LA AMÉRICA MERIDIONAL

RELACIÓN

Relación abreviada de un viaje hecho por el interior de la América Meridional, desde la costa del mar del Sur hasta las costas del Brasil y de la Guayana, siguiendo el curso del río de las Amazonas; leída en la sesión pública de reapertura de la Academia de Ciencias el 28 de abril de 1745, por M. de La Condamine, de la misma Academia.

Medida de la Tierra.— A fines de marzo de 1743, después de haber pasado seis meses en un desierto, en Tarqui, cerca de Cuenca en el Perú, ocupado día y noche en luchar contra un cielo poco favorable a la astronomía, recibí aviso de M. Bouguer de que había hecho cerca de Quito, en la extremidad septentrional de nuestro meridiano, diversas observaciones de una estrella entre nuestros dos cenits, muchas de las mismas noches que yo la había observado en el sitio donde estaba, en la extremidad austral de la misma línea. Por estas observaciones simultáneas, sobre cuya importancia insistí mucho, habíamos adquirido la singular ventaja de poder deducir directamente y sin hipótesis ninguna la verdadera amplitud de un arco de 3° del meridiano, cuya longitud nos era conocida geométricamente, y de llegar a esta conclusión sin temor de variaciones, ya ópticas, ya reales, ya desconocidas, en los movimientos de la estrella, puesto que había sido vista en el mismo instante por los dos observadores en los dos extremos del arco. M. Bouguer, de vuelta en Europa algunos meses antes que yo, dió cuenta del resultado en la última sesión pública. Este resultado concuerda con las operaciones hechas bajo el círculo polar4 . Concuerda también con las últimas ejecutadas en Francia 5 , y todas concurren en que la Tierra es un esferoide aplanado hacia los polos. Habiendo partido en el mes de abril de 1735, un año antes, los académicos enviados hacia el norte, nosotros llegamos siete años más tarde, para aprender en Europa algo nuevo sobre la figura de la Tierra. Después de esta fecha, este asunto ha sido tratado por tan hábiles ingenios que espero se me dispensará el dejar para las memorias de la Academia los detalles de mis observaciones particulares sobre la materia, renunciando al derecho, demasiado bien adquirido, que tendría para entretener a esta asamblea.

Otros trabajos de los académicos.— No me detendré a hacer aquí la relación de otros trabajos académicos, independientes de la medida de la Tierra, a los que nos hemos dedicado, tanto en común como en particular, ya en la ruta de Europa a América, en los parajes en que hemos residido, ya después de nuestra llegada a la provincia de Quito, durante los frecuentes intervalos, ocasionados por obstáculos de todo género, que han retardado frecuentemente el progreso de nuestras operaciones. Sería necesario para esto hacer un rede las cuales, unas no llegaron a Francia, y otras no han aparecido todavía, ni aun extractadas, en nuestras colecciones. No hablaré aquí de nuestras determinaciones astronómicas o geométricas de la latitud y de la longitud de muchos lugares; de la observación de los dos solsticios de diciembre de 1736 y de junio de 1737 y de la oblicuidad de la eclíptica que de ella resulta; de nuestras experiencias sobre el termómetro y el barómetro; sobre la declinación y la inclinación de la aguja imantada; sobre la velocidad del sonido; sobre la atracción newtoniana; sobre la longitud del péndulo en la provincia de Quito, a diversas alturas sobre el nivel del mar; sobre la dilatación y la condensación de los metales; ni de dos viajes que hice: uno, en 1736, desde la costa del mar del Sur a Quito, remontando el río de las Esmeraldas; otro, en 1737, de Quito a Lima.

Pirámides e inscripciones.— Finalmente, se me dispensará de hacer la historia de las dos pirámides que hice erigir para fijar perpetuamente los dos límites de la base fundamental de todas nuestras medidas, y prevenir de este modo los inconvenientes experimentados no hace mucho en Francia, por no tomar una precaución semejante, cuando se ha querido comprobar la base de M. Picard. La inscripción, redactada antes de nuestra partida por la Academia de Bellas Letras, y puesta después en las pirámides, con los cambios que las circunstancias de tiempo y de lugar exigieron, fué denunciada por los dos tenientes de navío del rey 6   de España, que iban en calidad de adjuntos, como injuriosa a Su Majestad Católica y a la nación española. Durante dos años defendí el proceso intentado contra mi persona por esta causa, y al fin lo gané, ante la Audiencia de Quito, en juicio contradictorio. Lo que pasó en este incidente y otras eventualidades interesantes de nuestro viaje, que por la distancia han sido muy desfigurados en los relatos que hasta aquí llegaron, son materia más propia de una relación histórica que de una memoria académica. Me ceñiré, pues, a lo concerniente a mi regreso a Europa.

Proyecto de regreso por el río de las Amazonas.— Para multiplicar las ocasiones de observar convinimos, después de largo tiempo, volver por diferentes caminos. Decidí escoger uno casi ignorado y del que estaba seguro que nadie me envidiaría; fué éste el del río de las Amazonas, que atraviesa todo el continente de la América Meridional de occidente a oriente, y que pasa, con razón, por ser el río más grande del mundo. Me propuse sacar utilidad del viaje trazando un mapa de este río y recogiendo toda clase de observaciones que tuviera ocasión de hacer en un país tan poco conocido. Las concernientes a las costumbres y usos singulares de los diversos pueblos que habitan en sus riberas tal vez excitarían más la curiosidad de un gran número de lectores; pero he creído que, en presencia de un público familiarizado con el lenguaje de los físicos y los geómetras, apenas si me estaba permitido extenderme sobre materias extrañas al objeto de esta Academia; sin embargo, para que se me comprenda mejor, no puedo eludir el dar algunas nociones preliminares acerca del río asunto de este trabajo, y de sus primeros navegantes.

Viaje de Orellana.— Es opinión general que el primer europeo que reconoció el río de las Amazonas fué Francisco de Orellana 7 . Embarcó en 1539, bastante cerca de Quito, en el río Coca, que más abajo se denomina Napo; desde éste fué a dar a otro río más grande, y dejándose ir sin otra guía que la corriente, llegó al cabo del Norte, sobre la costa de la Guayana, después de haber navegado 1.800 leguas, según su cálculo. El mismo Orellana sucumbió, diez años después, con tres navíos que se le confiaron en España, sin haber podido encontrar de nuevo la desembocadura de su río. El hallazgo en su descenso, según él dice, de algunas mujeres armadas, de las que el cacique indio le advirtió que desconfiara, le indujo a ponerle el nombre de río de las Amazonas.

