Argentina:
Una Revolución que Duró Doce Horas 

El destino sincronizó las cosas de suerte que yo llegase a Buenos Aires para asistir a una revolución relámpago, que ha podido ser la más sangrienta en la historia ya bien roja de nuestra América. Ha sido la última obra de Perón. Un apéndice a su libro La Fuerza, el Derecho de las Bestias. En una carta que escribió de Panamá a Ronald Hilton y que se publicó en el mes de febrero en la revista que Hilton edita en la Universidad de Stanford (California), el autor de las dos cosas -del libro y de la revolución- se anticipó a decir lo que habría de ser, de acuerdo con sus cálculos: un episodio que le costaría a la Argentina un millón de muertos, y que le obligaría a él a suspender sus vacaciones en Panamá para hacerse otra vez cargo del negocio en Buenos Aires. De lo que pasó tiene el gobierno provisional un copioso archivo que producirá estupor el día que se publique. Unas pocas palabras de una carta sirven para mostrar la clase de combustible que se usó. Decía uno de los agentes: "Definitivamente éstos son los últimos seiscientos mil pesos que da el jefe para el movimiento...".

Los planes de la revolución eran muy elaborados en cuanto a los edificios que deberían incendiarse, el ataque a los diarios, y sobre todo la lista de personas que fusilar: un catálogo de todos los nombres conocidos en la vida Argentina. Pasaban de mil. El Gobierno reaccionó a una velocidad impresionante. Apenas se explica cómo pudo hacerlo. El presidente Aramburu no estaba en la capital, sino en Rosario. Los conjurados de La Plata dieron el asalto al cuartel el sábado, cuando los oficiales habían salido de vacaciones. El arma decisiva para aplastar la revuelta fue la nula respuesta de la población o de la tropa a los alzados. En los juicios sumarísimos que se adelantaron para castigar a los rebeldes se confesó una y otra vez lo mismo: todos habían esperado que los obreros de esa ciudad industrial los siguiesen, y no lo hizo ninguno.

Decretada la ley marcial, hubo cuarenta fusilamientos. Escalofría el anotarlo. Todos afrontaron la muerte con valor. Gritaban "¡Viva la Patria!", y caían.

Me parece que fue Goebbels quien dijo: "El día que tenga que salir de Alemania batiré la puerta con tal fuerza, que no quede piedra sobre piedra". El gaucho tiró la bolita a la ruleta y dijo: "un millón de pesos, un millón de muertos". Perdió la parada.

Ironía de los tanques

La Plaza de Mayo se llenó hasta las cornisas para saludar al presidente Aramburu y al vicepresidente Rojas, el mismo domingo en que se supo lo de la revolución. De acuerdo con la rutina, se habían llevado al lugar dos tanques enormes y cuatro camiones con tropa bien armada. Todo pasó como en una fiesta cívica. Aramburu, creo que por primera vez en su vida, tuvo que improvisar un discurso para una manifestación semejante. Lo hizo excelente. De muy buen humor empujó a Rojas para que hiciera lo propio. Las ovaciones fueron unánimes. Yo andaba mezclado entre la muchedumbre, y no vi el asomo de una reserva que acusara la presencia de un peronista disimulado. Pero al disolverse la reunión, una mujer de un coraje que no tuvo hombre alguno, desafiando a todo el mundo gritó: "¡La vida por Perón!". Aquello era para que la linchasen. Mil rostros enfurecidos la cercaron, se levantaron los puños al aire, pero la cosa era más para admirar que para romperle el alma. Y en ese momento los dos tanques y los cuatro camiones con la tropa encontraron ocupación: salvar a la pobre mujer. Fue la única operación marcial esa tarde en la Plaza de Mayo.

Una de las travesuras de los "Gorilas"

De acuerdo con "el plan", debían formarse cordones de milicianos para cercar las embajadas e impedir que tomasen asilo los del gobierno frente a la revolución triunfante. En eso falló el plan, y así quienes tuvieron que buscar asilo, que fueron los alzados, no tropezaron con estorbos. En la embajada de Haití se salvó de esta manera uno de los principales. Era una rata que se les escapaba a "los gorilas". Los gorilas son militares jóvenes que ganaron este nombre haciendo proezas en la revolución de septiembre. Y los gorilas se sintieron tan decepcionados que, con la ligereza propia de sus años, saltaron por sobre el obstáculo del asilo, y se robaron al fugitivo.

