| Ficha bibliográfica | |
| Titulo: |
Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia (1809-1822) Reales Audiencias de Quito, Caracas y Santa Fe |
| Editor: |
Armando Martínez Garnica e Inés Quintero Montiel |
| Edición: | UIS, 2007. |
Remota Justitia, quid sunt Rengna, nisi magna latrocinia?
S. Aug. Lib 4 de Civ. Dei c 4.
El día 20 del último julio se instaló la Junta Suprema de esta ciudad y los contornos, que el 26 se declaró independiente del Consejo de Regencia con el auxilio y favor de Dios, con alegría de la América, y con espanto y desesperación de sus enemigos. Pusiéronse en seguridad el virrey y los oidores, cesaron en sus ejercicios todos los funcionarios del antiguo Gobierno, y se arrojaron los cimientos de una nueva representación.
Este hecho hará época en la historia y causará al mundo novedad y admiración, ya porque no se crea posible atendiendo a la imponderable paciencia y sufrimiento de los americanos; ya porque la contradecían con todo su poder el genio dominante de las potestades que regían, las intrigas y cábalas del Consejo de Regencia, y la fuerza de las armas. ¿Queréis saber cuáles han sido los motivos que nos han impelido a esta crítica y arriesgada empresa? Vamos a darlos para gloria de Dios, único Autor de ella, para justificación de nuestra causa, y para satisfacción del mundo.
No pensamos remontarnos a los motivos que ha habido en esta obra tardía en más de trescientos años de trabajos para los americanos. El Abate de Prades, citado por Noguer, decía con razón que la antigüedad y distancia de los tiempos disminuye la sensibilidad de los agravios, como la distancia de los tiempos disminuye la grandeza de los cuerpos. Trescientos años ha que este Reino, como los demás de la América, sufre en silencio la más espantosa injusticia, los más dolorosos agravios y las injurias más negras que se pueden abominar en los decretos de los Musulmanes y en los registros de los Visires. Apartados del trono por enormes distancias, y rodeado el trono mismo de nuestros contrarios, en cuyas manos estaba depositada nuestra suerte, casi nunca llegaban a los oídos del Soberano nuestras quejas y gemidos. Por esto los americanos siempre se han visto privados de los empleos de honor, excluidos de las plazas de renta completamente, impedidos para comerciar con ventaja, precisados a perder sus talentos para la ilustración, siempre abatidos, siempre menospreciados, aborrecidos siempre y degradados. Ellos se han visto constreñidos a hacer una vida oscura, pobre, y desgraciada a pesar de sus talentos, de su aptitud y de sus esfuerzos. Bastaba ser americano para que no fuese atendido su mérito, para que no fuese recompensado su servicio, y para que fuese insultada su pretensión. Bastaba nombrar a la América, para saber que se hablaba de un país inmenso en donde el Gobierno no permitía las ciencias, ni las artes, ni la agricultura, ni el comercio; en donde eran delito las escuelas, las fábricas, la industria, y el trabajo; en donde, finalmente, las gentes reducidas al estado servil, no eran libres sino para sembrar un poco de trigo y maíz y, para criar y cebar algún ganado. Así es que Robertson se admira de que en tres siglos apenas haya habido uno u otro que se haya visto colocado en lugar distinguido. Pero ya hemos dicho que no pensamos alegar con motivos de esta novedad los agravios antiguos.
Tomamos, pues, el hilo desde que se erigió la Junta de Sevilla. Esta que no fue otra cosa que una Junta Provincial, se abrogó para con la América el nombre de Junta Suprema de España e Indias. Logró hacerse reconocer por tal a beneficio de los virreyes, gobernadores y ministros que le prestaron obediencia al mismo tiempo que recibieron de ella la confirmación de sus empleos, no pudiéndose entender cual de estos dos actos hubiese sido el primero, o si este contrato, ocurriese lucrativo, no fue otra cosa que un círculo vicioso. La América entonces fue criminalmente engañada, así porque la Junta de Sevilla se dio a conocer bajo el aspecto de Suprema, y habida por tal en la Península, como porque se dio por hecha la expulsión de los franceses y la pronta reposición de nuestro Soberano a su trono. ¡De cuántas fraudulencias usó aquella Junta entonces para engañarnos! Ya fingió triunfos por parte de España, pérdidas de parte de los franceses, ya supuso una declaración de la Rusia contra Napoleón, ya la revolución de la Prusia, ya las divisiones interiores del Estado francés, ya…
Introducida bajo aquel falso aspecto la Junta de Sevilla, los jefes y ministros de este Reino hallaron el medio de sostener las representaciones que hasta aquel punto habían tenido, o la recompensa del reconocimiento de la Junta de Sevilla. Engaños sobre engaños, ilusiones sobre ilusiones, formaron el plan de sus maniobras para perpetuar su denominación. La Junta de Sevilla es un tribunal erigido en una parte de Andalucía, y con todo se atribuye el pomposo título de Suprema de España e Indias. Se hace en España la creación de juntas provinciales, y se priva de este derecho a las Américas. Se proclama allí la confraternidad de los americanos, su igualdad con los europeos, la identidad del uno con otro hemisferio; pero esta proclama es dolosa, y destinada a deslumbrar a la América, y jamás llega el caso de que ésta goce de una representación activa en los negocios nacionales. Las provincias de España erigen libremente sus juntas; en la América se ha mirado como un delito, como una insurrección el sólo pensar en erección de juntas, y los calabozos, y los cuchillos se prepararon para los que han tomado en su boca el nombre de Junta. Las Provincias de España nombran libremente sus diputados para la Junta Suprema Central; en América es coartada esta libertad y depositada substancialmente en las manos del virrey y de los oidores. Napoleón penetra libremente hasta Madrid; en América se publica por el Gobierno su derrota, y aún se añade que el ejército español le había hecho prisionero. Zaragoza cae en manos del francés; en América se niega este hecho, y se inventan diferentes fábulas para desmentirlo. Mil infortunios habían desconcertado nuestras operaciones en la Península desde la batalla de Talavera, y en la América se trabajaba por ocultarlos y por fingir sucesos favorables. El Ejército de la Mancha había sido derrotado en la acción de Ocaña; en el Nuevo Reino de Granada era un crimen decirlo, y sus moradores se veían precisados a diferir a las imposturas de los enemigos de la verdad. El ejército de Castilla había sucumbido a las armas francesas en la batalla de Alba de Torres y Tamames; en América se trataba de hacer creer que se había reconquistado a Madrid. En España se disponía la celebración de Cortes, y no se había contado con la América. La América es parte integrante de la Nación, conforme a lo que dijo la Junta Central; la Junta Central se disuelve, y el Consejo de Regencia se instala sin el consentimiento y sin el voto de los pueblos americanos. ¡Qué tejido de falsedades y de contradicciones!
Castaños, vindicándose de los zaherimientos de sus perseguidores, ha dicho que España no será feliz mientras no arroje hasta la última semilla de los secuaces del despotismo. ¿Qué otra cosa puede decir la América? Estos secuaces son los que viendo frustrados sus infames designios, adoptaron el plan de acomodadores a los sucesos de la fortuna, y llegaron a proferir por boca de la mujer del virrey, del fiscal Don Diego Frías, y del secretario Don José de Leiva, que la América seguiría la suerte de la metrópoli y se sujetaría a la dominación de cualquiera que reinase. Estos son los que sin alguna consideración hacia las leyes de la equidad, no tuvieron escrúpulo de ser jueces de su propia causa, y de echar el fallo contra los patriotas, que celosos levantaban la voz en tono de acusadores. Estos en fin los que siendo entre sí enemigos al parecer irreconciliables cuando con más ardor hacía el Virrey la guerra a los oidores, y los oidores al Virrey, repentinamente se unieron e hicieron la paz entre sí, para acordar la pérdida de los más celosos americanos. ¿Qué prueba esta serie de medios torcidos que emplearon los gobernantes de este Reino para conservar su dominación despótica, sino que ella no encontraba algún apoyo en los principios de equidad y de la justicia? Pero pasemos adelante.
La Junta de Sevilla, Junta Provisional, que se arrogó el título de Suprema de España e Indias, como hemos dicho, envió comisionados a la América para engañarla y empobrecerla. De repente se apareció en este Reino Don Juan Pando Sanllorente. Este impostor que sólo podía ser admitido como enviado de aquella Junta por los enemigos de la América, ya porque no había sido destinado por aquella Junta para la Comisión, ya porque sólo dos vocales de ella le habían subrogado en Cádiz en lugar del Brigadier Justiniano, que había recibido su misión de Sevilla. Este impostor, menospreciando con altanería las disposiciones que se habían tomado para recibirle y hospedarle, se introdujo a la manera de un ladrón bajo las sombras de la noche en el Palacio del virrey. A este primer paso correspondieron los demás de una misión que a nadie menos que al público parecía dirigida. Los estilos personales de él eran más los de un señor que venía a hacerse obedecer, que los de un amigo que venía a estrechar los vínculos sociales entre uno y otro hemisferio. Negado a toda comunicación, trataba sólo con el virrey sobre los objetos de su embajada, los que jamás se revelaron al pueblo. Por inspiración de la Audiencia, que quería entonces deprimir al virrey, se formó una Junta de multitud de vocales para que se reconociese la dominación de la Junta de Sevilla, y se oyese a su representante. Presidió el virrey con los oidores el día cinco de septiembre de mil ochocientos ocho. Apareció Sanllorente colocado en un asiento casi igual al del virrey. La actitud del gran enviado de Sevilla era la de un príncipe otomano, inmodesta, y ridícula al mismo tiempo, que acompañaba de un aire chocante de elación y superioridad. Sus labios no pronunciaban alguna palabra. La Junta se abrió con una pequeña arenga del virrey tan misteriosa y confusa como dirigida a sofocar la voz de los circunstantes. Se leyó el manifiesto de Sevilla por el secretario Leiva, y se cerró la Junta sin oír a los vocales, los que sospechaban como había sospechado la provincia de Cartagena de la dicha Junta de Sevilla y de su enviado. Tal fue la farsa con que se dio a conocer la Junta Sevillana. ¿Queréis saber cuáles fueron los resultados? Perpetuarse el virrey y los oidores en sus destinos, doblar las cadenas que oprimían al Reino, y partir Sanllorente cargado de los tesoros de la Hacienda Real, de las rentas eclesiásticas y de todas las preciosidades de los individuos del Reino, que recogió con nombre de donativo.