Diversos nombres del río de las Amazonas.— Algunos le han llamado río de Orellana; pero antes de Orellana se llamaba ya Marañón 8 , originado del nombre de otro capitán español. Los geógrafos que han hecho del Amazonas y del Marañón dos ríos diferentes, engañados, como Laet, por la autoridad de Garcilaso y de Herrera, ignoraban sin duda que no solamente los más antiguos autores españoles 9   llaman Marañón a este río de que hablamos, desde el año 1513, sino que el mismo Orellana dice en su relación que encontró las Amazonas descendiendo por el Marañón, lo cual no tiene réplica; en efecto, se ha conservado siempre este nombre sin interrupción hasta hoy, durante más de dos siglos, entre los españoles, en todo su curso y en su nacimiento en el alto Perú. Sin embargo, los portugueses establecidos después de 1616 en Pará, villa con obispado, situada hacia la desembocadura más oriental de este río, no le conocen allí más que con el nombre de río de las Amazonas, y más arriba con el de Solimoës, y han transferido el nombre de Marañón, o Maranhaon en su idioma, a una ciudad y a una provincia entera o capitanía vecina de Pará. Yo usaré indistintamente los nombres de Marañón o de río de las Amazonas.

Viaje de Ursoa.— En 1568, Pedro de Ursoa 10 , enviado por el virrey del Perú para buscar el famoso Lago de Oro de Parima y la villa del Dorado, que se creían próximos a las riberas del Amazonas, llegó a este río por un riachuelo que viene del lado sur, y del que hablaré en lugar oportuno. El fin de Ursoa fué todavía más trágico que el de su predecesor Orellana. Ursoa pereció a manos de Aguirre, soldado rebelde que se hizo proclamar rey, el cual descendió por el riachuelo y, después de una larga jornada que aún no está bien esclarecida, habiendo sembrado por todas partes la muerte y el pillaje, acabó siendo descuartizado en la isla de la Trinidad.

Otras tentativas.— Otros viajes parecidos no dieron más luz sobre el curso del río; algunos gobernadores hicieron diferentes tentativas con poco resultado. Los portugueses fueron más afortunados que los españoles.

Viaje de Texeira.— En 1638, un siglo después de Orellana, Pedro Texeira, enviado por el gobernador de Pará, a la cabeza de un numeroso destacamento de portugueses y de indios, remontó el Amazonas hasta la desembocadura del Napo, y en seguida el Napo mismo, por donde llegó muy cerca de Quito, adonde se encaminó por tierra con algunos portugueses de su tropa. Fué bien recibido por los españoles, pues entonces las dos naciones obedecían a un mismo soberano.

Viaje del P. Acuña.— Volvió a Pará un año después, por el mismo camino, acompañado de los padres jesuitas Acuña 11   y Artieda, nombrados para dar cuenta a la Corte de Madrid de las particularidades del viaje. Calcularon la distancia desde el caserío de Napo, lugar de su embarque, hasta Pará, en 1356 leguas españolas, equivalentes a más de 1500 leguas marinas y a más de 1900 de nuestras leguas comunes. La relación de este viaje fué impresa en Madrid en 1640. La traducción francesa, hecha en 1682 por M. de Gomberville, es conocida por todos.

Mapa del río de las Amazonas por Sansón.— El mapa, defectuosísmo, del curso de este río hecho por Sansón en vista de esta relación puramente histórica ha sido después copiado por todos los geógrafos, a falta de otros datos, y no hemos tenido otro mejor hasta 1717.

Entonces apareció por primera vez en Francia, en el tomo dozavo de Lettres édifiantes, etc., una copia del mapa grabado en Quito en 1707, y dibujado desde el año 1690 por el padre Samuel Fritz, jesuita alemán, misionero de las riberas del Marañón, que había recorrido en toda su longitud. Por este mapa se aprende que el Napo, que pasaba todavía por la verdadera fuente del Amazonas desde el tiempo del viaje del padre Acuña, no era más que un río afluente que aumentaba con sus aguas las del Amazonas, y que éste, con el nombre de Marañón, surgía de un lago cerca de Guánuco, a 30 leguas de Lima. Por lo demás, el padre Fritz, sin péndulo y sin anteojo, no pudo determinar la longitud de ningún punto. No tenía más que un pequeño semicírculo de madera, de tres pulgadas de radio, para las latitudes, y, por añadidura, estaba enfermo cuando descendió por el río hasta Pará. Basta con leer su diario manuscrito, del cual tengo una copia 12 ,  para ver que muchos obstáculos, a la ida y al regreso a su misión, no le permitieron hacer las observaciones necesarias para trazar con exactitud su mapa, sobre todo en la parte inferior del río. El mapa no va acompañado más que de algunas notas en la misma hoja, y apenas si lleva algún detalle histórico; de suerte que no se sabe hoy en Europa, de lo relativo a los países que atraviesa el Amazonas, sino lo que se sabía hace más de un siglo por la relación del padre Acuña 13 .

Curso del Marañón o río de las Amazonas.— El Marañón, después de nacer en el lago donde tiene su origen, hacia los 11º de altitud austral, corre al norte hasta Jaén de Bracamoros, en una extensión de 6°; desde allí se desvía al este, casi paralelamente a la línea equinoccial, hasta el cabo del Norte, por donde entra al océano bajo el ecuador mismo, después de haber recorrido desde Jaén, donde comienza a ser navegable, 30º de longitud, o 750 leguas comunes, equivalentes por los rodeos a 1000 o 1100 leguas. Recibe de norte y sur un número prodigioso de ríos, de los que muchos tienen de curso 500 o 600 leguas, y algunos no son inferiores al Danubio o al Nilo 14 . Las riberas del Marañón estaban hace un siglo pobladas por muchos pueblos, que se retiraron al interior de las tierras en cuanto vieron a los europeos. Hoy no se encuentran más que algunas aldeas habitadas por naturales del país, sacados recientemente de sus bosques, ellos o sus padres, los unos por los misioneros españoles de lo alto del río, los otros por los misioneros portugueses establecidos en la parte inferior.

Caminos desde Quito al Marañón.— Hay tres caminos que conducen de la provincia de Quito a la de Mainas, que da su nombre a las misiones españolas de las riberas del Marañón. Los tres caminos atraviesan la famosa cadena de montañas, cubiertas de nieve, conocidas con el nombre de cordillera de los Andes.

Por Archidona.— El primero, casi bajo la línea equinoccial, al oriente de Quito, pasa por Archidona y conduce al Napo; éste fué el camino seguido por Texeira a su regreso a Quito, y el del padre Acuña.

