LA PINTA NO ERA LO DE MENOS

Imágenes casi visuales y de una especial riqueza acerca de la vestimenta nos ofrecen los viajeros del siglo pasado. 

“La pulpera no se atrevería a usar zapatos o botines —decía Saffray—, y paréele la alpargata la más adecuada para su rango”. Este y otros viajeros escritores nos permiten, con sus descripciones acerca de la forma de vestir, vislumbrar las más sutiles diferencias sociales. 

El atuendo variaba de acuerdo con el clima, los grupos sociales y la ubicación urbana o rural. “Cuando la ciudad de Cali era villa —escribe Evaristo García—, el vestido popular de los jornaleros se componía de pantalones de genero a listas denominado amotape, camisa de tela a cuadros, poncho de algodón tejido con hilos de colores y sombrero de junco o de paja de palmas llamadas raspones. Pero había una clase de artesanos leídos que gastaban una indumentaria mejor: pantalón de paño obscuro, camisa blanca con pliegos aplanchados, ruana fina de paño encima de la camisa, sombrero de paja blanca, muy limpio, con cinta negra angosta en la base de la copa, calzado de alpargatas atadas con rebordes del corte de paño. Poco a poco se abandonó esta indumentaria y han desaparecido por completo la ruana y el poncho, reemplazados por el saco y el pantalón de dril o de paño, pero con el pie descalzo. Las mujeres de antaño vestían con faldas de zarazas vistosas y usaban pañolones de hilo o de merino adornados con guardas estampadas de colores y dibujos variados. Sin sentir cuándo ni cómo abandonaron los pañolones para vestir blusas y gasas ligeras sobre el busto. Las mujeres de cierta educación social vestían ñapangas... Asistían a los templos con saya negra de seda y mantilla de merino bordadas con dibujos. Sujetaban la abundante caballera con peinillas de carey, colgaban en el cuello cintillo de oro y se adornaban con aretes y anillos de oro con diamantes y esmeraldas, calzaban zapatillas negras de tafetán sobre medias de colores.” Aquella era sin duda la vestimenta de todos los pueblos de la región a fines del siglo XIX (revista Cromos). 

El atuendo rural era diferente. Holton describe a los hombres del campo como “vaqueros montados sin cojines, sin cabestro, sin zamarros, ni alpargates, con la espuela en el talón desnudo y los pantalones remangados para que no se embarren. Veremos a más de uno con solo sombrero, ruana, pantalones y espuelas, los pies metidos en estribos de madera o simplemente apoyados en un pedazo de madera suspendido de la montura con una tira de cuero”. 

El traje de los esclavos también variaba con el clima del lugar. En la hacienda de Coconuco se hizo necesario abrigar a los esclavos con manta y ruana. En otra, Las Piedras de Timbío, de clima templado, se entregaba cada año lo mínimo a los criados para tenerlos vestidos y abrigados: una cobija de jerga, camisa y calzón de lienzo y dos capisayos, a los hombres; a las mujeres, cobija, bayeta para envolverse y cobijarse y una camisa de lienzo. En Japio, clima cálido, según la descripción romántica de Hamilton, “encontramos al llegar doce negras bonitamente vestidas de falda blanca con adornos azules y tocadas con sombreros de anchas alas que se hallaban atareadas lavando en sus bateas en la tierra extraída”. Contrasta con la información de Holton para las haciendas del norte que describe a las negras con faldas ligeras y a veces raídas, algunas destapadas la parte de arriba y sin calzado alguno. 

La mayoría de los materiales para el vestir eran importados, aunque la costura podía ser elaborada en la región. “La mayor parte de las mercancías —contaba André, quien pasó por allí hacia finales del siglo XIX— se importan desde Estados Unidos y Europa, por el puerto de Buenaventura, Dagua y Cali. Consiste principalmente en algodones blancos y crudos, indianas de diversas clases, ponchos rayados, muselinas bordadas, pequeños chales cuadrados de algodón o lana, que hacen las veces de mantilla en la clase media, sederías y merinos negros, chales de seda, mantillas de franela roja y azul, paños, cutis rayados”. También se traían de afuera los instrumentos de costura —agujas de coser o de labrar, tijeras, hilos de diversas calidades. 