¿Quién no había de pensar que esta deferencia del Reino había de ablandar los corazones de los gobernantes para con los americanos, que su generosidad y condescendencia, nos había de merecer, ya que no la gratitud, a lo menos la indiferencia del Gobierno? Mas no fue así. Después de habernos burlado, insultado y empobrecido, pensóse en deprimirnos más y más. Erigióse la Junta Central, aquel tribunal defectuoso en su establecimiento, donde se erigieron en gobernadores los que sólo tenían voz de las Provincias para establecer un Gobierno(1). Sin esperar el consentimiento y aprobación de la América a aquel nuevo Cuerpo, sin que tampoco se le ofreciese alguna ventaja, o al menos algún alivio con su establecimiento, allí se redujo a problema la representación que la correspondía en el Congreso Nacional; se resolvió la cuestión a favor de nuestros derechos, pero en calidad de pura gracia, y no como de justicia; se la coartó su libertad para la elección de sus representantes, limitando a sólo ocho el número de ellos, para que la voz de éstos quedase siempre ahogada con la de treinta y seis de la Península; se convocaron las Cortes nacionales, y no fue requerida en tiempo para enviar sus Diputados.
De este modo trabajaba la Junta Central desde su instalación contra la América, y el virrey de Santafé con los oidores le acompañaban en este empeño por su parte. Hechuras de Godoy, tramaban asegurar todas las Provincias a su partido. Desconfiados de que los americanos entrasen en sus ideas, arrancaron de los gobiernos y corregimientos a todos los patricios para sustituirles europeos de su partido. Así fue que el benemérito Camacho se vio arrojado de Pamplona, y poco después de la Provincia del Socorro. El respetable Sanmiguel fue expulsado de la Gobernación de Neiva; Popayán halló colocado en su Provincia a otro cuyas relaciones con Godoy se dejan ver por la próxima afinidad de su mujer con la famosa Tudó. La Provincia de los Llanos sufrió el enorme peso de la vara gobernante de Bobadilla. Planes, uno de los dependientes del virrey, fue a ocupar el partido de Casanare. La ilustre Provincia de Quito vio por árbitro de su fortuna al inútil y anciano Conde Ruiz de Castilla al tiempo que Don Felipe Fuertes, sobrino del Virrey, fue a acompañarle acompañado de una de las togas de aquella Audiencia. Don Juan Aguirre, primo de la Virreina, fue destinado a mandar en el Chocó, y tomó por su cuenta el exterminio de aquella preciosa provincia. En fin, el sistema de aquel Gobierno fue el dar el último golpe a los americanos, y en reconocimiento a los donativos cuantiosos con que habían socorrido a la Península en sus necesidades, meditaba el modo de no dejar con qué subsistir a los americanos, y declaró con el hecho, que todo cuanto fuese útil debía pasar a manos europeas, ya fuesen joyas, ya gobiernos, ya corregimientos, ya administraciones de rentas, ya prebendas a excepción de las que se daban por oposición, porque éstas no se adquieren sino con ejercicios literarios, y por oposiciones en concurso.
Combinemos ahora todos estos procedimientos de la Junta Central con los que gobernaban entonces este Reino. Estos restos miserables de la Tiranía recibieron bajo de un oscuro velo los manifiestos de la misma Junta Central, que hicieron menos solemne reconocimiento que el de la Junta de Sevilla; escondieron de la vista del público los requerimiento de la Corte del Brasil; mantuvieron las gentes en perpetua ilusión respecto de los sucesos de la Península; interesados en asegurar el plan que se habían formado, aumentaron el número de los regidores del Cabildo con desprecio de las leyes, y dieron a conocer que el fin de sus operaciones era el de aumentar su partido, el de colocar al frente de los pueblos personas dispuestas a sacrificar a los americanos, e instruidas en el modo de perder este Reino. ¿Qué otra cosa podíamos pensar en vista de estos preparativos ordenados por la Junta Central, que meditaba hacernos la burla que anunció la Junta Provincial de Valencia(2) y a que cooperaban un virrey, y unos oidores y gobernadores, aquel rodeado de franceses y adictos de la persona de Godoy, y éstos criaturas del mismo Godoy, o hechuras de sus criaturas, unidos todos en sentimientos, y en deliberaciones con el fatal Gobierno?
Tal como hemos dicho era el estado deplorable del Reino, cuando a pesar de la vigilancia del Gobierno en ocultarnos las infaustas de la Península, se llegaron a traslucir las de la toma de Madrid por los franceses y sus conquistas en la Mancha. De cuántos ardides usó entonces el Gobierno para desmentirlas y engañarnos. ¡Cuántos terrores fulminó para imponer silencio y para ahogar el eco de la verdad!
Valga por todos la prisión que se hizo y el sacrificio que se intentó hacer en Pamplona de un americano(3) que se atrevió a comunicar tales noticias. Pero ellas no obstante obraron en los corazones americanos todo lo que podía el celo de la Religión y de la Patria. La muy ilustre ciudad de Quito levantó la voz: Dijo que era ya llegado el caso que no dejarse sorprender del enemigo, el que se aproximaba ya a los puntos marítimos de España, y que de repente podía dar un salto a la América; representó que sus puertos se hallaban sin guarnición, y sin defensa; que su presidente y oidores en nada pensaban menos que en la seguridad y salud del pueblo; y que en esta misma inacción daban vehementes sospechas de que deseaban recibir al enemigo, y le abrían todas las puertas. Desengañados de que en el Gobierno no encontraban remedio a este mal gravísimo, e instruidos por el ejemplo de México y por la Proclama de Sevilla que decía a los americanos: si entre vosotros se esconden venales, y bastardos españoles, estad alerta y corra la sangre de los malvados hasta el Betis(4); resolvieron hacer el último esfuerzo a servicio de su Dios, de su Rey y de su Patria. Depusieron las autoridades sospechosas, usaron con ellas de una generosidad noble, o más bien diremos, de una demasiada indulgencia que les ha costado muy cara; y sancionaron oponerse a los designios de los partidarios de Bonaparte, y sacrificarse por conservar su Provincia a la Religión Católica, a Fernando VII, y a la felicidad de sus paisanos. ¡Generosa resolución, si hubiera sido mejor dispuesta, y más detenidamente ordenada!
Para no invertir el orden cronológico de los sucesos, pasemos ahora del Gobierno de Quito al de la Capital. En el momento en que se supo en ésta la revolución de Quito, se conmovieron todas las autoridades; y para descubrir si en la ciudad de Santafé reinaban las mismas ideas de los quiteños, dispuso el virrey con anuencia de los oidores convocar una numerosa Junta de todos los Cuerpos. Junta falaz y sospechosa, junta en que sin razón, y con oposición a las leyes, fueron los militares representantes de ella(5); en que fueron también vocales el marqués de Valdehoyos, hombre transeúnte y que no tiene vecindad ni oficio en ella, el gobernador de Riohacha, sujeto separado de su Gobierno por el mismo virrey, y acusado en su propio tribunal por el fiscal Frías de los crímenes de contrabandista y de comunicación con los ingleses(6), con otros que no debían, según las leyes, presentarse en aquel Congreso, Junta, en fin, formada en medio de las bayonetas de una compañía entera de soldados con los fusiles cargados, llevando cada uno de ellos ocho cartuchos con bala, al mismo tiempo que toda la tropa estaba en los cuarteles sobre las armas. En esta Junta, parecida a la de Bayona, no temieron los verdaderos patriotas sacrificarse al furor de sus enemigos, y manifestaban con ingenuidad sus opiniones. Veintiocho fueron los votos que pedían la erección de una Junta Provisional, que reuniese las voluntades y sentimientos de todas las Provincias, y que atrajese con blandura a los quiteños sin el estrépito de las armas. Pero después de muchos altercados de los que contradecían estas ideas de prudencia, se disolvió la sesión sin algún escrutinio de los sufragios, y sus actas, a pesar de haber si muchas veces reclamadas por el Cabildo, jamás se vieron ni firmaron; antes bien fueron desatendidas con despotismo las instancias que sobre el particular hizo el muy ilustre Ayuntamiento.
El resultado de la Junta fue decretar la perdición de todos lo que en ella manifestaron patriotismo. Ante todas las cosas se despacharon rayos contra Quito; se llamaron las tropas de Cartagena; se dieron órdenes para que éstas unidas a la de Popayán, Pasto, y parte de las de Santafé entrasen desolando aquella rica Provincia, que había jurado conservarse fiel a su Soberano, y defenderle aquel país que el Gobierno exponía a la irrupción de los franceses; los jefes de Cuenca y Guayaquil fueron provocados igualmente, no a pacificar la revolución sino a apoderarse de la Presidencia, y despreciando con arrogancia todos los medios suaves, que se habían pronunciado en la Junta para tranquilizar aquella tierra, se prefirieron todas las medidas hostiles y destructoras. Sólo Don Felipe Fuertes, sobrino del virrey, hombre idolatrado en Quito, distinguido y honrado por los representantes de aquel pueblo, aparentó no sólo indiferencia sino adhesión al designio de los quiteños; pero luego renunció con desdén el honorífico empleo de Regencia que le había dado la Junta, se quitó la máscara, descubrió la hipocresía de su conducta, y es hoy el mayor enemigo de aquella gente. Quito, por fin fue la presa de los furores del Gobierno, y padeció todas las violencias de las tropas, a quienes el comandante había ofrecido cinco horas de saqueo, el que se conmutó en el disimulo de los robos, públicos estupros, y otros atentados. Asombra leer la condescendencia con que aquel gobierno autorizaba la insolencia de las tropas limeñas. ¡Baste decir que a los quejosos que ocurrían al Tribunal por remedio a sus males, se les respondía fríamente: id a pedir remedio a la Junta(7)! ¡No habla así a un pueblo rendido y pacífico, sino el órgano de la tiranía. ¡Alerta ciudadanos de Santafé! ¡Que este ejemplo os enseñe a ser más cautos, menos confiados, y más atentos a la política de Maquiavelo!
