PRESENTACIÓN
Los relatos de viajeros que aquí se presentan corresponden a dos épocas muy diversas, el primero a la primera mitad del siglo XVIII y el segundo a la segunda mitad del XIX, pero ambos se refieren a regiones relacionadas con la periferia geográfica del país: el Darién junto con el istmo panameño y el río Amazonas. Curiosamente, ambos viajeros son franceses e igualmente interesados en conocer regiones y pueblos exóticos, lo mismo que dotados de una buena capacidad de observación: Carlos María de La Condamine y Luis Luciano Napoleón Bonaparte Wyse.
La curiosidad por conocer nuevos territorios y nuevas situaciones fue una característica dominante de Carlos María de La Condamine (1701-1774), hombre de ciencia francés. La Condamine nació y murió en París; militar en su juventud, se distinguió en el sitio de Roses (1 719), donde estuvo apunto de morir. Pero pronto abandonó la carrera de las armas para dedicare con verdadera pasión al estudio de las ciencias, concentrándose en las matemáticas, la física, la historia natural y la medicina, ya que su afán de saber le impidió consagrarse exclusivamente a una sola disciplina científica. Sólo que su espíritu innovador y aventurero lo condujo a los viajes de exploración de territorios desconocidos, lejos de la tranquilidad de los laboratorios y las bibliotecas.
En 1731 viajó en una flota expedicionaria por el Mediterráneo y parte de las costas de África y Asia, quedándose luego en Constantinopla durante cinco meses. A su regreso, movido siempre por su afán de conocer otros países y de ampliar sus conocimientos, logró ser admitido en la expedición que marchaba al Perú para medir la longitud que tenía en el ecuador el arco de un grado del meridiano. Esta expedición, compuesta por Luis Godin (1 704-1 760), Pedro Bouguer (1688-1754) y josé de Jussieu (1704-1779), además de La Condamine, había sido enviada en 1735 por la Academia de Ciencias de Francia al Perú, mientras otra semejante se dirigía a Laponia. A la expedición a Suramérica se añaden luego los científicos españoles Jorge Juan (1713-1773) y Antonio de Ulloa (1716-1795). El fin de estas expediciones era realizar un experimento decisivo para verificar o no las teorías de Isaac Newton sobre la gravitación universal. Si las ideas de Newton eran correctas, la Tierra debería estar achatada por los polos, lo que fue comprobado por las mediciones de las expediciones. La expedición partió de La Rochela en mayo de 1735.
La Condamine duró en tierras americanas cerca de diez años, llenos de sobresaltos y peligros, pero propiamente las operaciones geodésicas empezaron en 1736 desde Mora, en las cercanías de Quito, hasta el cerro de Pillat-Chiquír, cerca de Cuenca. Al parecer, las aptitudes de La Condamine como geómetra eran apenas mediocres, lo que lo llevó a indisponerse con Pedro Bouguer, uno de sus compañeros de expedición. Terminó separándose de sus colegas y regresó solo a París adonde llegó el 23 de febrero de 1745, después de haber atravesado el Perú, recorrido el Amazonas hasta la costa de la Guayana y haber expuesto varias veces su vida. Una de estas veces fue el motín popular de Cuenca del 29 de agosto de 1739, cuyo relato fue escrito también por La Condamine: en ese motín, que evidenciaba mucho nacionalismo antifrancés y algún fanatismo religioso, fue asesinado el cirujano de la expedición, Juan Seniergues.
Bouguer había llegado hacía un año a París, donde la rivalidad con La Condamine surgió nuevamente a propósito de los trabajos geodésicos realizados: entre los dos se entabló una polémica interminable, en la que nuestro autor llevó la mejor parte, por ser de mayor ingenio y mordacidad que su contrincante, cuyas aseveraciones científicas eran probablemente más serias.
La Condamine viajó también por Italia e Inglaterra, cuya falta de hospitalidad lo llevó a publicar un folleto violento. Pertenecía a la Academia Francesa, lo mismo que a las de Londres, Berlín y San Petersburgo. Una de sus más importantes contribuciones fue la propagación de la vacuna contra la viruela, a la que dedicó varios trabajos. Esta preocupación aparece en el relato de su viaje, que constata la mortandad que esta enfermedad ocasionaba entre los aborígenes del Amazonas.
