(continuación capítulo Mineros, Agricultores...)

 

La ensenada de Tumaco
TERREMOTOS, INCERTIDUMBRE Y CREATIVIDAD

Gente de mucha sabiduría pues lo que hay que enfrentar son los cambios permanentes.

A Rafael Valencia lo mataron el 20 de septiembre de 1992. Era un adalid idealista, terco y vehemente, con una capacidad infinita para imaginar proyectos que redimieran a los miembros de la seccional tumaqueña de la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia (Anpac). Soñando con un futuro digno, y acatando las sugerencias de los egresados de varias universidades, ayudó a fundar esa organización.

A lo largo del proceso, esos profesionales le enseñaron que uno de los problemas fundamentales de los pescadores dizque consistía en aquella marcada incapacidad para planear la construcción del porvenir, partiendo de las privaciones de hoy No obstante las buenas intenciones de los asesores, después de estar en Tumaco y haber palpado las indeterminaciones que enfrentan sus habitantes, uno se pregunta si la prioridad cotidiana no consista en la supervivencia diaria.

LA FRANJA IMPREDECIBLE

El del litoral pacífico es un ámbito de incertidumbres que parece tornar vacías palabras como mañana o futuro. Uno de los números en llamar la atención sobre la mutabilidad del Chocó biogeográfico fue el geógrafo e historiador norte americano Robert West. Su libro Las tierras bajas del Pacífico colombiano fue publicado en 1957, después deque recorriera en canoa los sitios descritos por él, conforme lo haría uno de los grandes viajeros del siglo XVIII.

Tal es el caso de la ensenada de Tumaco, parte de la baja costa aluvial del litoral Pacífico, franja que se extiende 640 kilómetros hacia el sur, desde el Cabo Corrientes hasta la provincia de Esmeraldas en el Ecuador y que presenta:

1- Adyacente a la orilla del mar, un cordón de bajos de barro y aguas pandas;
2- Playas de arena interrumpidas por caletas de reflujo, estuarios y vastos bajos de lodo; 3- Una zona de manglares, cuyo ancho por lo general es de 2,5 a 5 kilómetros; 
4- A espaldas de los manglares de agua salobre, una faja cenagosa de agua dulce, cuyo nivel cambia con laa mareas. Detrás de las ciénagas de reflujo, sobre tierras un poco más altas, la selva húmeda ecuatorial que cubre casi todas las tierras bajas del Pacifico.

Este escenario que figura entre los más húmedos del mundo, recibe un promedio de 4.000 mm de lluvia anual. Aunque llueve todo el año, ocurren períodos más secos en los meses de febrero, marzo, septiembre, octubre y noviembre. Su temperatura registra fluctuaciones de menos de un grado, con una media de 28ºC. No obstante lo escaso en sabanas, es abundante en ese barro arcilloso tan característico de los suelos ácidos y poco fértiles del trópico húmedo. Allí, las ruedas tienden a enterrarse, oxidarse y pudrirse. Ese hábitat de árboles enormes y manglares agresivos es, además, inhóspito para bueyes, caballos y mulas. Con pocas máquinas y menos animales de tiro, sus pobladores le dan vida a la economía invirtiendo la energía de sus propios cuerpos.

AL RITMO DE LAS MAREAS

El paisaje de la costa aluvial nunca es igual porque, en concepto de West, [...] La variación media en el nivel de las aguas es de 2,5 a 3 metros durante la estación lluviosa y aumenta a 4 y 4,5 metros, cuando el efecto de los pleamares puede notarse en Barbacoas u otros sitios muy separados de la orilla del mar. Las aguas ascienden por períodos de 6 horas y media, y bajan durante lapsos de la misma duración. La marea comienza a subir una hora después de que la luna ha pasado sobre un lugar; como cada día su salida se atrasa una hora, el comienzo de los de los flujos y reflujos siempre está cambiando. Las alturas que alcanzan pleamares  y bajamares también cambian en cada lapso. Las pujas se dan durante los plenilunios cuando el nivel del pleamar es cada día mayor. Las quiebras, entre tanto, coinciden con las semanas de cuarto creciente y cuarto menguante; para entonces, cada seis horas la altura del flujo es menor. Es como si durante los ocho días de puja entrara más agua de la que sale, mientras que en los ocho días de quiebra sucediera lo contrario.

Los pilotos de los equipos de pesca con chinchorro que se han formado en el área, tienen catálogos mentales de las relaciones entre los fenómenos asociados con los cambios de marea. Por ejemplo, hablan de que con el primero de quiebra hay que ir a La Bocana, porque entonces allá la pesca es muy abundante, y de que en el segundo de puja siempre es mejor salir a pescar a las 4 de la mañana.