Como el fin de la Junta era envolver a Santafé en las ruinas de Quito, no se preparaba una mejor suerte a esta Capital. Dolosamente se nos presentaba la oliva de la Paz; y a la sombra de una seguridad aparente, se proyectaba en quietud el arte de ligar nuestras manos para conducirnos al sacrificio. Se nos empezó a mirar ya con un ojo irritado que no podía desmentir el disimulo; se publicaron y difundieron en papeletas los sufragios de los vocales de la famosa Junta, todos desfigurados y alterados en la sustancia. Clandestinamente fueron sumariados los vocales que abiertamente habían pronunciado el dictamen pacífico; y se publicó un bando tan impolítico como el de la Junta Central en Sevilla, abriendo la puerta a los denuncios con la calidad de encubrir los nombres de los delatores.¡Máxima nueva del despotismo que no ocurrió a la inquieta imaginación de Tácito, ni al genio maldiciente de Bocalino! ¡Máxima detestable, que por sí sola y sin necesidad de otra prueba demuestra el exceso a que había llegado la tiranía!
Pero esto sólo no les pareció bastante a asegurar el plan que se habían propuesto. Juzgaron que era también necesario deprimir el Cabildo de esta Capital, y colocar en él sujetos que siguiesen sus máximas, y cuyos votos sofocasen los sufragios de los Patricios. Desde luego, sin temor de hollar todas las leyes introdujeron en aquel Cuerpo otros seis regidores, nombrados por el virrey en calidad de interinos, oponiéndose a la Ley que prohíbe semejantes nombramientos, y que previene que en caso de hacerlos, sea a propuesta del Cabildo y sin exceder el número de los de ordenanza. Este paso se dio con el fin de asegurar a los de su partido la elección próxima de alcaldes, la que les era interesante. Con el mismo fin se había ya introducido en el Ayuntamiento a Don Ramón Infiesta, y aún desconfiando del éxito de su maniobra, convidaron a Don Bernardo Gutiérrez con el empleo de Alférez Real, que se le había negado por el virrey en otro tiempo, en que no era necesaria su persona para asegurar sus designios. No importa que el Cabildo se oponga abiertamente a la recepción de este sujeto: el virrey lo ordena con soberanía. No importa que se representen al Gobierno las causas que le excluyen de aquel empleo distinguido. Don Diego Frías pronuncia en su vista fiscal, que aún cuando Gutiérrez se hallase comprendido en aquellos casos, debía ser admitido en el Cabildo; dice más que el Cabildo mismo es reo de desobediencia, y que por haber representado, como se ha dicho, está comprendido en el mal caso de la Ley. Finalmente, no importa que el día destinado a violentar al Ayuntamiento sea un día festivo, el día más sagrado para la Iglesia y para España, cual es el día ocho de diciembre, en que se celebra la Purísima Concepción de la Santísima Virgen María. El virrey habilita este gran día para trabajar en la grande obra de hacer Alférez Real a D. Bernardo Gutiérrez, despacha a favor de éste la patente, y conmina con multa de quinientos pesos y otras penas arbitrarias a los que se opusiesen a su recepción. Veis aquí en un solo acto violadas las leyes sagradas de la Iglesia, las leyes de la Justicia, y las leyes de la Nación.
No penséis que Gutiérrez fuese ingrato a su benefactor; el Gobierno causó muchas violencias al Cabildo por colocar a Gutiérrez; Gutiérrez recíprocamente quiso violentar al Cabildo mismo por servir y corresponder al Gobierno. En los poderes que se dieron al excelentísimo señor Diputado del Reino para la Junta Central se habían limitado sus facultades para el caso en que la Península fuere ocupada por los franceses, Gutiérrez hizo empeño para que se borrase esta cláusula; alegó y sostuvo que la América debía seguir la suerte de España, conforme lo había dictado ya el fiscal Frías y obstinándose en esta pretensión, tuvo el atentado gravísimo de poner manos violentas en una persona distinguida y respetable, como la del procurador general. ¿Y no descubre este hecho que Gutiérrez obraba de acuerdo con el Gobierno, que el apresuramiento de éste en colocarle al frente de la capital era para ahogar en ella los sentimientos de fidelidad, que descubría en sus miembros, y para engrosar el partido de los que pensaban en preparar los caminos a los enemigos de la Nación?
Sí: esta era la idea que habían formado, la que les traía inquietos y afanosos, y la que deseaban verificar en el momento, temiendo que algún contratiempo se la arrebatase de entre las manos. Solícitos y bulliciosos, los oidores miraban como muy lentos los pasos que el virrey daba sobre el plan acordado; les parecía muy tardías sus operaciones, se quejaban de su inacción que les parecía perezosa, y pensaron en avivar por sí solos la maniobra. Volvieron a adoptar el medio que antes se habían propuesto de defender al virrey para deshacerse de un hombre que aunque iba de acuerdo con ellos, pero no trabajaba con la precipitación que les parecía conveniente. Para conseguirlo, le desacreditaron difundiendo por el pueblo especies muy odiosas contra su opinión, proyectaron llamar al gobernador de Cartagena, hombre más vivo y enérgico, para que ocupase su lugar, y tomase las riendas del Gobierno de todo el Reino: consta(8) que muchos europeos del bando de los oidores se armaron para prenderle, y aún se preparaban a asesinarle. Los oidores convidaron a algunos americanos a que tuviesen parte en esa maniobra, y la resistencia de éstos fue la fortuna del virrey y el desenlace de la tramoya del modo siguiente:
Don Joaquín de Ricaurte denunció ante el alcalde ordinario la sumaria que los oidores habían hecho al virrey; el alcalde dio noticia a este jefe y le pidió auxilio para escudriñar los papeles del oidor Alba, en cuyo poder, decía el denunciante, paraba el sumario.
En la perplejidad de si doy o no doy el auxilio, eligió el virrey el medio de conciliar los dos extremos igualmente arriesgados y peligrosos. Fingió recibir con indiferencia este aviso: dijo que el tal denuncio debía darse al desprecio, y negó el auxilio que se le pedía para el escrutinio. Mas al cabo de tres días, cuando ya esta noticia se había difundido en el pueblo, y cuando ya Alba había tenido sobrado tiempo para ocultar sus papeles, llamó el virrey a los oidores y al alcalde, y ordenó que se hiciese el escrutinio indicado, ¿quién no se había de reír de semejante pantomima? El pueblo se confirmó entonces en la opinión de que el virrey y los oidores eran igualmente culpables, de que aquél había temido que apareciese el sumario que le había formado Alba, que Alba había tenido también ser recíprocamente descubierto por el virrey, y que de acuerdo de entrambos, se había representado aquella farsa con que, a su pesar, quedaban ambos a cubierto. El resultado de todo fue que el sumario no apareció, que se hicieron las paces entre el virrey y los oidores, que aquél empezó a obrar con más viveza en los proyectos comunes de uno y otros, y que a pesar del bando en que habían ofrecido seguridad y secreto a los denunciantes, Don Joaquín Ricaurte fue perseguido con furor por esta denuncia, solicitado con suma diligencia y se vio precisado a emigrar y refugiarse en Caracas.
La combinación de todos estos tiránicos y maliciosos procedimientos abrió los ojos del pueblo y derramó un golpe de luz, que le hizo ver el precipicio a cuyo borde estaba descansando. Empezaron las gentes a desconfiar de su seguridad, temieron que se les preparaba la sorpresa de los franceses, y comenzaron ya a hablar, a difundir sus temores, y a buscar unos de otros el consejo y el remedio. Se aumentaban cada día las infaustas noticias que venían de Europa, y a esta medida crecían también los temores y recelos de los americanos; y desesperando de la reconquista de España, se estremecían al acordarse de las proposiciones vertidas y sostenidas por algunos europeos, de que las Américas debían seguir la suerte de la Metrópoli. No pudieron ocultarse del Gobierno estos temores del pueblo, y entonces, a pretexto de remitir fuerzas contra Quito, hizo venir nuevas tropas de Cartagena, llamó a Riohacha al Teniente Coronel Don Juan Sámano con la guarnición de aquel puerto, la que fue recibida en tiempo con vivas y aclamaciones de los oidores, que se prometían engrosar con ella su partido; dio la Comandancia del Batallón Auxiliar al mismo Don Juan Sámano, continuó en el grado de mayor de la plaza del cuñado de Alba, en el de oficial del propio Batallón al cuñado de aquél, dio los cordones de cadetes a dos hijos del mismo oidor, los que dentro de pocos días fueron oficiales, como los fueron también Llorente, Girardot y otros de aquella facción antiamericana. Se declararon sospechosos todos los Patricios, y se les miraba con un ojo amenazador. Se sumariaron los hombres de bien, las sospechas se graduaron de realidades, las denuncias de pruebas, las apariencias de principios, la posibilidad de testimonio. El terrorismo dejó ver en su propia figura, la tropa se mantuvo siempre sobre las armas, se difundieron por las calles patrullas diarias y nocturnas, se llenó todo el Reino de espías y vigilantes, y aguardaban los hombres sentados una próxima ruina. Veían el preñado de la nieve y esperaban los rayos. Véislos aquí:
De repente sorprendieron en esta capital a Don Baltasar Miñano de las Casas y a Don Antonio Nariño. Inmediatamente fueron conducidos a Cartagena como unos criminales. Sepultaron a Nariño en la bóveda de un castillo, le cargaron de cadenas y grillos tan pesadas como las que sufrió hace poco el Barón Trenck; le negaron no sólo la comunicación, sino el pan y el agua, le embargaron todos sus bienes y dejaron en la mendicidad a su ilustre familia. ¿Cuál ha sido el delito de este hombre desgraciado? Él no lo sabe, el público lo ignora; después de seis meses de prisión de cadenas, de hambre y de enfermedad, aún no se le ha hecho saber la causa de su arresto, no se le ha confesionado, no se le ha pedido ni una declaración. Él no habló en la Junta de 11 de Septiembre, pero se sospechó, que en caso de haber hablado, se habría declarado a favor de la humanidad. Este es su delito y el de todos los de esta capital. ¿Y no podíamos ahora preguntar si hay leyes en España, o si estamos en Constantinopla?
