La temperatura media general excede ligeramente los 26 grados, la diferencia promedio diaria entre la hora más fría de la noche y la más caliente del día es inferior a los 8 grados. Esta pequeña diferencia es uno de los elementos más importantes que nos permite hacernos una idea sobre la naturaleza del clima. El clima que tratamos aquí es, pues, uno de los más constantes, especialmente en la vertiente atlántica, gracias sin duda a la temperatura casi invariable (27 grados) de la corriente ecuatorial del mar de las Antillas, mientras que el promedio del océano Pacífico es un grado menor e implica variaciones de una amplitud total de unos 7 grados.
La diferencia extrema jamás alcanza en un mismo día los 11 grados. El máximo tiene lugar en promedio un poco más tarde que en nuestros climas, o sea cerca de las tres de la tarde y el mínimo un poco después de la salida del Sol. A medida que aumenta la altura, la temperatura disminuye. La media anual baja aproximadamente 1 grado por cada 170 metros de altitud, y el límite de las nieves perpetuas sobre los picos más elevados de la cordillera de los Andes situados en Colombia, en cercanías del istmo, se encuentra entre los 4.700 y los 4.800 metros. Las más altas cumbres de la región comprendida entre las ramificaciones orientales de la cadena de Chiriquí y el sur del Chocó sólo se elevan entre 1.400 y 1.500 metros; no podría encontrarse aquí una temperatura media inferior a los 20 grados que correspondiera a esta altura. En el moderado clima ecuatorial americano, y a tal altitud se dan igualmente bien el trigo y el banano, la palmera y la fresa, y es en estas condiciones de eterna primavera como se concibe el paraíso terrenal.
En el Darién la temperatura media es de 27 grados; sin embargo, la brisa vivificante del norte refresca toda la atmósfera y es así como este clima no ejerce sobre los europeos una influencia debilitante; están menos predispuestos a la anemia y a las enfermedades que los criollos de las altas mesetas del interior. Las epidemias de fiebre amarilla, cólera y aun las insolaciones son casi desconocidas en el istmo colombiano.
La evaporación durante la estación seca es considerable y alcanza un promedio de 5 milímetros por día, por esto la humedad es siempre muy intensa.
La presión barométrica es completamente normal, en promedio 759 milímetros, y no sufre sino las variaciones del movimiento diurno que es de 2 a 4 milímetros y que, en la zona tórrida, tiene la regularidad de una marea atmosférica que presenta, como ésta última, dos máximos y dos mínimos, espaciados generalmente el uno del otro por seis horas. El máximo del día tiene lugar entre las nueve y las once de la mañana, el mínimo entre las tres y las cinco de la tarde. Estas oscilaciones son más regulares que las de la noche. La presión durante la estación lluviosa, de mayo a noviembre, es inferior a la presión durante la estación seca, de diciembre a abril. La diferencia extrema apenas alcanza los 9 milímetros y varía entre 754 y 763 milímetros; en nuestros climas esta diferencia sobrepasa los 40 milímetros. La presión atmosférica es tan constante como la temperatura.
Sin duda el istmo no merece su reputación de insalubridad. Con excepción de algunos sitios mal ventilados, situados cerca de marismas estancadas (como el antiguo Panamá) donde se amontonan y se descomponen los detritus vegetales, la región es sana. Especialmente la vertiente del Pacífico presenta buenas condiciones climatológicas. Con comodidades suficientes y las facilidades que tienen ciertas alturas admirablemente ventiladas para el establecimiento de un sanatorio en la época bastante peligrosa de cambio de estaciones, los europeos pueden vivir aquí por largo tiempo sin siquiera llegar a sufrir de anemia.
