(continuación capítulo Historia, cultura...)

Sobre el asunto de la acentuación de Amazonia —expresaba Marcelino de Castellvi, capuchino catalán, fundador del Centro de Investigaciones Lingüístico-etnológicas de la Amazonia colombiana con sede en Sibundoy, Putumayo— ha habido algunas vacilaciones. Un tiempo usábamos el vocablo Amazonia (sin acento en la i) tal vez por influencia más o menos conciente de similares vocablos castellanos y del mismo vocablo equivalente en lengua extranjera. Pero como observamos que varios autores la pronunciaban y escribían acentuándola precisamente en la i, no tuvimos especial interés en pronunciar contra un uso que nos pareció ya de cierta generalización. No obstante, habiendo confrontado con la autoridad del R.P Félix Restrepo la legitimidad de la pronunciación, obtuvimos en carta del 24-XI-37 una amable respuesta que nos decía: “... yo creo que debe decirse Amazonia como se dice en Renania, Iberia, etc... por lo cual nos confirmamos en el primer uso de Amazonia (sin acento)..” (Amazonia Colombiana Americanista, Vol. 1 No.1, 1940).

COMIENZOS DE UNA CONFORMACION ESPACIAL

Son variados los criterios adoptados por los Estados con incidencia en la región amazónica para definir el área de la misma. Está el hidrográfico, donde se considera como base la superficie bañada por el río Amazonas y sus afluentes: en los diferentes tratados sobre el tema, la Cuenca varía, en kilómetros cuadrados, entre los cinco y los siete millones. Sigue como criterio el concepto de Hilea —término tomado del griego por Alexander von Humboldt para significar la formación vegetal— según el cual se incluyen, además de la parte de selva húmeda tropical, las sabanas del sector que hoy corresponde a Brasil y la vegetación de la Orinoquia y las Guayanas.

La tercera concepción para fijar subregiones es la de la Amazonia Legal. Dentro de ella se emplea una delimitación artificial guiada por conveniencias políticas o administrativas, basada, indistintamente, en los criterios de hidrografía o formación vegetal. En el comienzo de la conformación de los espacios nacionales amazónicos, aparecen España y Portugal como los grandes bloques cuyas metrópolis fueron los centros de decisión política durante los cuatro siglos —del XVI al XIX— donde la Amazonia era señalada como una de las periferias coloniales de Europa. Diversos y famosos viajeros, representantes de esos dos imperios, contribuyeron a esbozar la imagen que atrajo al Viejo Mundo hacia esta gran región americana.

Inicialmente fue Cristóbal Colón quien, en 1498, tocó tierras continentales cercanas a la Isla Margarita. Lo siguieron Alonso de Ojeda, Pedro Alonso Niño y Diego de Lepe, con sus viajes conocidos como Recorridos Andaluces, mediante los cuales llegaron a puntos guayaneses. En el cuarto recorrido, ya hacia fines del siglo XV, Vicente, el menor de los hermanos Pinzón, y sus acompañantes de travesía, tuvieron el privilegio de ser los primeros extranjeros en experimentar la fuerza terminal del encuentro de la aguas pertenecientes a la vía que bautizaron como Río de la Mar Dulce —el Amazonas— con las oceánicas del Atlántico.

BUSCADORES DE LEYENDAS AUREAS

Los siguientes doscientos cincuenta años vieron llegar las huestes —empresas conquistadoras—, expediciones organizadas desde Europa para conseguir riquezas en el continente americano. Eran grupos constituidos por gentes de proveniencia social y geográfica diversa y con un orden jerárquico que incluía, además del jefe o empresario de la hueste, mercenarios de todas la nacionalidades, atraídos por los desconocidos e inmensos territorios de nuestro continente “llenos de tesoros de oferta inmediata”, según se decía en los círculos de los aventureros europeos.

Fue eso un acicate para la idealización de una búsqueda de recursos económicos disfrazada, dice la tradición, por figuras legendarias venidas de tiempo atrás, incluyendo la antigüedad clásica. Los lugares míticos donde se creía que habitaban esos seres fantásticos, tenían una característica común asignada por la imaginación popular: se los consideraba grandes depósitos de oro.