Además de varias memorias, de algunas composiciones poéticas, y de la presente obra, publicada en París en 1745, escribió La distancia de los trópicos (1738), Carta sobre el motín popular de Cuenca (París, 1746), La figura de la tierra (París: 1749), Carta critica sobre la educación (París, 1751), La medida de los tres primeros grados del meridiano (París, 1751), Historia de las pirámides de Quito (París, 1751), Diario de viaje hecho por orden del rey a Ecuador (París, 1751), Memoria sobre la inoculación (1754) e Historia de la inoculación de la varicela (Aviñón, 1773).
La presente relación fue leída en la sesión pública de reapertura de la Academia de Ciencias el 28 de abril de 1745. El viaje, de más de 1.000 leguas, se inicia donde el Amazonas comienza a ser navegable y termina en su desembocadura. La Condamine parte de Tarqui, 5 leguas al sur de Cuenca, el 11 de mayo de 1743, llegando al Marañón el 5 de julio, para arribar a Pará el 19 de septiembre del mismo año. O sea que gastó un poco más de 4 meses en el recorrido. En Pará permaneció varios meses: el 29 de diciembre se embarcó allí para navegar hasta Cayena, en la actual Guayana, adonde llegó el 26 de febrero de 1744, después de un accidentado y difícil viaje. En Cayena cayó enfermo de languidez e ictericia" allí recibió un mensaje del gobernador holandés de Surinam, ofreciéndole su casa, transporte hacia Holanda y hasta pasaporte, en caso de una ruptura de relaciones entre Francia y Holanda. El 3 de septiembrese embarcó en Paramaribo en un mercante que partía para Amsterdam, adonde arriba el 3O de noviembre, después de algunas aventuras en altamar, como el encuentro con un corsario inglés y otro francés.
El apoyo de las autoridades españolas, Portuguesas y holandesas aparece como una constante en la expedición, lo que muestra un interés de los respectivos gobiernos de la época por los temas científicos y cierto respeto por la comunidad científica internacional que se formaba ya entonces, por encima de los conflictos internacionales. Lo mismo ocurre con los misioneros del Amazonas, cuyo apoyo e información son reconocidos constantemente por nuestro viajero: jesuitas españoles y portugueses, junto con carmelitas portugueses, prestan todo su concurso al viajero.
Las aventuras no impidieron al autor realizar varios experimentos y medidas de longitud y latitud, mientras hacía las observaciones necesarias para ir trazando el mapa del río e ir mostrando los cambios en la geografía y en el paisaje a lo largo de su recorrido. La Condamine empieza resumiendo la información que se desprende de conquistadores, misioneros y funcionarios que pasaron por el río, como Orellana, Ursúa, el portugués Pedro Texeira y los jesuitas Acuña, Antieda y Samuel Fritz, quien también realizó un mapa del río. Estos viajes tienen mucho qué ver con las fronteras entre las colonias españolas y portuguesas en el Amazonas, como muestra nuestro viajero: según cuenta él, en 1639 Texeira señaló un mojón en una villa india, de la cual tomó posesión en nombre de Portugal, dándole el nombre de Villa del Oro. Pero esta señal desapareció situándola los portugueses en un sitio y los misioneros españoles más de 200 leguas más abajo.
Es bastante claro el carácter de frontera entre colonias españolas y portuguesas que tienen las misiones del Amazonas, pero La Condamine nota un mayor ímpetu expansivo en las del Brasil, que tienen mucho más apoyo por parte del respectivo gobierno. Los misioneros portugueses enviaban barcazas o bergantines a Pará para aprovisionarse: este comercio con Pará da a los misioneros portugueses y a sus indios una apariencia de bienestar que distingue a primera vista las misiones portuguesas de las misiones españolas de lo alto del Marañón, que se resienten de la imposibilidad en que se ven los misioneros de la Corona de España de proveerse de ninguna de las comodidades de la vida, pues no tienen ningún comercio con los portugueses y deben traerlo todo de Quito, donde apenas si van una vez al año, y de cuya población están más separados por la cordillera que lo que lo estarían por un mar de mil leguas.