Como dice acertadamente mi querido colaborador, camarada y amigo, Reclus, en el concienzudo informe que me envió el 17 de marzo de 1879, y que ya he tenido ocasión de citar, lo que le ha valido a toda esta región su triste e injusta reputación son las fiebres y las enfermedades que contraían los mineros cuando el ferrocarril aún no existía y había que hacer la ruta de Colón a Panamá en barco, a pie y a lomo de mula. Muchas jornadas pasadas a la intemperie en pequeñas piraguas o de marchas penosas a través de terrenos empantanados por las lluvias y transformados en espantosos atolladeros y barrancos, sin comida reconfortante, sin morada en la noche, sin poder cambiar de ropas desde la salida, predispone a los emigrantes a absorber las emanaciones palúdicas. La mayoría de ellos eran por lo demás aventureros, mineros de baja estofa y bandidos con la salud ya arruinada por toda clase de excesos. Los peligros del camino, en varias ocasiones infestado por las cuadrillas de bandoleros, aumentaba el terror que inspiraba este paso y servía para acreditar la mala reputación de todo el istmo119 . Pero lo que más contribuyó a arraigar esa fama de insalubridad son las leyendas difundidas adrede por personas interesadas en evitar la competencia, sobre la mortalidad que hizo estragos entre los trabajadores empleados en la construcción del ferrocarril de Colón a Panamá. La exageración ha llegado hasta el punto de decir que hay un hombre enterrado bajo cada traviesa de la vía, que 154 jefes de estación murieron en el mismo sitio y otras bromas tan lúgubres como ridículas, rebatidas por las cifras oficiales que siguen, provistas por el coronel Totten, ingeniero en jefe de la empresa. Durante los cinco años que duró la construcción murieron 293 obreros blancos de los 6.000 empleados, 140 negros clasificados y aproximadamente 400 chinos; casi todos se ahorcaron luego de una de esas verdaderas epidemias morales que hacen estragos a veces entre los asiáticos cuando son maltratados.
En lo que concierne a la mortalidad en los empleados del canal, durante los primeros cuatro años, ciertamente ha sobrepasado las cifras alcanzadas habitualmente en las grandes obras en Europa; pero teniendo en cuenta las malas condiciones que se encontraron al principio para desmontar la selva, transportar las aguas y construir las viviendas necesarias, la elección mediocre y la higiene deplorable de la mayoría del personal blanco, la poca vitalidad de los negros jamaiquinos, que equivalen a más de la mitad de los trabajadores, el fango y las tierras superficiales removidas, mucho más malsanas que las rocas que explotarían más tarde, es lógico declararse relativamente satisfechos de no haber tenido en el istmo más de 5 por ciento de fallecimientos por año.
En las soledades del Darién, como lo declara el comandan te Selfridge, basado en una prueba realizada a un gran número de hombres blancos, el clima es casi en todas partes tan bueno como el de cualquier otro país tropical. A pesar de las fatigas excesivas, una alimentación irregular, la humedad perpetua de las ropas, la falta de abrigo durante la noche, los insomnios producidos por las hordas de insectos que in festan las selvas vírgenes, muchos miembros de las comisiones internacionales, a la cabeza de las cuales tuve el honor de estar, se portaron mejor que lo que hubieran podido hacerlo en medio de circunstancias análogas en las zonas templadas.
Según documentos que se conservan en Bogotá, el Darién estaba poblado primitivamente por indios paparos o darienes, de costumbres tranquilas y reservadas. Estas tribus autóctonas, sin duda con ancestros comunes con los de los indios actuales del Chocó, habían desaparecido completa mente hace un siglo y vivían principalmente entre el Pucro y el Yape, afluentes del Tuira; debieron haber contribuido, por las inevitables mezclas que se producen en el momento de una invasión, a aumentar la mansedumbre de los pequeños grupos que habitan actualmente en otros tributarios cercanos a este río.
Los aborígenes del Darién son de raza caribe120 , pertenecen a las tribus de los indios cunas o irraiques, en su lengua se llaman Tule y sólo difieren entre ellos por un mayor o menor salvajismo.
Todos son de espíritu independiente, pero únicamente los indios que habitan los bordes del Cañaza, tributario del Bayano, y los afluentes del Chucunaque, son verdaderamente feroces y rechazan a mano armada las incursiones a su territorio. Una tradición no establecida dice que son originarios de la península de la Guajira, en la frontera con Venezuela, cuya raza siempre se ha tenido por indomable. Los de la costa Atlántica hablan el mismo idioma que los precedentes, divididos en muchas pequeñas tribus, cuya capital es de cierta manera Putrigandi. Los de Paya, especialmente, son bastante tranquilos; practican el trueque con los caucheros que invadieron su patria y aunque soportan algunas veces los abusos que estos últimos cometen no se sienten lo bastante fuertes para impedirles el acceso. Las ideas religiosas de los cunas son vagas y confusas, y, a pesar de que algunos de ellos tienen nociones rudimentarias de cristianismo, son a veces polígamos. A semejanza de los incas, las uniones entre hermanos y hermanas son frecuentes. En general creen en un Ser Supremo (Gran Espíritu) y en la vida futura, pues dejan junto a los muertos diversas provisiones para el "gran viaje". Los ancianos, encargados de trasmitir oralmente las tradiciones, son siempre muy respetados; cada vez que muere alguien en una choza, se cuelga del tejado un pico de tucán: estos amuletos remplazan los archivos del estado civil.
