. 

Los principales mercados interiores que demandaban el sombrero huilense eran los del Tolima, Cundinamarca y Costa Atlántica. Los mercados externos para la producción nacional eran Brasil, Estados Unidos, Venezuela y todas las Antillas. Los sombreros del Huila y Antioquia se enviaban de preferencia a la Habana. En 1887 se observaba que los sombreros de paja habían decaído, pues no resistieron la competencia de los sombreros de seda, de fieltro y de paja de arroz, más ligeros y baratos, que se producían en Europa.

 

QUINA Y CAUCHO  

Entre 1867 y 1873 se produjo en el Alto Magdalena el auge de la quina de exportación, que imprimió un efímero dinamismo a la economía regional. La principal empresa exportadora de quina era La Compañía de Colombia, la cual llegó a ser considerada en su tiempo como la más importante empresa del país. 

La Compañía se fundó en 1863, en Colombia (Huila) y extendió sus actividades a los Llanos de San Martin; fundó varias haciendas, diversificando sus actividades con la cría de ganado y el cultivo de plátano, caña de azúcar, cacao y café. Para el control y vigilancia de sus actividades productivas la empresa organizó patrullas de hombres armados con la protección del gobierno. 

Hacia el sur, desde la hoya de San Agustín hasta el valle del Suaza, operó la Compañía Lorenzana (Cuellar, Durán, Angel y Co.) dedicada primero a la extracción de chinchona y luego a la de caucho. 

Atraídos por el negocio de la quina y posteriormente por el del caucho, llegaron a la región de San Agustín centenares de indios procedentes del Cauca y Nariño y también colonos blancos y negros. Esta inmigración revivió viejos conflictos de tierras en la región y originó nuevos. Los recién llegados invadieron el resguardo de la Ceja y ocuparon algunas tierras de la enorme hacienda Laboyos. En este latifundio se desencadenó un largo y dramático conflicto entre los poseedores de parcelas y los administradores de la hacienda, conflicto que unido a otra serie de factores, produjo con el tiempo la fragmentación de la inmensa propiedad. 

Una de las consecuencias de la extracción de quina fue la apertura de la colonización hacia la región selvática del noroccidente amazónico, abierta por el hombre huilense y tolimense y que continuaría luego con la economía extractiva del caucho. 

En la última década del siglo XIX entró en apogeo la región cauchera del sur del país, cuyo centro era el Caquetá. Si bien el Huila no tuvo mayor importancia en cuanto a la existencia y explotación directa del caucho o árbol vaca en su territorio, se relacionó en cambio con la economía cauchera del Caquetá. 

Entre el Huila y el Caquetá se abrieron caminos por donde transitaban caucho, mercancías, mulas y personas. El caucho del Caquetá —del cual una buena parte tomaba el rumbo del Amazonas y del contrabando— llegaba a Neiva y de aquí seguía con destino a la exportación. El Huila proveía de mercancías a las zonas caucheras y era sitio de tránsito para el caucho de exportación. Así mismo, en la explotación del caucho participaron directamente algunos empresarios huilenses. Hacia aquellas zonas emigró un apreciable contingente de opitas. 

Durante los primeros años del siglo XX, al impulso de la economía cauchera, continuó la migración de huilenses al Caquetá; cuando se produjo la declinación del caucho, hacia 1912, muchos regresaron, pero un buen número se quedó, convirtiéndose plenamente en colonos.

 

DE NUEVO LA FIEBRE MINERA  

Un proceso paralelo al ciclo tabacalero en su última fase —década del 70— fue el renovado interés por la minería del oro y de la plata en la cordillera Central del Tolima desde Herveo hasta Ibagué, sobre todo en los ríos Sabandija, Las Animas, Bermellón, Anaime y en el sitio de Frías. Colonos antioqueños y compañías extranjeras y mixtas reactivaron estas explotaciones, algunas veces con innovaciones tecnológicas como ocurrió en la década del 70 con el uso del monitor californiano y los molinos metálicos hidráulicos en las minas de Frías (plata) y Malpaso (oro). 

No obstante el calificado escepticismo en sectores políticos y empresariales, el interés por la minería se acentuó en los años 80 con la crisis económica suscitada por el agotamiento de los ciclos agroexportadores y por el aparatoso cambio institucional de la república. El auge de la minería, en el Tolima, anterior y paralelo al surgimiento de la bonanza exportadora de café desde 1887, tuvo mucho de fiebre especulativa. A la que no fue ajeno el gobierno regenerador del Tolima, el cual quiso emular a Antioquia creando una infraestructura que propiciara el imaginado auge: intentó crear una escuela de Minas, inauguró una casa de fundición y ensayes en Ibagué y financió un estudio científico de las minas conforme lo aconsejaron Salvador Camacho Roldán y la casa Enrique Cortés y Cía. de Londres. 

De este artificioso auge minero la experiencia más significativa fue la Compañía Minera de La Plata, organizada en 1886 con el liderazgo del antioqueño Vicente Restrepo, funcionario regenerador. Esta Compañía encargó de los trabajos de explotación al ingeniero norteamericano John F. Randolph. Después de cinco años de trabajo y la inversión de $150 mil pesos de ley, los resultados no pudieron ser más desastrosos. 

Algunas de las más notorias excepciones del auge especulativo de la minería fueron las minas de Frías, Malpaso y Calamante, beneficiadas por compañías inglesas cesionarias de privilegios que el gobierno colombiano había otorgado desde 1824 en contraprestación a los créditos ingleses para financiar la guerra de Independencia. En dichas minas llegó a haber poco más de mil trabajadores y empleados. 

Los ingleses no hicieron montajes de maquinaria para procesar los miles de toneladas de mineral de plata que extraían. Este lo exportaban a su país. La región y el gobierno colombiano sólo se beneficiaban de los pagos de jornales y la demanda de productos primarios y de unos pequeños capitales invertidos por ex-administradores de la empresa (Green, Jones) en activos agrarios y almacenes 

Otras excepciones notorias fueron las ricas minas de la compañía El Cristo, cerca de Frías, las minas aluviales de los ríos Bermellón, Anaime, Amaya y Saldaña. Antes de la Guerra de los Mil Días el gobierno departamental se percató del conflicto entre hacendados y compañías mineras a raíz de la contaminación de las aguas de los ríos, con perjuicio de la ganadería y cultivos como el cacao y el arroz.

 

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