Este aislamiento de las misiones españolas de sus bases de apoyo las pondría en desventaja frente a la expansión portuguesa, no solo la misionera sino también la militar, ya que los bandeirantes portugueses venían del Pará a esclavizar a estos indios. La Condamine aduce el caso de los indios omaguas, cuyos vestidos y usos difieren de los demás pueblos que ocupan las riberas del Amazonas, que conservan algunos vestigios de las ceremonias del bautismo y otras tradiciones desfiguradas. El jesuita alemán Samuel Fritz los había convertido desde fines del siglo anterior y estaban agrupados en 30 aldeas, señaladas con sus nombres en el mapa de dicho padre, no hemos visto más que las ruinas o, mejor, el sitio que ocupaban", ya que sus habitantes se dispersaron en los bosques o se refugiaron en otras misiones portuguesas y españolas, aterrados por las incursiones de algunos bandidos del Pará, que venían a esclavizarlos. Otra tribu de los omaguas, en la misión de San Joaquín, había sido un pueblo poderoso, que poblaba durante el siglo anterior las islas y riberas del Amazonas en una extensión de cerca de 200 leguas más allá del Napo. Según La Condamine, se sospecha que no son originarios del país sino que descendieron por algunos de los ríos nacidos en la actual Colombia, huyendo de la dominación de los españoles cuando conquistaron este territorio.
También señala La Condamine la presencia de portugueses en las desembocaduras del Caquetá, en el brazo denominado Yupura, adonde iban fraudulentamente a comprar esclavos entre las tribus feroces de alli que vivían luchando entre sí y se comían a sus prisioneros. La Condamine resolvió remontar el río Negro a partir de su desembocadura en el Amazonas, yendo dos leguas adentro, hasta el fuerte de los portugueses, que es su primer establecimiento al norte del Amazonas. Anota que el río Negro ha sido muy frecuentado por los portugueses desde hace más de un siglo: en él hacen un gran comercio de esclavos y permanece un destacamento de la guarnición de Pará, "para tener a raya a los pueblos indios que las habitan y para favorecer el comercio de esclavos". Subraya nuestro viajero que este campamento volante, al que se llama tropa de rescate, penetra cada vez más en las tierras todos los años.
La diferencia de condiciones materiales entre los dos grupos de misiones es obvia para el autor: las canoas que le proporcionan los misioneros portugueses desde San Pablo son más cómodas, más grandes y mejor equipadas. El trato que recibe en la misión de San Pablo hace olvidar a nuestro viajero que estaba en el centro de América, alejados 500 leguas de tierra habitada por europeos. En San Pablo, La Condamine se sorprende de ver en lugar de casas e iglesias hechas con cañas, capillas y presbiterios de mampostería, de tierra y de ladrillos, y verdaderas murallas blanqueadas. Mucho más, se encuentra a todas las indias con camisa de tela bretona" y muchos instrumentos y utensilios europeos, que los indios adquieren todos los años en Pará, durante los viajes que hacen para llevar el cacao silvestre que recogen en las orillas del río.
La visión de nuestro autor frente a los aborígenes suena bastante etnocéntrica a nuestros oídos, pues aparece muy alejado de las concepciones del Buen Salvaje a lo Rousseau. La Condamine comienza señalando que son llamados indios impropiamente: su tez es atezada, de color rojizo, más o menos claro, y tienen ciertos rásgos comunes, pero sus costumbres y ocupaciones varían mucho, según las diferencias de climas, paises, alimentación y escasa relación entre unos y otros. Además, la conversión al cristianismo y la sujeción a España o Portugal introduce muchas modificaciones. Por ello, para dar una idea exacta de los aborígenes americanos. puede decirse que casi tantas descripciones como pueblos hay entre ellos. El carácter de los indios se basa, según La Condamine, en la insensibilidad, dejando a la elección del lector si debe honrársele con el nombre de apatía o envilecerla con el de estupidez. Ésta nace del corto número de sus ideas, que no se extienden más allá de sus deseos . Son glotones si pueden y sobrios, si la necesidad los obliga, hasta carecer de todo, sin parecer desear nada; pusilánimes... en exceso, si la embriaguez no los transporta; enemigos del trabajo; indiferentes a todo estímulo de gloria, de honor o de reconocimiento; preocupados únicamente del presente y siempre supeditados a él; sin inquietud por el porvenir; incapaces de previsión y de reflexión.
