LA AMERICA MERIDIONAL
PREFACIO
Nadie ignora que desde hace diez años muchos astrónomos de la
Academia han sido enviados, por orden del rey, bajo el ecuador y el
círculo polar, para medir allí los grados terrestres, mientras que
otros académicos hacían en Francia las mismas operaciones.
En otro reinado, todos estos viajes, con los aparatos y el número de observadores que exigían, no hubiera podido ser sino el fruto de una larga paz. Bajo el de Luis XV, han sido concebidos y feliz mente ejecutados durante el curso de dos sangrientas guerras; y mientras que los ejércitos del rey corrían de un extremo a otro de Europa para socorrer a sus aliados, sus matemáticos, dispersos por la superficie de la Tierra, trabajaban bajo las zonas tórrida y glacial por el progreso de las ciencias y el provecho común de las naciones.
Han conseguido, como fruto de su trabajo, la resolución de una cuestión célebre; resolución de cuya utilidad participan la geografía; la astronomía, la física general y la navegación.
Han esclarecido una duda en la que se hallaba interesada la vida de los hombres. Estos motivos merecen haberse tomado todas las molestias que ha costado lograr el término de esta empresa: la Academia, desde su fundación, no la había perdido de vista, y acaba de darle la última mano.
Sin insistir sobre las consecuencias directas y evidentes que pueden deducirse del conocimiento exacto de los diámetros terrestres para perfeccionar la geografía y la astronomía, el diámetro del ecuador, reconocido como de mayor longitud que el que atraviesa la Tierra de un polo a otro 2 , suministra un nuevo argumento, por no decir una nueva demostración, de la revolución de la Tierra sobre su eje; revolución íntimamente unida con el sistema celeste. El trabajo de los académicos, tanto sobre la medida de los grados, como sobre las experiencias perfeccionadas acerca del péndulo, y hechas con tanta precisión en diferentes latitudes, esparcen nueva luz sobre la teoría de la pesantez, que en nuestros días ha comenzado a surgir de las tinieblas; enriquece la física general con nuevos problemas, insolubles hasta el presente, sobre las cantidades y las direcciones de la gravedad en los diversos lugares de la Tierra; en fin, ¿nos pone acaso en el camino de descubrimientos más importantes, tales como el de la naturaleza y las leyes verdaderas de la pesantez universal, esta fuerza que anima los cuerpos celestes y que rige todo en el univero?
Los errores que el conocimiento de la figura de la Tierra puede evitar a los navegantes, ¿son menores, aunque queden otros que actualmente no tienen remedio? Sin duda que no. Cuanto más se perfeccione el arte de la navegación tanto más se sentirá la utilidad de la determinación de la figura de la Tierra. Puede ser que nosotros alcancemos el momento en que esta utilidad sea sensiblemente percibida por los marinos. Pero ¿es menos real, aun cuando este momento esté todavía lejano? Al menos, es cierto que cuantas más razones ha habido para dudar si la Tierra era alargada o aplanada, ha sido asimismo más importante, para las consecuencias de la práctica, saber a qué atenerse respecto a las medidas decisivas.
El primero proyectado y el último terminado de los tres viajes de estos tiempos cuyo objeto fué la medida de los grados terrestres es el del Ecuador, comenzado en 1735 por M. Godin, M. Bouguer y por mí. El público ha sido informado desde hace muchos años 3 del éxito de los trabajos de los académicos que han operado bajo el círculo polar y en nuestros paralelos, y M. Bouguer, llegado antes que yo a Francia, ha dado cuenta, en la sesión pública de la Academia celebrada el 14 de noviembre de 1744, del resultado de nuestras observaciones bajo la línea equinoccial y de la conformidad que se halla entre este resultado, el del norte y el de Francia; la comparación de uno de ellos con los otros dos prueba el aplanamiento de la Tierra hacia los polos.
Una más prolija minuciosidad la reservamos para la Historia de nuestra medida de la Tierra, esto es, de nuestras observaciones astronómicas y de nuestras operaciones trigonométricas en la provincia de Quito, en la América Meridional, obra de la que somos deudores a la Academia y al público, puesto que fuimos enviados para realizar este trabajo.
