(continuación capítulo Entorno y Derechos...)

 

¿ES RACISMO TENER CONCIENCIA HISTÓRICA?

Que comprendan el sentido de su lucha doña Zulia Mena y los otros comisionados, no significa que ella esté ganada. Por el contrario, se deberá enfrentar otra faceta de la oposición sindical, expresada también dentro del comunicado que se repartió el 27 de agosto:

“Los trabajadores chocoanos en su inmensa mayoría somos negros, pero consideramos a los trabajadores del resto del país como nuestros hermanos de clase. En nuestra confederación [...] rechazamos todo tipo de discriminación racial. Contrario a crear un guetto (sic) o apartheid en el Chocó, luchamos por evitar todo tipo de discordia racial [...]”

Es más bien difundida la noción referente a que quien toma conciencia de sus raíces históricas y culturales y las reivindica, practica el racismo. El raciocinio que fundamenta esta idea, confunde la igualdad de derechos, con la igualdad de conductas y, de paso, niega la esencia de la democracia. Así suene obvio, el sello distintivo de este tipo de régimen consiste, en el caso que nos ocupa, en garantizarle los mismos derechos a quienes son distintos porque tienen una proveniencia particular, forzada desde África, y un pasado también particular: el desarrollo de la existencia dentro de los márgenes estrechos de la esclavitud y la rebelión contra ella, escapando con violencia o comprando la libertad. De no respetar las conductas que se derivan de esa historia y proponer que lleguen a subsumirse en la uniformidad, resulta impensable cualquier opción para la disidencia y para la democracia.

Pero el pensamiento expresado por los sindicalistas es además histórico. El fortalecimiento de los movimientos étnicos obedece a que ni los partidos políticos ni las organizaciones de clase social, han podido darle respuesta a las reivindicaciones de quienes no sólo son atípicos, sino que pugnan por serlo. Por períodos, la izquierda ha mostrado fascinación por lo que durante los años sesenta el Partido Comunista Colombiano marxista-leninista llamó los comunistas silvestres, a quienes aproximó con la esperanza de que se convirtieran en la base de un gran movimiento de masas que se tomara el poder. Sin embargo, cuando los convocados dieron muestras de su capacidad de autodeterminación y, por lo tanto, de su autonomía frente a las imposiciones partidistas, fueron abandonados. El escepticismo en el caso de la gente negra es aun mayor, porque las particularidades de su situación tan sólo han figurado de manera excepcional dentro de la agenda izquierdista. 

Desarrollo sostenible ¿EN DERROTA?

La coyuntura de la comunidad negra y de sus reivindicaciones tiene fondos que la hacen especial.

S i el enfrentamiento entre sindicalistas y adalides étnicos se limitara al despliegue que tuvo lugar en la plaza quibdoseña, estaríamos ante un problema más bien intrascendente. El choque es mucho más profundo: involucra dos nociones de progreso. Así se vio en las sesiones de la Comisión Especial para las Comunidades Negras que trataron el proyecto de explotación maderera que la empresa Triplex Pizano le presentó al gobierno a través de una de sus filiales: Maderas del Darién.

La concesión Balsa II involucra bosques de especies en vía de extinción denominados cativales. El 8 de octubre dc 1992, con base en la información que la empresa maderera tenía que suministrar para que se adelantara el estudio requerido y el gobierno autorizara la concesión, Roberto Franco, asesor del comisionado Manuel Rodríguez, gerente de Inderena, dio las características básicas del proyecto:  [...] 23.640 hectáreas, (delimitadas por los ríos) Perancho [...] Ciego y Arenal; [...] las estribaciones de la serranía Los Saltos; [...] quebrada Naya y borde izquierdo de la llanura del Atrato. [De esa extensión] 11.763 [hectáreas] son bosques aprovechables. Y quizás lo más importante desde el punto de vista humano: “No hay, oficialmente, ningún dato sobre población asentada” (el resaltado es mío).

La información cayó como balde de agua fría: quienes precedieron en la palabra a Franco, los representantes de la Organización Campesina del Bajo Atrato (Ocaba), llegaron desde Riosucio (Chocó) para exponerle a los comisionados la forma como el proyecto afectaría de manera directa a, por lo menos, 1.307 familias distribuidas en 25 comunidades, y que un número mayor de personas sufriría los efectos indirectos del proceso extractivo.

El clamor de Ocaba por estas familias —invisibilizadas en los estudios llevados al gobierno— se venía oyendo desde un mes antes: los dirigentes, ante la audiencia internacional del Coloquio Contribución de Africa a la Cultura de las Américas, hablaron de la aspersión aérea de venenos para tumbarle las hojas a los árboles que van a ser derribados y de ese modo facilitar la tala; de buldóseres que levantan la capa vegetal a medida que sacan los troncos hasta los caños que conectan los puntos de tala con el río; de la forma como la tierra levantada y los residuos que dejan las motosierras taponan los ríos, inundando los cultivos de la gente; de las trozas que al ser inmunizadas antes de echarlas al agua, matan a los peces que alimentan a la gente; en fin, de un conjunto de prácticas que convierten en letra muerta el artículo 80 de la Constitución Nacional: “El Estado planificará el manejo y aprovechamiento de los recursos naturales para garantizar su desarrollo sostenible, su conservación, restauración o sustitución [...]“

