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REVUELTA ECONÓMICA del espacio
Haciendas, minas y sistema esclavista, fueron
la impronta de la región durante el siglo XVIII.
Con el establecimiento de las estancias y la
distribución de encomiendas fundamento de dominio y uso efectivo de los hombres por
parte de los españoles se instauró la plataforma del desarrollo económico de las
subregiones.
En el sur, a partir de la profusa asignación de
encomiendas y de una restringida distribución de mercedes de tierra, surgió una hacienda
serrana, con vocación agrícola, explotada con indígenas. Pero los aborígenes se
resistieron a trasladarse ante la obligación de prestar su trabajo como tributo y
persistieron entonces los pueblos de indios encomendados dando tributo en especie, tasado
en mantas y gallinas que producían domésticamente en sus propias comunidades.
En el norte, frente a la escasez de indígenas,
predominó la distribución de mercedes de tierra sobre las encomiendas. Hacia el centro
del Valle del Cauca, los encomendados se dedicaron fundamentalmente al pastoreo de ganado
y al cultivo del maíz. Los naturales de la parte norte fueron utilizados en la labor de
minas y los de la falda oriental de la Cordillera Occidental, cercanos a Cali, como
acémilas para transportar las mercancías entre Cali y Buenaventura. En el Valle se
introdujeron tempranamente negros esclavos nuevamente por el bajo número de
indígenas especialmente para el trabajo minero.
Para enfrentar la crisis minera del norte del
Valle y su encerramiento por la resistencia indígena, la subregión creó instrumentos de
supervivencia y adoptó estrategias para modificar su estructura económica.
Hacia el exterior, se buscó la
participación de particulares en la apertura y mantenimiento del camino a Buenaventura,
disponibilidad de embarcaciones en el puerto para su comunicación con Panamá, y la
apertura de mercadeo de ganado hacia Antioquia y hacia el sur hasta Quito. Se exploraron y
localizaron, además, placeres mineros en la costa pacífica, siendo los primeros los de El
Raposo.
En el interior de la subregión durante el
siglo XVI la población española se había concentrado en ciudades en respuesta al
intenso comercio provocado por la producción de oro en Cartago y la resistencia
indígena. En el siglo XVII y ante la crisis, se fueron modificando los sistemas de
producción de las estancias. Los estancieros se trasladaron a sus mercedes de tierras,
construyeron casas y dedicaron parte del terreno a la producción de artículos de pan
coger, cuestión que unida al ganado comerciable generó unidades agropecuarias
autosuficientes: las haciendas.
ENGRANAJE
CLAVE
La coyuntura de surgimiento de la
hacienda coincidió con la expansión de las explotaciones mineras del Pacífico. Las
minas se abastecían con los productos de las nuevas unidades agropecuarias y se
articularon minas, haciendas y comercio. El circuito económico se consolidó con la
introducción masiva de negros esclavos, tanto para la producción minera como para la
agrícola. Haciendas, minas y sistema esclavista, fueron la impronta de la región durante
el siglo XVIII.
Mientras, los principales
asientos españoles de la subregión del Valle
del Cauca se consolidaron definitivamente. Eran los finales del siglo. Las ciudades de
temprana fundación Pasto, Popayán, Cali y Anserma habían implantado sus
términos sin necesidad de trasladarse a nuevos sitios; mientras que aquellas surgidas de
la confrontación con los indígenas Caloto, Buga y Toro se replegaban
cambiando su localización en una o más oportunidades, definiendo su territorialidad por
su ultima ubicación.
La decadencia de la producción aurífera de
fines del siglo XVI sumió a Cartago ubicada en donde hoy se encuentra Pereira
en una crisis tal que sus vecinos, básicamente comerciantes, empezaron a construir hatos
y haciendas en las orillas del río La Vieja y abandonaron progresivamente el casco
urbano. Además con la apertura del Quindio terminó trasladándose al lugar que hoy
ocupa, convirtiéndose en punto importante del Camino Real entre Santafé y Quito, y sitio
de abastecimiento de víveres, mercancías y esclavos para el Chocó.