Igual a esta fue la suerte de los presbíteros Estévez, Gómez y Azuero. Los dos últimos fueron arrancados de sus curatos, reducidos a prisión y privados de comunicación por largo tiempo. El primero (Estévez) había predicado en la Capilla del Sagrario sobre la caridad y perdón de los enemigos. Nada había dicho contra el dogma, bada que no fuese ortodoxo, nada que pudiese aparecer subversivo. La Inquisición de Cartagena lo ha declarado, pero como no era del parecer de los tiranos, la malignidad acusó sus sermones de impíos y de sediciosos, se denunciaron como tales al Tribunal de la Fe, se fingieron decretos del mismo Tribunal contra su persona, se le intimó orden por el provisor y por el doctoral Lasso (entonces comisario de la Inquisición) de que no volviese a predicar jamás; se pretendió sorprender al propio Tribunal para arrancarle de esta ciudad y sepultarle en sus cárceles, y no habiendo conseguido este proyecto tan ofensivo al honor de un sacerdote de probidad y de literatura, se procedió contra él de mano armada en el silencio de la noche, fue rodeada su casa por soldados capitaneados por el provisor y por el doctoral de esta Iglesia, se pretendió forzar las puertas de su habitación, se llenó de insultos a su inocente familia, se pronunciaron contra ella anatemas por el provisor y comisario, y Estévez se vio precisado a saltar por sobre los muros de su casa, a huir del furor de sus enemigos, y a emigrar a Maracaibo. ¿No podíamos decir que aquel Gobierno había adoptado las visitas domiciliarias de Robespierre en los tiempos de la anarquía de Francia? ¿Cuál fue el delito de estos tres sacerdotes? ¿Cuál fue la causa que movió a tanto escándalo? La Inquisición de Cartagena como imparcial, y a donde no habían podido penetrar las maquinaciones del despotismo, declaró a Estévez por inocente, decretó su reposición a su ministerio, procuró que se subsanase su honor y su fortuna, y privó de la Comisaría al doctoral Lasso, que por su adhesión al sistema tiránico había cooperado al escándalo. Al doctor Azuero, después de las violencias dichas, y de una larga prisión, se puso en libertad y se dictó la sentencia de que se abstuviese de ir a bailes, suponiendo contra la verdad, que éste fuese un motivo para tan grave escándalo. Al doctor Gómez se le quiso hacer creer que su prisión había sido una pesadilla que había tenido durmiendo, y jamás se supo por orden de quién ni por qué causa había sido sorprendido por los soldados, conducido como un criminal a las prisiones, y detenido en ellas sin comunicación por largo tiempo. Falta aún añadir la pesquisa, y las patrullas que salieron armadas en solicitud del magistral de esta Iglesia, doctor Rosillo, que se hallaba ausente de la capital, y que fue conducido a ella en medio de doce soldados y sepultado por muchos meses en una prisión como la Bastilla de Francia, o como lo Rambla de Granada. Ya se había decretado la muerte de este sacerdote, la que se evitó con la mutación del Gobierno. ¿Queréis saber cuál era su crimen? El de oponerse a la sorpresa de los franceses, el de defender los derechos de Fernando VII y la justicia de su patria.
Pero lo que acaba de descubrir el Gobierno es la tragedia de Pore. Allí fueron presos dos jóvenes de edad de veinte años, con otros mozos que alarmaron al gobernador declamando contra el despotismo, y asustando a la ciudad. Diose parte al virrey, y éste de acuerdo con la Audiencia dividió la causa, hizo conducir a esta ciudad a algunos de los cómplices y dejando los dos jóvenes Rosillo y Cadena en Pore, y que omitiendo el seguimiento formal de una causa que debía presentar en todo su aspecto el delito, sentenciase; y que sin necesidad de consultar el Tribunal, les hiciese ejecutar. Así se hizo; un solo letrado les juzgó, les sentenció y sin permitirles defensa, sin darles abogado, sin oír sus descargos, les arcabucearon y cortaron las cabezas. Nosotros no nos quejamos de que se castiguen los crímenes sino de que profanen las leyes. Preguntamos ahora: ¿Las leyes no piden tres votos de toda conformidad para la imposición de la última de las penas? ¿A beneficio de los procesados las mismas leyes no exigen su formal audiencia, ensanchando los términos y vías que en causas de otra naturaleza estrechan? Aún en la milicia, en cuyos consejos las ejecuciones son más prontas, ¿no se forma un Tribunal? ¿No se oye al reo? ¿No se le da un defensor, no se exige la uniformidad y conveniencia de muchos votos para dar muerte a un delincuente? Y en Pore, un solo letrado pronuncia, y sin oír, sin necesidad de consultar al Tribunal, sentencia y quita la vida a dos muchachos! ¿Hay leyes? Ya aquí no había sido caprichos. Las cabezas fueron conducidas a esta capital, se pensó por los Ministros levantarlas públicamente en escarpias para insultar al pueblo, y lo hubieran ejecutado así, si no hubiera habido consideraciones que lo impidieron. ¿Qué más hicieron en Francia los asesinos marselleses asalariados por el infeliz Egalité?
Estos, y otros muchos sucesos que omitimos por la brevedad con que debemos instruir a nuestros hermanos, y que daremos a luz cuando escribamos sin la precipitación a que ahora nos obligan las circunstancias del tiempo, todos estos sucesos formaban la escena, y el escándalo del Reino en los últimos momentos de la Junta Central y en los días en que empezó a balancear el Gobierno de esta capital y sus provincias, cuando recibimos noticias de la disolución de dicha Junta Central y formación del nuevo Consejo de Regencia. A la manera que, en el helado invierno, cuando el cielo está obscurecido con densas y negras nubes, suele aparecer de cuando en cuando un rayo de sol pálido, que aunque no calienta, ilustra a lo menos, y alegra la faz desnuda de la tierra; así por un instante, se consoló la América con la fausta novedad de la aniquilación de aquel Tribunal, que perpetuaba en sus empleos a nuestros opresores, para que éstos asegurasen la dominación de aquél sobre nosotros. Alucinados con la esperanza de mudar de Jefes, no advertíamos que el mal no estaba en los Representantes, sino en el sistema del Gobierno. Pero en fin el Consejo de Regencia nos dijo: que desde aquel momento éramos ya libres, que no éramos ya los que encorvados bajo un yugo mucho más duro, mientras más distantes estábamos del Trono, habíamos sido mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia…(9)
Esta confesión que la necesidad arrancó al Gobierno, dio a la América el triste consuelo de que los opresores reconociesen su injusticia y condenasen sus propias operaciones. ¡Qué dulce es para el hombre el testimonio de su inocencia, y más cuando lo suscribe su enemigo! Pero al mismo tiempo advertimos en esta forzada confesión el dolo y la maña sutil con que se confesaba un delito para cometer otro mayor, y con que al reconocer la injusticia con que se nos había oprimido, se intentaba hacer más dura y más duradera la opresión. Tratemos con método sobre el Consejo de Regencia y descubriremos esta verdad.
La Junta Central de disolvió, no por las armas francesas, sino por el pueblo español que no tenía confianza en ella, y la acusaba de criminal. Los miembros de que se componía habían sido sindicados de venalidad y de traición desde el momento en que se descubrió que habían dejado brecha a los franceses para que entrasen en Sierra Morena. Todos estos vocales fueron dispersos por el pueblo que les aborrecía, fueron perseguidos y proscritos. Todos ellos huyeron precipitadamente de Sevilla huyendo del furor del pueblo que quería castigarlos con muerte, y afortunadamente algunos de ellos escaparon con vida a favor del ejército del Duque de Alburquerque, que les escoltó hasta conducirles a la Isla de León. Allí unos miembros muertos quisieron engendrar un cuerpo vivo: las reliquias de una Junta proscrita, se juntaron para formar otra, que querían hacer que pareciese legítima, y unos hombres sin autoridad intentaron dar la que no tenían al Consejo de Regencia, contra las protestas de Granada, de Valencia, de toda la Nación. Veintitrés Vocales de la extinta Junta Central, veintitrés Vocales fugitivos, acusados y aborrecidos, como diremos adelante, veintitrés Vocales sin autoridad y sin representación nacional, instalaron el Consejo de Regencia y le dieron los poderes de que ellos mismos estaban desnudos. Verdaderamente el presente siglo es el siglo de las paradojas y de los engaños! Quizá ya se habrá disuelto el Consejo de Regencia y mañana sabremos que el excelentísimo o sea serenísimo Sr. Saavedra, como se explica en una carta al Gobernador de Cádiz(10) acostumbrado a la dominación de Caracas y de Sevilla, ha levantado otro Cuerpo que se llama Soberano de España y de las Indias.
El Consejo de Regencia se instaló por fin con todas las nulidades que hemos visto. Se dio la residencia en él a un obispo anciano, el que por sus muchos años no hará otra cosa en venir desde Orense hasta la Isla de León, que ocupar inútilmente el lugar de su nombramiento. El excelentísimo o sea serenísimo Sr. Saavedra, por esta razón tiene el Gobierno de tal Consejo, y dice, que ya es llegado el caso de hacer revivir la Junta de Sevilla, aquella Junta que usurpó el título de Junta suprema de España e Indias(11). En vista de esto parece que no nos engañamos cuando dijimos que no tardaría mucho el tiempo en que veamos sustituir otro Cuerpo Representante al nuevo Consejo de Regencia. ¿Y la América le prestará también obediencia, como con violencia la prestó a la Junta de Sevilla en su nacimiento primero? El Gobierno de este Reino tardó mucho tiempo en sancionar su reconocimiento al Consejo de Regencia. ¿Sería acaso porque tenía presente la ilegitimidad de su origen? Sería porque guardaba su obediencia para prestarla a la nueva Junta Sevillana, cuyo renacimiento anunciaba Saavedra? Tal vez fue porque desconfiaba de que el dicho Consejo de Regencia quisiese perpetuar las autoridades que actualmente gobernaban, como las habían perpetuado la primitiva Junta de Sevilla y después la Junta Central. Los que gobernaban en uno y otro Continente se daban siempre las manos, y éstos no habían obedecido a aquellos, sino al precio de su estabilidad. En efecto: cuando se anunció la creación del Consejo de Regencia, se anunció también la creación de nuevos virreyes, y la mutación de los jefes que dominaban. De aquí nació la frialdad e indiferencia con que se miró este nuevo representante, de aquí el silencio y la falta de aquel apresuramiento con que se nos había exigido el reconocimiento a los dos primeros extinguidos tribunales, de aquí el no hacer Junta, el no conocer a todos los Cuerpos, el no avisar prontamente a las Provincias, el no comunicar esta noticia de oficio a los Tribunales interiores, como se había ejecutado antes, cuando se erigieron las otras Juntas de Sevilla y la Central. Entonces este Cabildo provocó al virrey para que se explicase sobre este asunto, y apenas consiguió, el que se anunciase sobre este asunto, y apenas consiguió, el que se anunciase esta novedad al pueblo por medio de un simple bando. El Consejo de Regencia debe estar quejoso de los antiguos jefes de este Reino, por no haberlo recibido con el ruido, la pompa y aparto magníficos con que habían sido reconocidos y publicados sus predecesores.