Por Canelos.— El segundo va por una garganta al pie del volcán de Tonguragua, a un grado y medio de latitud austral. Por esta ruta se llega a la provincia de Canelos, atravesando muchos torrentes, que al juntarse forman el río llamado Pastaza, que afluye al Marañon 150 leguas más arriba que el Napo. Estos dos caminos son los que siguen ordinariamente los misioneros de Quito, los únicos europeos que frecuentan estas comarcas, cuya comunicación con la vecina provincia de Quito está casi totalmente interrumpida por la cordillera, que no es practicable más que durante algunos meses del año

Por Jaén.— El tercer camino va por Jaén de Bracamoros, a 5 grados y medio de latitud austral, donde el Marañón comienza a ser navegable. Este último es el único por donde pueden pasar animales de carga y de silla hasta el lugar donde se embarca. Por los otros dos hay muchos días de jornada a pie y es preciso llevar los bagajes a espaldas de indios. Sin embargo, el tercero es el menos frecuentado de los tres, tanto porque da un gran rodeo y las lluvias ponen sus sendas casi impracticables en la estación más bella del año, como por la dificultad y el peligro de un estrecho célebre llamado Pongo, que se encuentra saliendo de la cordillera.

Le escogí precisamente para conocer este paso, del que no se hablaba en Quito sino con admiración mezclada de terror, y además para incluir en mi mapa toda la extensión navegable del río.

Partida del autor.— Salí de Tarqui, límite austral de nuestro meridiano, a cinco leguas al sur de Cuenca, el 11 de mayo de 1743. En mi viaje de Lima en 1737 seguí el camino ordinario de Cuenca a Loxa; esta vez di un rodeo para pasar por Zaruma y situar este lugar en mi mapa. Corrí algún riesgo al vadear el gran río de los Jubones, a la sazón muy crecido, y siempre muy rápido; pero este peligro me evitó otro mayor 15   que me acechaba en el gran camino de Loxa.

Desde una montaña por la que pasé siguiendo el camino de Zaruma se ve Tumbez, puerto del mar del Sur, donde los españoles hicieron su primer descenso, más abajo de la Línea, cuando la conquista del Perú. Desde aquí comencé a alejarme propiamente del mar del Sur para atravesar de occidente a oriente todo el continente de la América Meridional.

Zaruma.— Zaruma, situada a 3° 40’ de latitud austral, da su nombre a una pequeña provincia 16   al occidente de Loxa. A pesar de su exactitud, Laet, en su descripción de América, no la menciona.

Minas de oro abandonadas.— Este lugar tuvo en otros tiempos alguna celebridad por sus minas, hoy casi abandonadas. El oro es de baja ley, de catorce quilates solamente; está mezclado con plata y es bastante maleable al martillo.

Altura del barómetro.— La altura del barómetro en Zaruma hallé que era de 24 pulgadas y dos líneas; sabido es que esta altura no varía en la zona tórrida como en nuestros climas. En Quito, durante años enteros, comprobamos que su mayor diferencia apenas pasa de línea y media. M. Godin notó el primero que sus variaciones, que son poco más de una línea en veinticuatro horas, tienen alternativas bastante regulares, que una vez conocidas permiten calcular la altura media del mercurio con una sola experiencia.

Altura del suelo de Zaruma.— Todas las que hicimos sobre las costas del mar del Sur, y las que yo repetí en mi viaje de Lima, me hicieron conocer la altura media al nivel del mar; así es que pude deducir con bastante exactitud que el terreno de Zaruma tenía una elevación de cerca de 700 toesas 17 , que no es más que la mitad de la altura del suelo de Quito. Para este cálculo me serví de una tabla compuesta por M. Bouguer sobre una hipótesis que corresponde hasta ahora mejor que ninguna con las experiencias que hicimos con el barómetro a diversas alturas determinadas geométricamente.

Notas sobre el frío y el calor.— Venía de Tarqui, país bastante frío, y sentí un gran calor en Zaruma, aunque no estuviese casi menos elevado que sobre la montaña Pelada de la Martinica, donde experimentamos un frío penetrante, viniendo de un país bajo y cálido. Supongo que ya es conocido que durante nuestra larga residencia en la provincia de Quito comprobamos constantemente que la mayor o menor elevación del Sol influye casi enteramente en el grado de calor, y que no es preciso subir 2000 toesas para transportarse desde un valle ardiente por los calores del Sol hasta el pie de un glaciar tan antiguo como el mundo, que corona una montaña vecina.

Puentes de mimbres o de corteza de arboles.— Encontré en mi camino muchos ríos con puentes de cuerdas de corteza de árboles o de esas especies de mimbres llamadas lianas en nuestras islas de América. Estas lianas, entrelazadas en forma de red, forman de una orilla a otra una galería en el aire, suspendida por dos gruesos cables de la misma materia, cuyas extremidades están atadas en cada orilla a troncos de árboles. El conjunto presenta igual aspecto que una red de pescador, o más bien el de una hamaca india que estuviese tendida de un lado a otro del río. Como las mallas de esta red son muy anchas y el pie podría pasar a través de ellas, se ponen algunas cañas en el fondo de esta cuna invertida, que sirven de piso. Se comprende que con el peso de todo este tejido, añadido con el peso de quien pasa, se curve extraordinariamente la construcción y si se repara en que quien atraviesa, cuando se halla en medio del camino, sobre todo cuando sopla el viento, se encuentra expuesto a grandes balanceos, podrá juzgarse fácilmente que un puente de esta clase, algunas veces de más de treinta toesas de longitud, tiene algo de espeluznante a primera vista; sin embargo, los indios, intrépidos por naturaleza, pasan por ellos corriendo, cargados con los bagajes y los arreos de los mulos, a los que hacen atravesar a nado el río, y se ríen al ver el sobresalto del viajero, que pronto siente vergüenza de mostrar menos resolución que ellos. Mas no es ésta la clase de puentes más singular ni más peligrosa de las que se usan en el país. Su descripción me alejaría demasiado de mi asunto.

Loxa.— Repetí al pasar por Loxa las observaciones de latitud y de altura del barómetro que ya había hecho en 1737 en mi viaje a Lima, con los mismos resultados18 . Loxa está 350 toesas más baja que Quito, y el calor es sensiblemente más grande en ella; las montañas vecinas son colinas si se comparan con las de cerca de Quito. En ellas nacen las aguas de la provincia, y hasta en su ribazo, llamado Caxanuma, donde se cría la mejor quina, a dos leguas al sur de Loxa, tienen su nacimiento varios ríos que corren en opuestas direcciones, unos hacia occidente, desembocando en el mar del Sur, otros hacia oriente, desaguando en el Marañón.

Planta de quina transportada.— El 3 de junio pasé todo el día en una montaña de éstas. Con ayuda de dos indios de las cercanías, que tomé para que me guiasen, apenas si encontré en toda la jornada ocho o nueve plantas de quina 19   nuevas a propósito para ser transportadas. Las hice poner, con tierra cogida allí mismo, en una caja de tamaño suficiente. Llevó la caja, con precaución, sobre sus espaldas, un hombre que caminó bajo mi vigilancia hasta el lugar en que embarqué, con la esperanza de conservar al menos algún brote, que dejaría depositado en Cayena si no estaba en condiciones de ser transportado a Francia para el jardín del Rey.