No les duró mucho la satisfacción de la hazaña. Se les leyó la cartilla, y tuvieron que regresar a la embajada, y hacer el depósito del objeto robado.

Convengamos en que el gorila se ha educado en una escuela de lucha en que hay muchas de estas delicadezas que no se conocen. ¿Sabe usted por qué se llaman gorilas? Porque cuando un yanqui dice "guerrilla" pronuncia "gorila".

Los oficiales jóvenes son todos así

En la sala de conferencias de La Prensa dicté una conferencia, y dije lo que a mi juicio debe ser un militar en América. A Dios gracias, no tenía ni la más remota idea de quiénes eran las personas que me oían, y pude hablar con ese estilo de desenvuelta frescura con que suelo atropellar todas las convenciones. Yo veía muchas señoras, muchos civiles, y encontraba que todas las caras eran caras amigas. Luego supe, por ejemplo, que las dos señoras que tenía enfrente, confundidas con el resto del público en las butacas, la una era la señora del presidente Aramburu, y la otra, la del vicepresidente Rojas.

Mi teoría sobre el ejército es muy simple. Me parece que el ejército de América es el único del mundo que nació para libertar pueblos y no para conquistarlos. Todos los ejércitos de Europa se han formado para arrebatarle al vecino un pedazo de tierra y hacerle saber al prójimo -al próximo- que lo están espiando para romperle la cabeza. En América los ejércitos son libertadores. Cuando San Martín dobla los Andes, y da la batalla de Chacabuco, que libera a Chile, quieren aclamarlo gobernador los chilenos, y él les responde: "Muchas gracias, no; he venido para ayudarles a ganar su libertad y no para conquistar una gobernación". Bolívar baja desde Caracas hasta el Alto Perú, liberta cinco repúblicas, y no se queda con una pulgada de tierra. Decía Papini que nosotros, endeudados con toda la sangre europea que hemos recibido de los inmigrantes, no la habíamos pagado entregándole al mundo ni una sola idea digna de ser registrada en los anales de la cultura universal. ¿Y le parece poca esta lección de grandeza y superación de los ejércitos, que deja pigmea la historia de Europa?

También señalé el ejemplo de San Martín, que a mi juicio debería ser la primera lección obligatoria de nuestras escuelas militares. San Martín era para el chileno Vicuña Mackena el más grande criollo del Nuevo Mundo, y para el peruano Paz Soldán, el más grande de los héroes. Esto se ha escrito en bronce. Pero, desde luego, no podía la Argentina presentar otro nombre que le igualase en méritos para colocarse como el primer ciudadano y gobernarla. No lo hizo. Se retiró de la escena y fue a morir, casi olvidado, a Europa. El entendió que la función de las armas tiene un límite. Que ellas en América se dieron para libertar y defender la vida civil, para ponerle un pabellón de gloria a la constitución, y dejar que civilmente se escoja a los mandatarios. De paso, digamos que esta lección sanmartiniana la ha recogido la revolución, anunciando que no podrán ser elegidos para ningún cargo público, en las votaciones próximas, quienes están desempeñando el gobierno provisional. Esta es la herencia sagrada que cumple guardar al militar de América, herencia que no conoce ningún otro ejército del mundo.

Terminé la conferencia y pasé al despacho de don Alberto Gainza Paz a conversar unos minutos y descansar, mientras la gente salía. Tocaron algunas personas a la puerta, el mismo don Alberto las hizo entrar, y resultaron ser ocho oficiales jóvenes, que vestían de civiles. Querían estrecharme la mano. Y hablaron con una seguridad, con un entusiasmo, con una convicción, que dejaba atrás todo lo que yo había dicho. Sentí un orgullo de esos militares que me salió del alma. Cuando salieron, Gainza Paz me explicó quiénes eran. Habían hecho las jornadas más atrevidas, más gloriosas, más decisivas en la revolución. Y no parecían sino lo que eran: unos buenos muchachos argentinos.

 

Cuadernos, París, Nº  20, septiembre - octubre 1956, pp. 25-27.

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