Como en todos los sitios donde hay poca densidad de población, y por ende la vida es más fácil, el orden jerárquico es simple e inmutable. El cacique, caporal o capitán de la tribu, el lélé (pontífice, hechicero o médico), el camotura (bardo o músico), el urunia o instructor militar de los jóvenes guerreros y el consejo de ancianos, bastan para satisfacer todas las necesidades sociales.
El más curioso de sus instrumentos musicales está compuesto por una cabeza de armadillo, cuyas mandíbulas están pegadas a un húmero de ave de rapiña; se sopla por el agujero occipital de esta flauta singular, colgada al cuello del artista de un collar de perlas y de granos rojos de achiote.
Aunque existen pocos ejemplos de mezcla entre los indios independientes y las otras razas, el verdadero tipo indígena es, comúnmente, muy degenerado. Especialmente entre las tribus que habitan las bellas islas del golfo de San Blas, hay algunos hombres de rasgos acentuados, con miembros rechonchos y desarrollados, pero la generalidad tiene la tez color ladrillo oscuro, el rostro de formas agudas, apergaminado y con un prognatismo claramente marcado, ojos pequeños y hundidos, con pómulos salientes, el cráneo dolicocéfalo y todos los síntomas de una gran degradación fisica; sin embargo, su cabellera, cuidada con especial esmero utilizando un peine muy original hecho con las púas de una palmera espinosa y amarrada al medio con una cinta de algodón tejido, es larga, bella, abundante, de un negro lustroso que no cana jamás.
Se recubren el cuerpo frecuentemente con el jugo negruzco de una fruta llamada jagua (gerripa americana) que les mantiene la piel fresca, y algunas veces se decoran la nariz y la frente en forma de greca con una pintura roja extraída de la pulpa del achiote.
Su manera de hablar es extraña, parece una cantinela de tonos cadenciosos y monótonos. La primera parte de sus frases la pronuncian con un ritmo enfático acentuando las últimas sílabas de las palabras; el final de éstas, por el contrario, les sale sin transición, con gran locuacidad y bajando la voz. Las frases son entrecortadas por una pausa bastante larga y, por así decirlo, marcadas por los asistentes por medio de prolongadas interjecciones de aprobación. Omiten completamente los términos genéricos o con sentido moral o abstracto.
Su sistema de numeración es vigesimal, se funda en el número de dedos correspondientes a los cuatro miembros, y lo llaman Tulaguena, es decir hombre completo.
Las fiestas son bastante raras y casi siempre consisten en una gran borrachera de chicha: bebida hecha de maíz pilado y del jugo de la caña de azúcar fermentados. Siendo habitualmente graves y taciturnos, cuando están excitados por la embriaguez se convierten en parlanchines y turbulentos.
Las ceremonias más importantes tienen lugar en la época de la pubertad o durante los entierros. Los nacimientos y los matrimonios pasan casi inadvertidos. No obstante, a propósito de los nacimientos, no hay que olvidar la extraña costumbre de la incubación, difundida en todas las tribus de esta raza, practicada por los hombres durante los dos o tres días que preceden o siguen al parto de su mujer y que consiste, como todos saben, en una cura calmante en la que el marido reposa y se cuida mientras la nueva parturienta se zambulle con su bebé en el torrente más próximo y luego se dedica como siempre a sus múltiples funciones habituales.
Las mujeres indias se ocupan de todos los trabajos y se marchitan muy pronto; sin ser feas son poco agradables; un anillo que se pasan por la nariz no contribuye a embellecerlas; en cambio los adolescentes, hasta los quince años, son bastante bellos.
La educación física del indio comienza temprano121 . A los diez años ya conoce bien el manejo del machete y acompaña a su padre en sus excursiones. Se le enseña a encontrar su camino en las selvas más oscuras guiándose por los más ligeros indicios122 . Su oído se habitúa rápidamente a reconocer la proximidad de las fieras y su ojo a descubrir los reptiles peligrosos escondidos bajo los detritus que cubren el suelo. Su espíritu de observación siempre está alerta. Desde la más tierna edad sabe distinguir las lianas cuyas hojas neutralizan el veneno de las serpientes, aquellas que proporcionan un bálsamo para aliviar las heridas o una esencia con el poder de pasmar a los peces. Conoce las plantas de especias que se prestan para mil usos domésticos y sabe evitar aquellas cuyas espinas producen heridas incurables. Aprende a encontrar la parte comestible en la copa de las palmeras, el cacao en los desfiladeros umbríos o la miel de las abejas en las cavidades de los troncos podridos. Así, cuando llega la edad viril, no necesita a nadie y es autosuficiente para todas sus necesidades. Sabe ocuparse de su alimento y se cuida cuando está enfermo. Soporta estoicamente los males que pueden afligirle; su fatalismo y su indolencia hacen que la muerte lo encuentre preparado. "Mi hora ha llegado" o "Voy a reposar, mi obra está terminada" son las únicas observaciones que hace cuando ésta se aproxima.