Camino de Loxa a Jaén.—  De Loxa a Jaén se atraviesan las últimas laderas de la cordillera. Todo el camino se hace a través de bosques donde llueve todos los días durante once y algunas veces los doce meses del año; no es posible conservar nada seco. Los cestos recubiertos de piel de toro, que son los cofres del país, se pudren y exhalan un olor insoportable. Pasé por dos pueblos de los que no queda más que los nombres: Loyola y Valladolid; uno y otro opulentos y poblados por españoles hace menos de un siglo, reducidos hoy a dos aldehuelas de indios o de mestizos y cambiados de su primitivo emplazamiento.

Jaen.— Hasta Jaén, que conserva el título de villa y que debería ser la residencia del gobernador, no es hoy otra cosa que un pueblo mediano. Lo mismo ha sucedido a la mayor parte de los pueblos del Perú alejados del mar o muy desviados del gran camino de Cartagena a Lima. En esta ruta encontré muchos ríos, que tuve que atravesar unos a nado, otros por puentes de la misma clase del que ya he descrito, otros sobre almadías o balsas que se hacen a la misma orilla, con árboles de los que ha provisto la Naturaleza a estos bosques. Estos ríos, reunidos, forman uno grande y muy rápido llamado Chinchipé, más ancho que el Sena en París. Descendi por él en balsa cinco leguas, hasta Tomependa, ciudad india a la vista de Jaén, en sitio agradable, en donde se encuentran tres grandes ríos. El Marañón es el de en medio.

Reunión de tres grandes ríos.— Recibe del lado sur el río Chachapoyas y del lado oeste el Chinchipé, por el que yo descendí. La reunión de estos tres ríos está a los 5° 30’ de latitud austral, y desde este sitio el Marañón, a pesar de sus vueltas, va aproximándose poco a poco siempre a la línea equinoccial hasta su desembocadura.

Saltos del Marañón.— Un poco más abajo el río se estrecha, abriéndose paso entre dos montañas, y allí la violencia de su corriente, las rocas que le obstruyen e innumerables saltos le hacen innavegable; el lugar que se llama puerto de Jaén, adonde hay que ir a embarcarse, está a cuatro jornadas de Jaén, en el riachuelo de Chuchunga, por el cual se desciende al Marañón, más abajo de los saltos.

Propio.— No obstante estas dificultades, un propio que envié desde Tomependa con órdenes del gobernador de Jaén a su lugarteniente de Santiago para que me enviase una canoa al puerto, franqueó todos los obstáculos navegando en una balsa hecha con dos o tres troncos de árboles, embarcación que es bastante para un indio desnudo y excelente nadador, como lo son todos. Desde Jaén al puerto atravesé el Marañón y estuve con frecuencia a sus orillas.

Arena mezclada con oro.— En este intervalo recibe el río, del lado norte, el caudal de muchos torrentes, que en la época de las grandes lluvias arrastran arena mezclada con pajitas y granos de oro. Los indios acuden entonces a recogerlo, pero sólo en cantidad necesaria para pagar con él sus tributos o impuestos, y únicamente cuando son acuciados para satisfacerlos. Fuera de este tiempo pisotean indiferentes el oro antes que tomarse la molestia de recogerlo y desbrozarlo. En toda esta región los dos lados del río están cubiertos de cacao silvestre20 , tan bueno como el cultivado, del que no hacen los indios más caso que del oro.

Torrente que se pasa veintiuna veces.— A la cuarta jornada después de mi partida de Jaén vadeé veintiuna veces el torrente de Chuchunga, y otra, la última, en barca; las mulas, al aproximarnos al albergue, se echaron a nado con toda su carga; mis instrumentos, mis libros, mis papeles, todo se mojó. Fué el cuarto accidente de este género que sufrí desde que viajaba por las montañas; mis naufragios no cesaron hasta que me embarqué.

Puerto de Jaén.— Encontré en Chuchunga una aldea de diez familias indias gobernadas por su cacique, que entendía tan pocas palabras españolas como yo de su lengua. Me había visto obligado a despedir en Jaén dos criados del país, que me hubieran podido servir de intérpretes. La necesidad me hizo encontrar el medio para pasar. Los indios de Chuchunga no tenían más que unas canoas pequeñas, apropiadas para su uso, y la que envié a buscar a Santiago por un propio no podía llegar antes de quince días. Obligué al cacique a que sus gentes me hiciesen una almadía o balsa, que así se llaman en el país, lo mismo que a los árboles con que se construyen, y la pedí lo bastante grande para llevarme a mí con mis instrumentos y mi bagaje. Tuve tiempo, mientras preparaban la balsa, para secar mis papeles y libros hoja por hoja, precaución tan necesaria como enojosa.

Su latitud; su altura sobre el mar.— El Sol no lució sino hacia el mediodía, lo que fué bastante para tomar la altura. Me encontraba a 5° 21’ de latitud austral, y supe por el barómetro, más bajo de las 16 líneas que al borde del mar, que 235 toesas sobre su nivel hay ríos navegables sin interrupción. No tengo interés en afirmar que no pueda haberlos a mayor altura; refiero simplemente la consecuencia que saqué de mi experiencia. Sin embargo, hay bastantes probabilidades de que el punto donde comienza a ser navegable un río que, a contar desde este lugar, tiene más de mil leguas de curso debe estar más elevado que aquel en donde los ríos ordinarios empiezan también a ser navegables.

Embarque del autor.— El 4 de julio, por la tarde, me embarqué en una canoa pequeña, de dos remeros, precedida de la balsa, escoltada por todos los indios de la aldea. Estaban dentro del río, con el agua a la cintura, para conducirla con las manos en los pasos peligrosos y sostenerla entre las rocas y en las presas contra la violencia de la corriente. A la mañana siguiente, después de muchas revueltas, desemboqué en el Marañón, cerca de cuatro leguas al norte del lugar en que embarqué.

Lugar donde el Marañón comienza a ser navegable.— Allí comienza a ser navegable. Era preciso agrandar y fortalecer la balsa, que hicieron de dimensiones proporcionadas al cauce del río por el que descendí. Por la noche el río creció diez pies y fué necesario transportar apresuradamente la choza de ramas que me servía de abrigo, la cual construyeron los indios con destreza y prontitud admirables. Estuve retenido en este sitio tres días por advertencia, o, mejor dicho, por orden de mis guías, a los que estaba obligado a consultar. Ellos tuvieron tiempo de preparar la balsa y yo de observar. Medí geométricamente la anchura del río; hallé que era de 135 toesas, aunque ya disminuída de 15 a 20 toesas. Muchos de los ríos que en él desaguan más arriba de Jaén son más anchos, por lo cual juzgué que debía ser muy profundo: en efecto, con un cordel de 28 brazas no encontré el fondo sino a un tercio de su anchura. No pude sondear en medio del cauce, donde la velocidad de una canoa abandonada a la corriente era de una toesa y un cuarto por segundo. El barómetro, más alto en más de cuatro líneas que en el puerto, me hizo ver que el nivel del agua había bajado cerca de 50 toesas desde Chuchunga, de donde había empleado en descender solamente ocho horas. En el mismo lugar observé que la latitud era de 5° 1’ hacia el sur.