A finales de 1982. el calentamiento de las aguas evidenciaba la llegada de El Niño. Este cambio climatológico, no muy bien explicado, tiene ciclos de diez años y deja huellas en los cinco continentes. En la ensenada de Tumaco, conforme subía la temperatura del mar, aumentaban las embarcaciones que con sus redes de arrastre peinaban el fondo, atrapando los productos de la nueva bonanza: camarones de por lo menos cinco especies: tití, pomadilla, tigre y langostino; también jaibas o azulejos, y calamares. El resto de pescados —peladas, carduma, pejesapos, anquiyas y zafiros — formaban carga desechable que regresaba al mar hecha cadáver.

Entonces la creatividad de los afronariñenses volvió a debutar en forma de changa, versión miniatura de las redes que los grandes camaroneros emplean para catar un sitio antes de hacer el lance. Los pescadores artesanales le amarran la changa a sus potros, después de haberse conseguido un motor de cuarenta caballos..Para 1983, enjambres de pequeñas canoas habían conquistado un sitio en el territorio que antes habían monopolizado los pesqueros comerciales.

La masacre de la fauna, no tardó en preocupar a los biólogos del Inderena y se fueron lanza en ristre no contra los pescadores empresariales, sino contra los que usaban changas: que dizque los ojos de sus mallas eran tan pequeños que arrasaban con todo. “Con lo mismo que arrasan las redes grandes”, dijeron los pescadores de El Chajal, en la ensenada de Tumaco. Pero ellos contaban con menos recursos para defenderse y las multas reiteradas, así como la creciente escasez de jaibas y camarones, fueron sacando a muchos de ellos del panorama. Su única alternativa consistió en aumentar el hacinamiento de Tumaco y buscar empleo en las procesadoras de camarones.

Con El Niño de los noventas, regresaron a la ensenada con sus potros de palo y sus redes remendadas. No les importaba tener que aguantarse los regaños y castigos de los dotores biólogos. Pero no se dio la bonanza de otros años. Quizás los manglares que se han talado para darle vida a los zoocriaderos industriales de camarones, tengan que ver con la escasez de la fauna marina silvestre.

VALIENTE INVENTIVA

En la Caleta Viento Libre, también en la ensenada, conocí más personas que habían rehecho su vida, al estilo de un mago que saca al conejo de su vieja chistera. Se les había conocido por sus cultivos de caña, arroz, plátanos y, en especial, cocos, en parcelas cercanas a la orilla. Pero la sal que el maremoto del 79 dejó sobre la tierra, hizo que entre la basura tuvieran que buscar pedazos de cordel para hacer largas líneas de anzuelos, cuyos plomos eran piedras y cuyas boyas eran trozos de plástico también rescatados de los botaderos. Reciclando desechos, se convirtieron en pescadores de jaiba. Con el nuevo oficio, comenzaron a erigir un presente alterno.

Como otras que se repiten a lo largo y ancho del litoral, las adaptaciones creadas en la Caleta nacieron a pesar de un Estado discriminatorio. Atestiguan aquella inventiva que le ha permitido a la gente negra enfrentar otro trauma cíclico, más severo que los anteriores, aunque menos frecuente: los terremotos. En la ensenada son recurrentes por la cercanía de puntos de choque entre la capa litosférica de Nazca y la Americana. A su vez, estos movimientos sísmicos levantan esas olas que arrasan playas como la de la Caleta y poblaciones costeras como la de Ensenada en la bocana de Iscuandé. Entre los sacudones más avasalladores figuran los de 1836,1868, 1906 y diciembre de 1979. Los efectos de este último aún son visibles en muchos lugares.

TUMACO AL VAIVÉN

En la suerte de estas gentes se combinan factores humanos y naturales que las mantienen a la deriva.

A finales de 1983 se aclaró que Roberto Soto Prieto había planeado y ejecutado el robo de 13,5 millones de dólares pertenecientes al Estado colombiano. Tan pronto como este empresario huyó de la justicia colombiana hacia Austria, comenzaron a cerrarse algunas de la empresas de las cuales él figuraba como accionista. Dos de ellas funcionaban en Tumaco: un aserradero industrial y una enlatadora de palmitos.