El Consejo de Regencia se instaló, y a la manera que los escorpiones recién nacidos se convierten contra la madre que les dio el ser y la devoran, así el nuevo Consejo de Regencia procedió contra los miembros de la Junta Central que la habían engendrado y erigido en Soberanía. Lo primero que hizo el Consejo de Regencia fue descubrir al mundo las faltas de su creadora. ¡Cuán grande debe ser la torpeza de una madre, cuando no la puede encubrir ni el honor ni el cariño de un hijo a quien ha dado el ser! A consulta del Consejo de Castilla resolvió el de Regencia que “los vocales de la Junta Central extinguida fuesen dispersos por las Provincias libres de España; que no se les permitiese juntar unos con otros en un mismo lugar, que hubiesen de dar parte a su hijo el Consejo del lugar de su domicilio, que estuviesen, aunque no arrestados, a disposición del capitán general de la Provincia, que por ningún caso pudiesen venir a América; que fuesen emplazados para dar cuenta de su conducta durante su vocalidad, que estuviesen prontos a dar razón de la inversión de los caudales que gastaron y pruebas de la justificación con que procedieron, y que todos y cada uno de los vasallos, pudiesen pedir contra los vocales de dicha Junta Central, para que fuesen según las leyes juzgados y castigados, conforme se debía hacer con los vocales Calbo y Tilly”(12) ¿Qué prueba con este decreto el Consejo de Regencia? Que los vocales de Junta Central estaban sindicados de colusión contra el Estado, de fraude y mala inversión de los tesoros que la América había remitido para sostener la guerra contra la Patria. ¿Tendría, pues, razón al pueblo de Sevilla para irritarse contra la Junta Central, para disolverla y perseguirla? ¿Y se espera mejor procedimiento de un Consejo, hechura de los dispersos miembro de aquella Junta?
El Consejo de Regencia se instaló y sus primeras atenciones se convirtieron a la América. Dijo: que ésta formaba parte integrante del Estado, que los destinos de los americanos ya no dependían ni de los virreyes, ni de los ministros, ni de los gobernadores, sino que estaban en nuestras manos. (13)¡Gracias a Dios, que ya después de tres siglos hemos oído decir por una vez que somos libres, o a la menos, que somos hombres! ¿Pero esta declaratoria del Consejo de Regencia venía acaso revestida del carácter de buena fe, de sinceridad y de justicia? El coloca nuestra libertad en la elección de diputados para las Cortes, y esta elección queda al arbitrio de los virreyes y de las audiencias. ¿Y cómo, pues, no depende ya de éstos la suerte de los derechos de la América? ¿Cómo es que somos ya libres y no encorvados bajo el pesado yugo de su indiferencia, de su codicia y de su ignorancia? El Consejo de Regencia halaga a la América reconociendo, y declarando sus derechos, y al mismo tiempo la tiraniza arrebatándoselos.
Finalmente el Consejo de Regencia se instaló, y habiendo observado la crítica situación de la América, y el gran e inminente peligro de su separación de la Europa, meditó el modo de contenerla y de retardar su emancipación. Para hacerlo con toda la finura y delicadeza de la política, destinó un comisionado para cada provincia, éste debía ser americano y oriundo del mismo suelo a que se dirigía su comisión, anticipó la voz de que las comisiones eran pacíficas, que se reducían a hacer gracias, e indultar si acaso hubiese delincuentes. Nombró para este reino a Don Carlos Montúfar y a Don Antonio Villavicencio, ambos nacidos en Quito y el segundo educado desde su niñez en Santafé. ¡Qué asombro! ¡Los comisionados son americanos! ¡Vienen a tratar los negocios e intereses de sus propios países! ¡Los únicos americanos que en tres siglos han tenido una tal confianza del gobierno! Los europeos miraron esta Comisión como un insulto que el Consejo de Regencia irrogaba al derecho exclusivo que juzgaban tener sobre la suerte del Nuevo Mundo. Los americanos presentíamos que esta Comisión era un nuevo lazo que el Consejo de Regencia tendía a nuestra libertad. Los europeos meditaban los modos de eludir la Comisión, de detener a los comisionados, y aún de barrenar los barcos o champanes en que subían el río Magdalena. El Conde Ruiz de Castilla se explicó al virrey con asombro de que hubiese permitido a Montúfar seguir camino para Quito(14), y da a entender que le tiene en sumo cuidado su aproximación a la ciudad. Los americanos, aunque desconfiados y maliciosos sobre la comisión, como que no tenían motivo para esperar del Gobierno alguna conmiseración, se apresuraron a recibir con pompa a los comisionados, más bien a título de paisanaje que porque los juzgasen libertadores de la Patria y ángeles tutelares de su fortuna. Estas desconfianzas tenían por apoyo las operaciones de este gobierno, las que no se podían combinar con lisonjeras esperanzas. El virrey decía que aguardaba al Comisionado para arreglar con él sus disposiciones, pero al mismo tiempo preparaba calabozos y potros; tenía a punto de servir los cañones del parque, había prevenido la fusilería, cantidad de granadas, de bombas y otras armas de fuego; había fabricado y seguía fabricando muchas lanzas, sables, desgarraduras y cuchillos: había interceptado, y con vigilancia recogía del comercio toda la pólvora, los machetes y aún los pedernales de chispa, para que no cayesen en manos americanas. Al mismo tiempo veía los europeos desarmados de puñales, de pistoleras, de sables, con un denuedo y aire amenazador. ¿A qué fin, decían los americanos, a qué fin todo este aparato guerrero, si se aguarda al Comisionado para pacificar el Reino?
Poco tardamos en descubrir que las voces del Gobierno eran de paz, pero que las ideas eran hostiles y sanguinarias. Muchas noticias que recibimos en aquel tiempo, nos afirmaron en el concepto de que todos los jefes del Reino estaban de acuerdo con la Regencia para perdernos. Vamos a hacer la enumeración de todas ellas. Tuvimos la noticia de que con palabras pacíficas había el corregidor de la Provincia del Socorro desarmado y asegurado aquellas gentes para fusilarlas y derramar su sangre sin alguna razón, sin el más leve motivo y con la más villana crueldad el día 9 de julio.(15)
Supimos que en Guayaquil sin alguna causa ni sentencia habían sido aprisionadas por Don Francisco Baquerizo algunos paisanos de Quito que vendían y compraban en la Bodega, que les habían rematado las mulas de su carruaje al precio de tres pesos, siendo de treinta su valor legítimo; que les habían conducido a los cepos, dejándoles perecer de hambre, y que Don Pablo Chica, por orden de Cucalón había también sepultado en calabozo otras ochos personas distinguidas de Cuenca, sin permitirles comunicación, ni cama, ni alimentos, aunque entre aquellas víctimas se contaban un oficial real y un alcalde ordinario, y Don Joaquín de Tovar, interventor de Torricos, el que murió en la prisión y con los grillos.(16)
Supimos que estas violencias eran muy meditadas y sistemáticas para destruir la gente americana y satisfacer la sed de oro y plata que devoraba a los mandantes: que Don Pedro Alcántara Bruno y Cucalón ya el ingreso de la persecución de los quiteños en cien mil pesos, y que este último había ofrecido al Presidente Ruiz de Castilla todos sus auxilios para reponerlo en su empleo, con tal que lo renunciase a su favor, supuesto que por sus muchos años ya no podía mandar.(17)
Supimos que Don Juan Falquez y Don Sebastián Puga sorprendieron en Pueblo Viejo a Don Juan Ponce, a Don Agustín Revolledo, a sus criados y familiares, que los cargaron de cadenas, les desnudaron de sus vestidos, les quitaron de sus pies el calzado, les expusieron desnudos a la vergüenza y al terrible aguijón de infinitos moscos, de que abunda la tierra, teniéndoles las manos cautivas con esposas y aseguradas al cuello por medio de un canuto; que se pregonaron sus bienes y que se refundieron en calabozos con cuatro centinelas vista y dos cañones de custodia, todo su delito fue haber nacido americanos.(18)
Supimos que el sistema antiamericano hizo que el Pastor de Cuenca se convirtiese en General de armada, que conmutase por la espada el cayado, y que el órgano del Evangelio y la Paz se transmutase en trompa marcial y de muerte ¡Qué asombro! ver a un Obispo dar lecciones de guerra al cruel Aymerich, levantar una compañía de clérigos con el sobrenombre de Muerte, con uniforme de luto y en oposición a las leyes municipales! ¡Qué espanto! Ver prodigar las rentas del Seminario, la sustancia de los pobres, los tesoros de las obras pías, entre gentes brutales, entre una multitud de asesinos que han asolado la fertilísima Provincia de Quito. ¡Qué deshonra! Oír a Fray José Balleno, lego de la Merced, predicar al lado de un Obispo, persuadir la desolación de la América y exhortar a derramar la sangre de los quiteños.(19) ¡Pero qué vergüenza! Cuando estas tropas se disponían a conquistar la América, cuando el gobernador y oficiales se disputaban ya las propiedades y haciendas de los quiteños, se oyó un grito que decía: Enemigos se acercan. Este trueno aterró a todo el Ejército, Aymerich se encerró en su palacio, poniendo en la puerta y en la galería fusileros que le guardasen; los soldados morlacos corrieron despavoridos a buscar escondrijos en que ocultarse y el Señor Obispo, general del ejército, salió corriendo, tomó la ruta de la hacienda de San José que dista de la ciudad dos leguas, y con un pie descalzó no paró hasta meterse en una zanja.(20) ¡Oh valor! ¡Oh impavidez marcial!
