Dos Cartas a Juan Gustavo Cobo Borda, 1993
Santa Fe de Bogotá, 3 de febrero de 1993
Mi querido Cobo Borda:
Después de que hablamos por teléfono, me presenté en la Biblioteca Nacional como un aparecido del otro mundo y se llevaron el susto que era de esperarse. Después, con una gran generosidad me regalaron dos ejemplares del libro. No crea que conseguí uno más. Pero me han jurado que le han enviado 10 y por eso me he quedado con los 2, protestando furioso porque no llegan a 5. Lo suyo me lo leí al domingo siguiente de un tirón. Cobo Borda, Luego Existo. No sólo es generosísimo, sino que resultó un tipo por lo menos diferente dentro del programa colombiano. Yo no tengo cómo pagarle a usted, mi querido Juan Gustavo, el interés que ha tomado por una obra tan difusa como la mía. Yo mismo me pierdo cuando trato de juzgarla. Voy llegando al momento de hacer un balance y me muero de envidia del tipo que escribe la telenovela En Cuerpo Ajeno que no se pierde entre los personajes que ha inventado. Yo no tengo sino 4 o 5 que muevo desde hace 60 años y a la fecha no acabo por entenderlos.
Si le digo que todas las mañanas le encuentro cosas distintas a don Cristóbal Colón, usted es el único que me lo cree, pero me vuelvo loco porque me resulta un libro diferente cada 13 de octubre. Esta carta he debido escribírsela hace más de un mes. Es una canallada la demora. Pero no puedo decirle el número de prólogos atrasados que he tenido que despachar sin dejar de atender a los artículos de El Tiempo. Y afrontar el problema de cómo sigo con el libro que tengo entre manos y que no sé cómo resolver. Conrado Zuluaga vive urgiéndome para que le dé algo del texto. Tengo desde luego la obligación contraída con Planeta como presidente de la editorial en Santa Fe de Bogotá. Y la ambición de redondear el tema, antes de que mi Dios me quite la maquinita. Por otra parte, estoy sobadísimo de los ojos porque he tenido que dejar de escribir y pasar a dictar. Es una experiencia nueva que me está cambiando el estilo. Para que se dé cuenta de mi problema, voy a hacerle una confidencia. No sé cómo afrontar este final y me salen una serie de caminos que le confío. Si de pronto no alcanzo a aprovecharlos, y le interesan, se los regalo.
Un camino. Colón y Vespucci, una amistad burlada. En 1492 Vespucci llega a Sevilla y entra por primera vez en contacto con Colón. Tienen para interesarlo la circunstancia de manejar el negocio de los Médicis en lo que directamente se relaciona con aprovisionar las naves para el primer viaje. A Vespucci le nace el interés de los viajes marítimos y de la navegación teórica. Se entiende con los pilotos y los marinos. Va aprendiendo las cosas del oficio. Y la menudencia del diario quehacer en las naves. Conversa con Colón sobre las pocas cosas que sabe de Génova. La vida de los Catáneo que él conoce a través de Simonetta. Los Catáneo han tenido la experiencia directa del gobierno de Génova e intereses en la explotación de las minas de Elba. Es gente rica de mucho poder en Génova que Colón ha visto de lejos y que ahora puede interesarle por el dinero que mueve en Sevilla. Vespucci es el tipo que le da las claves de la vida política y de la vida económica de la Génova que él no ha conocido sino de lejos.
Segundo Acto. Los viajes van apretando esta amistad que liga cada vez más a Colón al grupo florentino de Berardi más que a los genoveses o venecianos de Sevilla y cuando los Reyes Católicos se ven obligados a investigar a Colón sin herir su tremenda susceptibilidad, utilizan a Vespucci enviándolo al Caribe para que informe sobre la veracidad de sus descubrimientos y la calidad de gobierno que están dando él y su hermano que tantas quejas y dolores de cabeza les traen a los Reyes. Vespucci es un tipo de confianza que en esta clase de misiones se caracteriza a lo largo de toda su vida. Cuando los viajes de Colón empiezan a intrigar al rey de Portugal, el rey de Portugal propone a Vespucci que vaya a servirle por un tiempo, como es obvio con la idea de obtener datos sobre las cosas de Colón. Queda sobreentendido que no utilizarán a Vespucci en ninguna exploración dentro de lo que corresponde a Castilla por la división de la línea de Tordesillas y en el viaje que hace Vespucci para el Rey de Portugal, no como piloto sino dentro de la tripulación al acercarse a la América del Sur, las naves navegan por donde nunca habían navegado las de Colón. Es decir, hacia el Polo Sur y llegan casi hasta la Patagonia, repasando casi todas las costas del Brasil. Se abre el interrogante de si esta navegación pudo hacerla Vespucci previo conocimiento de Colón y si resultaría posible inclusive la teoría que hoy defienden los portugueses de ser Colón el hijo de un infante de Portugal y la madre fue a tener su hijo en Génova para ocultar sus amores secretos. En todo caso, el origen de haber tomado Vespucci la dirección de la nave portuguesa, cuando la costa de Sur América se interna hacia el occidente ya en el Uruguay es porque el mar pasa a ser castellano, de acuerdo con el Tratado de Tordesillas y se reconoce esta calidad por los navegantes portugueses.