Entonces decenas de hombres y mujeres recibieron el año nuevo sin empleo, preguntándose a quién reclamarle el pago de sus prestaciones. Muy pronto este grupo de desempleados aumentó con quienes habían figurado en la nómina de la desfalcada multinacional CalColombia. Ellos eran responsables de los servicios de transporte y suministro para una mina industrial que extraía oro no muy lejos, en Payan, un puerto pequeño sobre el río Magüí. Casi todo ese grupo buscaba medios para retornar a los pueblos ribereños de donde había emigrado en busca de mejores ingresos.

No obstante su severidad, este tipo de crisis no era nuevo. En el litoral pacífico, si mares, mareas y maremotos tornan vacía la idea de porvenir, más lo pueden lograr aquellas conmociones dependientes de la naturaleza de los productos de la región. Por su escasez en el hemisferio norte y las dificultades para extraerlos, alcanzan precios elevados que nutren la codicia individual. La ilusión con el enriquecimiento fácil no sólo causa cataclismos como los anotados, sino además sacrificios cíclicos de la gallina de los huevos de oro: exceso de oferta y caída abrupta de los precios.

MOVIMIENTOS HUMANOS

La esclavitud quizás fue el primer vínculo de esta gente de origen africano con los mercados del Atlántico norte. Hoy el oro, las maderas, el petróleo y los recursos marinos la ligan con la economía de metrópolis europeas y americanas. Y son los puertos como Tumaco, por su papel nodal dentro de los circuitos que enlazan ambos hemisferios, imanes para la población ribereña: figuran en los mapas que las mentes de los negros le dibujan a su ascenso social.

Es pues lógico que esos sitios tengan períodos de crecimiento vertiginoso. Entre 1961 y 1976 se duplicó la población de Tumaco y hubo barrios en los cuales llegaron a apretujarse 850 personas por cada cuadra. Sin embargo, suspendidas las actividades de las industrias de Soto y las de CalColombia, es muy posible que hacia 1985 hubiera menos de las 200 mil almas que los demógrafos le habían presagiado al puerto.

Si bien es cierto que los municipios de Guapi, Tumaco o El Charco son importantes en los planes de vida de la gente del litoral, no figuran como mojones: son más bien peldaños temporales entre la selva y ciudades del interior como Popayán, Cali y Bogotá. La circulación por esos puntos toma los sentidos que dicten las fuerzas de la geografía y del mercado.

Nina de Friedemann señala que para regresar del puerto a la aldea ribereña, la gente se agarra de redes de parientes que le permiten reclamar derechos étnico­territoriales, tanto por la vía materna como por la paterna, ya sea en las explotaciones mineras artesanales comunales o en las familiares, o bien dentro del sistema agrícola de tumba y descomposición. Basadas en la siembra simultánea de plátano, cacao, arroz y frutales, su vitalidad y permanencia dependen de la constancia de quienes emigran menos: las mujeres.

El antropólogo Norman Whitten muestra que si la mudanza toma la dirección contraria, la conquista de un espacio urbano también se hace colgándose de las parentelas. Como en este caso pueden estar consolidándose, se admiten reclamos de membresía más amplios, como los de ser compadre de un primo o de un tío. No es raro que el anfitrión acepte al huésped por dos o más años, porque la solidaridad étnica debe alcanzar para ayudarle al recién llegado a conseguir trabajo y techo.

Como resultado de todo este movimiento, de continuo varían las caras que uno ve en un barrio como el de Panamá. Puñales y machetes añaden su cuota al cambio de fisonomías. Es muy frecuente que las peleas estallen en bailaderos y discotecas, por una mujer, después de dos o tres noches de merengue, bolero y salsa.

En otras ocasiones, para el forastero es más difícil comprender los móviles de los altercados. Al pescador Walberto lo mató su tío; meses antes, regresando de botar chinchorro, el sobrino se había comido el pegao de arroz que quedaba en la olla del almuerzo. El viejo lo reprendió y como Walberto le respondió a puños, fue sancionado por la Anpac con una semana de licencia, lo cual fue calentando los ánimos hasta llegar al homicidio. Panamá es un barrio tumaqueño.

HAY QUE VER LA REALIDAD

Situado al suroeste del departamento de Nariño, 1º48 latitud norte y a 78º 46 de longitud W de Greenwich, Tumaco tiene 3.800 Km ² repartidos entre las islas de Tumaco, la Viciosa y el Morro, además de una porción continental. Todas estas superficies están cubiertas por precarias redes de acueducto, alcantarillado y electricidad.