Estrecho de Cumbinama.— El 8, continuando mi ruta, pasé el estrecho de Cumbinama, peligroso por las piedras de que está lleno. Apenas si tiene 20 toesas de anchura.

Estrecho de Escurrebragas y remolino de agua.— Al día siguiente encontré el de Escurrebragas, que es de otra naturaleza. El río, detenido por una costa de roca muy escarpada, que le corta muy perpendicularmente, tiene que dar una vuelta súbitamente, formando un ángulo recto con su primitiva dirección. El choque de las aguas, con toda la violencia adquirida por el estrechamiento del canal, ha excavado en la roca una ensenada profunda, en la cual quedan aprisionadas las aguas de la orilla del río, rechazadas por la rapidez de las de en medio. Mi almadía, sobre la cual estaba entonces, impulsada por el hilo de la corriente en aquel sumidero no hizo más que dar vueltas durante una hora y algunos minutos. Las aguas, al circular, me atraían hacia en medio del cauce del río, donde el encontronazo de la gran corriente formaba ondas que hubieran sumergido infaliblemente una canoa. El tamaño y la solidez de la almadía la aseguraron de esta contingencia; pero la violencia de la corriente me rechazaba siempre al fondo de la ensenada, de donde no hubiera salido a no ser por la destreza de cuatro indios que llevaba conmigo, con una canoa pequeña, a todo evento. Éstos, habiendo navegado bordeando la orilla, treparon al peñón, desde el cual me lanzaron, no sin trabajo, unas lianas, que son las cuerdas del país, con las cuales remolcaron la balsa hasta que la pusieron en la corriente.

Estrecho de Guaracayo.— El mismo día pasé un tercer estrecho, llamado Guaracayo, donde el cauce del río, encerrado entre dos grandes peñascos, no tiene 30 toesas de ancho; no es peligroso más que en las grandes crecidas. La misma tarde encontré a la canoa de Santiago, que remontaba el río para ir en mi busca al puerto; mas le faltaban aún seis días para llegar solamente al lugar de donde salí por la mañana, y del que había descendido en diez horas.

Río y ciudad ruinosa de Santiago.— Llegué el 10 a Santiago de las Montañas, que es hoy una aldea situada en la desembocadura del río del mismo nombre, levantada sobre las ruinas de una ciudad que dió el suyo al río.

Xíbaros, indios rebelados.— Habita a sus orillas una tribu india llamada Xíbaros, que antes fueron cristianos, pero hace un siglo se rebelaron contra los españoles para sustraerse al trabajo de las minas de oro de su país; desde este tiempo, retraídos en montes inaccesibles, permanecen independientes y estorban la navegación de este río, por donde se podrá llegar cómodamente en menos de ocho días desde las cercanías de Loxa y Cuenca, de donde yo salí por tierra hacía dos meses. El terror que inspiran estos indios ha obligado al resto de los habitantes de Santiago a cambiar dos veces de residencia, y desde hace unos cuarenta años a bajar hasta la desembocadura del río en el Marañón.

Borja, capital de las misiones.— Más abajo de Santiago se encuentra Borja21 , ciudad como las precedentes, sobre poco más o menos, aunque capital del gobierno de Maynas, que comprende todas las misiones españolas de las orillas del Marañón 22 . Borja no está separada de Santiago más que por el famoso Pongo de Manseriche.

El Pongo de Manseriche, famoso estrecho.— Pongo, antiguamente Puncu, en lengua peruana significa puerta. Se da este nombre en esta lengua a todos los pasajes estrechos, pero éste le lleva por excelencia. Es un camino que el Marañón, torciendo al este después de más de 200 leguas de curso al norte, se abre en medio de las montañas de la cordillera, cavándose un cauce entre dos murallas paralelas de peñascos, cortadas casi perpendicularmente 23 . Hace poco más de un siglo, algunos soldados españoles de Santiago descubrieron este paso, y se aventuraron a franquearle.

Dos misioneros jesuitas de la provincia de Quito 24   decidieron seguirlos, y fundaron, en 1639, la misión de Maynas, que se extiende muy lejos, a lo largo del río. Llegado a Santiago, esperé pasar a Borja el mismo día, y apenas si me faltaba una hora para llegar; pero, a pesar de los propios o correos que reiteradamente envié, y de las órdenes y recomendaciones de que siempre íbamos bien provistos, aunque raramente vimos que se ejecutaran, los árboles para la gran almadía sobre la que debía pasar el Pongo no estaban aún cortados. Me contenté con hacer que fortaleciesen la mía rodeándola con un nuevo cerco, para que sufriese la primera violencia de los choques, casi inevitables en las revueltas, a falta de timón, que los indios no usan en las balsas. En cuanto a las canoas, son tan ligeras, que las gobiernan con la misma pagaya que les sirve de remo.

Al día siguiente de mi llegada a Santiago no pude vencer la resistencia de mis marineros, que no encontraban el nivel del río lo bastante bajo para arriesgarse al paso. Todo lo que pude conseguir de ellos fué atravesarle para ir a esperar el momento favorable en una ensenadita cercana a la entrada del Pongo, donde la violencia de la corriente es tal que, aunque no haya saltos propiamente dichos, las aguas semejan precipitarse, y su choque contra los peñascos produce un ruido espantoso.

Camino por tierra.— Los cuatro indios del puerto de Jaén que me habían seguido hasta allí, con menos curiosidad que yo por ver el Pongo de cerca, habían tomado ya la delantera para ir por tierra por una vereda o, mejor dicho, por una escalera tallada en la roca, para esperarme en Borja, dejándome esa noche, como la precedente, solo, con un esclavo negro, sobre mi almadía. Tuve suerte en no haberla querido abandonar, pues me sucedió una aventura sin semejante. El río, cuya altura disminuyó 25 pies en treinta y seis horas, continuó decreciendo a ojos vistas.

Accidente raro.— A medianoche la astilla de una gruesa rama de un árbol oculto bajo el agua, habiéndose enredado entre las tablas de mi almadía, penetraba cada vez más a medida que ésta bajaba con el nivel del agua; vi llegar un momento, si no hubiera estado presente y desvelado, en que habría quedado con la almadía enganchada y suspendida de una rama de árbol, y lo menos que hubiese podido pasarme era el perder mis diarios y papeles con notas de observaciones fruto de ocho años de trabajo. Afortunadamente, encontré al fin el medio de desenredar la balsa y ponerla de nuevo a flote.

Mapa topográfico del Pongo.— Aproveché mi forzosa estancia en Santiago para medir geométricamente el ancho de los dos ríos, y tomé también los ángulos necesarios para componer un mapa topográfico del Pongo.