Pero en la región no se desarrolló una costura sofisticada y sólo en Pasto, la tradición del tejido trascendió la localidad y su producción se distribuyó a otras regiones, particularmente las telas de lana con las que se elaboraban tapices y ruanas. Estas tenían rayas de vistosos colores que eran teñidas con plantas de la zona. En Cartago, según André, “las mujeres... hacen bonitos bordados multicolores en el tambor... Las (ruanas) de las fiestas., abiertas holgadas sobre el pecho y atadas a la cintura por medio de un cordón, están adornadas con estos bordados propio que las imágenes de los santos y los ornamentos sacerdotales”. 

El viraje en la moda empezó a advertirse en la década de los veinte de este siglo, especialmente en las mujeres de las clases altas de las ciudades, influenciadas por las modas de Europa y Estados Unidos. En las fotografías de los carnavales, la modo de los años 20, de vestido suelto y talle largo, sombreros, adornos y medias de seda, fue desplazando los vestidos tradicionales. Fueron cambios que tardaron mucho en llegar a las zonas rurales.

 

POR EL PLACER Y LA VIDA

Ligados están con la sensualidad y el disfrute del cuerpo, los elementos que definen nuestra cultura. Aquí se retoma esta sugerencia del maestro Edgar Vásquez. 

RÍO Y RUMBA  

Tal vez a ninguna otra región del país la continúen distinguiendo dos vivencias tan hedonistas. El baño en el río es, a la vez, un paseo. Pance en Cali, Mondomo en el Cauca, Cuancua en Tuluá, son disfrutados por millares de grupos de amigos o de familiares, los domingos y días festivos. Empero, no es un goce reciente. 

En 1851, Holton participó de un paseo familiar cerca de Roldanillo. Comenta que las mamás no se bañaron y las señoritas se introdujeron en el río vistiendo unas batas largas, abiertas un poquito en la espalda. Varios de los paseantes no sabían bañar y se habían dedicado a conversar sentados en unas piedras espaciosas. Los bañistas en juego los salpicaban. El cronista resalta lo inolvidable de la tarde. Después de vestirse, disfrutó mucho viendo de soslayo a Virginia peinar su extendida cabellera. 

Meses más tarde, el mismo Holton observó algunas diferencias en la forma de bañar en un río de Bugalagrande. Advirtió que allí los hombres no usaban más que un pañuelo de bolsillo como traje de baño. Las mujeres usaban una enagua y un pañuelo que anudaban en su cuello. Nadie usaba el lugar donde había otro bañista, se conservaba siempre una distancia de cinco metros y ninguno de los grupos trataba de invadir el terreno de los demás. ¡Upa, San Juan! era la expresión con la que se lanzaban en conjunto al agua. 

El paseo del domingo, después de la parranda del sábado, se hizo norma. Era conocido como paseo de olla. El tradicional sancocho de gallina prosperó más en las riberas de los ríos que en las cocinas caseras. Todos ayudaban, muchachos y muchachas. Los hombres departían un aguardiente y las hijas hacían su escuela culinaria. 

Aquí el traje de playa fue traje de río. En algunos lugares llegó a adquirir formas de estricta etiqueta francesa. Un estudiante payanés de historia, ha descubierto que los paseos al río Cauca se hacían en forma engalanada. “Más de 150 personas —registró un periódico local en 1912—de lo más selecto de nuestra sociedad con elegantes trajes de playa, a la última moda de París, diseminados o en grupos sobre el césped florido, bajo toldas de campaña o a la sombra de los árboles, conversando los unos, bailando los otros, brindando más allá por el placer y la vida.” 

En fin, el agua, el baño, el paseo, han sido en la región más que simples deleites. Han constituido formas de sociabilidad. 

El baile, a su vez, es un distintivo de los hombres y mujeres de toda la región. Esa disposición sólo es comprensible por la mixtura racial y cultural de su población. En él los mulatos, pardos y mestizos, encontraron el fundamento de su expresividad. Su goce hasta el alba, es una manera de ser, de encontrar una identidad.  

Tampoco es sólo una diversión juvenil. Desde el siglo pasado, en lugares cerrados o a cielo abierto, los adolescentes, jóvenes y los ancianos, han bailado con frenesí bambucos, valses, boleros, fox, pasillos, guaracha, salsa y pachanga. Del baile, se sorprendía Holton, no se excluían ni los curas, a quienes encontró en distintas ocasiones arremolinados en fandangos. 

