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(continuación
capítulo Región, democrácia...)
DEMOCRATIZACIÓN
Y GUERRA SUCIA
Sin
duda que en la movilización cívica se expresaban profundas aspiraciones de las
gentes. Anhelos de bienestar pero también de formas diferentes de ejercicio de
la política y el gobierno.
La
protesta que iba en aumento coincidió con la onda descentralista y
municipalista que modificó radicalmente la administración y las finanzas públicas.
Si el discurso oficial hablaba de acercar la administración a las comunidades y
hacer de ellas sujetos del Estado y los académicos descubrieron en la
democracia local la mejor escuela de ciudadanía, lo cierto es que avanzaba un
proyecto estatal: ajeno a los compromisos sociales, reducido en su administración
central y más racional en la gestión y el gasto. Todo a nombre de la
desconcentración, la descentralización y la democracia.
Además
de estos factores estructurales, estos cambios buscaban afectar la dinámicaa de
los movimientos cívicos ...en vez de crear los problemas, pasará a
manejarlos, y en lugar de hacer los paros cívicos, tendrá que darles solución,
escribía el ministro de Gobierno, Jaime Castro, refiriéndose a la izquierda en
el nuevo contexto institucional (Memoria ministerial, 1986). Ya no se trataba de
reclamar ante la administración central, sino ante la autoridad que la
comunidad había elegido: el blanco del movimiento se desplazaba.
Para
algunos activistas no era más que una maniobra de cooptación. Sin embargo, la
gente decidió con matices, jugarse el reto que se le planteaba. En opinión de
Ramón Emilio Arcila, dirigente cívico del oriente antioqueño, se debía
saltar dc la protesta a la propuesta sin abandonar la protesta.
El
movimiento cívico entraba a contender en la arena política. Si la movilización
reivindicativa había erosionado las influencias tradicionales, ahora era más
cierta y efectiva la amenaza. Esta situación colocó a los movimientos en la
mira de la guerra sucia: alcaldes, concejales, activistas, fueron asesinados u
obligados a abandonar las regiones o a cambiar de actividades. En solo 34 meses
(entre enero/1988 y octubre de 1991) 66 miembros de organizaciones cívicas
fueron asesinados, hubo 7 desaparecidos y 17 amenazados.
Al
tiempo que muchos dirigentes debieron presentarse en listas de partidos
tradicionales o concertar alianzas con ellos, se generalizó su concurrencia a
los comicios para alcaldes bajo el mote de cívicos, lo que dificulta una
evaluación. Con todo, en la primera experiencia de este tipo, en 1988, una
sorpresa que llenó de optimismo fue la elección de más de un centenar de
alcaldes a nombre de movimientos no bipartidistas, buena parte bajo el rótulo
de cívicos. En la segunda (1990), ocurrida en medio de la guerra sucia, el
bipartidismo pareció recuperar el terreno perdido. En 1992, se dio un
significativo avance de lo no bipartidista en algunas regiones. En el Cauca, indígenas,
cívicos y coaliciones no controladas por el bipartidismo se hicieron a 25
alcaldías (ver Colombia, país de regiones No. 27). Otro ejemplo, es el del
padre Bernardo Hoyos quien encabezando un movimiento ciudadano triunfó en
Barranquilla.
Estas
experiencias se ven entorpecida por el clima de guerra que exige subordinar
todos los ámbitos de la vida social y política a la dinámica de la
confrontación. En el gobierno Barco se presentó la Jefatura Militar para Urabá,
que ponía entre paréntesis la autonomía de las administraciones municipales.
En el actual gobierno la guerra integral ha significado cortapisas y controles a
la iniciativa política y a la gestión municipales.
Sin
duda, el escenario de la movilización cívica ha cambiado. Discuten los
investigadores si el movimiento ha entrado en una etapa de agotamiento. Lo que
si está claro es que las necesidades de las gentes vienen en aumento y las
soluciones no se ven más cerca que antes, a pesar del cambio administrativo.
Hay señales de otra lógica en gestación en el reclamo regional y local.