Paso del Pongo.— El 12 de julio, al mediodía, mandé desatar la balsa y ponerla en medio del río. En seguida me vi arrebatado por la corriente del agua, en una galería estrecha y profunda, tallada en la roca, en declive, y en algunos sitios perpendicularmente. En menos de una hora me encontré transportado a Borja, tres leguas más abajo de Santiago, según cálculo corriente. A pesar de que no sobresalía medio pie del agua, y aunque por el volumen de su carga presentaba a la resistencia del aire una superficie siete u ocho veces mayor que a la corriente del agua, no podía alcanzar toda la velocidad de la corriente, y esta misma velocidad disminuye considerablemente a medida que el cauce del río se ensancha al aproximarse a Borja. En el pasaje más estrecho, conjeturo, por comparación con otras velocidades medidas exactamente, que hacíamos dos toesas por segundo.

Sus dimensiones.— El canal del Pongo, excavado naturalmente, comienza a media legua escasa más abajo de Santiago 25   y se estrecha cada vez más; de suerte que de 250 toesas, por lo menos, que tiene más abajo de la reunión de los dos ríos, apenas si llega a tener 25 toesas donde es más estrecho. Bien sé que hasta ahora no se ha atribuido al Pongo más que 25 varas españolas, que apenas si equivalen a 10 de nuestras toesas, y que comúnmente se dice que se pasa de Santiago a Borja en un cuarto de hora. Por mi parte he notado que en el paso más estrecho, desde los bordes de mi balsa a la orilla, había dos o tres veces su anchura. Desde la entrada en el estrecho hasta Borja conté en mi reloj cincuenta y siete minutos, y combinando todo esto encuentro las medidas tales como acabo de enunciarlas; y por más esfuerzos que haga para aproximarme a la opinión generalmente admitida, apenas puedo contar dos leguas, de las de 20 al grado, desde Santiago a Borja, en lugar de las tres que se cuentan generalmente.

Choque de la balsa contra los peñascos.— Choqué rudamente dos o tres veces contra las rocas en las revueltas, motivo suficiente para haberme asustado si no hubiera estado prevenido. Una canoa se estrellaría mil veces sin remedio, y me enseñaron al pasar el lugar donde pereció un gobernador de Maynas; pero las piezas de una balsa no están clavadas ni enclavijadas, sino unidas por lianas, cuya flexibilidad hace el papel de un resorte que amortiguase el golpe, y por ello no se toma ninguna precaución ni cuidado en las balsas contra estos choques. El mayor peligro para éstas es el de ser atraídas por un remolino de agua fuera de la corriente, como me sucedió más arriba. No hacía un año que un misionero, que fué así arrastrado, permaneció dos días sin víveres, y hubiera muerto de hambre si una crecida súbita del río no le hubiera, al fin, vuelto a poner en la corriente. No se desciende en canoa por el Pongo sino cuando las aguas están lo suficientemente bajas y la canoa puede gobernarse sin ser dominada demasiado por la corriente. Cuando el nivel es muy bajo, las canoas pueden también remontarle con mucha dificultad, pero nunca las balsas.

Descripción de la provincia de Maynas.— Llegado a Borja, me encontré en un nuevo mundo, alejado de todo comercio humano, sobre un mar de agua dulce, en medio de un laberinto de lagos, de riachuelos y de canales que invaden en todos sentidos un bosque inmenso, que sería sin ellos inaccesible. Encontré plantas nuevas, animales nuevos, hombres nuevos. Mis ojos, acostumbrados durante siete años a ver montañas tan altas que se pierden entre las nubes, no podían dejar de mirar el contorno del horizonte, cuyo único obstáculo eran las colinas del Pongo, que muy pronto iban a desaparecer de mi vista. A este montón de cosas variadas que caracterizan las cultivadas campiñas de las cercanías de Quito sucedió el aspecto más uniforme: agua, verdor y nada más 26 . Se huella la tierra con los pies sin verla; tan cubierta está de hierbas espesas, de arbustos y de malezas, que costaría un gran trabajo el descubrir el espacio de un pie.

Rareza de las piedras.— Más abajo de Borja, y a 400 o 500 leguas al otro lado, según baja el río, una piedra, un simple guijarro, es tan raro como puede serlo un diamante. Los salvajes de esta comarca no saben lo que es una piedra ni de ello tienen la más remota idea. Es un divertido espectáculo el ver a algunos de ellos, cuando vienen a Borja y las encuentran por primera vez, testimoniar su admiración con sus visajes, apresurarse a recogerlas, cargar con ellas cual si fuesen una preciosa mercancía 27 y, en seguida despreciarlas y tirarlas cuando se dan cuenta de que son muy comunes.

Indios americanos.— Antes de pasar a otra cosa debo decir unas palabras acerca del genio y del carácter de los oriundos de la América Meridional, a los que, aunque impropiamente, se les llama indios. No se trata de los criollos españoles o portugueses, ni de las diferentes especies de hombres resultado de la mezcla de blancos de Europa, de negros de África y de rojos de América, desde que los europeos entraron en ella e introdujeron negros de Guinea.

Su color.— Todos los antiguos naturales del país son atezados y de color rojizo, más o menos claro; la diferencia del matiz tiene verosímilmente por causa principal la diferente temperatura del aire de los países que habitan, que varía desde el calor abrasante de la zona tórrida hasta el frío originado por la proximidad de la nieve.

Diferencia de costumbres.— Esta diferencia de climas y la de los países, con bosques, llanos, montañas y ríos, la diversidad de alimentos, el escaso comercio que entre sí tienen las naciones vecinas, y otras mil causas, tienen necesariamente que haber introducido diferencias en las ocupaciones y en las costumbres de estos pueblos. Por otra parte, se concibe bien que una nación convertida al cristianismo y sometida durante uno o dos siglos a la dominación española o portuguesa debe infaliblemente haber tomado algo de las costumbres de sus conquistadores y, por consecuencia, que un indio habitante de una ciudad o de una aldea del Perú, por ejemplo, debe distinguirse de un salvaje del interior del continente, y asimismo de un habitante reciente de las misiones establecidas a las orillas del Marañón. Se necesitarían, pues, para dar una idea exacta de los americanos casi tantas descripciones como pueblos hay entre ellos; sin embargo, así como todas las naciones de Europa, aunque diferentes entre sí por sus lenguas, usos y costumbres, no dejarían de tener algo común a los ojos de un asiático que las examinase con atención, también todos los indios americanos de las diferentes comarcas que he tenido ocasión de ver en el transcurso de mi viaje me ha parecido que tienen ciertos rasgos de semejanza los unos con los otros; y (aunque hay algunos matices que apenas si los puede percibir un viajero que contempla las cosas de paso) he creído reconocer en todos un fondo común de carácter.