Desde las ciudades se había sometido a los
indígenas de las cordilleras. Sin embargo, habían quedado espacios con una población
dispersa, escasa e institucionalmente olvidada. Por ello la distribución de las ciudades
podría dar la idea de un área rural despoblada. Entonces las haciendas adquieren un
papel importante: al consolidarse como unidades productivas, ya irrigaban una población
de negros, blancos pobres, mulatos y mestizos por todo el valle, y ejercía una efectiva
territorialidad a partir del poblamiento y ocupación del espacio de zonas en el
interior
de lo que nominalmente era propiedad de las haciendas.
Con el incremento de la esclavitud y su
oficialización con los asientos de negros, las haciendas empezaron a producir, además de
carne, aguardiente, mieles y tabaco para el abastecimiento de las minas.
A medida que se avanzaba en el siglo XVIII, el
territorio minero dominado por propietarios del interior tanto en el sur como en el
norte fue ampliándose a todo lo largo de la costa pacífica entre el bajo San Juan
y Tumaco. Este proceso surgía de la propia dinámica de los pueblos e incentivó la
necesidad de comunicación a través de los caminos.
CAMINOS
Y DEFINICIÓN DE TERRITORIOS
La red de caminos públicos, o reales para la
época, cubría casi la totalidad de la región. La conectaba con Santafé y
Cartagenapor los caminos de Herveo en el siglo XVII, y con Quindio y Guanacas
en los siglos XVII y XVIII. Para la comunicación con la costa pacífica se usaban la vía
que de Cartago conducía al San Juan, otra de Cali a Buenaventura y la de Pasto a
Barbacoas. Dirigiéndose a Quito, hacia el sur, se conservaba el Camino Real establecido
desde el siglo XVI. Estos constituían los caminos de los comerciantes que traficaban
entre Cartagena y Quito.
Unidas a la red existían otras vías generadas
en la dinámica de los poblados. En su afán de relacionarse con las comunidades vecinas,
aparecen caminos alternos: el de Barragán conducía hacia el Valle del Magdalena; el de
Roldanillo enlazaba con el Pacífico en el norte, al igual que el de Micay en el centro de
la región; el de Almaguer conectaba a Popayán con Pasto obviando el paso del Patía. Al
interior de cada subregión había caminos cortos, nexo entre pequeñas comunidades de
mulatos y mestizos, que configuraban una red de vías alternas al oficial Camino
Real.
Los caminos se pensaron además como mecanismos
de poblamiento en zonas aparentemente deshabitadas que separaban áreas productivas. Tal
es el caso del camino de Cartago a Ibagué, propuesto como empresa colonizadora por don
Manuel Antonio del Campo y Rivas, y aprobado en 1807 en concordancia con el proyecto
presentado por don Ignacio Durán:
Principiará la medida del camino desde el
confín del pueblo Los Cerrillos; allí se pondrá un término de piedra fijo a la milla
otro con su marca primera milla, 2a., 3a. hasta la legua, y con el mismo orden hasta las
tres leguas en donde se pondrá otro término. En el centro de las tres leguas se
fabricará la iglesia, casa para el cura, vecino, hospedería, y tambo. Al cura se le
dará una cuadra de solar con iglesia y casa, al vecino otra con casa, albergo para los
pasajeros, y tambo para depositar cargas y bagajes. A más de la cuadra de solar se les
concederá una legua de tierra cuadrada de labor, pero fuera del camino, tanto al cura,
que al vecino. A la mitad de la primera, y tercera millas de la primera leguas se
colocarán dos vecinos, a quienes se les harán el mismo reparto, y con este método se
harán las distribuciones de parroquias y vecinos hasta los términos de Ibagué.