En las zonas de Orinoquia y Amazonia cada uno de esos puntos legendarios se constituyó, de modo significativo, en el final de las vías de penetración para los exploradores. El Dorado fue la confluencia de las aspiraciones del conjunto de las huestes y la leyenda tuvo su confirmación en la ceremonia de Guatavita que se celebraba en terntorio de montaña. Pero el afán expansionista la ubicó en lugares de selva tropical húmeda y le concedió una diversidad de nombres de acuerdo con las regiones en donde surgía Manoa, Xerira, Paititi y el Reino de las Mujeres Guerreras.

Manoa se fijó en las cercanías de Guayana, en una ideal ciudad dorada cercana a una laguna de sal. Xerira correspondía, según las versiones suministradas a los españoles, a una provincia entre los ríos Meta y Guaviare. El Paititi se zonificó en el intermedio de los dominios incas y la Tierra de los Antis —llamada Antisuyo y situada al noroeste de Cuzco. La búsqueda del tesoro se concentró en la zona de unión de los ríos Beni y Mamoré para luego continuarla en los alrededores del río Madeira, tributario del Amazonas. En lo relativo al Reino de las Mujeres Guerreras, la leyenda clásica se confunde con la americana. La referencia de Colón a las pobladoras de la isla atlántica de Matinino, que se armaban y cobijaban con planchas de cobre, llevó —junto con otros datos de tradición oral— a fusionar la imagen de unas combatientes con los habitantes de terrenos donde abundaban los metales preciosos. Fue ésta la idea predominante entre los europeos hasta llegar a la proeza de los Amazonautas en 1542.

La expedición organizada por Gonzalo Pizarro para encontrar el país legendario, rico en canela —producto alimenticio codiciado al otro lado del Atlántico—, evolucionó hacia el recorrido total del Río-Mar por parte de Francisco Orellana y sus tropas. Cuenta el cronista del viaje, Padre Gaspar de Carvajal, que luego de separarse de Pizarro, los navegantes pasaron dos dominios de Aparia, Omaguas y Machiparo... cuando dieron de golpe en la buena tierra y señorío de las Amazonas. La batalla hizo que los conquistadores recordaran las leyendas clásicas y comenzaran a denominar la gran vía como Río de las Amazonas. Tradicionalmente se ha considerado que dichas indígenas pertenecían al grupo de las icamiabas, habitantes de las orillas del río Nhamundá, en cuyas cercanías se hallaba el Lago del Espejo de la Luna, donde celebraban anualmente un encuentro con jóvenes procedentes de los ríos Uatumá, Trombetas y Bajo Purus —actualmente en territorio brasileño cercano a la ciudad de Manaos.

Asociada a las fiestas de las icamiabas está la existencia de los Muirakitas, objetos confeccionados comúnmente en jadeíta. Se cree que las indígenas extraían barro del Lago del Espejo de la Luna el cual, endurecido con la claridad nocturna, se transformaba en un artístico batracio. La posesión del amuleto garantizaba al indígena —ocasional compañero de una icamiaba— la protección de los peligros al surcar, en las canoas, las aguas regionales.

LA SED Y LAS DISPUTAS

Una segunda tentativa de llegar a la Provincia de Omagua y Dorado, correspondió a Pedro de Ursúa en 1560. Al igual que en la ocasión anterior, el jefe expedicionario no fue quien logró la hazaña de recorrer la vía amazónica en su totalidad pues murió a manos de sus subordinados bajo la influencia de Lope de Aguirre. Esta vez, dice R. Alba, “el mito aureo y solar se vio eclipsado por el mito del poder”: luego del motín en medio de la Amazonia, se olvidó la meta de encontrar El Dorado ante los brotes de rebeldía no sólo contra los comandantes sino también contra el monarca español.

Mientras los hispanos estaban a la búsqueda de metales preciosos, los portugueses iban ocupando paulatinamente el Sector oriental de la Amazonia, en disputa con franceses, holandeses, irlandeses e ingleses. Para lograr una mayor comunicación con el gobierno de Lisboa, crearon el Estado de Maranhao con el conjunto de las unidades administrativas —capitanías— del norte brasileño. A la capital de dicho Estado, San Luis, llegaron en 1637 los religiosos franciscanos Domingo de Brieva y Andrés de Toledo, quienes, habían descendido por el río Amazonas buscando indígenas para catequizar. El gobernador portugués, deseoso de cumplir con su metrópoli en cuanto a conocer los terrenos aledaños del río Amazonas, envió al capitán Pedro Teixeira a acompañar a los misioneros en su regreso a Quito, pero su verdadera misión era extender las fronteras lusitanas.