Los hombres cazan y pescan con destreza. El machete, el arco, la cerbatana y el fusil son sus armas preferidas; muy raramente envenenan las pequeñas flechas o lengüetas de la cerbatana, y el verdadero curare parece haberse convertido en desconocido para ellos; manejan muy hábilmente el virulí, especie de jabalina engastada en una larga caña con la cual ensartan los peces en el fondo del agua; conducen las piraguas y ayudan un poco a las mujeres a desmontar las tierras para cultivo, y en el momento de la siembra y la recolección. Caminan con gran rapidez, fatigándose en seguida; se orientan admirablemente gracias a su asombrosa memoria de los sitios, a su espíritu de observación siempre alerta y, sin duda, a que su sexto sentido o sentido de la dirección no está todavía debilitado como entre el hombre civilizado.
Si el contacto y el ejemplo de los hombres de color no los hubiera vuelto falsos, vengativos y borrachos, su único defecto sería la pereza. Sin embargo, al tratarlos con dulzura, justicia y firmeza, se puede entablar con ellos relaciones bastante seguras, pero no hay que pretender obligarlos a un trabajo cualquiera porque su dignidad se los impide. Sólo pueden emplearse como cazadores o jefes de embarcación de río. Evitan cuidadosamente el ruido y la actividad desbordante que reina en las aglomeraciones de extranjeros; su naturaleza tímida y reservada se opone completamente a la expansión de las razas más vigorosamente templadas, esto los obliga a alejarse bajo pena de verse absorbidos enteramente por ellos.
Los indios chocoes o citarás, completamente sumisos, que habitan las planicies del Chocó en las dos riberas del Atrato, en valle del Sinú (catíos de Antioquia), las riberas del Cauca y las del Magdalena inferior, podrían ser designados bajo el nombre de indios Do, para distinguirlos de los indios cunas que, desde Paya hasta Acanti y la bahía de San Blas, se llaman Ti, según dos palabras que en sus idiomas respectivos significan río. Las dos razas no se parecen físicamente, sus lenguas no pertenecen a la misma familia; los Do, menos taciturnos, son más grandes y más esbeltos que los Ti y conservan su pureza de formas hasta una edad avanzada. Sus mujeres no se cubren el cuello, que la mayoría de las veces es de una belleza escultural. Los hechiceros o jaibanas de los indios del Chocó continúan ejerciendo su influencia, conjuntamente con algunos pocos misioneros, sobre estos hombres hospitalarios, inofensivos y en modo alguno fanáticos123 .
En el istmo de Panamá propiamente dicho no quedan indios, sino una población resultante de la mezcla de estos últimos con negros (zambos), blancos (mestizos) e incluso con chinos. Sin embargo, el elemento africano domina en número y los mulatos, cuarterones, octavones, etc. , procedentes de blancos y negros y con sangre india en distintos grados, ocupan los primeros lugares y las más importantes posiciones de la región. El alto comercio está casi completamente en manos de los blancos puros, la mayoría extranjeros.
Casi todos los pueblos y los caseríos de las costas están habitados por caucheros o buscadores de tagua.
Estos hombres, mestizos más o menos oscuros, mezcla de blanco, indio y negro cuya difícil y penosa vida pasa casi enteramente en la selva, son obligados a talar a golpes de hacha o de machete (sable recto y corto del que se sirven con prodigiosa habilidad) el sendero antes de llegar al árbol codiciado, en medio de una vegetación exuberante que les pone mil obstáculos. Todos los hombres de color que habitan tanto en los pueblos del Darién marítimo como en el resto del istmo tienen costumbres dulces y su único defecto es una inclinación irresistible por los licores fuertes. Cuando van hacia la selva calzan abarcas (sandalias), se cubren con un pañuelo, y se visten con un pequeño taparrabo o más simplemente con una pampanilla; otro pañuelo lo encordelan y lo ciñen a la altura de los riñones para colgar el machete, el mechero y todos los objetos indispensables que nosotros portamos en la mano o guardamos en los bolsillos. Como lo dijo ingeniosamente el señor Reclus en su interesante relato publicado en 1880 en el Tour du Monde y que después fue editado parcialmente124 :esta cuerda es la parte más importante de su atavío. Es el "primer pantalón" de los niños de cinco a diez años; no llevan otra cosa y desde muy jóvenes deben acostumbrarse a este cinturón económico: tiene que endurecer y apergaminar la piel de los riñones.
