VILLA DE LEIVA.
Ensayo de interpretación social de una catástrofe ecológica.
JOAQUÍN MOLANO BARRERO
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VILLA DE LEIVA

JOAQUÍN MOLANO BARRERO

CAPÍTULO IV

CARACTERÍSTICAS BIOGEOGRÁFICAS DE LOS PAISAJES

1. RELACIÓN DEL SUELO CON LA VEGETACiÓN

De acuerdo con el trabajo de Araque y Castro (1976), puede observarse el comportamiento que tiene la vegetación natural que aún perdura y coloniza parcialmente estos parajes. Muchas de estas especies son hierbas, arbustos o árboles con poco desarrollo. Las hierbas y arbustos pueden considerarse pioneras, en tanto que los árboles tienen un carácter relictual y permanecen en enclaves edáficos e hídricos, dando lugar a bosques de galería muy locales.

En la zona erosionada es muy frecuente encontrar poblaciones o asociaciones de Dodonea viscosa, Stevia lúcida, Eupatorium leivense, Croton pungens, Miconia squamulosa, Calea pennellii, Baccharis macrantha, Lantana limensis, Desmanthus depressus, Andropogon bicornis, Clethra fimbriata, Hipericum brathys y Barnadesia spinosa, entre otras.

Esta vegetación tiene un comportamiento ecológico diferente de acuerdo con las condiciones ambientales y edáficas. Dodonea viscosa, es una típica planta pionera que ha sido encontrada ocupando diversos espacios del valle y de la vertiente. Alcanza el Subpáramo colonizando las áreas carentes de vegetación y fundamentalmente las áreas con suelos en diferentes procesos de degradación llegando a crecer directamente sobre el sustrato geológico carente de suelo (Foto No. 14).

Esta planta presenta dos tipos de crecimiento. Sobre las laderas empinadas o las crestas expuestas a la acción del viento, crece poco y en general permanece muy cerca del suelo, semejando una planta rastrera. En las zonas protegidas de mayor humedad y con mejores suelos crece suficientemente, alcanzando los máximos niveles de crecimiento. El aporte promedio de materia orgánica por cada individuo fue de 792.01 g/m² al año.

La especie Croton pungens posee un importante aporte de materia orgánica, pero ella no penetra sobre los suelos Misceláneos erosionados. Prefiere los suelos aluviales y los suelos de montaña poco degradados. Tiene un promedio de 1.023 g/m² al año; aunque en el olivar, alcanzó un volumen anual de 3.270 g/m². Esta especie es recomendable para restablecer los suelos del fondo del valle y las áreas disturbadas todavía con presencia de suelos. En la zona erosionada sólo se encontró en los fondos de las cárcavas y en los bosques de galería, lo cual muestra cierta preferencia por condiciones microclimáticas y edáficas.

Ver Cuadro 7

Bajo condiciones similares de microclima, la especie Miconia squamulosa (Tuno), crece en las partes altas formando un colchón de materia orgánica y alta conservación de humedad (Aranque y Castro, 1976). El mayor aporte de materia orgánica de este árbol es de origen foliar, con 1.008 g/m² por año. En forma asociada con las especies Clusia alta, Rapanea guianensis e Hypericum brathys, obtiene un volumen de 1.128 g/m².

Las especies Lantana limensis y Desmanthus depressus, se desarrollan asociadas sobre los suelos aluviales. El "maíz zorro" y la "dormidera", como se les conoce popularmente, forman un colchón denso que favorece al suelo de la escorrentía y del impacto directo de la lluvia. Sin embargo, crecen también sobre las zonas erosionadas de laderas y colinas, y su presencia individual no favorece el suelo contra la erosión. Asociadas, las dos especies aportan anualmente 802 g/m² de materia orgánica. Desmanthus por ser leguminosa se considera benéfica para la restitución de los suelos (Cuadro No. 8).