Cuando nada los atemoriza, se entregan a una alegría pueril, que manifiestan con saltos y carcajadas inmoderadas, sin objeto y sin designio, pasan su vida sin pensar y envejecen sin salir de la infancia, de la que conservan todos los defectos".
Por todo ello, La Condamine concluye que esta especie de embrutecimiento no proviene sólo de la servil dependencia en que viven, pues los indios de las misiones y los salvajes que gozan de libertad son, por lo menos, tan pobres de ingenio, por no decir tan estúpidos, como los otros; no puede verse sin avergonzarse cómo el hombre abandonado a la simple naturaleza, privado de educación y de sociedad, difiere poco de la bestia.
Señala el viajero que no existe ya en las orillas del Amazonas ninguna tribu guerrera enemiga de los europeos, pues todas se han sometido o retirado al interior del país, pero todavía encuentra sitios donde sería peligroso desembarcar. Los indios yameos, de una misión española nueva, son considerados por nuestro autor "salvajes" y "sacados recientemente de los bosques. La Condamine juzga su lenguaje de una dificultad indecible y su idioma impronunciable. Pero no es el único pueblo indio en tal situación: La lengua brasileña, hablada por pueblos menos toscos, padece la misma penuria". En general, La Condamine considera que todas las lenguas que conoce de la America meridional son muy pobres: a todas les faltan vocablos para expresar las ideas abstractas y universales, " prueba evidente del poco progreso realizado por el espíritu de estos pueblos. Todo ello "parece difícil de compaginar con lo que Garcilaso cuenta de la educación, de la industria, de las artes, del gobierno y del ingenio de los antiguos peruanos. La Condamine cree que o el amor de Garcilaso por su patria lo traiciona, o estos pueblos han degenerado de sus antepasados. Y, en cuanto a otras naciones de Suramérica, no se sabe que hayan salido nunca de la barbarie.
Llaman la atención al viajero las cerbatanas y flechas envenenadas de los indios yameos, sobre cuyos venenos y contravenenos estuvo experimentando en Cayena y en Leyda. Otros indígenas, como los jíbaros, amenazan todavía a los españoles de Santiago, a los que obligaron a trasladar dos veces su pueblo hasta bajar a la desembocadura del río del mismo nombre en el Marañón. Allí encontró La Condamine una aldea sobre las ruinas de la ciudad que dio su nombre al río. Los jíbaros habían sido inicialmente cristianizados, pero, desde el siglo anterior, se habían rebelado contra los españoles para escapar al trabajo forzado en las minas de oro. Desde entonces, retraídos en montes inaccesibles, permanecen independientes y estorban la navegación de este río, por donde se podría llegar cómodamente en menos de ocho días desde las cercanías de Loxa y Cuenca, de donde yo salí por tierra hacía dos meses.
La curiosidad condujo a La Condamine a indagar frecuentemente sobre la existencia de las legendarias amazonas explorando en las tradiciones de los aborígenes. Aunque no encuentra vestigios recientes de esta república de mujeres, concluye que no existe tampoco suficiente evidencia para descartar su existencia pasada. Cree verosímil que hubieran perdido sus antiguos usos por haber sido subyugadas por otros pueblos o, "porque, aburridas de su soledad, las hijas hayan al fin olvidado la aversión de sus madres hacia los hombres. La Condamine se inclina a favor de su existencia en el pasado, por la persistencia de las tradiciones aborígenes; aunque sabe que los indios son crédulos y embusteros, le parece difícil explicar las coincidencias:
¿Se puede creer que salvajes de comarcas alejadas se hayan puesto de acuerdo para imaginar, sin ningún fundamento, el mismo hecho, y que esta pretendida fábula haya sido adoptada tan uniforme y universalmente en Maynas, en Pará, en Cayena y en Venezuela, entre tantos pueblos que no se entienden ni tienen ninguna comunicación?