Tercer Acto. Cuando regresa Vespucci de su viaje a Portugal, Colón le confía sus negocios en el viaje que Vespucci hace a la corte porque ya los reyes a quien le tienen más confianza y favorecen, es al florentino. La reina Isabel ha muerto, Colón está tan enfermo, que no puede viajar a ver al rey Fernando y le escribe a su hijo diciéndole que pone toda su confianza y sus esperanzas en Américo Vespucci, un hombre de bien a quien los soberanos tienen que reconocer más de lo que le han reconocido.
De esta amistad entre Colón y Vespucci no quedaron sino testimonios de aprecio mutuo y sólo la suspicacia de los historiadores, que inventó más tarde una rivalidad que nunca existió.
Otro Camino. La Creación del Nuevo Mundo. Parto del principio de que la cosa no fue el 12 de octubre de 1492, sino el año de 1502, es decir, cuando Américo Vespucci llega al punto en que asume el mando de la nave portuguesa y definitivamente se da cuenta de que lo que han descubierto no es el Asia sino otro continente y que él propone se llame el Nuevo Mundo. Entonces se trata de ver cómo lo primero que se aprovecha del camino que abre Colón viene a ser para descubrir el continente inesperado. Como el viaje es portugués y la noticia parte de Florencia y se extiende de París a la hoya del Rhin, el cuento no tiene nada que ver con España ni los Reyes Católicos. Una de las consecuencias va a ser la publicación del viaje en Saint Dié, que es una aldea en el fondo de un valle del Rhin, en Lorena, que forma parte del imperio alemán. Como ahí nace el nombre de América, la publicación de la carta y del mapa constituyen la fe de bautismo del Nuevo Continente. En donde no figuran, como es normal y natural, ni Colón, ni la reina Isabel, ni Fernando, tres personajes totalmente extraños al viaje. Esto explica que brilla por su ausencia, en las miles de publicaciones del V Centenario, la fe de bautismo del continente.
Siguiendo la suerte de la carta de Vespucci, la bola que va rodando es una historia fascinante, porque donde quiera y se anuncia ocurre algo extraordinario que daría para una novelita. En Florencia al recibirse la carta, la señoría decreta iluminación general y en particular de la casa de los Vespucci que en cierto modo es la de Simonetta. Los dos tíos de Amerigo son dos personajes fabulosos. Guido Antonio, que es el que ordena todas las pinturas con que se inicia la Capilla Sixtina. He contado la vida en El Embajador. La del otro tío es más notable y está por escribir. Ese Georgio Antonio que fue amigo de Toscanelli, de Ficcino, de Lorenzo el Magnífico y de todos los humanistas, lo fue también de Reuchlin, padre del humanismo alemán y que sirvió de contacto para que la carta y los mapas de Amerigo circularan por el mundo alemán. De Florencia pasa la carta a París y el traductor es el arquitecto de Verona que construye el puente de Notre Dame, que es como una calle que une la isla donde está la catedral con la ciudad. Impresiona tanto la edición que hace el veronés de la carta de Vespucci en la Sorbona, que la lleva a Colonia un poeta desde donde se difunde por primera vez en el mundo alemán. Y el mismo es el poeta Ringmann, la lleva a Saint Dié, donde los canónigos que están editando como una gran novedad la geografía de Ptolomeo que acaba de descubrirse, suspenden por inútil esta publicación para hacer la de la carta de Vespucci como la noticia del siglo. Ellos proyectan y hacen la edición con el planisferio que por primera vez trae el nombre de América, y la imagen íntegra de las Américas desde Alaska hasta la Patagonia. Ringmann le consagra una oda a Vespucci e inventa el nombre que aparece en el prólogo y en el cuerpo mismo de América, sobre la tierra del Brasil. De ahí en adelante, empieza a reproducirse en toda Europa el nuevo nombre en mapas que van cambiando de forma hasta acertar con la que hoy tiene ya definitiva. De Saint Dié pasa la carta a Brujas, donde se produce el primer debate sobre el Nuevo Mundo que viene a llenar la ilusión de Erasmo y sus amigos
-Tomás Moro, Luis Vives, Peter Guilles- de una sociedad más cristiana, más piadosa, más honesta, sin propiedad privada en donde el hombre vive de acuerdo con la naturaleza, reviviendo los ideales de Platón. La carta de Vespucci viene a ser el anteproyecto de la Utopía de Tomás Moro. De tal manera impresiona la carta de Vespucci, que a partir de 1503 ya no se vuelve a publicar durante un siglo la carta de Colón a Luis Santangel y empieza a reproducirse en todas partes la de Vespucci ya no sólo en latín sino principalmente en lengua alemana. Se publica en todas las ciudades alemanas donde el invento de la imprenta empieza a florecer. De ahí pasa a Pilsen en el reino de Bohemia, donde se publica en checo, lengua eslava, que posiblemente sirve para que la carta llegue a Polonia, donde la conoce Copérnico. Copérnico entiende que ahí está la clave definitiva para apoyar en firme su sistema astronómico, y así lo dice en el primer capítulo de su libro Las Revoluciones, que llevaba 30 años de estar elaborando y que ahora confía al editor para hacerlo público.