La planta denominada localmente Jarilla Negra (Caleapennellii), crece formando pequeñas poblaciones sobre suelos poco degradados (Serie El Roble), y preferiblemente en zonas húmedas. Su aporte de materia orgánica sobre estos suelos fue de 731 g/m² al año, con una contribución de follaje y tallos secos.

Andropogon bicornis, una gramínea ubicada sobre suelos erosionados de ladera y aún sobre material parental directamente con baja retención de agua, presenta una cobertura espaciada inferior al 20%.

El aporte de materia orgánica se debe a sus partes áreas y al abundante sistema radicular; con un volumen por especie de 579.8 g/m² al año. Esta planta, además de evitar la erosión laminar del suelo, lo protege contra los efectos del agua lluvia y la remoción causada por escorrentía.

En todas las especies anotadas, Castro y Aranque (1976) encontraron que el aporte de materia orgánica varía a lo largo del año de acuerdo con las condiciones ambientales. La precipitación y la temperatura son los principales factores que afectan o favorecen el desarrollo de las especies, las cuales aumentan el aporte de materia orgánica hacia el final de la estación seca, cuando se desprende gran parte del follaje, en tanto que en la época de lluvia restablecen los procesos fisiológicos de floración, producción de semillas y de follaje.

El aporte de materia orgánica es apenas un criterio a tomar en cuenta para la recuperación de estos ecosistemas. Sin embargo, permite una apreciación de la vegetación natural relictual o pionera que ha copado últimamente el área. Sobre la base del comportamiento ecológico de estas especies, se puede iniciar el proceso de reconstitución de una cobertura natural para las áreas fuertemente degradadas.

Ver Cuadro 8

El proceso de reforestación no debe emprenderse sin tener en cuenta el carácter de la vegetación secundaria y pionera, la cual cumple el importante papel de originar suelo donde ha desaparecido totalmente y de restablecer los suelos en distintos niveles de desequilibrio. Tomar en cuenta el carácter sucesional de la vegetación es proceder en concordancia con la naturaleza para su reconstrucción acertada. Las especies anteriormente anotadas son una base preliminar para pensar en este tipo de tareas. El estudio de otras especies herbáceas y arbustivas, unido al de las especies arbóreas nativas constituyen un segundo propósito en este empeño.

Sin embargo, el cambio en las prácticas culturales de manejo y sobre todo el cambio en las políticas socio-económicas, deben constituir el principal apoyo para recuperar estas montañas degradadas.

En este nivel del estudio, se pueden establecer ciertos análisis sobre la degradación de los ecosistemas en el área de Villa de Leiva.

Como hemos ya anotado, las montañas se pueden delimitar y ubicar en el tiempo y en el espacio, pero es muy difícil establecer y precisar la diversidad ambiental que ellas son capaces de generar, pues los gradientes son evidencias de un cambio permanente, dentro del cual nunca son precisos los límites que se tracen, tanto vertical como horizontalmente. Esto hace bastante complejo el ambiente de montaña y dificulta su manejo.

La zonificación de los ambientes de montaña y la distribución de las comunidades bióticas, están afectadas por condiciones de altitud, exposición o protección, lo cual hace que aparezcan biomas fuertemente contrastados en distancias muy cortas de los espacios de montaña, con una gran variedad en sus características.

Los suelos, como la vegetación, han incorporado los cambios ambientales geológicos e históricos y a través de ellos se puede evaluar la estabilidad de estos ecosistemas. La antigüedad de cada forma erosiva como una característica del paisaje, es indicada por la cobertura florística altamente especializada y la fauna ajustada al desarrollo del ambiente aparentemente hostil (O'Connor; 1984). A su vez el ordenamiento del paisaje contiene todas las fases históricas de los hombres que han ocupado estas montañas.