Otro de los temas que suscitan la curiosidad de nuestro autor es el de la comunicación entre los ríos Amazonas y Orinoco, de la cual ha quedado convencido por el testimonio, nada sospechoso, de un indio de las misiones españolas del Orinoco, a pesar de la autorizada opinión contraria del P. José Gumilla en El Orinoco ilustrado. Pero sólo un mapa detallado del río Negro podrá resolver definitivamente las dudas sobre el modo de esta comunicación. La Condamine creía equivocadamente que el Caquetá era el origen común del Orinoco, del río Negro y del Yupura: la edición española señala el error y afirma que el río Casiquiare une, pero ya en la laguna aluvial, las cuencas de los ríos Amazonas y Orinoco.
La Condamine dedica buena parte de su relato a las especies vegetales y animales que despiertan su atención por lo exóticas: tigres, pumas, dantas, coatíes, monos de varios tamaños, manatíes (a los que La Condamine considera erróneamente peces), cocodrilos, serpientes cascabeles y corales y una serpiente acuática llamada yacu mama, o madre del agua, por los indígenas. Los colibríes, tucanes, papagayos y guacamayos, los pájaros trompeteros y los cóndores llaman la atención a nuestro viajero.
De muy diferente índole e intención es el segundo relato aqui elaborado: La visión general de conjunto del istmo colombiano", fragmento de la obra El Canal de Panamá, cuyo autor uno de los protagonistas de la historia de este canal, que desempeñó un papel destacado en los hechos que conducirían a separación de Colombia de esta región: el marino y escritor francés Luis Luciano Napoleón Bonaparte Wyse, ingeniero gran mérito, hijo del diplomatico inglés Tomás Wyse de la princesa Leticia Bonaparte, hija de Luciano, el hermano de Napoleón I. Nació en Paris en 1844 y murió en Cap Brun en 1909.
Eduardo Lemaitre, en su obra Panamá y su separación de Colombia, dedica varias páginas a nuestro personaje, al que considera, como buen Bonaparte, ambicioso, audaz, lleno de confianza en sí mismo y tan intransigente que a veces se tornaba intolerable.
Bonaparte Wyse ingresó desde joven a la marina francesa de guerra, donde alcanzó el grado de comandante: desde 1876 se dedica casi exclusivamente a los estudios previos y a la preparación del Canal de Panamá, del que fue uno de los más activos promotores, junto con Fernando de Lesseps.
Al constituirse el comité francés para el estudio de la perforación del istmo americano y la sociedad civil encargada recolectar fondos para la empresa, Bonaparte Wyse fue encargado de presidir una comisión internacional que debía realizar los estudios sobre el terreno: como segundo de la expedición iba el ingeniero Armando Reclus, que colaboraría 1uego en los trabajos de excavación de Lesseps. Fruto de estos estudios fueron sus notables informes, importantes para la decisión de realizar el proyecto: en esas relaciones se recopila toda la Información disponible sobre el tema y se evalúan las posibles alternativas sobre el terreno.
Luego de sus informes, Bonaparte Wyse se dirigió a Bogotá, donde logró en tiempo récord un contrato de concesión del gobierno de Aquileo Parra: Lemaitre señala que, entre su llegada a Bogotá, donde presentó sus poderes el 13 de marzo de 1878, la firma del convenio con el general Eustorgio Salgar, secretario del Interior y Relaciones Exteriores, del 20 de marzo y la aprobación del Congreso (20 de mayo), sólo transcurrieron dos meses y una semana. Según Lemaitre, el convenio era muy generoso departe y parte y bastante respetuoso de nuestra soberanía. Cuenta, además, Lemaitre el impacto que causó en la recoleta capital colombiana" la llegada de un Bonaparte, soltero, buen mozo, con su barba negra y pecho constelado de condecoraciones.