Salieron junto con Teixeira alrededor de dos mil personas. Era el año 1637. Regresaron dos años más tarde. En la travesía, aguas abajo, venía como cronista el jesuita Cristóbal de Acuña quien, siguiendo a Carvajal, escribió acerca de lo que tituló como el Nuevo descubrimiento del Gran Río de las Amazonas. Los datos allí publicados y los suministrados por Teixeira —en forma confidencial a las autoridades lusitanas y entre los cuales estaba el mapa de la conexión fluvial entre Quito y Belén del Pará—, brindaron a los portugueses la oportunidad de conocer la totalidad de la zona donde más tarde pudieron aplicar la política imperial de ocupación territorial efectiva.

FORTALEZAS:     herencia medioeval

La estrategia de los peninsulares para demarcar límites removió ras bases regionales de los aborígenes

E l siglo XVII presenció la llegada de comisionados para la fijación de los límites hispano-lusitanos en Amazonia. A partir de la firma del Tratado de Madrid —en 1750— las dos potencias europeas decidieron legalizar la ocupación de la región. Con anterioridad, los expedicionarios, españoles habían fundado ciudades —según las disposiciones de la Corona— mientras los portugueses realizaban sus avanzadas en la selva con el objeto de capturar aborígenes y venderlos en calidad de esclavos. De esa época datan las historias dc revueltas lideradas por héroes indígenas como Ajuricaba, jefe de los manaos, quien prefirió morir ahogado lanzándose al río, que sufrir los vejámenes de los captores de Portugal.

En el contexto del convenio internacional suscrito en la capital española, se nombró a las delegaciones demarcatorias bajo las jefaturas del español José de Iturriaga y de Francisco Xavier de Mendoça Furtado, de Portugal. Designado por influencia de su medio hermano, el poderoso Marqués de Pombal, de Mendoça ya se encontraba en Belén del Pará como gobernador y capitán general. De allí salió con una numerosa comitiva, subió el Amazonas y luego tomó la vía del Río Negro. La travesía se constituyó en un gran problema: los conflictos metropolitanos entre Pombal y los jesuitas encargados de las misiones, se reflejaron regionalmente. El jefe portugués encontró las aldeas amazónicas —base tradicional de aprovisionamiento de alimentos— prácticamente desiertas, pues los indígenas habían abandonado las zonas ribereñas para adetrar­se en la selva siguiendo a sus doctrineros. Al fin radicados en el Río Negro, los lusitanos tomaron como base el sitio de Mariuá, hoy Barcelos.

El comisionado imperial planeó las avanzadas hacia el territorio limítrofe con España para marcar, así, una fuerte presencia colonizadora y controlar el área adquirida por su metrópoli. Se consideró que debía seguirse el concepto medioeval del establecimiento de muros defensivos traducidos en fuertes estratégicamente situados en las fronteras con el fin de controlar el avance de sus competidores. Frente a los españoles se proyectó la construcción de fortalezas en los ríos Negro, Vaupés y Amazonas.

Por su parte los españoles liderados por José de Iturriaga, inspeccionaron la región hoy conocida como Orinoquia. José Solano, lugarteniente, fue el encargado de la defensa fronteriza en sectores aledaños a los ríos Orinoco y Casiquiare. En ambos casos la ocupación humana siguió igual esquema: donde se hallaban núcleos indígenas entraban los misioneros para catequizar y luego cedían el lugar a los militares para que mandasen a Construir las bases defensivas. Ese sistema poblacional se extendió hasta nuestros días. Ejemplo de ello son las localidades de San Felipe y San Carlos —Río Negro— y San Gabriel —Vaupés. Igual Tabatinga —Amazonas—, actual gemela brasileña de Leticia, escenario y base de la actuación de otra Comisión de Límites creada mediante el Tratado de San Ildefonso en 1777.

