(continuación capítulo Historia, cultura...)

SUS MEJORES AÑOS

En el siglo XIX se generó una gran demanda por la quina entre las potencias europeas: temían por el considerable número de casos de malaria en sus dominios de Asia, África y América. Inglaterra, atendiendo recomendaciones de expertos en economía colonial, envió al naturalista Markhanm a Suramérica y allí recolectó semillas de Cinchona Condaminae, ayudado por el botánico Spruce. Las muestras quiníferas fueron enviadas a Jamaica y Trinidad y se trasladaron luego a los cultivos británicos en la India. Empresarios colombianos con negocios en Cauca y Nariño, habían percibido las posibilidades de explotación del producto en las selvas del alto Putumayo. Se destacaron los miembros de la Casa Elías Reyes y Hermanos, uno de cuyos socios, Rafael Reyes, viajó —en 1874— a través de los ríos Putumayo y Amazonas hasta el Atlántico, para llegar por esta vía a la capital brasileña. Estando allí, Reyes obtuvo del Emperador Pedro lila concesión de la libre navegación por los ríos amazónicos así como la exención de derechos de importación y exportación. El consecuente comercio de la quina colombiana mediante transporte fluvial a partir del Putumayo, contribuyó al desarrollo de Mocoa y sus zonas circundantes.

En 1834 entraron en el comercio internacional, las quinas extraídas en la India, Java, Ceilán —posiblemente de los cultivos promovidos por Markham. Con ello bajaron los precios y la demanda del producto suramericano. Los comerciantes del sur colombiano abandonaron entonces el comercio quinero, dejando cesantes a numerosos trabajadores quienes en su mayoría, decidieron continuar en la región pues otro recurso vegetal se perfilaba como exitoso reemplazo de la explotación de quina: el caucho.

OTRA SUERTE Y MÁS POMPA

Tuvo también La Condamine, al lado de Fresneau —otro francés, investigador en Cayena—, el mérito de haber señalado a la industria europea las posibilidades de un producto utilizado y llamado por los indígenas amazónicos hevea —los centroamericanos le nombraban cautchuk. En un principio los países importadores tenían el obstáculo de recibir una masa sólida de caucho, poco apta para trabajarse. El método del estadounidense Goodyear, descubierto hacia la tercera década del siglo XIX, ofreció la solución. En él se utilizaban azufre y calor, elementos del mitológico Vulcano. Entonces comenzó a utilizarse el término vulcanización para la elaboración industrial de artículos de caucho.

La demanda creciente de esos productos en Norteamérica y Europa, significó una bonanza económica mayor que la de la quina. Su transporte por el río Amazonas hasta el Atlántico, se facilitó con la introducción de la navegación a vapor. Rápidamente se generaron grandes capitales entre los propietarios e intermediarios de los seringales —lugar de explotación cauchera— y/o de las casas de comercio exterior. Belén del Pará y Manaos, en Brasil, e Iquitos en Perú, conocieron una ostentación de riqueza nunca vista. Los nuevos potentados, conocidos como el Grupo de los Barones del Caucho, llevaban una extravagante forma de vida, copia regional de las costumbres europeas. Se construyeron palacios con materiales foráneos, se instalaron rieles para tranvías dedicados al transporte en unas ciudades que apenas superaban los miles de habitantes, apareció la luz eléctrica antes que en otras poblaciones capitales y los comerciantes realizaron una verdadera apertura económica con la venta de toda clase de bienes suntuarios.

El dinero, obtenido a costa del trabajo de cuasi-esclavos en la selva, fue empleado por los barones caucheros para importar, indiscriminadamente, técnicos en ingeniería, famosos cantantes y personal para los bien provistos burdeles. Una anécdota trasmitida a través de generaciones en la Amazonia, cuenta que estos poderosos señores y sus familias fletaban barcos que llevaban sus ropas a lavar hasta Lisboa pues juzgaban que las aguas de los ríos que tenían cerca no eran apropiadas para ello.