Lemaitre opina que Bonaparte Wyse esperaba que el ya octogenario Fernando de Lesseps lo encargara de la dirección concreta de la obra, para la que se sentía preparado. Pero Lesseps sólo confiaba en su gente y la fuerte personalidad de Bonaparte despertaba su desconfianza, ya que no quería compartir con nadie su gloria.
Después del fracaso de la empresa de Lesseps, en 1890 Bonaparte Wyse pasó a Colombia, donde obtuvo la prolongación de la concesión que él había cedido a Lesseps, ahora a nombre de una nueva compañía francesa. Pero esta compañía carecía de recursos reales para terminar el canal: sólo buscaba pagar las deudas y vender lo que quedaba de la empresa. De este modo, nuestro autor salvó algunos de los capitales franceses comprometidos en la empresa, pero abrió el camino al control norteamericano de la obra, que conduciría finalmente a la creación de la República de Panamá.
Bonaparte Wyse publicó numerosos estudios y memorias: De Valparaíso a Buenos Aires a través de los Andes y las Pampas (1869) De Montevideo a Valparaíso por el estrecho de Magallanes y los canales de la Patagonia (1877), Relaciones sobre los estudios de exploración del Istmo del Darién (1879), El Canal de Panamá (1885), obra premiada por la Academia Francesa, y Canal interoceánico de Panamá. Misión de 1890-1891, (1891).
La publicación que se reedita con ocasión del V Centenario es un aparte de su obra sobre el Canal, donde se evidencian las capacidades de observación del autor: describe inicialmente varios sitios estrechos de Centroamérica que podrían servir para abrir un canal interoceánico, para centrarse luego en la situación geográfica del entonces istmo colombiano, prestando mucha atención a la caracterización geológica de la región. Su estudio de las particularidades de los ríos le sirve para formarse una idea bastante aproximada de las vertientes de los valles y de su formación geológica, que no le parece muy homogénea. Las condiciones geológicas le permiten sugerir que en esta zona hubo probablemente una comunicación entre los dos océanos en época relativamente moderna, pero cuya fecha era difícil de precisar, dada la escasez relativa de fósiles.
Bonaparte Wyse se dedica luego a la descripción de la exuberante vegetación de la selva virgen, particularmente la del Darién, donde el persistenete follaje cubre el sol y dificulta las visiones de conjunto haciendo las exploraciones muy fatigantes y poco fecundas en resultados inmediatos. La atención del autor se fija en las especies para él exóticas: manglares, hicacos, palmas, el árbol del bálsamo de Tolú, la batata, el caimito, el mamey, el zapote, la guanábana, la chirimoya, las diversas orquídeas, etc. Hace mucho énfasis en las características medicinales de las plantas, como la eficacia del guaco para las mordeduras de serpientes, lo mismo que las de las maderas útiles para la construcción, destacando que muchas de estas especies son inatacables por gusanos y bichos. Toda esta exuberante naturaleza, concluye nuestro autor, impresiona vivamente por la idea de grandeza que se desprende de ella.
Se dedica luego a describir el reino animal, cuya riqueza no es menor que la del vegetal: peces, cocodrilos, gallinazos, pavos salvajes, pájaros variados, pumas, jaguares, numerosos ofidios, iguanas, maríapalitos, comejenes, etc., llaman la atención al minucioso observador.
Pasa luego a estudiar el húmedo clima y el régimen de lluvias del istmo, lo mismo que los vientos y mareas: la temperatura nunca es tan excesiva debido a la cantidad de agua que existe en la atmósfera. Todo esto lleva al autor a insistir en que el istmo no merece la fama de insalubre que tiene: para ello, se basa en un concienzudo informe de su colaborador, camarada y amigo, Reclus". Sin embargo, las penurias de los trabajadores del Canal demostrarían cuán fundadas estaban las perspectivas más pesimistas: obviamente los intereses de Bonaparte Wyse y de Reclus los llevaban a pensar con el deseo.