Supimos que Don José Urigüen había destruido el pueblo de Piti, quemado sus casas y conducido a Barbacoas a todos los habitantes como cautivos; que Don Fernando Angulo, acaudillando a los regidores de Barbacoas, procedió con su innata bestialidad a aprehender a todos los criollos, a despojar de su beneficio al cura de San Pablo de Guaiguez, a nombrar con su autoridad otro sacerdote por cura, a darle las facultades espirituales de administrar sacramentos, y la jurisdicción para presenciar y bendecir matrimonios; a prohibir que se diese en colecta y canon de la misa conmemoración al prelado diocesano, a procesar a los clérigos y a atropellar, como se practicó en esta ciudad, la inmunidad eclesiástica.(21)
Supimos que reunidos en Pasto, Don Gregorio Angulo, Don Miguel Tacón, con un asesor, un director, y un formidable ejército de cien fusileros, y algunos mulatos sin honor y sin disciplina, sorprendieron a los descuidados quiteños, pusieron a unos en fuga y aprisionaron a otros, conduciéndolos arrastrados hasta Popayán, con crueldad y tiranía. Esta es la gran victoria, el triunfo singular, que los pastusos alcanzaron sobre los cándidos quiteños, el que se quieren apropiar aquellos dos gobernadores y por el cual les ha reengraciado el Consejo de Regencia.(22)
Supimos también, que habiéndose sosegado los ruidos de Quito por sus mismos naturales, fue restituido a la Presidencia el Conde Ruiz, bajo ciertas capitulaciones juradas y publicadas por bando, ofreciéndoles seguridad y prometiendo éste interesarse con el virrey o aún con el Soberano para que tratasen con equidad y dulzura a los que intervinieron a la formación de la Junta ya disuelta, que este juramento, esta capitulación, este bando fue recibido por las gentes de Quito como su padrón, y cédula de seguridad; que en esta confianza entró Salinas en la simulada privanza de aquel jefe, hasta visitarse mutuamente, que los vecinos nobles hacían la guardia a éste con candor y sinceridad, que fueron recibidas las tropas de Lima como auxiliares y amigas, que se sirvió un banquete en casa del Presidente a que asistió la ciudad; que al tercero día hubo un refresco en casa de los Aguirres, al cual siguió un baile al que asistió el Comandante Arredondo con la Oficialidad, y se concluyó con un juego (profesión de aquella gente), en el cual perdieron los quiteños mil onzas de oro.(23) ¡Ay! ¡Nuestros hermanos no advirtieron que trataban con tigres que halagan con la cola, para hacer presa con las uñas!
Apenas se habían desarmado los quiteños, apenas les consideraban indefensos y descuidados con el engaño, se dio principio a las hostilidades. ¡Cobardes! No os atrevisteis a entrar a Quito, no osasteis quitaros la máscara, no mostrareis valor hasta que no hallasteis con quién lidiar!
Se hizo de la noble biblioteca un cuartel, y otro de la casa de la Universidad. ¡Tal es la oposición que tiene aquel Gobierno con las letras! De repente fueron sorprendidos los principales de la ciudad con otras muchas gentes; fueron sepultados en calabozos, se comenzó el proceso, fueron jueces Arechaga, Fuertes, y Arredondo. ¡Qué tribunal! Cuatro meses y medio corrieron en evacuarse el sumario, y en proponerse la más inicua y contradictoria vista fiscal, en que indistintamente se acusa a los inocentes, a los culpados, a los niños, a las mujeres, sin atender a sexo, carácter, ni representación, pero ni al mérito de los autos. Pidióse por Arechaga que no se diese traslado a los presos y que con un breve y perentorio tiempo se recibiese la causa a prueba con todos los cargos. Solicitud con que se pretendía impedir que saliesen a luz los vicios del proceso. Fuertes, el gran letrado Fuertes, conocido en esta Capital, Fuertes recibió la causa a prueba con el término de veinte días, y todos los cargos, ordenando que no se manifestase la acusación fiscal, sino en la parte que a cada uno correspondía, y prohibiendo que se dejasen ver los autos, de los que sólo les permitía dar a cada interesado una breve relación por el escribano.(24) ¡Nueva Jurisprudencia que deshonra para siempre a los jueces de Quito! Desde que recibimos tan funesta noticia, desde que entendimos que Arechaga, Fuertes y Arredondo eran jueces de aquella causa, dimos por perdidos a nuestros caros hermanos de Quito, y nosotros mismos advertimos que estábamos comprendidos en la proscripción, por haber hablado en favor de ellos en la Junta del 11 de septiembre.
Oportunamente vinieron a nuestras manos algunas cartas que un europeo de los de esta Capital remitía a los de otro lugar del Reino, en la que les convocaba a reunirse en Zipaquirá para que todos juntos entrasen en esta ciudad. En efecto, estando nosotros atentos a descubrir, si se verificaba esta proclama de nuestros enemigos, vimos que los europeos de los alrededores y aún de lugares distantes, como de Chiquinquirá, La Mesa y otros, se reunían en Santafé; que andaba en patrullas y en corrillos misteriosos, y que se dejaban ver inquietos, taciturnos y demudados. Teníamos presente el denuncio que se nos había dado, de que éstos disponían sacrificar a todos los patricios en una sola noche, y sospechamos que ya estaba muy cerca la hora fatal de nuestra inmolación.
Por fortuna cayeron en nuestras manos en aquel momento las últimas órdenes expedidas por el Consejo de Regencia contra los hijos de América; y reconocimos en el agua venía turbia desde su fuente; que las operaciones crueles y sanguinarias de este Gobierno eran no más, que la ejecución de lo que el tal Consejo de Regencia dictaba; y que ya ni los funcionarios de América tenían a quién temer, ni nosotros a quién ocurrir, ni a quién quejarnos. Absortos quedamos al leer las órdenes dirigidas con fecha 15 de marzo último a los gobernadores de Cartagena y de Popayán, y las de 25 de Abril al virrey de este Reino. En ellas apareció el sistema del engaño y de la felonía, con que a la sombra de los comisionados pacificadores con que nos deslumbraba, había asegurado el golpe e iba a descargar el cuchillo sobre nuestras inocentes cabezas. Los tales comisionados, según se nos había prometido, venían destinados por la Regencia a pacificar, indultar y hacer gracias a los americanos. Con este supuesto objeto los Comisionados mismos eran americanos también, para que tuviésemos de ellos más confianza, y fuesen recibidos por nosotros con alegría, sin temor y sin armas. Tal vez los mismos comisionados creyeron al Consejo de Regencia, y teniendo por sincera su misión, llegaron a mirarse como unos genios benéficos y consoladores de su Patria. ¡Engaño! con ellos había salido, y aún había llegado antes que ellos el rayo exterminador. El Consejo de Regencia en los papeles citados, declaraba insurgentes a los habitantes de Quito, aprobaba las operaciones hostiles con que les habían perseguido, daban gracias a los que les habían sacrificado; provocaban a las autoridades y a los pueblos a que les escarmentasen y condujesen al exterminio. Felonía que deshonrará para siempre al tal Consejo de Regencia, y que lo hace indigno de apropiarse el nombre augusto de nuestro soberano.
También vimos con horror la orden del mismo Consejo de Regencia, con fecha 30 de abril último, renovatoria de la de 1º de noviembre de 1808, dirigida a los virreyes, gobernadores y demás autoridades, para que mantuviesen los pueblos en una perpetua ilusión; para que se sofocasen todas las noticias que pudiesen descubrir el verdadero estado de la Península; y para que no permitiesen publicar otras gacetas, que las que el mismo Consejo imprimiese, a fin de engañar nuestra confianza y de darnos tiempo para defendernos del enemigo.
Finalmente, recibimos el decreto del mismo Consejo de Regencia de 28 de abril último, en que ordena que todos los propietarios de Cádiz hayan de pagar veinte por ciento de todas las fincas inmuebles, diez por ciento los inquilinos sin excepción de casas religiosas ni de hospicios, casas de niños expósitos y demás obras pías. ¿Qué debía esperar la América siempre tiranizada, si el Consejo de Regencia tiraniza de un modo tan cruel a los habitantes de la Península?
Pues en vista de tantas mentiras, de tantos engaños del Gobierno, de tantos hostiles preparativos con que nos amenazaban; viéndonos abatidos, desarmados, entregados en manos del furor, y del odio de nuestros enemigos; sin tener a quién recurrir con la queja de nuestros agravios, ni a quién representar nuestra inocencia, ni de quién implorar nuestra justicia, ya nos conformábamos con morir. El pavor de la muerte se dejó ver en nuestros semblantes, a cada paso volvíamos el rostro temiendo el cuchillo que nos amenazaba por la espalda; encerrados en nuestras casas, el menor ruido nos hacía esperar el hacha que derribase nuestras puertas, y el cuchillo que cortase nuestras gargantas. En tal conflicto recurrimos a Dios, a ese Dios que deja parecer la inocencia, a este nuestro Dios justo que defiende la causa de los humildes; nos entregamos en sus manos, adoramos sus inescrutables decretos, les protestamos que nada habíamos deseado sino defender su santa fe, oponernos a los errores de los libertinos de Francia, conservarnos fieles a Fernando, y procurar el bien y libertad de nuestra patria; nos ofrecimos con resignación al sacrificio por tan nobles y santas causas, y le dijimos, que si era su voluntad castigar nuestras culpas con el despiadado furor de nuestros enemigos, recibiríamos contentos el castigo y besaríamos su adorable mano que nos hería. Los sacerdotes, las sagradas vírgenes, la nobleza, la plebe, todos clamamos a una voz, como lo había hecho en semejante consternación el Macabeo; y dijimos a Dios que nuestros contrarios confiaban en sus armas y en sus caballos, pero que nosotros no teníamos confianza sino en el auxilio de su diestra y ¡oh prodigio! Una palabra injuriosa e indecente que profirió un europeo contra los americanos, fue la chispa con que prendió el gran fuego de la Revolución, el Dios de los Ejércitos. Al instante conocimos que había sido oída nuestra oración y que el cielo volvía por nuestra causa. Irritóse la gente que había oído el insulto contra la Nación; progresivamente se conmovió toda la capital, ocurrieron apresurados los pueblos; los pechos de los americanos se encendieron del fuego de la libertad; sus brazos se sintieron robustos y dotados de una fuerza gigante, respiraron el aire del patriotismo y del valor, por tantos siglos reprimido, al mismo tiempo que un humor frío corría en vez de sangre por las venas de nuestros enemigos, a quienes el susto hizo caer de las manos de la pluma, que pretendía dictar órdenes de fuego y de sangre. En fin, del cielo nos ha venido el laurel.