La prestación eficiente de estos servicios nunca ha dejado de figurar en la agenda de los paros cívicos que se repiten cada año desde 1980. En el último de ellos, los manifestantes enardecidos amenazaban con buscar la anexión de su puerto al Ecuador. La prensa bogotana se mofó de ellos, sin reflexionar que allá la gente compra leche, huevos, café, cigarrillos, enlatados, manteca y aceite ecuatorianos. Pesca con redes tejidas con fibras hechas en ese país y salen al mar en canoas impulsadas por motores comprados allá, sin los onerosos aranceles que cobran gobiernos colombianos a los cuales, parece, no se les ha pasado por la mente subsidiar la pesca artesanal.

En su cotidianidad, los tumaqueños palpan al Ecuador y tienen que imaginarse a Colombia. Mientras que montándose en una canoa a motor, gastan hora y media en llegar a la primera población ecuatoriana, la comunicación marítima con Buenaventura es tan irregular corno el cabotaje y la navegación fluvial. La única carretera es la de Pasto, y transitarla es una aventura que no sobrepasa los 15 Km/h, en varios trechos de sus 300 kilómetros.

POR DÓNDE VA EL AGUA

Volviendo al barrio Panamá, es tentador sostener que la carencia de servicios públicos, añadida al muy apretado tejido de calles y casas, podría crear una atmósfera de frustración propicia para las reacciones brutales y desproporcionadas. Sin embargo, la iniciativa privada ha llenado muchos de los vacíos que ha dejado el Estado.

Por una parte, el Plan de Padrinos, institución filantrópica norteamericana, ofrece subsidios económicos, presta servicios médicos y educativos, y auspicia innovaciones en los métodos y técnicas de pesca. Por otra, ha salido favorecida la creatividad. De su propia iniciativa, .grupos de vecinos han construido sistemas de desagüe a los cuales otros pueden conectar la tubería de sus nuevos inodoros, siempre y cuando acuerden con quienes hicieron la instalación original y se comprometan a cooperar en la manutención de las pequeñas redes.

Los vecinos también se dan la mano en el arreglo de sus viviendas. Dependiendo de la proximidad al mar y para responder al régimen de mareas, hacen sus casas sobre pilotes de madera de 1 a 4 metros. Bien mantenidas, las paredes de tablas (tulapuesta), los pisos de listón y los techos de zinc o de tela asfáltica, resisten las intensas lluvias de todo el año. No se puede decir lo mismo de las calles. De piedras y arena sueltas, se convierten en arroyos con cada aguacero.

Los intentos por modernizar la pesca también se apoyaron en estas formas de solidaridad. En 1972, varios pescadores del barrio formaron la Cooperativa de Pescadores del Pacífico (Copesca), la cual alcanzó a tener 350 socios. Si bien ellos tuvieron la visión para conseguir un crédito por tres millones de pesos y construir una sede con equipos de refrigeración, no lograron programar el mantenimiento y reposición de equipos. Cuando los motores se fundieron y las neveras dejaron de enfriar, se desintegró la organización. Inconformes, cuatro de sus miembros viajaron a Buenaventura para tomar parte en el Primer Congreso de Pescadores Artesanales. De allí nació la Anpac, institución que apoyó a los delegados de Tumaco para que iniciaran una campaña educativa que desembocaría en la fundación de una seccional tumaqueña de la Anpac.

En 1978 la Anpac comenzó a elaborar proyectos de creación de equipos para pescar con chinchorros. Para 1980, ya existían cuatro de estas unidades de producción con 92 asociados. En 1981, aunando esfuerzos con el Plan de Padrinos, creó la Sociedad Colectiva de Pescadores Artesanales. Esta empresa fue dueña de una sede moderna para el procesamiento, refrigeración y venta de la captura lograda por las unidades asociadas y otros pescadores. Otros programas de la Asociación en Tumaco incluyeron la introducción de nuevos equipos y artes, la educación de pescadores de otras localidades de la ensenada de Tumaco y la formación de otras unidades de producción, como la de las recolectoras de las conchas de los manglares.

Hoy sólo quedan los girones de estos esfuerzos, amén de una comunidad escéptica y reticente a mirar con buenos ojos los programas de cambio. Como otras experiencias comparables, ésta lleva a que se interrogue el papel de la asesoría externa. La universidad formó a los ingenieros, sociólogos y economistas que, con voluntad de servicio comunitario, intervinieron en la organización tecnológica y económica de la pesca artesanal. Sin embargo, la educación superior también los doté de dos atributos discutibles con respecto a la promoción dcl bienestar de los pescadores: el primero, aquella noción valorativa de pro greso, según la cual lo tradicional es rezago de un estadio que debe superarse por atrasado e ineficiente, y la segunda, la arrogancia que impide apreciar el sentido de los rasgos que la cultura-local origina como respuestas creativas a su ámbito, movedizo y de la incertidumbre.



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