Por esto, la estabilidad no puede ser un criterio únicamente geomorfológico sino también socio-económico. Implica, como plantea Ives y Messerli (1984), un balance de los ecosistemas naturales (si aún quedan) y de los modificados por el hombre. La relación estabilidad-inestabilidad debe ser precisada tomando en cuenta los ecosistemas naturales, no afectados o poco afectados por el hombre, los sistemas agrícolas adaptados, los sistemas agrícolas arreglados y los sistemas agrícolas desintegrados. Por lo tanto, el balance a estas alturas del análisis tiene en cuenta las variables naturales que dan razón de los fundamentos de los paisajes presentes. Ellas toman a su vez los factores determinantes de la susceptibilidad a la erosión del suelo y de las rocas, que, como hemos visto, tienen un fundamento geológico por la fragilidad de las arcillas y gruesos bancos de lutitas y margas. La erosión en este caso es parte de un proceso inexorable en la geomorfología de las montañas. Su aceleración se debe a las modificaciones introducidas por el uso durante el período de la acción humana.

Como se expondrá en la sección histórica, gran parte de esta erosión es de origen antrópico. El desencadenamiento de procesos degradativos está directamente relacionado con el uso y manejo de los recursos vegetales y edáficos. En general, el desarrollo de la agricultura implicó una serie de transformaciones sobre la cobertura vegetal originaria (Climax), al punto que cuando aquella se extendió e intensifico, ésta se redujo al máximo e incluso llegó a desaparecer en muchos lugares. A su vez, el suelo, que había evolucionado en un proceso de elaboración continua en concordancia con el bosque y los eventos geomórficos, inicia una fase de degradación antrópica, la que en algunos casos resultó irreversible.

De acuerdo con el mapa de erosión de la zona estudiada (Mapa No. 19), encontramos que existe un área con más del 70% de los suelos erosionados, de los cuales cerca de un 50% son suelos esqueléticos o áreas erosionadas carentes de suelo. El proceso de transformación de la cuenca continúa y en las laderas se repiten las formas de uso y manejo, lo que permite conocer las fases anteriores operadas sobre el valle y las colinas circundantes degradadas.

La zona fuertemente degradada ocupa los terrenos ondulados y las cuchillas de los flancos anticlinales que convergen sobre el valle. Aquí casi no existen suelos, los que han sido catalogados como misceláneo erosionado. En la mayor parte del terreno afloran las rocas y se exponen directamente a la acción del intemperismo y diversos procesos de erosión. La cobertura vegetal es muy escasa, alcanzando un recubrimiento entre un 5 y un 15%. Esta vegetación está constituida principalmente por hierbas, arbustos y algunas gramíneas.

Esporádicamente surgen individuos de Tara spinosa y Schinus molle como especies arbóreas. La distribución de estos relictos vegetales ocurren en los entalles del drenaje y en el fondo de las cárcavas, en tanto que la vegetación pionera y las gramíneas ocupan débilmente las laderas y crestas del relieve. Sobre esta escasa vegetación regenerante, pesa un pastoreo extensivo de caprinos y ovinos, el cual hace que dicha vegetación no prospere. Algunos suelos esqueléticos con empleo de regadío aún sustentan cultivos de trigo y verduras.

La zona degradada de laderas bajas y medias circundantes al valle presentan una última fase de uso. Su cobertura vegetal es un pajonal-arbustal secundario en su mayoría con especies invasoras y con un suelo relictual distribuido según la presencia del matorral, el cual cambia a un suelo oxidado (Fotos Nos. 15 y 16), sobre las laderas de los anticlinales, siendo copados preferentemente por las gramíneas que conforman las sabanas de altura. El matorral aún subsiste como fuente de energía para los hogares y como alimento para los rebaños de cabras. La agricultura de trigo, arveja, maíz y papa se realiza fragmentariamente sobre suelos locales con aportes de insumos agrícolas.

Por encima y a continuación de la zona anterior, encontramos las zonas de bosque en proceso de degradación. Se sitúan sobre las laderas altas de relieve empinado a ondulado. El proceso de tala y quema del bosque está culminando. Se extrae madera de roble (Quercus humboldtii) y se quema esta misma especie para convertirla en carbón vegetal, de alta demanda en las ciudades para la cocción de pollos. Por lo tanto la desaparición de los bosques se complementa con la potrerización y un conjunto de áreas dedicadas al cultivo. Es una degradación ecológica inevitable sobre ecosistemas estables.