Especialmente en los departamentos de Veragua y de Chiriquí, los indios vuelven a ser predominantes; pero, salvo en un punto del valle de Miranda, ya no están organizados en tribus; todos hablan español y se dedican a la agricultura. Generalmente dóciles, trabajan bien y a un precio bastante bueno. Esta población, infinitamente más densa, robusta y oscura que la del Darién, se relaciona con una civilización menos primitiva. En efecto, se encuentran en las planicies de Chiriquí numerosas guacas (tumbas) que contienen joyas y ornamentos casi siempre en oro, curiosamente trabajados y cuyo arte primitivo denota tradiciones intelectuales muy superiores a las de las pequeñas tribus salvajes pero independientes que vegetan todavía bajo las sombrías y misteriosas selvas del Darién desde el golfo de San Blas hasta el de Urabá.
Además de las ciudades de David, Santiago, Los Santos y las numerosas aldeas que se encuentran especialmente en la vertiente meridional de los departamentos de Chiriquí y de Veragua, las más pobladas de todo el Estado de Panamá, el istmo, entre los golfos de Parita y de San Miguel al sur, la desembocadura del Atrato y la del Coclé o Penonomé al norte, encierra muchas ciudades y otros centros de población.
Panamá, la capital del Estado, va naturalmente a la cabeza con aproximadamente 25.000 habitantes, contando los suburbios. Se extiende al oriente de los picos dentellados del cerro de Cabras, al pie del monte Ancón, entre el doble azul del cielo y del mar. Luego de la destrucción en 1670 del Viejo Panamá por el filibustero Morgan, el gobernador Córdova reconstruyó la nueva ciudad un poco al occidente sobre una especie de isla rocosa donde el ingeniero Villascorte hizo una plaza fuerte con espesas murallas y bastiones, hoy en día casi en minas por la acción de la resaca y de las plantas parietarias y sarmentosas. Desposeída de su antiguo esplendor, esta metrópolis del comercio del Pacífico en el siglo pasado está hoy en día medio derruida. Los incendios sucesivos, de los cuales se recupera lentamente, la han destruido en parte; a pesar de ello, Panamá aún tiene un gran aire: toma de su bella catedral y de sus conventos deteriorados pero imponentes el aspecto de una ciudad importante. Los temblores de tierra son por así decirlo desconocidos125 , lo que ha permitido edificar casas altas y construcciones publicas que es vano buscar en las otras repúblicas de América Central o en Méjico, cuyo suelo inestable está lleno de volcanes todavía en período eruptivo.
El ferrocarril, después del comienzo de los trabajos del canal interoceánico, transportaba 27.000 pasajeros y 270.000 toneladas de mercancías tan costosas como para pagar los precios exorbitantes impuestos por la compañía administradora. Hoy en día ese movimiento se ha doblado debido a los materiales de excavación y el número de viajeros sobrepasa los 550.000, de los cuales el 94 por ciento son obreros del canal.
Algunos pequeños puntos de la costa del Cauca y de Centroamérica aún aprovisionan al puerto libre de Panamá; pero ese comercio tiende a disminuir, con gran detrimento de las empresas que tienen depósitos considerables de mercancías diversas y cuyos dueños llegaron atraídos tanto por la salubridad relativa de su clima como por las facilidades de comunicación con todos los lugares de las dos Américas. Nadie pone en duda que este rol de almacén regresará nuevamente y bastante aumentado cuando se termine la apertura del istmo.
En el extremo suroccidental del territorio que nos interesa se ven las ciudades de Nata y Penonomé, y las aldeas de Agua Dulce, Antón, San Carlos, Chamé, Capira y La Chorrera; esta última, situada en la gran sabana al occidente del río Caimito y en medio de importantes haciendas de ganadería, cuyas praderas han sido mejoradas por la introducción, hecha hace cuarenta años por el señor Hurtado, de un forraje producido por la hierba llamada Para por su lugar de origen. Pácora y Chepo marcan, al otro lado del camino del ferrocarril que va de Colón a Panamá y de la zona de actividad que ha creado, el límite de la región de sabanas. Más allá del Bayano no existen claros naturales en la selva, ni terrenos roturados, ni siquiera senderos, hasta llegar a los pueblos con chozas de paja del Darién marítimo: Chimán, Garachiné, La Palma, Chepigana, Tucuti, Yaviza, Molineca y Pinogana, todos habitados por mestizos buscadores de caucho y de tagua.