ALGUNOS TRASPIES

Francisco de Requena, el comisionado español, se instalé en la localidad sobre el Amazonas: allí llegó con la doble calidad de jefe delimitador y gobernador de Maynas, uno de los distritos administrativos de la Amazonia española: Las intenciones que traía de Requena de fijación de la frontera en Tabatinga y su solicitud a los portugueses de entrega del fuerte, se vieron entorpecidas por las trabas burocráticas una de las cuales era el carácter obligatorio del envío de la correspondencia oficial para Madrid por intermedio del gobierno virreinal de Santa Fe: así una misiva podía tardar seis meses en llegar a esta ciudad y otro semestre para estar en Europa.

El proyecto demarcatorio por los ríos Apaporis y Caquetá —al tiempo con los militares de Portugal— se vio igualmente impedido: las enfermedades tropicales diezmaron a las tropas. De Requena se retiró del Trapecio Amazónico hacia 1790. En esa forma finalizaron las acciones de límites y de colonización promovidas de manera conjunta por las coronas de España y Portugal. Con todo y avances y retrocesos de las negociaciones en Madrid y Lisboa, los límites internacionales quedaron inicialmente definidos y con la mayoría de los lugares fortificados como núcleos de poblaciones que veían interactuar los poderes políticos —militares— y espirituales —misioneros— sobre indígenas y colonos.

¿SOY DE AQUÍ? ¿DE ALLÁ?

A partir de entonces, las comunidades situadas dentro de esos espacios terminales de poderes nacionales, integradas culturalmente, se encontraron sometidas a dos tipos de presiones sociales. Por un lado, la obligación con el Estado del cual eran nacionales; de otro, la fuerza de atracción ejercida por el grupo étnico al cual pertenecían y en cuyo círculo interregional se veían incluidas. La mayoría de las veces las obligaciones con la comunidad, por tradicionales, cohesivas y cotidianas, atenuaban o hasta hacían desaparecer en el Conjunta poblacional fronterizo la noción de lo estatal Los habitantes de la frontera se veían —y se ven aún— colocados en una permanente situación de vaivén ante las diversas lealtades regionales.

Para los casos de intervención estatal colombiana, la colisión cultural interfronteriza se presenta en la zona bañada por los ríos Guainía y Negro. Es lugar de llegada para los poderes de Colombia, Venezuela y Brasil, y de residencia para los baniwa/curripaco. Los fuertes de San Felipe, San Carlos y Cucui, fueron la base para el poblamiento europeo de esta zona así como el de San Gabriel para la región del río Vaupés, lindero colombo-brasileño. De allí en adelante se encuentran las poblaciones del eje Apaporis-Tabatinga, compartidas igualmente por los dos Estados.

En el Trapecio Amazónico se presenta, al igual que en el Río Negro, un punto tripartita que comparten Colombia, Brasil y Perú, con los antecedentes históricos del fuerte de Tabatinga. Los ticuna se ven sometidos a las diferentes políticas estatales lo mismo que los kofanes y los sionas de los ríos San Miguel y Putumayo. En este lugar no hubo fuertes a pesar de las recomendaciones de los misioneros encargados de la catequesis.

Avance de la FRONTERA ECONOMICA

Usufructuar sin medida riquezas y personas ha sido el signo de la ocupación.

El siglo XIX se inició para Latinoamérica con el desarrollo de movimientos de rebeldía regional que dieron lugar a crisis de poder en los imperios de España y Portugal. Surgieron varias naciones autónomas con incidencia en la Amazonia: Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Brasil. En el ordenamiento territorial posterior, los nuevos Estados aplicaron principios jurídicos que superaban el estricto concepto de defensa estratégica en los límites internacionales. Para entonces había surgido otra consideración destinada a Amazonia: tomarla como una gran frontera de recursos naturales. Se constituyó, por consiguiente, en conjunto de polos de atracción para colonizadores.

E n el caso de Brasil, los migrantes seguían la senda del nordeste hacia los Estado de Pará y Amazonas, mientras en los países de herencia hispana —Colombia, Ecuador y Perú— provenían de los Andes. La ocupación de las llamadas tierras vacías o zonas de baldío se inició —sin tener en cuenta el establecimiento milenario de los indígenas— con la explotación de las drogas del sertao: la zarzapanilla y la quiná. Las propiedades medicinales de la quina, planta estudiada por el francés Jussieu hacia 1740, fueron divulgadas por el académico La Condamine en París y los botánicos Ruiz y Pavón en Madrid, mediante sus informes científicos elaborados luego de los viajes por regiones sudamericanas.  


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