III. FRONTERA ENTRE DOS MUNDOS
(Polonia, Checoslovaquia, Rumania)
A Gabriela
París 1973 - Bogotá 1982
Polonia... Bohemia... Rumania! Lo que fueron y lo que son... Por diez siglos una frontera que ha sufrido las embestidas de prusianos, rusos, turcos, y marca la raya divisoria entre Oriente y Occidente.
Cuando el primer papa polaco que en veinte siglos viene a ocupar la silla de San Pedro, se asoma al balcón y bendice a doscientas mil personas que lo aclaman, desde esa ventana ve a Polonia tantas veces crucificada y se detiene su mirada en la plaza vieja de Cracovia, donde ocurrieron las escenas que pintó Jan Mateiko. El mundo ahora, por eso, contempla de nuevo la frontera, y regresan a la imaginación, Polonia, Bohemia, Rumania... y Cracovia, y Praga y Bucarest, y esas gentes que yo he visto llevando en el corazón el recuerdo y la sonrisa, y en la cara, la tristeza. De un saco de papeles tomo lo que fueron las notas de mis andanzas por esos reinos y otra vez llegan a mí los diálogos que tuve con mis amigos que, si algunos han muerto, ninguno escapa a mi memoria.
Juan Pablo II, al inaugurar su pontificado, mencionó la novela de un polaco que vivió en Roma, donde se encuentra hoy el hotel de Inglaterra, en la Bocca d'Leone. Ahí puede leerse en mármol cómo en esa casa escribió Quo Vadis. Citar una novela un pontífice en semejante ocasión fue inusitado y nuevo, pero además correcto. Cuanto peregrino llega a Roma tiene como fondo para visitar a San Pedro o ver el Coliseo, el cuadro que pintó Sienkiewicz y en su compañía, de guía ineludible, recorre las ruinas de los palacios imperiales, llega al lugar donde fueron los teatros, los circos y las termas, y evoca la tragedia del pescador crucificado. Nadie mejor que aquel polaco para semejantes servicios. Es el hombre de la frontera graduada en el martirio.
Oriente y Occidente marcaron el destino de las tierras que forman el confín. Las personas que nos guían no dicen nada y lo revelan todo. "Cambió la suerte voces alegres en silencio mudo...". Hablan de los antiguos reyes, de las leyendas de sus santos, de los ríos que sirvieron de espejo a pintores y arquitectos y constructores de puentes, muestran retablos y monasterios, paisajes y castillos... con cuanto pueden encerrar mil años de historia. Y con lo que callan, va apretándose una tierra firme para la amistad, y la confidencia.
Las páginas que escribí son superficiales. Quedan sin recoger confidencias por razones que no hay que explicar. Toca al lector leer lo que no está escrito, cosa que no es del todo imposible cuando se palpa la calidad del velo que lo recata. El guía anónimo que nos conduce visitando las fronteras de la corona de alambres de espinas es un Sienkiewicz que nada dice, y que lo dice todo.