Y
más nos vale, pues la suerte de la democracia colombiana depende en buena
medida de la democratización real que se alcance en los ámbitos municipal y
regional, espacios privilegiados para el clientelismo. Como también son
definitivos para que la convivencia pacífica pueda construirse entre nosotros.
Si la reivindicación regional y cívica se liga a la búsqueda de paz y
democracia, sin duda se convertirá en un aporte decisivo en la construcción de
una Colombia más justa y por lo mismo vivible.
Desarrollo
regional SU HORA CRÍTICA
De
la mano de Dios, como dicen, están quedando las regiones en Colombia. Y la
planificación sigue tan embolatada.
El
planificador regional es una especie reciente en la fauna de la burocracia.
Congresos y seminarios, marcos teóricos y documentos de trabajo, planes y
propuestas dieron forma a una nueva
disciplina a su cargo. Sin afán peyorativo, el desarrollo
regional es una forma, y la disciplina que busca comprenderlo es una forma
de la forma y el técnico que con su auxilio pretende afectar la realidad, por
desgracia termina perdido entre las formas y sus sombras. Trance curioso en un
ejercicio intelectual colocado en la frontera de la geografía, la economía, la
sociología, la antropología y la política como ciencia y como arte.
Acaso
guiada por valores abstractos equilibrios y equidades, armonías y
racionalidades, de los cuales dependía la supuesta cientificidad, el
desarrollo regional terminó perdiendo la noción histórica del Estado, los
intereses, las fuerzas sociales y políticas, las dinámicas de la sociedad
real.
Hoy
esta disciplina y sus cultores están en una crisis angustiosa, existencial en
sentido estricto. La ocasionan no sólo lo precario de los logros, sino la
incertidumbre por el objeto de estudio y la validez de su reflexión y, por
sobre todo, los cambios en la dinámica social.
UNA
HISTORIA MOVIDA
La
disciplina del desarrollo regional nació a partir del ejemplo de la Autoridad
del Valle del Tennessee, creación de la administración Roosevelt para
estimular la superación de la crisis económica en su país. Aprendida la lección,
por los años 40, surgieron entidades como la Corporación de Desarrollo del
Valle del Cauca y similares que delimitaban el espacio de intervención por las
cuencas hidrográficas. Es el estadio hidráulico del desarrollo regional.
En
los años 50 los grandes temas fueron el del desarrollo
y su planeación. El primer término se entendía como superación
del atraso, modernización, esto es, industrialización y urbanización.
En esta lógica se inscriben procesos como los de la Guayana en Venezuela o
los del área de Paz del Río entre nosotros.
Pero
el continente vivía un período convulso. En el Brasil, por ejemplo, la
movilización agraria en el nordeste iba en ascenso al punto que se temía por
la estabilidad de las instituciones estatales y la unidad de la nación. La
contención de la protesta social y las necesidades de la expansión del
capitalismo se conjugaron para propiciar el más ambicioso proyecto de
intervención regional, la Superintendencia de Desarrollo del Nordeste, SUDENE.
Como
en este caso, en muchos otros se definían desde el centro zonas de conflicto
social o necesarias para el desarrollo nacional con el ánimo de ser
intervenidas, objeto de planeación.
Por
entonces, vivimos en Colombia la polémica entre técnicos y políticos. Parte
del presupuesto y de su ejecución quedaban fuera del control de los últimos lo
que disminuía su poder. En los técnicos aparecía una posible competencia. De
otra parte, algunas orientaciones afectaban intereses de los que los políticos
eran personeros. Acaso estos líos confirmaron a los técnicos en sus posiciones
y los envanecieron en un poder que no era tan cierto, pero que sí estorbaba sus
planes.
Como
ninguna otra disciplina, el desarrollo regional se sofisticó. Con apoyo en las
ciencias sociales se afinaron la comprensión de las dinámicas regionales y su
articulación con los procesos nacionales e internacionales más amplios.
Algunas interpretaciones, infortunadamente, racionalizaban realidades distintas
a las nuestras. Aunque debe reconocerse el esfuerzo por construir un enfoque
propio.
En
esta empresa se destaca el aporte de la Comisión Económica para América
Latina, CEPAL. Este grupo de estudiosos que abrió espacio a la planificación,
ayudó también a construir un enfoque propio. Comprometido con el desarrollo,
entendía la planeación como una técnica neutra al servicio de éste.