AL FINAL, LA MISMA CARTA

Pocos dueños de seringales se beneficiaban de las ganancias obtenidas por la explotación del producto a través del endeude o aviamento. Esta institución socioeconómica consistía en que el comerciante —aviador o empresario— recibía de los indígenas y colonos materia prima a precios ínfimos y a cambio, él les daba mercancías a precios exorbitantes. Con ello sus ganancias eran enormes y los aborígenes y colonos quedaban endeudados por mucho tiempo. Ese intercambio tan desigual no era ignorado en las grandes ciudades centrales, donde las denuncias alcanzaron el nivel literario con José Eustasio Rivera en Colombia, y Ferreira de Castro en Brasil. La figura del peruano Julio César Arana, es conocida en nuestro país por su explotación cauchera en ríos fronterizos —Putumayo, Caquetá y sus afluentes— y por la violencia empleada contra los indígenas uitoto en sus instalaciones caucheras. Los hechos, presenciados por viajeros europeos y norteamericanos, motivaron la censura de la opinión pública internacional.

Al igual que Markham con la quina, Henry Wicham, inglés también, tomó de Amazonia, a finales del siglo XIX y en forma clandestina, más de cincuenta mil semillas de caucho. Estas fueron aclimatadas en Kew —cerca a Londres— y cultivadas en las plantaciones orientales británicas. Poco tiempo después de la época de los mejores precios externos del caucho —hacia 1910—, entró la producción proveniente de estos sectores asiáticos. Se desató así una depresión económica sin límites en la región amazónica.

N UEVOS DESBORDES

Surgieron entonces nuevos actores en el escenario regional en tiempos cercanos a los años cincuenta del presente siglo: los propietarios de grandes haciendas ganaderas. Ellos adquirieron tierras ya abiertas por nordestinos —en Brasil— o serranos —en los países de habla hispana— y con eso presionaron a los colonos para que penetraran cada vez más en el interior selvático lanzándolos a conflictos con los indígenas. A lo anterior se une el auge extractivo de oro y petróleo, y la recolección, procesamiento y mercadeo de la coca, todo lo cual ha llevado a las poblaciones, especialmente las ribereñas, a un desborde total de los límites político-administrativos dentro de la Panamazonia.


Vigilantes espirituales  DE LA MANIGUA

Los indígenas perciben la armonía natural del sistema ambiental amazónico. Dicen que ella depende de la acción equilibrada de las fuerzas regidoras del cosmos.

En los mitos y creencias de los aborígenes, aparecen numerosos seres encargados de representar el control armónico de la selva. Entre los más conocidos dentro de las comunidades ribereñas se encuentran lo Gran Anaconda, el Jurupan, el Bufeo, el Curupira y el musical Uirapuru.

LA PRIMERA

En la mayoría de las culturas, la serpiente es un poder protector de las fuentes de la vida, símbolo de la fuerza energética, del principio vital que determina nacimientos y renacimientos. En relación con la Madre de las Aguas sería, en Amazonia, el tronco único del cual proceden los diversos grupos humanos ubicados en la región. Cuentan los relatos que en los tiempos iniciales del Cosmos, la Gran Anaconda recorría, a manera de canoa, los ríos y canales, multiplicándose entre las cabeceras y desembocaduras. Un ave rapaz la capturó y la partió en trozos que fueron la base de cada uno de los grupos que formaron las actuales. etnias en la zona. Una de las variaciones de la tradición sobre la legendaria serpiente surgió en la región del bajo Amazonas, hacia el río Tocantins. Es la leyenda del Cobra Norato, personificado en el hijo de un bufeo y una indígena, cuyo cuerpo estaba cubierto de escamas. Tenía la cabeza alargada, los ojos oblicuos y la lengua puntiaguda. Se asemejaba pues, a un reptil, y por eso lo llamaron Cobra.