Como ve, mi querido Juan Gustavo, desarrollando este cuento sale un libro completamente distinto de los que se publicaron en el centenario, que da el valor universal al caso americano.
Tercer camino. El tercer camino es el que orienta todo lo que estoy haciendo, y definitivamente he abandonado. Es "Europa en América". Consistiría en hacer un estudio de cada una de las naciones emigrantes que van llegando a América para hacer una Nueva España, una Nueva Inglaterra, una Nueva Portugal, una Nueva Suecia, una Nueva Escocia, una Nueva Irlanda, una Nueva Amsterdam... etc. En realidad, éste es el libro fundamental y el que me sirve para hacer las clases en los Andes. Imposible de hacer porque al escribir cualquier historia, le resulta a quien la haga más voluminosa que la Enciclopedia Británica. La primera sería la Nueva España. Es la más ignorada, la más complicada porque la tapa la obra oficial del Imperio, que en cierto modo es la negación de América y lo que habría que escribir sería el pordebajo de esa historia.
Como ve, mi querido Juan Gustavo, dictar es mucho más fácil que escribir y un tipo que dicta es un "dictador". Yo podría tener aquí a Graciela días enteros y haría cartas de 400 páginas. Más ahora en que leo con mucha dificultad y me divierto dictando porque no hay luz para leer. Esta carta la termino porque ella tiene que irse a almorzar. Usted se salva y si no serían 20 páginas. Hace tres días está aquí Fernando Botero. Para que se dé cuenta de la Colombia de hoy, no han salido dos líneas en el periódico, dando cuenta de que llegó. No pueden decirlo porque están protegiéndole la vida. Tal vez cuando se vaya se sabrá que estuvo. Pero esto le da la medida de los extremos a que hemos llegado, gracias a don Pablo Escobar a quien el cura García Herreros llamaba el "hermano Pablo".
Un abrazo y punto.
Germán
La carta más larga de mis últimos cuarenta años.
Santa Fe de Bogotá, 27 de septiembre de 1993
Mi querido Juan Gustavo:
El otro día, impensadamente, porque no había aviso especial, estábamos viendo televisión cuando de repente aparecimos usted y yo. Sensacional la entrevista. Pero al mismo tiempo con una coincidencia. Para su información de biógrafo, cumplo con la obligación de decirle que me estoy quedando totalmente ciego. Por esa razón tuve que renunciar a seguir de presidente de la Academia de Historia. La ocurrencia produce efectos inesperados. No siento en absoluto complejo de inferioridad. Hace ya más de un año que no escribo una línea, y todos los artículos estoy dictándolos, lo mismo que las cartas. No veo ni para firmar un cheque. Esto último ya es una gran ventaja. Al principio fue muy difícil lo de dictar, pues no lo había hecho antes ni siendo ministro, y estoy construido alérgicamente opuesto a esa manera de producir. No he podido hacer nada con la grabadora. Apenas me entiendo con Graciela, que está tomando mis apuntes. En cambio, dejo de leer mil cosas inútiles. Por la mañana vagamente me entero de los titulares. O bien Graciela, o mi hija o la enfermera me leen las noticias que selecciono, que generalmente son una escogencia por lo bajo. Creo que mientras menos se sepa de lo que está pasando, se vive más tranquilo y más feliz. Pero de otro lado, ya en mi calidad de persona acostumbrada a trabajar con las cosas viejas, saber que no puedo hacer uso de los documentos, y sí puedo trabajar con la imaginación, es lo que siempre había soñado.