En el centro del istmo se destacan las ciudades de Arraiján, Cruces, San Juan, Gatún, La Gorgona, Matachín126 . Emperador, y las de más reciente creación como Bohío Soldado, Buena Vista, San Pablo, Obispo, Culebra, Paraíso, Pedro Miguel, Río Grande y Corrozal, la mayoría de las cuales se han desarrollado mucho por la instalación de las obras del canal; las aldeas indias de Paya, Tapalisa, Tatarcuna, Cuque, Cuti y por último el nuevo establecimiento de Santa Cruz en el sitio recientemente encontrado de las antiguas minas de Cana.
En la vertiente septentrional, la costa está casi desierta desde Boca del Toro y Cricamola, en la magnífica laguna de Chiriquí, hasta el Chagres, en la desembocadura del río de ese nombre. Este pueblo, tan próspero hace treinta años, defendido por el bello fuerte de San Lorenzo, está ahora en completa decadencia.
La ciudad de Colón, en la isla baja y pantanosa de Manzanillo, en la entrada de la bahía de Limón, cabecera del ferrocarril que une los dos océanos, atrae hacia ella todo el movimiento. Ochocientos navíos, la mayoría barcos de gran tonelaje de Europa o los Estados Unidos, son amarrados anualmente en sus muelles. Colón o Aspinwall es también un puerto libre; tenía aproximadamente 12.000 habitantes antes del criminal incendio que lo destruyó casi por completo el 31 de marzo de 1885.
En el antiguo terraplén del ferrocarril, al borde mismo de los pequeños estanques hoy llenos que desecaban los pantanos en torno a la ciudad, se erigía un muy bello grupo en bronce: Cristóbal Colón presentaba América al Viejo Mundo. Es la única verdadera obra de arte que se ve en el istmo; fue donada por la emperatriz Eugenia a su pariente lejano el general Mosquera, entonces presidente de los Estados Unidos de Colombia127 . Es aquí efectivamente donde el gran navegante, nacido en Calvi (Córcega), y no en Génova, como se ha creído por mucho tiempo, divisó tierra firme casi por primera vez y fue él quien llamó Naos a la bahía que lleva actualmente el nombre de Limón o Navy-Bay. En la época de la fiebre del oro en California y durante la construcción de la gran transcontinental de Nueva York a San Francisco, el movimiento de viajeros era más considerable, y Colón-Aspinwall se convirtió en el sitio de encuentro dé mineros, caballeros de industria y aventureros de todos los colores. Este tropel, la escoria de diversas razas, no pasaba un día sin orgías, sin riñas, sin robos y sin tiros de revólver, se convertía por todos sus horribles excesos en una presa fácil para la fiebre palúdica, pero hoy en día los viajeros y mercaderes no hacen sino transitar. Sin embargo, la ciudad crece de una manera más normal y rápida por la afluencia de obreros y mercantes que son atraídos por las obras del canal, y renace de sus cenizas más vigorosa y bien sana.
La aldea de Gatún es el centro del floreciente cultivo de bananos destinados a la exportación, cultivo cada vez más invasor, pues a pesar del aumento reciente de la mano de obra, los pantanos que en otras épocas alimentaban exclusivamente los dos ríos del bajo Chagres han cambiado su curso.
Portobelo es una ciudad medio derruida, situada al fondo del excelente puerto, antiguamente tan frecuentado, al cual conducía la ruta adoquinada construida por los españoles para unir a Panamá con el mar de las Antillas. Portobelo está situada un poco al occidente del punto donde Nicuesa fundó Nombre de Dios en 1510.
Más al oriente se encuentran las aldeas indias de Manzanillo, Río Cidra, Río Azúcar, Nargana o Río Diablo, Playón Grande, Playón Chico, Río Manana, Palenque, Isla Paloma, Napacanti, Río Mono, Cuití o Río Mosquito, Sasardi, Caledonia, Carreto, Asnachucuno, Asmila, Acanti, Carti en el pequeño archipiélago de las Mulatas, Putrigandi, Tanela, Cuque, Cuti, Arquia, etc. . . Por último, en las orillas, pero a una gran distancia de la desembocadura del Atrato, están los suburbios de Río Sucio128 y de Murindó, habitados por los mestizos de negros y de indios Do, la mayoría buscadores de oro, de caucho y de marfil vegetal.
Tales son las principales localidades de este vasto territorio que cuenta con una densa población; su número y sobre todo su importancia se acrecientan como consecuencia de los trabajos del canal marítimo, y ahora en muchos puntos el misterio y el silencio de las selvas ístmicas se desgarra por los silbidos del vapor y los clamores de populosos talleres. En efecto, de Colón a Panamá la línea está bordeada casi enteramente por construcciones que unen los diferentes campamentos y casi se podría decir que hoy en día existe una sola ciudad con una inmensa calle que se extiende de un mar al otro.
