El Estudiante de la Mesa Redonda
Un domingo en Londres habíamos bajado a la casa del cónsul Alejandro López, I.C., y nos preparábamos a salir de paseo como muchas veces lo hacíamos. Las visitas a Windsor, a Hampton Court, a Cambridge, a Greenwich, a un centenar de pequeños lugares, de lagos, tabernas, castillos, que evocan cuanto conocemos de leyendas, historias o estancias poéticas, es un descanso que recompensa todo el trabajo de la semana. Ya estábamos para salir, cuando bajó tembloroso y asustado, el cocinero chino que trabajaba en la casa del cónsul. Un susto en la cara de un chino es dos veces susto. En este caso, algo mucho más de las dos veces. El cónsul y Lucía, su mujer, adivinaron. Casi no dejaron que hablara el chino. El cónsul alcanzó a decir: "Ga..." ¿Y el chino? Gabliel... como un resorte se levantaron y lo siguieron.
Desde antes de llegar, ya el fuerte olor del gas llenaba el corredor. El chino se había adelantado a cerrar la llavecilla del gas abierta Dios sabe cuánto tiempo hacía. Gabriel, tendido en el suelo y con la boca pegada al tubo de escape, estaba ya con el cuerpo endurecido. Se abrieron las ventanas y la puerta para dar lugar a que se ventilara la pieza. El olor del veneno era insoportable. Sobre una mesa vecina al aparato del gas, Gabriel había dejado un cuaderno donde escribió un largo poema, imposible de reproducir. Era una porquería. Como si hubiera vivido su último día nadando en una cloaca.
El cónsul en realidad esperaba este desenlace. Que se demoró porque, a última hora, Gabriel, a quien se le habían acabado todos los intereses en la vida, descubrió una cosa nueva que despertó su curiosidad y le abrió un horizonte inesperado. El no tenía ninguna noticia de Beethoven. Y lo descubrió. Compró toda la música de Beethoven, cosa de diez discos. Las sinfonías y los conciertos. Y se encerró a escucharlos hasta el último compás. Cuando los terminó íntegramente, se le terminó Beethoven. Ahí sí se le acabó la vida. Y acabado Beethoven, se mató. Ya lo sabía todo.
Alejandro López resolvía todos los problemas de su vida en una forma, y que Dios me perdone, parecida. Para él la cuestión era trabajar. Ya había ido a Londres como secretario. Después me hicieron vicecónsul. Y el doctor López lo único que deploraba del día domingo era que lo obligaran a cerrar el consulado. Llegaba a la oficina, y cuando se terminaba la rutina de firmar facturas y expedir pasaportes y controlar los consulados de toda Europa, que era lo que correspondía al consulado central de Londres, tomaba el suplemento financiero del Times y, al ver un artículo largo, lo estudiaba y hacía un resumen de cuatro o cinco páginas para mandarlo como ensayo al Ministerio de Bogotá. En esa forma se mantenía el prestigio de aquel hombre estudioso que dominaba las cuestiones económicas desde la capital financiera del mundo.
Mi papel como vicecónsul era muy secundario. Tenía un jefe ejecutivo infatigable que se amparaba detrás de la pantalla del Financial Times. Y entonces busqué una compensación intelectual, pensando en un antiguo proyecto que había propuesto a los que escribían en Bogotá. Escribir el relato de lo que había sido el papel de los estudiantes en las revueltas del mundo, preparando las revoluciones a partir de la Sorbona de París por allá en el siglo XVIII. Este es el origen del Estudiante de la Mesa Redonda. El descanso de un secretario en las jornadas del trabajo esclavo en la secretaría de un consulado.
Alejandro López tenía un olfato natural para ver dónde estaba la trampa que hacían los cónsules en Europa. Había una cantidad que tenía montado su propio negocio, vendiendo facturas consulares al precio que se les antojaba y estableciendo con sus tarifas negocio, como si fuera una prebenda ganada por servicios políticos en Colombia. El cónsul, certero, trataba de reducirlos al orden y se le insubordinaban, como si cada consulado fuera de la propiedad de quien lo organizaba como su mismo negocio. Ahí sí no había teoría científica ni cuestión universitaria de por medio, y Alejandro López era el terror, un poco solitario, porque no siempre Bogotá le prestaba su ayuda. Fue ahí donde se animó el trabajo consular y la rutina dejó de serlo. Que si así fuera todo, ni yo escribo el Estudiante, ni habría llegado a ser escritor.
El Tiempo, jueves 21 de septiembre de 1995, p. 5A.