He tenido que renunciar a la presidencia de la Academia de Historia porque es idiota dirigir un debate estando ciego y sordo. Con tres sentidos comete uno torpezas que no encuentran disculpa en los colegas, en cuya benevolencia no hay que confiar. Pero, para despedirme, voy a explicarle por qué al entrar a la cámara oscura seguiré especulando sobre la vida y los hechos de una cantidad de sujetos a quienes he conocido a lo largo de más de 60 años en forma muy limitada, por haber pagado mi ineludible tributo a la reverencia documental. Lo primero que voy a destacar es mi experiencia casi constante de los casos decisivos que han torcido el curso de la historia en que vamos siguiendo los hechos puntualmente, documento por documento. Cuando se llega al instante que va a cambiar las cosas, los archivos enmudecen. Esto me ha resultado casi una constante en la vida de todos los personajes que me han interesado. Colón regresa de su primer viaje feliz de haber llegado al Asia, después de cruzar el Atlántico como nadie lo habría hecho. Se embarca en Monte Cristi del Caribe, regresando con él sólo dos carabelas de las tres de la proeza. La Santa María, que era la capitana, se volvió añicos la noche de Navidad de 1492.
Yáñez Pinzón piloteaba La Pinta, y Colón, La Niña. Todo lo que llevaba del Asia para comprobar el viaje eran diez indios en pelota con un moquito de oro, única muestra de las fabulosas riquezas que seguían existiendo sólo en su imaginación. No se entendía con Yáñez Pinzón, que desde que llegó al Caribe se puso a navegar por su cuenta, como si no dependiera del Almirante. Desde que se embarcaron para regresar, hasta que llegaron al otro lado, no se cambiaron sino las palabras de orden en las maniobras de las dos naves. Iban como dos niños peleados que no se hablan. El mar estaba tranquilo como un lago y se tiraban a nadar de las naves como divirtiéndose en una playa. Al llegar a las Azores empezó a soplar un viento de tempestad estilo Caribe. Las dos naves se separaron y una hora después no volvieron a verse. Yáñez Pinzón pensó que Colón había naufragado, y lo mismo Colón de Yáñez Pinzón. Después de dos días de vomitar y revolcarse en la inmundicia, volvió la calma. Lo único bueno fue el lavado de la cubierta por las olas. Las velas y todo el aparejo quedaron hechos una miseria, y Colón se acercó a la Boca del Tajo para desembarcar en un puerto insignificante al norte de Lisboa, como escapado de un naufragio, para hacer su primer contacto con el Viejo Mundo. De los diez indios que embarcó en el Caribe para llevar de muestra, no llegaron sino nueve, pues el décimo se murió en el camino y lo tiraron a los tiburones. Eran diez asiáticos desnudos con un moquito de oro cada uno.
Taviani que, en su obra monumental sobre Colón, sigue paso a paso todos los detalles del regreso, da cuenta en cuatro líneas de lo que ocurrió en el desembarco. Estaba amarrada en el puertecillo una flamante nave portuguesa que hacía el servicio de vigilancia para que no desembarcara en el reino nadie escapando al control de su majestad. Al ver a estos desgraciados, no le daba licencia a Colón para desembarcar si no mostraban papeles que acreditaran quién era. Colón, altivo, con ese maldito orgullo que no le permitía inclinarse ante simples funcionarios, accedió a sacar las cartas del rey que lo acreditaban como Almirante del Mar Océano y Virrey de la Tierra Firme y las islas que iba a descubrir al otro lado del Atlántico, es decir: en el Asia. Como estaban tan en orden los documentos, el capitán de la nave le dio el visto bueno para que bajara con su tripulación agregándole que, como el rey estaba en las vecindades, iba a darle la noticia, pues le interesaría recibirlo.
¿Quién era el capitán de la nave portuguesa? ¡Santo cielo! Bartolomé Dias, que dos años antes, sosteniendo exactamente la teoría opuesta a la de Colón, había propuesto el viaje al Asia por el camino lógico de seguir la Costa del Africa hasta el Cabo de las Tormentas, doblarlo, y tomar el camino directo por el Océano Indico hacia la China y el Japón. Hizo el viaje Bartolomé Dias, dobló el Cabo de las Tormentas, al que le puso el nombre de Buena Esperanza, y quedó abierto el camino al Océano Indico, que vino a ser el camino de Portugal. Regresó con sus naves, que las trajo repletas de marfil blanco y negro (el negro, esclavos de Etiopía), oro de la Costa de Oro y muestra de las especias que ya anunciaban el nuevo camino que haría la riqueza de Portugal.