Dentro del espacio de cada tres leguas
ejercerá el cura su jurisdicción espiritual. Todos los vecinos en su respectivo hogar
harán un potrero, para encerrar las caballerías, que estén seguras, y tengan donde
pacer. Para la detención del potrero cada par de caballería pagará un cuartillo al
vecino, y este mantendrá también en buen estado de la hospedería y tambo en beneficio
de los pasajeros.
Toda esa profusión de caminos aceleró la
dinámica social que imprimieron las haciendas. Un mayor contacto interpersonal volvió
más laxa la pesada relación de la esclavitud y se promovieron encuentros entre personas
de distintos colores y actividades. Sin duda, el mestizaje o mulataje para la subregión
explican en buena parte el debilitamiento del sistema esclavista en el Valle del río
Cauca.
El frágil SISTEMA COLONIAL
Le decadencia trajo consigo
nuevas ocupaciones del espacio con diferencias subregionales.
Para fines del siglo XVIII y comienzos del XIX,
se percibe la formación de poblados alrededor de las haciendas: evidencia de la
fragilidad del sistema de sometimiento. Los hacendados tuvieron pues que establecer nuevas
relaciones de trabajo con la población libre, y surgieron el agregado, el cosechero de
tabaco, el arrendatario, el terrazguero, en general las diferentes formas de colonato. En
el siglo XIX confluyen la esclavitud, el trabajo libre y ciertas modalidades de
servidumbre que favorecieron la conformación de pequeños núcleos de población
semidispersa designados en los finales de la colonia como sitios o viceparroquias.
Algunas familias se establecieron, desde el
siglo XVIII, en los linderos de las haciendas, en las orillas de las ciénagas y en los
montes. Alternaban la limitada producción hortense con la cría de marranos y el
aprovechamiento del bosque para la extracción de leña con la que se abastecían las
ciudades y los nuevos poblados.
No obstante los cambios, las diferentes
modalidades de hacienda se hacían presentes aún en el siglo XIX (Colmenares). En 1802 se
aplicó un censo en 36 haciendas entre el río Amaime y el Bolo, perímetro que también
contenía al pueblo de Llano grande y 16 sitios o caseríos de población más o menos
dispersa en pequeñas propiedades. Vuelto a mirar el censo hoy, se identifican haciendas
de gran concentración de esclavos en una o dos casas, otras que sugieren una alta
proporción de agregados, cosecheros o terrazgueros, pasando por las que presentan una
buena cantidad de esclavos dispersos en casas unifamiliares.
En el primer tipo de haciendas está La
Concepción de Hatoviejo donde habitaban, en una sola casa, doña Margarita Barona
(viuda) y su hijo don Francisco Cabal con 33 esclavos; similar era la concentración en la
hacienda de don Miguel Barandica: en una casa vivían don Miguel, su esposa doña Manuela
Cabal, sus hijas María Josefa y María Angela, amén de 34 esclavos. Otras haciendas
presentaban el extremo opuesto: la de don Pedro de Velasco con 34 casas para 7 blancos, 27
negros esclavos, 4 negros libres, 2 pardos esclavos, 117 pardos libres y 3 mestizos; la de
don Francisco Vaca donde había 55 casas para 11 blancos, 19 negros esclavos, 6 negros
libres, 5 pardos esclavos, 124 pardos libres, 5 indios y 59 mestizos.
Entretanto en los caseríos se agrupaba la
población semidispersa diferente a la de Llanogrande de acuerdo con el
status. En ellos la tendencia era concentrar pardos libres y mestizos; la población
esclava negra o parda era muy escasa y la relación esclavos/blancos, menor
que en Llanogrande y, por ende, que en las haciendas.
ÍMPETU LIBERTARIO
Los caseríos regados por el valle y entre las
haciendas bien como fondas camineras o en calidad de núcleos de pequeñas
parcelas son el origen de múltiples poblaciones con habitantes pardos y mestizos
del Valle del Cauca. Eran grupos dominantes ya en los comienzos del siglo XIX, producto de
una intensa mezcla entre blancos, mestizos y negros y se presentan como protagonistas de
una decadente esclavitud.