La vegetación secundaria sustenta el pastoreo de cabras, ovejas y vacunos, reproduciendo el deterioro a que fue sometida la vegetación secundaria de los niveles inferiores mencionados. La erosión laminar y la remoción en masa, destruyó el suelo y se insinúa sobre todo en las crestas del relieve y sobre las laderas de mayor pendiente, por ejemplo la Vereda El Volcán, Municipio de Sutamarchán. El bosque secundario aún aparece como una orla no continua que circunda la parte alta del valle.

En la parte superior de las laderas se sitúa la zona de Subpáramo y Páramo degradado o en proceso de degradación. En ella se ha intervenido la vegetación natural mediante quema y tala.

Los arbustales y fragmentos de bosque del Subpáramo han cedido su espacio a los cultivos de papa y a los potreros. Sobre las áreas del páramo intervenido el suelo se erosiona a causa del impacto de la lluvia y del fuerte intemperismo por la acción directa de la energía incidente. La ganadería extensiva de vacunos y ovinos pastorea sobre estos pajonales-arbustales secundarios.

Las zonas anteriormente descritas ayudan al análisis de los paisajes actualmente encontrados en Villa de Leiva. Sin embargo, antes de dicho análisis, debe incorporarse el estudio biótico, tomando en cuenta los inventarios y la apreciación fisonómica de la vegetación.

2. FISIONOMÍA VEGETAL

La presencia y distribución de la vegetación actual en el sector de Villa de Leiva-Ráquira, está en íntima relación con el uso y manejo que el hombre ha dado a los ecosistemas naturales. Para precisar una reconstrucción de las formaciones vegetales climax, se requiere de análisis de polen sobre los suelos y sedimentos relictuales que escaparon a la erosión intensa. Dicho análisis supera los alcances de este trabajo, por lo que se procede a recolectar información a través de antiguos habitantes de la región y de las crónicas y relatos, con el propósito de aproximarnos al conocimiento de la cobertura vegetal original y relacionarla con la cobertura vegetal conocida por los viejos habitantes. Para determinar la cobertura actual se procedió a fotointerpretar el área, cuya información se comprobó posteriormente en los trabajos de campo.

Es aceptado que el bosque constituye una de las mejores formas para la protección de los recursos hídricos, edáficos y faunísticos. Sin embargo, la transformación de los bosques de montaña no han contado con un conocimiento de su ecología y de su diversidad biológica y ambiental. Al contrario, han cedido su lugar después de una tala irracional y un total desconocimiento de su invaluable importancia, como reguladores de las condiciones ecológicas en los ambientes de montaña. El hombre colombiano ha transformado tan aceleradamente su entorno sin que haya contado con el tiempo necesario para conocerlo*.

Un uso ecológicamente recomendable y agropecuariamente posible, no puede plantearse sin tener en cuenta las condiciones ecológicas de los bosques que cubren las montañas. Como sostiene Soffer (1982), las montañas han sido objeto de estudios geológicos y morfológicos principalmente teniendo escaso desarrollo el conocimiento de sus aspectos biofísico y socio-económicos.

Los bosques originales de los valles como de las laderas andinas, sufrieron una serie de cambios paulatinamente más acendrados, pasando por etapas de modificación, transformación y degradación, que a su vez se corresponden con formas organizativas de las sociedades prehispánica, colonial y republicana.

El proceso de ocupación y poblamiento de los espacios de montaña, representó simultáneamente graves repercusiones ambientales, dado que las prácticas de uso y manejo dieron como resultado una remoción de la cobertura vegetal incrementando los procesos de escorrentía, lavado, erosión de los suelos, flujos de lodo inundaciones, sedimentación y colmatación de los valles y planicies inferiores.

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* BLANCO, J. A. Comunicación personal.

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