¡Americanos! ¡Pueblos todos del mundo! Dignaos de arrojar una mirada rápida sobre todo lo que hemos dicho, y sentenciar con imparcialidad y con justicia, si hemos tenido bastantes y sobrados motivos para desconocer cualquiera otra autoridad que no sea la inmediata de nuestro amado Soberano el Sr. D. Fernando VII.
Mirad por una parte las intrigas de Napoleón, las infinitas artes seductoras de los franceses, el riesgo de ser acometidos por sus satélites, el descuido o malicia de los jefes del Reino, la indiferencia con que se miran los puertos, la aniquilación del erario en empresas frívolas y la perfidia de gran parte de los europeos españoles, su adhesión a Bonaparte tan comprobada y auténtica, la correspondencia de muchos de los que viven en América con aquel tirano o con sus dependientes.
Mirad por otra parte una infinidad de injusticias, de violencias, de atentados contra la humanidad; una espantosa infracción de todas las leyes, de todos los principios de la política, de todos los sagrados derechos del hombre, un cúmulo asombroso de procedimientos despóticos, de opresiones tiranas y de pruebas auténticas del sistema caprichoso que se había formado el fatal gobierno.
Mirad, cómo donde quiera que se junta un grupo de europeos, se erige una soberanía sin tener autoridad, ni poderes para ello; que se hace reconocer por tal a favor de la mentira, de la intriga y de la violencia; y que sucesivamente nos quieren hacer vasallos ya de la Junta de Sevilla, ya de la Central, ya del Consejo de la Isla de León; y que quizá mañana nos querrán hacer esclavos de Mallorca, de Ibiza, de Tenerife o de cualquier otro lugar en donde se les antoje unir un puñado de gentes ambiciosas de denominación. Acordaos que en la junta de 11 de septiembre se sostuvo públicamente en esta Capital, que donde se hallase un solo vocal de la Junta de Sevilla, allí estaba la Soberanía.
Mirad como esas Juntas no aspiran sino a extraer todo el oro y plata que recogen con sudor y fatiga los labradores, los artesanos, los mineros, los pobres de este suelo, y que con diversos pretextos, con nombres espaciosos ya de contribución, ya de donativos dejan perecer de hambre las tres partes de nuestros compatriotas, exportando los caudales para sostener el lujo y entretener las pasiones de los que se erigen en Soberanos. Buen testigo es Sanllorente, lo es también el decreto de los cuarenta millones, que la Junta Central exigía de la América, si no queréis volver los ojos a los tiempos de Godoy, cuando con nombre de Consolidación arrebató los tesoros de las iglesias y la sustancia con que se mantenían los Ministros del Santuario.
Mirad la maniobra con que los jefes de América sostenían por su interés aquellas Soberanías y el interés con que aquellas Soberanías sostenían a los jefes en América, ayudándose recíprocamente a mantenerse en su elevación. De otra manera ni aquellos hubieran sido legisladores de América, ni éstos hubieran obedecido sus sanciones. Ya visteis que no fueron reconocidas en este Reino la Junta de Sevilla, ni la Junta Central, hasta que por estos mismos tribunales se decretó la continuación del Gobierno de este Virrey y de los Oidores; y que cuando se dijo, que la Regencia criaba nuevo Virrey y Audiencia, se retardó su reconocimiento hasta asegurarse de lo contrario.
Mirad el escándalo que se ha dado que se ha dado al mundo con los atentados del Gobierno contra la Iglesia de Jesucristo. A la ocupación que Godoy había hecho de todas las propiedades de la Iglesia y Monasterios, se han seguido innumerables actos contra su inmunidad. Se arrancó de la puerta de la iglesia el Edicto de un Obispo(25) en que exhortaba a orar por la felicidad de las armas de España. Se insultó este mismo Obispo con un oficio escrito con la pluma más atrevida que la de Dupin, y con tinta más negra que la de Voltaire(26). Se procesaron los clérigos, se redujeron a duras prisiones, se dictaron sentencias de muerte contra ellos, se derramó en Quito su sangre.(27) Se habilitaron los días más sagrados para acordar negocios ridículos, se lidiaron toros en Lunes y Martes Santo, y el Jueves y el Viernes Santo, se ocuparon en enseñar a las milicias el ejercicio militar por el Comandante Cristiano Don Gregorio Angulo(28). Se hizo cuartel general de la iglesia de Capuchinos del Socorro, se puso la batería en la tribuna del Coro, y desde allí se dispararon los fusiles contra los inocentes y desarmados paisanos(29). Se fingieron censuras de la Inquisición para oprimir a los Sacerdotes, se ocultaron por mucho tiempo las declaraciones de aquel Tribunal que protegían la inocencia y se pretendió abusar de sus providencias para hostilizar con las armas de la fe…(30)
Mirad como se despreciaban las ciudades, esos ilustres cuerpos que representaban los pueblos. ¡Con qué desdén se volvía la espalda a los Alcaldes! ¡Con qué desdén se volvía la espalda a los Alcaldes! ¡Con qué despotismo se sofocaba su voz! ¡Con qué arrogancia se desatendían las representaciones de los Cabildos! se quitaban y se ponían, se aumentaban y se disminuían los Regidores por capricho. Se colocaban contra el voto de las ciudades nuevos empleados en los Ayuntamientos(31), se amenazaban, se multaban, se reducían a nada los representantes del pueblo(32) hasta denegarles el esculpir en las monedas que se fundieron para la Jura de Fernando VII las armas de esta ciudad, sustituyendo en lugar de ellas una cifra ridícula. Tan cierto así es, que los amigos de Godoy no les era muy grato el reinado de Fernando.
Mirad a la injusticia dominante sobre el tesoro que le había levantado la tiranía. Allí había abierta una puerta franca para los denunciantes con calidad del secreto de sus nombres, a fin de que las venganzas y los resentimientos diesen materia para encabezar el proceso de los que pretendían proscribir. Allí se abrían calabozos para sepultar a los americanos, olvidándoles por largo tiempo, sin oírles, sin permitirles defensa, sin compadecerse de sus enfermedades, hasta dejarles morir de hambres y de miseria(33). Por todas partes se oía resonar la trompeta del terrorismo; los caminos estaban atemorizados por las continuas correrías de soldados armados que buscaban a los proscritos; las calles de los lugares se veían llenas de patrullas; los ciudadanos eran arrastrados a los Tribunales sin constar algún delito; la inocencia era confundida por la calumnia; la defensa de los presos era artificiosamente dilatada, entorpecida con disimulo, sofocada con terceros fingidos, con estratagemas capciosas, con especiosas acusaciones(34) Los testigos eran intimidados con amenazas, seducidos por sofismas, preguntados con prevención, asombrados con pretextos y quimeras. Las preocupaciones del pueblo se tenían por acusaciones jurídicas, los denunciantes infieles y apasionados, eran admitidos como acusadores legales; los vivos eran comprendidos en los errores de los muertos(35). Ya no había ley, ya no había un juicio maduro y detenido para condenar a muerte: bastaba para ello los clamores de la prevención, las invectivas de la calumnia, las solicitudes del rencor, y un solo letrado rural conocía, sentenciaba y hacía ejecutar.(36)
Finalmente, mirad las heridas que se dieron a la fe pública, y a la común utilidad. La fe pública se quejaba de una infinidad de mentiras, de suposiciones, de noticias falsas que se esparcían en el pueblo para tenerle deslumbrado con papeletas y gacetas impresas por el Capricho(37). Se quejaba de la violación de las promesas ofrecidas en bandos públicos, de los juramentos más solemnes quebrantados con escándalo(38), y de la interceptación de las cartas de correspondencia, la que llegó al atrevimiento de abrir, de copiar y comunicar no solamente los pliegos oficiales, sino también las cartas familiares que Don Carlos Montúfar (este comisionado de una Autoridad a quien estos jefes se fingían reconocer cuando les convenía) había escrito a sus parientes(39).
La pública utilidad se quejaba también de que el Gobierno había obstruido todos los canales de la felicidad del Reino. El tiempo de guerra, cuando España no podía suministrar géneros ni efectos para el consumo, vio que se cerraron los puertos al comercio de las potencias neutrales, a pesar de las reclamaciones del Consulado de Cartagena, dando lugar al contrabando y causando al Erario la pérdida de muchos millones de pesos en los derechos de Aduana(40) que se prohibió la salida de las canoas para el Chocó, causando la pérdida de los comerciantes que tenían acopios de quinas y frutos, con improbación del Consulado(41), que cuando a repetidas instancias del comercio se abrieron los puertos, se recargó un derecho de un cuarenta y cinco por ciento(42) a los efectos, dejando seguir el contrabando y fomentando la mala fe, y la inmoralidad de las costumbres. Vio también, que siendo de primera necesidad para el comercio la apertura de caminos, y la composición de canales y lagunas, entorpeció el Gobierno la graciosa composición del Canal de las Flechas que a su costa trabajaba el patriota don José Ignacio de Pombo, que multó al Consulado de Cartagena sobre una simple queja del Marqués de Valdehoyos(43), que amenazó a don Ignacio Ugarte, porque a costa del citado Consulado promovió la composición del arriesgado paso del Pretel en el Río Magdalena y le preciso abandonar obra tan útil(44), que incomodó y cansó al patriota Francisco Javier Roel, quien a su costa trabajaba en la apertura del camino que va de Opón al Magdalena, hasta obligarle a desamparar su trabajo tan benéfico(45), y que teniendo detenidos los caudales del ramo del Camellón, destinados a la composición de caminos, se abandonaba absolutamente, este cuidado de policía, permaneciendo los caminos de Honda, de La Mesa y generalmente, todos los del Reino tan ásperos e intransitables, que no solamente morían en ellos las mulas de los carruajes, sino también muchos trajinantes y arrieros.