Carácter de los indios.— Tiene por base la insensibilidad. Dejo a vuestra elección si debe honrársela con el nombre de apatía o envilecerla con el de estupidez. Nace, sin duda, del corto número de sus ideas, que no se extienden más allá de sus deseos. Glotones hasta la voracidad, cuando tienen con qué satisfacerla; sobrios, si la necesidad los obliga, hasta carecer de todo, sin parecer desear nada; pusilánimes y poltrones con exceso, si la embriaguez no los transporta; enemigos del trabajo; indiferentes a todo estímulo de gloria, de honor o de reconocimiento; preocupados únicamente del presente y siempre supeditados a él; sin inquietud por el porvenir; incapaces de previsión y de reflexión; entregándose, cuando nada los atemoriza, a una alegría pueril, que manifiestan con saltos y carcajadas inmoderadas, sin objeto y sin designio, pasan su vida sin pensar y envejecen sin salir de la infancia, de la que conservan todos los defectos.

Si estos reproches no se refiriesen más que a los indios de algunas provincias del Perú, a los que para serlo no les falta más que el nombre de esclavos, podría creerse que esta especie de embrutecimiento nace de la servil dependencia en que viven; el ejemplo de los griegos modernos demuestra cómo la esclavitud propende a degradar a los hombres. Pero los indios de las misiones y los salvajes que gozan de libertad son, por lo menos, tan pobres de ingenio, por no decir tan estúpidos, como los otros; no puede verse sin avergonzarse cómo el hombre abandonado a la simple naturaleza, privado de educación y de sociedad, difiere poco de la bestia.

Lenguas de América, todas pobres.—. Todas las lenguas de la América Meridional de las que tengo alguna noción son muy pobres; muchas son enérgicas y susceptibles de elegancia, singularmente la antigua lengua del Perú; pero a todas les faltan vocablos para expresar las ideas abstractas y universales, prueba evidente del poco progreso realizado por el espíritu de estos pueblos. Tiempo, duración, espacio, ser, substancia, materia, cuerpo, todas estas palabras y muchas más no tienen equivalentes en sus lenguas; no solamente los nombres de los seres metafísicos, sino los de los seres morales, no pueden expresarse entre ellos más que imperfectamente y por largas perífrasis. No tienen palabras propias que respondan exactamente a las de virtud, justicia, libertad, agradecimiento, ingratitud. Todo esto parece muy difícil de compaginar con lo que Garcilaso cuenta de la educación, de la industria, de las artes, del gobierno y del ingenio de los antiguos peruanos. Si el amor a la patria no le hizo imaginarlo, preciso es convenir que estos pueblos han degenerado mucho de sus antepasados. En cuanto a las otras naciones de la América Austral, no se sabe que hayan salido nunca de la barbarie.

He compuesto un vocabulario de las palabras más usuales en las diversas lenguas indias. La comparación de estas palabras con las que tienen la misma significación en otras lenguas del interior de estas tierras, no solamente puede servir para probar las diversas transmigraciones de estos pueblos de un extremo al otro del vasto continente, sino que esta comparación, cuando pueda hacerse con diferentes lenguas de Africa, de Europa y de las Indias Orientales, será quizá el único medio de descubrir el origen de los americanos. Una paridad bien averiguada de la lengua decidiría, sin duda, la cuestión.

Palabras hebreas comunes en muchas lenguas de América.— La palabra abbá, babá o papá, y la de mamá, que de las antiguas lenguas de Oriente parecen haber pasado, con ligeros cambios, a la mayor parte de las de Europa, son comunes en un gran número de pueblos de América, cuyo lenguaje es, por lo demás, muy diferente. Si se considera a estas palabras como los primeros sonidos que los niños pueden articular y, por consiguiente, como los que en todos los países han debido ser preferentemente adoptados por los padres que los oían pronunciar para hacerlos servir de expresión a las ideas de padre y de madre, falta saber por qué en todas las lenguas de América en que se encuentran estas palabras se ha conservado sin confusión su significado; por qué casualidad en la lengua omagua, por ejemplo, en el centro del continente, o en otra cualquiera parecida, en que las palabras papá y mamá se usan, no ha sucedido nunca que papá signifique madre, y mamá, padre, sino que constantemente sucede lo contrario, como en las lenguas de Oriente y de Europa. Hay muchas probabilidades de que se encontrarían otros vocablos entre los naturales de América cuya conexión con los de alguna otra lengua del Viejo Mundo podría algún día esclarecer una cuestión abandonada hasta ahora a simples conjeturas.

Fuí atendido en Borja por el R. P. Magnin, natural del cantón de Friburgo, jesuita misionero, que tuvo conmigo todas las atenciones y cortesía que hubiera podido esperar de un compatriota y de un amigo. No utilicé, por no ser necesario, ni con él ni con otros misioneros de su Compañía, de las recomendaciones de sus amigos de Quito, y mucho menos de los pasaportes y órdenes de la corte de España que llevaba conmigo.

Mapa de las misiones españolas.— Entre otras muchas curiosidades de historia natural, me regaló este padre un mapa, trazado por él, de las misiones españolas de Maynas y una descripción de los usos y costumbres de los pueblos vecinos. Durante mi estancia en Cayena ayudé a M. Artur, médico del rey y consejero del Consejo Supremo de esta colonia, a traducir esta obra del español al francés; es digna de la curiosidad del público.

En Borja observé que la latitud era de 4° 28’ hacia el sur.