La curiosidad del historiador está en saber cómo se desarrollaría el diálogo entre ese Bartolomé Dias en el apogeo de su triunfo y el Almirante Colón, que sólo sostenía su título con una carabela en harapos y nueve indios en pelota. ¿Cómo buscaría Colón saciar su curiosidad tomándole noticias a Bartolomé Dias de su viaje? ¿Qué le preguntaría Dias a don Cristóbal, que estaba tan seguro de venir del Japón y de haber visto la China? No hay en los registros de este encuentro, ni en los que relatan en seguida los encuentros de Colón con el rey Don Juan, ninguna información que aclare estas cosas. Es como providencial que, por una tempestad en las Azores llegue precisamente Colón, no a Cádiz sino a Lisboa, y que las dos primeras personas que vea sean Bartolomé Dias, el descubridor de la otra ruta, y el rey Don Juan, que unos años antes le negó su ayuda para ser él quien patrocinara la travesía a través del Atlántico para llegar al mar del Japón.
De la entrevista con el rey, particularmente, nace toda la teoría política que servirá de base a Colón para pedirle al rey y al Papa la creación de los Imperios de España y Portugal al lado y lado del meridiano que debería trazar su Santidad. Colón en realidad tiene dos vidas. La del político y la del navegante. La del político tuvo consecuencias enormes, porque de su iniciativa, al pedir las bulas papales, nacen los dos imperios más grandes de la Europa del siglo XVI. Y como las entrevistas, que son el origen de esa actividad suya, quedan para uso exclusivo de la imaginación, el papel del ciego va a ser, por lo menos, tan grande como el del historiador de documentos en esa parte que es la del inicio de la vida americana. Este cuentecito, que no puedo hacer más corto, es apenas una muestra de decenas que muestran la importancia de los ciegos en el comienzo de la historia de América.
Como ve, mi querido Juan Gustavo, si un mero incidente da para una carta tan larga como ésta, tengo cantidades para escribir "En la taberna de la historia", la novela con que pienso inaugurar la larga serie de libros que voy a escribir en los próximos 20 años, ya como novelas, despidiéndome de la historia documental. Al mismo tiempo, resolví hacer con Planeta una combinación para empezar la serie de libros de Europa en América, que he venido consultando aquí con gente de Francia, Portugal, Inglaterra, Estados Unidos, etc., pensando, no en un proyecto con programa anticipado, sino que recoja lo que vaya consiguiéndose de libros sobre experiencias de europeos que se trasladan a América a hacer una vida nueva. Si uno le sigue la pista a un infeliz que cuida puercos en España y se embarca para América, a lo que salga, para convertirse en las estatuas de bronce que lo recuerdan como Belalcázar en Quito, Popayán, Pasto, Cali o Bogotá, se da cuenta de cómo se va forjando un hombre americano sobre una raíz europea. La idea consiste en tener un comité internacional que vaya seleccionando libros a lo que caiga, ya sea encomendándoselos a gente que simpatice con el proyecto, aprovechando trabajos publicados como, por ejemplo, uno precioso sobre la emigración de los suecos a Estados Unidos, de donde salió una película hace unos 20 años que fue sensacional. Creo que sería una buena manera de empezar de nuevo a hacer la historia de América. Y uno de los tipos para encabezar la cosa sería Juan Gustavo Cobo. En la carta que le he escrito a la agregada cultural de Francia, que se apasionó por el proyecto, encontrará la explicación del plan. Ella me pidió que le diera por escrito el cuento, porque cree que se podría interesar una buena editorial francesa que tomara conjuntamente con Planeta el plan. Entre los autores que discutimos estaba Daniel Mesa, que ha hecho un estudio, el más completo hasta hoy, de la venida de los judíos a Colombia. Pensaba hablar con él en esta semana sobre el proyecto y se me murió hace dos días, cuando menos se esperaba. Lo que necesito, por lo pronto, es su reacción frente al proyecto en términos generales. Tengo unas conversaciones en estos días, entre otros con Leonel Giraldo, que ha entrado a formar parte de Planeta. De todo le iré informando. Pero a usted se le pueden ocurrir muchas cosas, y lo que necesito es su reacción inmediata.
Le he escrito esta carta a trancazos, entre ayer y hoy, y, ayer, de pura casualidad, me llegó su última carta con el recorte del periódico argentino que me va a leer ahora Graciela. Le acompaño la copia de la carta a la consejera de Francia. Escríbame como yo voy a hacerlo. Esta carta no es sino una amenaza. A Paloma, un collar de recuerdos, lo mismo a Griselda.
Abrazos.
Germán