Con excepción de los funcionarios del Departamento Nacional de Planeación, los miembros de la Comisión Especial para las Comunidades Negras se adhirieron a la presentación hecha por Ocaba. Su posición se enmarcaba además en uno de los acuerdos alcanzados en su primera sesión: mientras el presidente de la república no hubiera sancionado la ley que reglamentaba el AT 55, las entidades representadas en el seno de la Comisión —Ministerio de Gobierno, Incora, Inderena, Planeación Nacional, Instituto Geográfico Agustín Codazzi— se abstendrían de estudiar y otorgar títulos de propiedad, permisos de explotación forestal, concesiones mineras, autorizaciones para la construcción de vías o cualquier visto bueno que pudiera afectar la integridad de los territorios objeto de los títulos colectivos contemplados por el artículo transitorio.

Esa postura, casi unánime, quedó consignada en una carta dirigida ese mismo 8 de octubre a la Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó (Codechocó), entidad encargada de darle a Maderas del Darién la respuesta definitiva. Que fue positiva y que se obtuvo antes de la navidad de 1992, durante una sesión dominada por la lectura que empresarios y sindicalistas hacían de la nueva Constitución en lo referente a los derechos humanos, siendo uno de ellos el de disfrutar de las condiciones materiales que permitan el progreso individual.

El debate en torno a Balsa II muestra cómo las afiliaciones laborales, políticas y de clase social pueden hacer difícil la comprensión y aceptación de una nacionalidad que intenta crear unidad a partir de una nueva legitimidad para lo diverso. La fragmentación de obreros y campesinos facilitó la aprobación de un proyecto que comprometerá el porvenir de los descendientes de ambos. Algo similar puede pasar con la competencia territorial entre indios y negros.

¿QUIÉN DIJO RETORNO AL AFRICA?

Pese a la falta de voluntad política de varios de los funcionarios que representaban al gobierno en el seno de la Comisión Especial, el Congreso de la República promulgó, el 18 de junio de 1993, la ley objeto de esta publicación. Sin embargo, los meses transcurridos desde la firma de la nueva carta dieron pie para que las respectivas organizaciones tendieran a sectarizarse. Y en algunos casos a envalentonarse.

En noviembre del 92, nuestro equipo de investigación etnográfica llevó al Baudó 200 ejemplares de la separata África en América, publicada por El Colombiano, en cooperación con el Cinep y el Ican. Nos proponíamos usar los materiales para cooperar en las campañas de fortalecimiento histórico-cultural de la identidad étnica que adelantaba la Acaba. Sin embargo, muchos de los adultos que la leían protestaban de manera muy enfática alegando que ellos nada tenían que ver con África, que eran baudoseños y que tan sólo los sacarían muertos, no sin antes dar la pelea, incluso armándose, por la tierra legada por sus antepasados.

Buscando explicar esta reacción sorpresiva hallamos que en desarrollo de alguna reunión que convocaba a indios y negros para discutir los efectos de la nueva Constitución, alguien había bromeado diciendo que los problemas de tierras se resolverían regresando los negros al África. El chiste se convirtió en un rumor que se agravó cuando Orewa invitó a un canadiense, afiliado a la Organización de Naciones Unidas y experto en el traslado de poblaciones, a que le hablara a los habitantes de San Francisco de Cugucho sobre los cambios que implicaría la construcción de la carretera Pereira-Tribugá. Deficiencias en la comunicación llevaron a que los campesinos negros interpretaran la presencia del extranjero como ratificación de que no sólo serían exportados, sino que el evento sucedería con la ayuda de especialistas en la materia. Por fortuna, los vínculos de compadrazgo y amistad que han regido entre ambas sociedades permitieron limar las asperezas. Y aunque se restauró la calma, pueden aflorar nuevas rencillas.

Durante los veinticuatro meses que transcurrieron antes de la sanción de la ley, las relaciones entre indios y negros se deterioraron. Si bien es cierto que en el Baudó, los investigadores de la Universidad Nacional no han constatado el desencadenamiento de hechos de sangre, la situación ambivalente de la gente negra y los continuos reclamos de los indígenas, contribuyen a subirle la temperatura a las fricciones Interétnicas del Pacífico. De ahí la responsabilidad que les cabe a los asesores y adalides de las organizaciones de ambos pueblos, y también la insistencia de la Asociación Campesina del San Juan (Acadesan) en que ambas gentes unifiquen su lucha. De lo contrario, será más fácil que las dos resulten damnificadas y expulsadas de su propia casa.

No es por causalidad entonces que en el alabao que Mercedes Porras le dedicó al presidente Cesar Gaviria trepidara la verdad del presente:

Negros, indios y raizales
seliaremo l’unida,
trabajando hombro a hombro
 la lucha no va a acabá.

La emotividad con la cual la multitud coreó Salve, salve, ¡oh tierra madre! parece indicar que el pasado sí ha legado lecciones y que los beneficiarios de la ley sancionada al medio día del 27 de agosto de 1993, no quieren que se repita ni la fragmentación de pueblos, ni la subsiguiente usurpación territorial que han experimentado desde la Colonia.

 

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