4
Por MM. De Maupertuis, Clairaut, Camus y Monnier, de esta Academia, por el abate Ouchier, correspondiente de la Academia, y por M. Celsius, profesor de astronomía en Upsala.
5
 Por MM. Cassini de Thury y el abate De la Caille.
6
Los dos tenientes de navío del rey fueron Jorge Juan Santacilia y Antonio de Ulloa, que el rey, pues que se iba a operar en tierras de su dominio, unió a la expedición de Bouguer y La Condamine. (Nota de la edición española).
7
Fué Francisco de Orellana natural de Trujillo, en Extremadura. Llegó al Océano, tras recorrer el Amazonas, en medio de peligros y trabajos sin cuento, que no quebraron su fortaleza, el 26 de agosto de 1541. Murió, en el mismo río, no en 1549, sino en 1545. (Nota de la edición española).
8
El nombre de Marañón se dice viene de que preguntando Orellana a su piloto de si estaban ya cerca de la boca para salir al mar, le respondió que no sabía sino que estaba metido en una maraña de aguas que sólo Dios la podía comprender, y que le respondió Orellana: ¿Maraña? de la edición española).
9
Véanse Pedro Mártir, Fernández de Enciso, Fernández de Oviedo, Pedro Cieza, Agustín de Zárate.
10
Pedro de Ursi y no Ursoa, natural de Tudela (Navarra) (1526?-1561), el célebre conquistador y capitán español. (Nota de la edición española).
11
Acuña (Cristóbal de), jesuita y misionero español, natural de Burgos (1597-16?); tras su viaje por el Amazonas dejó escrito: Nuevo descubrimiento del gran rio de las Amazonas, el que fué y se hizo, por orden de S. M., el año 1639, por las provincias de Quito, en los reynos del Perú. Madrid, 1641. (Nota de la edición española).
12
Ha sido sacada del original depositado en los Archivos del Colegio de Quito, y me la envió D. José Pardo y Figueroa, marqués de Valleumbroso, hoy corregidor de Cuzco, bien conocido en la república de las letras.
13
La obra titulada El Marañón o Amazonas (*) (1684) no es más que una compilación informe.
(•) Escrita por el padre Manuel Rodríguez, que no hizo sino copiar, casi al pie de la letra, al padre Cristóbal de Acuña. (Nota de la edición española).
14
El Amazonas, el río mayor del mundo, corre casi paralelo al ecuador, por región de máximas lluvias (Manaos, 2.202 milímetros; Pará, 2.023 milímetros), explicación de la cuantía de su caudal y de las selvas de sus orillas. Es río de caudal ponderable y estable, a causa de que sus afluentes proceden unos del hemisferio norte y otros del hemisferio sur, con régimen inverso, pues en tanto los unos vienen sometidos a las lluvias tropicales, los otros, en el hemisferio opuesto, pasan por el período de sequía. El flujo de líquido caudal aportado por los afluentes de una orilla mantiene al gran río en ocasión en que los tributarios de la margen opuesta lo desamparan. El máximo de su caudal es entre marzo y julio. Aun cuando transporta una masa de fangos y tarquines superior a la del Mississipi, no forma delta por razón de las mareas y de la corriente ecuatorial que arrastra los sedimentos a lo largo de la costa de Paria. (Nota de la edición española).
15
Después me informaron que algunos individuos, apostados por los autores o cómplices del asesinato del Sr. Seniergues, nuestro cirujano, me esperaban en el gran camino de Cuenca a Loxa. Sabían que llevaba conmigo una copia auténtica del proceso criminal que había seguido contra ellos como ejecutor testamentario del difunto, y temían, con razón, que la sentencia de la Audiencia de Quito, pronunciada contra todas las leyes y llena de nulidades, sería casada en el Consejo de España.
16
Hoy, provincia de El Oro.
17
Antigua medida lineal, que valía 1,949 metros; 700 toesas son, pues, 1.364.3 metros. Se usó hasta la creación del sistema métrico decimal (7 de abril de 1795) la llamada toesa del Perú, deducción de las medidas de La Condamine, Jorge Juan y Ulloa, y de esta toesa usaron precisamente Delambre y Méchain al medir, a fines del siglo XVIII, el meridiano de París. (Nota de la edición española).
18
Véase Memoria de la Academia(1738), pp. 226-228, sobre el árbol de quinquina.
19
Los árboles de la quinas som indígenas en las selvas de la vertiente oriental de los Andes, entre los 10º de latitud norte y 19° de latitud sur. Hay varias especies, pertenecientes todas al género Chinchona, como la Cinchona calisaya, descubierta por Weddel en Bolivia y Perú; la C. succirubra, de nuestro botánico Ruiz y Pavón, propia de los Andes de Quito; la C. officinalis, que da la quina gris o quina de Loja o Loxa, de las que hay, entre otras, dos variedades, la C. o Condaminea (chaharguera) y la C. o. uritusinga, descubierta y descrita por La Condamine, que da la Loxa fina. Nuestros botánicos Ruiz Pavón y Mutis describieron otras, como la C. nitida, la C. micrantha (Huánuco, del Perú), C. lancifolia C.purpurea. La parte aprovechable de estos árboles es la corteza que encierra, entre otros alcaloides, la quinina y cinconina. En el Palacio Real de Madrid se conservan aún fardos de cortezas de quinas reunidas y enviados por Ruiz y Pavón. Hipólito Ruiz publicó Quinología, o tratado del árbol de la quina o cascarilla (Madrid,1792); José Pavón dejó manuscrita su Nueva quinología. En Londres, 1862, se publicó Illustrations of the Nueva Quinología of Pavon. (Nota de la edición española).
20
Aun cuando hay varias especies, el verdadero cacao es la Theobroma cacao, probablemente originario de las cuencas del Amazonas y del Orinoco, de donde se exportó sin duda su cultivo a América Central. Hay tres variedades principales: criollo, forastero y calabacillo. (Nota de la edición española).
21
En Borja sufre el Amazonas un brusco acodamiento. No está lejos de los lagos Chalona, Matuncocha y Bimachuna, situados a su margen izquierda. Del colegio de padres jesuitas de Quito salió en 1602 el P. Rafael Ferrer a convertir los indios cofanes; murió ahogado, por traición, nueve años después. En 1616 entraron soldados españoles en tierras de los maynas, y el virrey del Perú (Francisco de Borja, príncipe de Esquilache) dió a don Diego de Vaca y Vega la gobernación de dichos indios. El gobernador fundó a San Francisco de Borja, hoy Borja, a la salida del canal o congosto de Pongo.(Nota de la edición española).
22
Véase Figueroa (F.), Relación de las Misiones de la Compañía de jesús en el
país de los maynas.
(Nota de la edición española).
23
En el célebre Pongo de Manseriche, el río Amazonas, nacido en la cordillera de los Andes a 6.000 metros de altitud, tuerce al este y se despeña, tajando el murallón montañoso, en el angosto escobio que La Condamine describe, para comenzar a correr y ensancharse por la llanura extensa a menos de 180 metros de altitud sobre el nivel del mar. (Nota de la edición española).
24
Los dos padres fundadores fueron los jesuitas P. Gaspar de Cugia y P. Lucas de la Cueva, que salieron para las misiones, con l gobernador D. Pedro Vaca de la Cadena, a 21 de octubre de 1637. (Nota de la edición española).
25
 El río Santiago, procedente de la república del Ecuador, es afluente de la izquierda del Amazonas. (Nota de la edición española).
26
En Borja, el Amazonas cambia de dirección, de caudal, de carácter y de paisaje. Abandona los Andes, porque venía encajado, tajando el congosto de Pongo; penetra en su extensa llanura, inacabable y sin límites. De la vegetación alpina de sus fuentes ha pasado sucesivamente por la del matorral subalpino, de facies subdesértica, por la subtrópica de la región de las quinas, y ahora —lo que sorprende vivamente al autor— penetra desde Borja en el escenario incomparable de las selvas del Amazonas, la densa formación del bosque ecuatorial. (Nota de la edición española).
27
En Borja, al abrirse ante la planicie, el río, por cambio de velocidad, abandona potentes depósitos de cantos rodados que desde los altos Andes el Amazonas ha venido acarreando. Más abajo no deposita ya sino arenas y tarquines, con que edifica la extensa planicie de inundación amazónica: no hay, pues, ya piedras. (Nota de la edición española).
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