Entre las principales dependencias insulares del istmo colombiano en el mar del Sur hay que contar las islas de Coiba, el grupo de Otoque, Taboga y Flamenco, la isla de Chepillo, el archipiélago de las Perlas y las islas del golfo de San Miguel. Las primeras y las últimas están casi desiertas; las otras, habitadas por pescadores, son el centro de cultivos bastante extensos de frutas, especialmente exquisitas piñas. Flamenco, Naos y Perico son la sede principal de grandes compañías marítimas que llegan a Panamá. Chepillo la encantadora no tendría importancia si el canal se hiciera por el Bayano, así como el archipiélago de las Perlas, en otra época próspero por la abundancia de madreperlas, ahora venido a menos y con su pesca casi agotada por una explotación muy activa. Estas islas producen ahora arroz y cocos; forman un distrito o comarca llamada Balboa, cuya capital en la isla del Rey es San Miguel.
Las encantadoras islas del golfo de San Miguel y del abra del Darién, pintorescos y verdosos cestos de verdura surgen del seno de las olas claras y azuladas, exponen desgraciada mente en una soledad completa el esplendor de sus formas y las tinturas variadas hasta el infinito de esta naturaleza pródiga. Este panorama sin rival, superior por muchos puntos al de Rio de Janeiro, al de las bocas del Dragón o al del estrecho de la Sonda, no es contemplado sino por un número reducido de indígenas costeños. Sin embargo, estas bellas capas de aguas profundas y tranquilas, engastadas en las tierras curiosamente recortadas y cubiertas de un rico manto de selvas, ofrecen a los ojos maravillados, locos de admiración, los cuadros más diversos y más encantadores de la zona tropical en el momento en que brillan al sol reflejando tonalidades ma tes, verdemar o satinadas, brillantes u oscuras, pero siempre armoniosas, las colinas escalonadas que las circundan, las islas con misteriosas enramadas que ellas rebordean o el perfil azulado y suave de los picos agudos de las lejanas cordilleras que se desprenden del Pirri o de la arista dorsal del nuevo continente.
En el Atlántico, además de las islas poco habitadas que cierran la entrada de la maravillosa laguna de Chiriquí, estarían las islas de San Andrés y Providencia, en otras épocas guaridas favoritas de los filibusteros y con más de 1.200 habitantes; sin embargo, a causa de su alejamiento de la costa, fueron separadas de la jurisdicción del Estado de Panamá y forman un territorio directamente sometido a la administración federal de Bogotá.
119 |
El americano Ran Runnels, de sólo veinte años, se encargó, a partir de 1850, con algunas buenas gentes de Panamá, de limpiar los caminos de bandas de miserables que los asolaban. Aplicando con sangre fría la ley de Lynch, este moderno Teseo consiguió garantizar la tranquilidad de los viajeros y la seguridad del tránsito. |
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En el momento de la Conquista, las grandes Antillas estaban pobladas por los siboneyes o igueries, que venían del Occidente, pero cuya civilización estaba muy poco avanzada; no conocían el hierro; eran de costumbres apacibles, altos, bien hechos, de rasgos suaves y regulares, fisonomía armoniosa, diferían notablemente, sobre todo en el aspecto físico, de los terribles caribes esparcidos en las pequeñas Antillas y a lo largo de la costa, del Orinoco al Darién. Estos últimos se llamaban a sí mismos calinas; eran bravos y aventureros; hábiles navegantes; emprendían frecuentemente audaces expediciones en común, bajo la conducción del decano de los jefes, y se les ha podido comparar con los vikingos o reyes escandinavos del mar. Adoraban los astros, en especial a la Luna, que era de género masculino, a la que ellos consideraban como el padre de Hiali, fundador de su nación; creían que las almas se refugiaban en los cielos bajo la forma de estrellas y servían entonces para dirigir las grandes piraguas en el vasto océano. Las mujeres esclavas no obtenían jamás sino el rango de concubinas de los guerreros. Los caribes o calinas, que conocían el curare, se dividían en pequeñas tribus saqueadoras e independientes; las que vivían en el borde del mar avanzaban cada vez más al occidente. Los indígenas de la península de la Guajira, en las fronteras entre Colombia y Venezuela, conservaron mejor que todos los demás el conjunto de estos rasgos físicos y morales; su habilidad en los ejercicios de tiro (pueden sostener una pelota de algodón en el aire a tiros de flecha durante tres horas consecutivas), su salvaje amor por la independencia y la pobreza relativa de su región les ha permitido resistir todas las tentativas de dominación. |