La felicidad pública se quejaba también de ver a los indios bajo el yugo de un injusto y tiránico tributo. Después de exigirles todo el precio de sus labores, se les abandonaba como a bestias; no había en sus pueblos una escuela pública para educarlos, ni un hospital para curar enfermedades, pero ni tenían cama en qué dormir, ni con qué comer, pereciendo las tres partes de ellos de necesidad y miseria. Los indios de Nemocón con más de cien mil pesos estancados en la Tesorería de esta ciudad, pero siendo dueños de este caudal, no pudieron jamás conseguir que el Virrey les diese de su haber ni un solo real para la fábrica de su Iglesia, que está arruinada, ni para provisión de herramientas y de semillas para labrar sus tierras, ni para el sustento de sus familias que se hallan hambrientas y desnudas. En vano reclamó su benéfico Cura Don José Torres, en vano instó, y suplicó que se socorriese a esos infelices. El duro corazón del Virrey no se movió a la triste pintura que de los miserables hizo el citado Cura y les denegó todo auxilio. Esta negativa cruel dio motivo par que aquel piadoso sacerdote abandonase aquel curato.(46)
Semejante a la de los de Nemocón fue la suerte de los Indios de Fontibón. Las rentas de sus tierras entraban al bolsillo del Fiscal, por ironía su Protector. Imposibilitados los indios de presentarse ante aquella cruel divinidad, que les miraba siempre con desdén y altanería, no osaban pedir cuenta de sus haberes. Temerosos de recibir un insulto y una larga prisión en lugar de dinero, dejaron correr muchos años sin pedirlo. El Fiscal Protector se aprovechaba de esta cobardía, jamás alargó su mano para pagarles lo que justamente les debía, y el día en que le sacaban preso para Cartagena salieron al camino los indios de Fontibón a demandarle sus caudales. Esta fue la única vez que tuvieron resolución para hacerlo, pero el Fiscal no tuvo con qué poderles satisfacer, y don José Acevedo, generoso patriota, olvidando los agravios que había recibido del Gobierno, se ofreció a pagar por el Fiscal a fin de conservarle la vida. También los indios de Coyaima y de Natagaima… Pero la brevedad de este papel no sufre el infinito número de ejemplares que pudiéramos añadir.
Más no son estos solos los males que ha sufrido del Gobierno la pública utilidad. Este despótico Gobierno, para obtener de la América una obediencia ciega a la arbitrariedad de sus leyes, procuró mantenerla en una profunda ignorancia así de las obligaciones de un Gobierno justo, como de los derechos sagrados del hombre. La Corte de España consiguió persuadir al vulgo que era un delito razonar sobre estos asuntos(47). Lejos de la América el conocimiento del derecho público y de gentes(48); lejos de ella cualquier libro que pudiera dar luz sobre la libertad de los pueblos; la lección de Robertson fue prohibida con pena de muerte(49), y la reimpresión de los Derechos del Hombre fue castigada con expatriación del noble americano Don Antonio Nariño, el que después de una dura prisión fue como un criminal conducido a España, como arrastrado ignominiosamente; a los presidios de Cartagena el impreso Don Diego Espinosa… Lejos también de esta cautiva y desgraciada parte del mundo aquel precioso vehículo por donde se difunden los conocimientos del hombre, por donde se propagan sus ideas, y se facilitan los recursos para su felicidad. La imprenta, digo, no era permitida a los americanos. El noble y generoso patriota D. Manuel Pombo compró en Filadelfia una imprenta, la presentó al Consulado de Cartagena; el Virrey Amar consiguió real orden para que no se usase de ella, fue sepultada y condenada a perderse, hasta que en 1808 fue puesta en uso para reimprimir los mentirosos papeles que traía Sanllorente, a fin de deslumbrar a las gentes sobre el verdadero y fatal estado de la Península.
¿Pero qué diremos de los perjuicios que las artes y la agricultura han recibido de este fatal Gobierno? Nada se permitía hacer a los americanos. El D. Lasso plantó el lino en Bogotá, el Gobierno reprobó aquel plantío. El doctor Neira puso algunas cepas en Sutatenza, el Gobierno las arrancó. Girón costeó la fábrica de paños de Quito, el Gobierno dio en tierra con la fábrica y con Girón. En Santafé puso D. Juan de Illanes un batán, el gobierno lo perdió; Chavarría intentó fabricar losa para el servicio de mesa, el Gobierno se lo impidió y quiso desterrarle. Pierre estableció fábrica de sombreros, el Gobierno puso mil trabas a su proyecto, y si aún subsiste, es a la sombra del nuevo Gobierno. Así los americanos se veían precisados no solamente a no emprender, a no trabajar, a no manifestar sus luces y talentos, sino también a comprar todos los géneros a precios más caros, pues en los años pasados han recibido la resma de papel a veintiséis pesos fuertes, el quintal de fierro a treinta pesos, y cuarenta y ocho pesos la arroba de vino para la celebración de las misas,(50) y así de los demás.
¡Americanos! Los hechos que apresuradamente os presenta este escrito, son hechos verídicos, notorios e innegables del Gobierno en estos últimos años, pero son la mínima parte de los que pudiéramos presentaros si la brevedad, que pide un papel que debe circular con prontitud, no detuviera nuestra pluma. Hechos en verdad que provocan a indignación a todo el mundo, pero que en nuestros compatriotas deben excitar aquel placer que experimenta el cautivo cuando ve rotas las cadenas de su esclavitud. ¡Ya dieron fin nuestros trabajos! ¡Ya somos libres! Ya es el americano dueño de sus derechos, ya puede leer, escribir, estudiar, comerciar, trabajar, emprender y gozar del fruto de su lección, de su estudio, de sus escritos, de su comercio, de sus trabajos y de sus intereses. Ya no tiene necesidad de que una mano avara y mezquina le dé para su sustento un bocado de pan, ya no le arrancará el poder codicioso el dinero que ha adquirido con su sudor para transmitirlos por sus mares a manos de unos amos déspotas acostumbrados a prodigar en el lujo la sustancia de los trabajadores, ya en fin sabrá que el premio se hizo para su virtud, y que permaneciendo sin crimen, no tiene por qué temer el más ligero agravio. Apreciad, pues, como debéis, el preciosísimo don de nuestra libertad; disponeos a morir, primero que perderla; y para conservarla eternamente, observad las siguientes máximas:
Uníos en un solo cuerpo a fin de haceros fuertes e invencibles, porque el lazo de tres cuerdas dificultosamente se rompe. Si vuestras Provincias y pueblos se separan unos de otros, caeréis sin duda en manos de vuestros enemigos. El arte victorioso de Napoleón es la desorganización de las Cortes, y la desunión de los pueblos. No es aún tiempo de adoptar el sistema federativo. Nuestro Norte no entró en él, hasta no tener muy consolidada su libertad.
Olvidad vuestros resentimientos. Si no os estrecháis con el vínculo de la paz, y de la fraternidad, vosotros mismos labraréis vuestras cadenas, seréis vuestros propios destructores, y lo que habéis alcanzado con tanto placer, lo perderéis con indecible dolor. Las etiquetas, las rivalidades, las venganzas, labraron los grillos con que yacen cautivas Holanda y Polonia.
Asegurad vuestros puertos, y no déis entrada por ahora a los enemigos de Europa. Napoleón no os hará guerra con soldados franceses. Enemigos españoles serán los que él enviará a sujetarnos, no con fusiles y bayonetas, sino con seducciones y engaños. La constitución Napoleónica será un contagio funesto, que apestará nuestros pueblos. Perseguidla, quemadla, y quemad vivo al que quiera introducirla, o publicarla entre nuestros hermanos. Los más distinguidos oficiales del ejército enemigo vendrán a sorprendernos, disfrazados en hortelanos, peluqueros y aún cocineros. Nada les parece ruin y vil a estas gentes seductoras, como consigan dividir las opiniones, propagar la constitución Napoleónica, y engañar incautos. Aquel Belmon que apareció en nuestra capital poco tiempo hace, aquel que ya decía ser comerciante, ya músico, aquel que fue expelido del antiguo Gobierno, y permaneció muchos meses con nosotros(51) este es un español, emisario francés, compañero de aquellos, cuyo retrato y filiación describió en Baltimore don Bautista Bernaben al Consulado de España.(52) Este desapareció poco antes de nuestra revolución.
Amad a los buenos y fieles europeos, de los cuales hay muchos y muy conocidos entre nosotros que han cooperado a nuestra libertad. Desconfiad de los facciosos y enemigos de nuestro actual Gobierno. Distribuid indiferentemente entre chapetones y criollos virtuosos y beneméritos, los empleos y las gracias. Nada es tan pernicioso como el no hacer distinción entre la virtud y el patriotismo de los peninsulares, y el vicio e injusticia del antiguo gobierno.
Sed justos en vuestras deliberaciones, porque la Justicia consolida los imperios, y no os dejéis arrastrar del amor, ni del odio, ni de la ambición, ni de la codicia. Platón dice en las Georgias que estos vicios son una lima sorda, que arruina y despedaza los Estados.
Desterrad de vuestro suelo el juego y la ociosidad, principios de la cobardía y medios para la servidumbre. Si cultivareis la tierra, si os ejercitareis en las artes, si premiareis los talentos y la industria, seréis ricos, felices, inexpugnables.
Pero la primera de las máximas que debemos observar, es postrarnos humildes delante del Dios de los Ejércitos, darle toda la gloria, porque sólo Dios con repetidos prodigios nos ha dado la libertad, y a El solo debemos adorarle con afectuosa acción de gracias, y cuidar escrupulosamente de servirle, de honrar su santa religión, la sola verdadera Religión, la Religión Católica, y guardar su santa ley, para que consolide la obra que ha empezado. Acordémonos de que las calamidades y esclavitud de la mayor parte de Europa, debemos atribuirlas a las causas a que el gran lírico atribuía las calamidades de Roma.
… Unde manus juventus
metu Doerum continuit?(53)
Dilecta Mayorum inmeritus lues.
Romane, donec templa refeceris
Aedesque labentes desrum, et
Foeda, nigro simulacra fumo
Dus te minorem, quod geris imperas,
Hinc omne principium, huc refer
exitium,
Dii multa neglecti dederant
Hesperie mala luctuose.(54)
La Suprema Junta en Acuerdo del día de hoy ha aprobado este Manifiesto y sancionado su publicación.
Santafé de Bogotá, septiembre 25 de 1810.
Frutos Joaquín Gutiérrez
Vocal Secretario
Camilo Torres
Vocal Secretario
Publicado originalmente, como folleto, en la Imprenta Real de Santafé, 1811. Fue reeditado por Eduardo Posada en los Anales de Jurisprudencia de Bogotá (1910), por el Banco de la República en la compilación titulada Proceso histórico del 20 de julio (1960, p. 210-249) y por Eduardo Ruiz Martínez en Los hombres del 20 de julio. Bogotá: Universidad Central, apéndice VI, pp. 428-471.
(1) Aviso importante a los Españoles por un celoso Patriota, en Cádiz, año de 1810.