Bonaparte Wyse se dedica luego a describir a los pobladores autóctonos del Darién, cunas de raza caribe, de espíritu independiente y a veces hostil, cuyas ideas religiosas le parecen "vagas y confusas", algunas nociones rudimentarias del cristianismo mezcladas con otras ideas autóctonas. Según el autor, el orden jerárquico de estas tribus es simple e inmutable y, en términos raciales, su tipo verdadero parece ya muy degenerado; su idioma carece de términos abstractos y morales y su sistema de numeración es vigesimal, basándose en los dedos de pies y manos, que se llama Tulaguena, que significa hombre completo. Una de las características que llama la atención a Bonaparte Wyse en estos indígenas es su sentido de orientación, su espíritu de observación y su incurable pereza, que sería el mayor de sus defectos si el contacto y el ejemplo de los hombres de color, que los han engañado con tanta frecuencia, no los hubiera hecho falsos, vengativos y borrachos. Pero si se los trata con dulzura, justicia y firmeza, es posible establecer con ellos re/aciones bastante seguras, pero no hay que contar con sujetarlos a trabajo alguno, pues su exagerada dignidad se los impide. Sólo pueden ser empleados como cazadores o patrones de embarcación pero ellos evitan cuidadosamente el ruido y la actividad desbordante que reina en las aglomeraciones de extranjeros; estando su natural tímido y reservado en completa oposición con la expansión de las razas caracterizadas vigorosamente templadas, se ven forzados a aislarse, so pena de quedar enteramente absorbidos por ellas.
Muy diferentes en lo fisico y lingüístico son los indios chocoes o citaraes, muy sumisos, que habitan las llanuras del Chocó en las dos orillas del Atrato, el valle del Sinú, las riberas del Cauca y del valle del Magdalena. Menos morosos, más grandes, conservan la pureza de sus formas hasta una avanzada edad: los hechiceros o jaibanás continúan ejerciendo influjo, junto con algunos escasos misioneros, sobre estos hombres hospitalarios, inofensivos y nada fanáticos. Bonaparte Wyse contrasta su visión con lo observado por Cieza de León, que sostenía la antropofagia de estos indígenas en contra posición con la ferocidad de los del Darién que, en cambio, no probaban la carne humana.
Pasa luego el autor a la población del istmo de Panamá propiamente tal, donde no encuentra realmente indios sino una mezcla de ellos con zambos, blancos y hasta chinos, con predominio del elemento negro. Estos mestizos, cúya dura vida transcurre en la selva, deben irse abriendo camino apunta de hacha o machete en medio de una exuberante vegetación que les opone muchos obstáculos. Estos hombres de color tiene, según Bonaparte Wyse, costumbres dulces pero con el grave defecto de una tendencia irresistible a los licores fuertes.
En cambio, la población india predomina en los departamentos de Veragua y Chiriqui, pero ya bastante españolizada, dócil y trabajadora. Esta población, más densa y robusta que la del Darién, pertenecía a una población menos primitiva, como lo demuestran sus guacas, cuyo arte naif denota tradiciones intelectuales muy superiores las de esas pequeñas tribus salvajes, pero independientes, que todavía vegetan bajo los bosques misteriosos y sombríos del Darién desde el golfo de San Blas hasta el de Urabá".
Finalmente, el autor hace una breve descripción de las poblaciones ya establecidas en el istmo, como David, Santiago, Los Santos y la capital del estado federal, Panamá, cuyo comercio parece estar en decadencia para ese entonces. Luego, pasa revista a las diversas poblaciones del resto de la actual república de Panamá, deteniéndose en Colón, cuyo crecimiento destaca. Su descripción finaliza con la mención de las islas de San Andrés y Providencia, antiguos refugios de filibusteros cuya lejanía de la costa hizo que fueran separadas de la jurisdicción del Fstado federal de Panamá, para formar un territorio directamente dependiente de la administración de la nación colombiana.
Ambos relatos nos ponen en contacto con el mundo de nuestros límites geográficos donde la presencia de nuestras instituciones estatales ha sido bastante precaria, hoy como ayer. Tal vez la lectura de estos viajeros sea una buena oportunidad para hacernos conscientes de la necesidad de hacer presencia en nuestras zonas fronterizas.
Fernán E. González
