Dos Recuerdos Argentinos
En 1950, para recordar el primer centenario de la muerte del general San Martín, me pidió Gainza Paz, director de La Prensa de Buenos Aires, una colaboración para un número extraordinario recordatorio del fundador de la república. Expresé entonces la admiración que siempre he tenido por la grandeza del héroe en lo que tiene de más auténtico y singular: su desprendimiento. Era de todos los argentinos el más señalado para ser su primer presidente. Pero comprendió que el destino del libertador como militar terminaba con la última batalla. Su deber era poner a sus soldados al servicio del ciudadano elegido para ejercer el poder civil democráticamente. Prefirió retirarse de la escena argentina e ir a pasar el resto de su vida en un lugar campestre en Europa, a ocupar la silla presidencial. Yo encontraba y encuentro en esta grandeza un ejemplo digno de ser presentado en un catecismo en las escuelas militares. Hay que ver sobre el terreno lo que fue la marcha para escalar los Andes y caer sobre Chile para dar la batalla de Chacabuco y seguir luego a rematar con la de Maipú su liberación y avanzar luego a iniciar la independencia del Perú, porque todo eso era necesario para que la Argentina quedara para siempre gobernada por los propios argentinos. Tenía de la independencia un concepto radical y definitivo. Había peleado por ella para los mismos españoles contra los invasores franceses y ganado su ascenso militar, por este motivo, en Bailén.
Escribí todo esto con tal fervor, que indignó a los peronistas. Presentaron un proyecto de ley de desagravio a la memoria de San Martín que incluía la clausura de La Prensa. Si no se aprobó en todo su rigor, sí fue el primer campanazo y poco tiempo después, el periódico fue confiscado con la alevosía que todos recuerdan. O que deberían recordar. Por lo que a mí toca, cuando pude volver a Buenos Aires, 30 años después, caído ya Perón, celebraba en Córdoba en una conferencia el retorno a la libertad y la reaparición del periódico, devuelto a sus dueños legítimos. El día de mi regreso a Buenos Aires salió a despedirme al aeropuerto un grupo de amigos que más que todo recordaban mi libro Entre la Libertad y el Miedo, artículo de contrabando que apenas iba a circular libremente ahora que Perón había caído.
Partí para Buenos Aires y el aeropuerto quedó vacío. Empezó el avión a sobrevolar la cordillera y no habían pasado cinco minutos, cuando hizo un giro cerrado y regresó a su base. Era una cuestión técnica y tendríamos una demora de una hora. El aeropuerto estaba desierto y poco a poco llegaron pasajeros para vuelos locales. Una señora vino a sentarse a unos pocos pasos de distancia, frente de donde yo estaba. Me miraba con una impertinencia, que no me hizo gracia. Finalmente, se puso de pies, avanzó, me tendió la mano y me dijo: "Señor Arciniegas, quiero estrechar su mano. Hace unos meses, con mi marido, salimos a unas cortas vacaciones a Chile. En Santiago compramos un ejemplar de Entre la Libertad y el Miedo. Algunas estudiantes lo traían descuadernándolo y colocándoselo como un cinturón interior, y así lo conocieron unos pocos. Nosotros simplemente arrancamos las tapas y les pusimos unas de Los Tres Mosqueteros, así entramos con unos tres mosqueteros falsos a Córdoba. Mi hijo comenzó a leerlo y resolvió organizar lecturas nocturnas con los estudiantes de su clase. Cada noche leía un capítulo. Irían por la mitad del libro, cuando una mañana anunció la radio: 'Ha caído el tirano'. No se imagina usted el entusiasmo indescriptible. Mi hijo organizó a los estudiantes en manifestación. Salieron a la calle, llevando él a la cabeza el pabellón argentino. Le salieron al encuentro los soldados. Dispararon. Hubo unos cuantos muertos. El primero, mi hijo. Murió con el grito en la boca...".
El grito era libertad, libertad, libertad. La señora hizo una pequeña pausa, se repuso y en tono muy afirmativo dijo: "Tengo un gran orgullo de él. Y quería agradecerle a usted, señor Arciniegas, las enseñanzas que leyó en su libro". Me estrechó nuevamente la mano, me besó en la frente y lentamente se alejó segura y tranquila. Yo quedé sembrado y confuso. El grito a que ella se refería está en el himno argentino:
"Oíd, mortales, el grito sagrado
libertad, libertad, libertad".
El Tiempo, jueves 1 de marzo de 1994, p. 5A.