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Los hijos de los mestizos y de los negros están bastante familiarizados, casi desde la cuna, con las dificultades de la vida de la selva. Recuerdo haber encontrado una vez en la selva que circunda el cerro Grande (que ahora llamamos cerro Wyse), a un negrito de cinco o seis años lejos de cualquier sendero abierto, a una distancia de al menos 3 kilómetros de la choza habitada por su familia. Este crío, completamente desnudo, pero armado con un pequeño machete para cortar la maleza y las plantas parásitas, trataba de encontrar un camino en un denso matorral y se orientaba instintivamente de tal modo que pudiera regresar sin dudarlo al techo paterno, ínfimo punto perdido en medio de un océano de verdor. En su lugar, un europeo sin brújula se hubiera seguramente perdido. Hay incluso dos ejemplos de ingeneros conocidos (Gisborne y Celler), para los cuales este instrumento no fue de ninguna utilidad en las selvas tropicales, como consecuencia de su poca costumbre de observar, comparar y deducir, por así decirlo, a cada paso. |
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Mi amigo y compañero en mi primera expedición, el doctor C. Viguier, afectado por ciertos hechos, de los que fuimos testigos en las selvas del Darién, tan extraordinarios como aquellos referentes a ciertos animales (perros, palomas, pájaros, peces migratorios, etc.), publicó en la Revue philosophique (Revista filosófica) del 1º de julio de 1882 un muy interesante y notable artículo sobre "el sentido de orientación y sus órganos en los animales y en el hombre", donde explica esta facultad por la influencia consciente o inconsciente del magnetismo terrestre y a la cual él atribuye como órgano los canales semicirculares del oído interno. Este sexto sentido se anula naturalmente por la falta de ejercicio en el hombre civilizado y es eclipsado la mayoría de las veces por aquellos de la vista, el olfato, el oído o el tacto, de igual manera como este último lo es por aquel de la vista cuando alguien alumbra súbitamente una pieza oscura a la cual la persona se dirigía a tientas. |
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Sin embargo, en la época de la Conquista, los indios Do, catíos o chocoes, habitaban la región del Atrato, como aquellos que habitaban el valle del Cauca eran antropófagos, como lo testimonia Cieza de León, mientras que las tribus del Darién, cuya naturaleza es ahora bastante más feroz, no han comido jamás carne humana. La antropofagia era por lo demás frecuente en América, particularmente al norte del ecuador, como lo prueban los numerosos Kjokkenmoddings o pilas de huesos quebrados a los que se les ha extraído la médula; en las mismas localidades, habitadas sucesivamente por diferentes razas, la antropofagia ha variado con ellas. En la gran meseta del Anahuac, por ejemplo, la crueldad de los aztecas fue mucho más grande que la de los mayas. En un solo sacrificio para la consagración del templo de Méjico a Huitzilopochtli, el dios de la guerra, el predecesor de Moctezuma, Ahuitzotl, hizo destripar setenta y dos mil trescientas cuarenta y cuatro víctimas. La llegada de los españoles fue así un beneficio en este aspecto, si no entre los muiscas o chibchas, por lo menos en el país del Anahuac, e hizo cesar las numerosas hecatombes humanas, de la misma manera como la llegada de los ingleses a Dahomey y donde los Achantis pusieron término en la costa de África a los sangrientos sacrificios. |
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Panama et Darien, por Armand Reclus, 1 Vol., Editorial
Hacheue, París,
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Sin embargo, en septiembre de 1882, hubo un temblor de tierra bastante fuerte, pero que no produjo daños importantes ni ocasionó la muerte a nadie. |
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El nombre de este poblado no significa de ninguna manera "mata chinos" en español, como lo creen equivocadamente muchos viajeros, sino "pelele, marioneta". El mapa de Exquemelin, editado en 1686, es decir más de un siglo y medio antes de la introducción de los celestes (asiáticos) que se dice que perecieron en los trabajos del ferrocarril, muestra ya a Matachín como el nombre dado al pueblo construido en el gran recodo del Chagres. |
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Este grupo, ejecutado por el señor Carrier-Belleuse, ha sido hoy en día transportado un poco al sur, bajo el nuevo terraplén que protege la entrada del futuro canal y erigido en frente de su extremo norte sobre un pedestal de altura más conveniente. |
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El centro de acción volcánica que, en el otoño de 1882, dejó sentir sus diversas sacudidas relativamente fuertes en Panamá, sin producir sin embargo ningún daño serio, parece haber tenido lugar en los alrededores de Río Sucio. |