 

LAS FLORES SON COMO ELLAS  

La belleza femenina regional era ya exaltada en el siglo XIX. Los calificativos de bellas, divertidas y coquetas, eran dirigidos a las ñapangas, mujeres de condición popular, casi siempre dedicadas al oficio de cigarreras. “...es joven y encuentra muy natural que le digan que es bonita —decía un viajero de alguna de ellas—; tiene ojos negros con largas y sedosas pestañas; dientes blanquísimos y cabello que se creería demasiado hermoso para ser natural; es airosa en el andar, y hay en ella cierta viveza y atractivo que seduce a primera vista,” Un mito creado con sus llamativos rasgos. 

Las ñapangas vestían, en forma sencilla y coqueta, “una muselina de color blanco o rosado con bordados; calzan alpargatas; llevan un cinturón de colores vivos; el busto está cubierto por una muselina de color vivo, que deja desnudos el cuello y los brazos. Para salir a la calle, se ponen un pañuelo que sujetan ligeramente en la cabeza y cruzan después sobre el pecho. Se adornan con pendientes de filigrana de oro, en el cuello llevan un rosario del mismo metal y en los dedos ostentan alguna sortija con esmeraldas.” Se decía además que les gustaba hablar y escuchar, eran la diversión en los bailes y vivían atrapadas siempre por una pasión amorosa. 

Las damas blancas de las familias hacendadas, poseían también atractivos especiales. Sin ser ilustres, sus rostros, porte y gracia para montar a caballo, eran valores que animaban a propios y extraños. Es obligado nombrar a Isabel Gamba Cabal, a Manuela Pinzón y a Joaquina Borrero, por sus atributos y por el recuerdo que dejaron sus vidas. 

El viajero André rememora a Joaquina: “Son las dos, y hostigado por el hambre tomo una vereda que conduce a una risueña casita medio sepultada entre el follaje. Una muchacha de unos dieciocho a veinte años sale a la puerta y se pone a mis ordenes: su porte es gracioso, negra su cabellera, blanco y fino su cutis y al entreabrir sus labios para sonreírme, muestra unos dientes incomparables: añádase a esto que lleva un holgado vestido de percal claro y ¡quién lo creyera! limpio y aseado hasta el exceso. - Apéese V., señor, y entre a descansar. - Mil gracias, bella muchacha; pero es el caso que quiero llegar a Cali tempranito; lo único que deseo es que me proporcione V. un par de huevos y un vaso de agua. La encantadora joven entra en la casa para reaparecer en breve con una fuente llena de nata, huevos y unos pastelillos muy sabrosos. No pude lograr que aceptara retribución alguna, por ser yo extranjero. - Yo quiero mucho a Francia —dijo— por tanto cuando regrese V. a su país, no se olvide de Joaquina Borrero.”

 

BIBLIOGRAFÍA  

Abadía M. Guillermo, Compendio general de folclore colombiano. Biblioteca Básica Colombiana, Colcultura, Bogotá, 1977. 

André M. E. América equinoccial, Montaner y Simón Editores, Barcelona, 1884. Edición facsimilar, Carvajal SA., Cali, 1982. 

Arboleda, Gustavo. Evocaciones de antaño. Arboleda Imp., Cali, 1926. 

Castrillón Arboleda, Diego. Muros de papel, Banco Central Hipotecario, Editorial Universidad del Cauca, Popayán, 1986. 

Hamilton, J. P. Viajes por el interior de las provincias de Colombia, 1827, publicaciones del Banco de la República, Archivo de la Economía, Bogotá, 1981. 

Mejía y Mejía, J.C. Pbro. Tradiciones y documentos. Apuntes relativos a la historia de Nuestra Señora de las Lajas, Editorial Pax, cuarta edición, Bogotá, 1950. 

Patiño, Germán. Herr Simmonds y otras historias del Valle del Cauca, Corporación Universitaria Autónoma de Occidente, Centro de Investigaciones, Cali, 1992. 

Rivas, Andrés (director). Album del departamento del Valle del Cauca, Editorial Aro, Bogotá, s. f. 

Saffray, Charles. Viaje a Nueva Granada, Editorial Incunables, Bogotá, 1984. 

Vásquez, Edgar. Particularidades culturales del caleño, mecanoescrito, Cali. 1992.

 

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