Para
la CEPAL eran expresiones del atraso la heterogeneidad de nuestros países y su
falta de integración democrática. Se tenían menos oportunidades por ser de
una clase u otra, pero también por vivir en una región o en otra. Con ese
enfoque, se entienden los desequilibrios regionales como un asunto nacional,
pues era preciso superarlos para consolidar el crecimiento y la democracia.
Ganada
esta condición, el desarrollo regional conquistó un espacio en la planeación
general; se le crearon instancias administrativas específicas y hasta en
constituciones como la peruana de 1979 se dio rango político a la
regionalizacion.
Ahora
bien. Para la CEPAL, tanto el empuje de unas regiones como la postergación de
otras, se originaban en procesos estructurales cuya remoción suponía reformas
que abarcaran además del ámbito nacional, las mismas regiones atrasadas. O lo
que es igual, el problema regional era nacional, y las acciones para superarlo
debían ir más allá de la economía, incluyendo también reformas políticas y
sociales.
Es
frecuente, por ello, explicar con el argumento de la ausencia de voluntad política
la ineficiencia de la planeación regional. Y se entiende el paradójico efecto
de que únicamente era eficaz si coincidía con ciertos intereses, bien fuera de
la administración de turno, de equis grupo político o de algún grupo económico.
De ahí la sorpresa que angustia a los expertos de que los resultados
fueran, en medida considerable, contrarios a los anhelados y presupuestados.
¿SE
MUEREN LAS REGIONES?
Pero
las principales dificultades en la materia provienen de los cambios en la
realidad misma.
Sabido
es que por efectos de los desarrollos técnicos (informática,
telecomunicaciones, biotecnología, etc.), transitamos a otra forma de producir.
Para los expertos vamos del fordismo a los esquemas de acumulación flexible que implican otra
organización de la producción y, en general, de la economía en la que
predominan ahora la información, la capacidad de innovación y el desmonte de
las grandes factorías.
No
se ponen de acuerdo los expertos en si esos cambios profundizarán los actuales
desequilibrios regionales. De lo que sí no cabe duda es de que las regiones se
ven obligadas a redefinir su vocación económica o a reconvertir sus
instalaciones para sobrevivir. Su suerte depende bien de sus ventajas
comparativas o de su capacidad para articularse a la economía externa.
Dos
enfoques se han modificado e influirán en el porvenir de las regiones: en el
primero cambia la comprensión del papel del Estado. Se dice que el objetivo
prioritario es asegurar el desarrollo nacional y que para ello se deben
privilegiar los aspectos macroeconómicos y las políticas sectoriales que
aseguren la relación con el sector externo. Siendo así, sólo caben las políticas
regionales útiles a estos fines. El espacio regional deja de tener validez en sí
mismo y pasa a ser elemento accesorio.
La
armonía, además, es cuestión adjetiva. Los desequilibrios son apenas
imperfecciones del mercado, que él habrá de corregir en cuanto lo requiera. Si
hay concentración de riqueza en una región, por ejemplo, y con ella se
perjudica la marcha de los negocios, el curso de estos propondrá los mecanismos
correctivos Por último, no tiene recibo la búsqueda de la equidad entre
regiones. Una mejor distribución entre ellas no significa necesariamente una
mejor redistribución entre las personas, que tampoco preocupa pues es efecto
derivado de la vinculación a la economía. Todo paso mas allá para afectar las
causas de la pobreza, no sólo es inviable sino también contraproducente.
El
Otro cambio de enfoque tiene que ver con la superación del fordismo. Se dice
que la planificación regional giraba en torno el supuesto de que la
industrialización de un centro o polo de desarrollo implicaba el despegue de la
región. Pero si se pone en duda que todas las regiones deben ser industriales,
aún más se discute que la industrialización anterior sea el camino de hoy.
Abandonadas
las regiones a su suerte, la planificación regional tiene embolatado el objeto
de intervención y los expertos en el desarrollo regional necesitan redefinirlo
todo para salir de su crisis existencial.
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