Honorato era su nombre y el de su hermana gemela, María. Tenían ambos características físicas semejantes aunque en su proceder eran muy opuestos. María gozaba con su perversidad; con gusto ahogaba pescadores y volteaba embarcaciones. Honorato trataba de remediar las fechorías de su hermana hasta el día en que, cansado de ellas, hizo que desapareciera en el fondo de las aguas. Identificado en el saber popular como el protector de los seres cercanos al río, Honorato ha visto su energía diezmada por el avance tecnológico contemporáneo hacia el interior de las selvas —posible símbolo de su hermana revivida. Joao de Jesús Paes Loureiro —escritor oriundo de Tocantins— expresa en su poema La historia luminosa y triste del Cobra Norato, que éste desfallece entre quemaduras/ se quebró el espejo de las aguas! donde sabía mirarse/ Victorias Regias depuestas! pescadores moribundos! todos van hacia la tumba de la agonizante naturaleza.

EL SECRETO

La creencia en un reformador, en un héroe civilizador, tiene la misma fuerza que la de la Anaconda ancestral._El personaje es ahora Jurupari —que en lengua túpi significa boca cerrada, misterio, secreto—, nacido de Ceuci, la madre virgen. Desde muy joven se mostró como un legislador que determinaba reglas de conducta, juzgaba los conflictos de la comunidad y distribuía sus lecciones. Fue enviado Jurupari por el sol para que le buscara en la tierra una mujer perfecta que le sirviera de consorte. Cuando él apareció, las mujeres eran dueñas del poder, lo cual era contrario a las normas solares. El héroe restituyó el mando de la sociedad a los hombres y para que éstos fuesen más independientes del dominio femenino, estableció una ceremonia cuya celebración secreta sólo podían conocerla los hombres. En la ceremonia, conservada hasta hoy entre los grupos indígenas —especialmente los del sector fluvial Guainia/Río Negro—, se usan máscaras e instrumentos musicales como flautas. La danza del Jurupari es un ritual que acompaña las fiestas de pubertad e iniciación. Este complejo mítico-ritual se asocia con las cosechas, la recolección de frutas y, en general, con la fertilidad de la tierra por efecto de las crecientes y la sedimentación proveniente de las montañas.

UN PODER QUE AYUDA

Al delfín de agua dulce se le atribuyen tantos nombres como fábulas: es llamado bufeo en el Caquetá, Putumayo y Perú; tonina en Guaviare y Venezuela; y bóto en el sector brasileño. La leyenda más difundida en toda la Amazonia es la de que en noches de luna llena el animal se transforma en un apuesto muchacho que seduce a las doncellas de las comunidades fluviales. Es el progenitor, según se dice, de todos los hijos de padre desconocido. El arraigo a esa fuerte y común creencia fue confirmado recientemente por la expedición de Jacques Y. Cousteau. Un campesino peruano relato —para el audiovisual presentado a través de la televisión— los encuentros del bufeo con un miembro de su familia. Al final de la historia, Fafa de Belem —cantante brasileña de origen amazónico— entona una canción cuya letra —en homenaje a Bato— pertenece al poeta Paes Loureiro. Pues bien. Los campesinos dicen que hay un lugar encantado —ubicado comúnmente en la unión de los ríos Orinoco y Casiquiare— donde los delfines se reúnen a festejar. Es esas ocasiones es posible oír música y voces provenientes del fondo de las aguas.

El poder telepático de los bufeos. captado secularmente por las poblaciones del Amazonas, es considerado hoy un tema prioritario en organizaciones científicas de carácter mundial. En la región se conocen casos de niños que sobrevivieron a situaciones de peligro dentro de los ríos, porque esos simpáticos animales los salvaron. Las investigaciones mencionadas tienen el objetivo de percibir las posibilidades de ayuda que prestarían los delfines a la infancia autista.


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