Los caseríos fueron comunidades de todos los
colores, es decir, entre mestizas y mulatas. Predominaron en el Valle desde el siglo
XIX y dan razón de buena parte de los municipios actuales. Allí los esclavos eran
escasos 5,8% de la población, lo mismo que los blancos 13,19%; y
entre negros, pardos y mestizos libres hacían el 81,08% de la población: no eran,
evidentemente, bastiones esclavistas.
Donde mayor peso tenía la esclavitud era en las
haciendas. En ellas el
40% de la población era esclava 36,59% negros y
3,4% pardos, mientras en el sector urbano Llanogrande sólo el 22,6% se
encontraba en tal situación 19,51% negros y 3,13% pardos y, como ya se ha
visto, en los caseríos y sitios, los esclavos alcanzaban sólo al 5,8% 3,36% negros
y 2,41% pardos. Es más notorio el decaimiento de la esclavitud si se observa que en las
haciendas la población de negros, pardos y mestizos tiene un peso del 89.08%; en el
sector urbano es del 85,63%; y en los caseríos y sitios es del 87%. Bien podría decirse
que el ímpetu libertario de la población de color va unido a la conformación de nuevos
núcleos urbanos o semiurbanos. El mismo Palmira surge como un poblado localizado entre la
hacienda esclavista y el rededor de la capilla.
Otro tanto sucederá en el siglo XIX con
Pradera. A partir de la fragmentación del Indiviso de los Escobares, un grupo de
colonos inició el establecimiento urbano. Situaciones bastante cercanas a éstas vivieron
en sus comienzos, Quilichao, Tuluá y La Unión.
LA ENCOMIENDA SE DESMORONA
Esos fenómenos sociales tenían lugar en el
Valle del Cauca a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Mientras tanto en el
sur, dos grandes núcleos presentaban evoluciones diferentes: las cordilleras y los
altiplanos enfrentaban la decadencia de la encomienda en donde progresivamente, con titulo
o sin él, el antiguo encomendero fue ejerciendo como propietario de la tierra, haciendo
del indígena, en la práctica un terrazguero. Esta situación se reforzó durante el
periodo de la independencia con el reconocimiento nominal de la ciudadanía del indígena,
la extinción del tributo y la abolición de las parroquias doctrineras. Con ello se
permitió la fragmentación del resguardo en propiedades individuales y la transformación
del pueblo de indios en localidades o municipalidades con carácter eclesiástico de
parroquia.
Por otra parte, en el Valle del Patía y desde
los inicios del siglo XVIII, se fueron asentando muchos negros huidos. Provenientes en su
mayoría de las minas de Barbacoas, habían hecho su tránsito por el palenque del
Castigo. Hacia 1749 existía un curato itinerante que cubría La Herradura, Guachicono, La
Arrinconada y San Miguel de Patía. Desde entonces este último pueblo, donde se había
fundado parroquia, se constituye en el centro de todas las actividades del Valle.
La unidad económica y de asentamiento en el
Patía fue el platanal, constituido fundamentalmente por pequeñas parcelas localizadas en
las orillas de los ríos y quebradas y en los Intersticios de las haciendas. Allí el
negro y su familia constituyeron la célula básica de la sociedad patiana. Organizaron
una producción de artículos de primera necesidad (plátano, maíz, yuca), complementada
con la pesca, el mazamorreo y el ejercicio esporádico del peonazgo en las haciendas
vecinas y el
abigeato. Hubo entonces un poblamiento incipiente, origen de
las veredas, constituido por la concentración de varios platanares generalmente en la
confluencia de los ríos.
Los negros patianos conformaron grupos de
bandoleros en el siglo XVIII para defenderse de la represión de las autoridades de
Popayán. Con los acontecimientos políticos del periodo de la independencia se
convirtieron en guerrilleros realistas.
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