Estando terminada la cuestión sobre la figura de la Tierra y habiendo disminuído la curiosidad del público sobre este objeto, he creído interesarle más en la sesión pública del 26 de abril último con una relación abreviada de mi viaje por el río de las Amazonas, por el cual he descendido desde el lugar en que comienza a ser navegable hasta su desembocadura, y que he recorrido en una extensión de más de 1.000 leguas; pero la abundancia de materias, no habiéndome permitido reducirme a los límites prescritos a mi lectura, que ya eran estrechos, me obligó a dar cortes a medida que leía, lo que interrumpió necesariamente el orden y la sucesión de mi primer extracto. Hoy le hago aparecer en su primitiva forma.
Para no defraudar la expectación de aquellos que no buscan en una relación de viajes sino acontecimientos extraordinarios y pinturas descriptivas agradables de usos extranjeros y de costumbres desconocidas, debo advertirles que no encontrarán en ésta más que muy poco que les satisfaga. No he tenido libertad de guiar al lector indiferentemente a través de todos los objetos propios para halagar su curiosidad. Un diario histórico, escrito por mí asiduamente durante diez años, habría podido suministrarme los materiales necesarios al efecto; pero éste no era ni el lugar ni el momento adecuados de emplearlos. Su objeto era el mapa que había trazado del curso de un río que atraviesa extensos países casi desconocidos para nuestros geógrafos. Se trataba de dar una idea del mismo en una memoria destinada a ser leída en la Academia de Ciencias. En una relación semejante, donde debía atenderse menos a divertir que a enseñar, todo lo que no perteneciese a la geografia, a la astronomía o a la física hubiera parecido una digresión que me alejara de mi objeto; pero tampoco era justo abusar de la paciencia de los más que componían el número de asistentes con una lista de nombres extraños de naciones y de ríos y con un diario de alturas del Sol y de las estrellas, de latitudes y de longitudes, de medidas, de rutas, de distancias, de sondeos, de variaciones de la brújula, de experimentos con el barómetro, etc. Era, sin embargo, el fondo más rico y el que tenía mayor mérito en mi relación; esto era, al menos lo único que podía distinguirla de un viaje ordinario. He procurado escoger un término medio entre los dos extremos. Todos los detalles de la parte astronómica y geométrica los dejaré para las memorias de la Academia o para la colección de nuestras observaciones, que serán un apéndice. Aquí no expongo más que los principales resultados y la posición de los lugares más notables, siguiendo el orden de la narración. He tratado con alguna extensión lo relativo a las Amazonas americanas porque me ha parecido que había derecho a esperarlo de mí. Con las notas de física y de historia natural he mezclado algunos hechos históricos, cuando no me han alejado demasiado de mi asunto.
No he podido, sin abandonarle por completo, evitar el entrar en algunas discusiones geográficas que estaban íntimamente relacionadas con él, tales como la de la comunicación del rio de las Amazonas con el Orinoco, antiguamente reconocida, en seguida negada, y al fin nuevamente comprobada por testimonios decisivos; las investigaciones de la situación de la aldea del Oro y del mojón plantado por Texeira, la del lago Parimo y de la villa de Manoa, la del río de Vicente Pinzón, etc. Cada una de estas materias hubiera podido proporcionarme asunto para una disertación. No las he tratado más que de pasada, sabiendo cuán pocos lectores sienten curiosidad por estos detalles, tan útiles e interesantes para aquellos que gustan de este género de estudios. La precaución que he tenido de poner apostillas facilitará la elección de materias que sean más del agrado de cada uno.
He seguido las ortografías española y portuguesa en lo que se refiere a los nombres de estas dos lenguas, y lo mismo en lo concerniente a los nombres indios de los países sometidos al dominio de las dos coronas, queriendo de este modó evitar el inconveniente de que aparezcan desconocidos en los autores originales.
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He aquí las diversas longitudes, en metros, que se asignan a los radios terrestres, según los diferentes elipsoides obtenidos:
Los arcos de meridiano que en tiempos de La Condamine se midieron, uno en Laponia y otro en el Perú, se han reemplazado hoy por el arco del Spitzberg (Misión rusosueca) y por el arco del Ecuador (nuevo meridiano de Quito), medido (1899-1906) por una comisión francesa. (Nota de la edición española). |
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Véase el Libro de la figura de la Tierra, por M. De Maupertuis, y el del Meridiano, de M. Cassini de Thury. |
