El Mar
El Windsor, que era en Bogotá nuestro café situado en la calle 13, esquina de la séptima, frente a la puerta de los correos, a las 5 de la tarde estaba en su punto. Los cafés no eran abiertos, entraba uno empujando una puerta de vaivén y se demoraba unos instantes para poder localizar la mesa libre en medio del pesado humo que envolvía la atmósfera. En una mesa de la esquina del norte, contra la carrera séptima, tenía su peña Gregorio Castañeda Aragón, llegado de pocos meses de Santa Marta. Venía con su cuaderno Rincones en el Mar con visiones de la vida marinera que, en ese extremo del Caribe, trae pegada a los acordeones cosas de la vida de Curazao y Jamaica, para nosotros tan exóticas como novelas del Báltico o de Escocia. Gregorio, a diferencia de los otros costeños, hablaba despacio y confidencialmente. Por esa punta, el Windsor nos resultaba como una taberna de Cherburgo o de Amsterdam. La luz que venía de la Calle Real se nos antojaba que eran reflejos de un faro. Cuando Gregorio salía del Windsor, nos parecía que caminaba como marinero. Estábamos embrujados con su libro y sus historias.
En una mesa del centro tenía su peña León de Greiff. Lo acompañaban, habitualmente, Rendón, Luis Tejada, Jaramillo Arango y antioqueños que habían sido del grupo de los Panidas o que pasaban por Bogotá. León respondió a Gregorio con la Balada del Mar no Visto. El tenía en la memoria los recuerdos de los vikingos con que mecieron la cuna sus progenitores. Las historias de San Brandano.
El archipiélago maravilloso en donde hay unas islas pobladas de pájaros blancos, otros en donde trabajaban los genios que manejan constantemente las fraguas en donde se funden campanas fabulosas, otras en donde los árboles nacen en la mañana y al mediodía alcanzan su mayor desarrollo. León oponía al mar real de Gregorio uno fantástico con todos sus olores de yodos y de algas. Y así como Gregorio sacaba del bolsillo caracolitos y conchas de nácar y caparazones mínimos de tortuguitas de carey, León precisaba, en el mar que no había visto, ensenadas, llevaba en su imaginación teorías de mares orientales como no los conocía Simbad, ni el más famoso de los navegantes.
Yo entraba al café con Carlos Pellicer, otro que no vino a conocer el mar sino ya hacia los 20 de su vida porque había, como nosotros, nacido en las alturas de México y vio el Caribe ya para viajar a Colombia cuando lo deslumbró, y escribió su primer libro Colores en el Mar. Lo traía fresco cuando llegó a Bogotá. Era el relato de su propio deslumbramiento. Los que nos encontrábamos en el Windsor éramos todos unos aprendices que vinimos a conocer el mar después de los 20 años y tuvimos por maestros a Castañeda Aragón, marino viejo, y a Carlos Pellicer, recién iniciado. Cuando yo conocí en Barranquilla el mar, me sentí obligado a ponerle un telegrama a Pellicer: "He visto el mar". Recuerdo que, desde antes de llegar a Puerto Colombia, tuve la sensación de que cambiaba el aire, de que se ensanchaba el cielo, de que todo en torno mío se hacía distinto. Cuando alcancé a divisar el agua azul, la orilla de arena, sentí algo así como lo que Rodrigo Triana debió experimentar cuando creyó ver la tierra.
Cuando Otto de Greiff llegó a Buenaventura en las mismas circunstancias y vio por primera vez el Pacífico me puso un telegrama: "Thalassa. Vital Aza". Este último era un escritor humorista español en boga en aquella época. El conocimiento del mar era para nosotros como entrar en una vida nueva. El presidente Suárez llegó a la primera magistratura sin haber conocido el mar. Al año hizo su primera visita a Cartagena, se desnudó, se puso un traje de baño y bajó a la playa. Se metió al mar, y cuando tenía el agua ya hasta las rodillas, llegó la ola, lo golpeó y le llegó la salpicadura casi hasta el cuello. Se salió discretamente, la huella del pie fue quedando en la arena, pero el agua la borró casi en seguida, no quedando para la historia. Con todo, la república entera se conmovió con este primer baño marítimo de su presidente. Muchos otros antes, como el señor Caro, murieron sin haber visto el mar.
Las nuevas generaciones que viajan hoy a Barranquilla, Cartagena o Buenaventura, con sólo sacar un pasaje en Avianca, no pueden imaginar la emoción de mi generación y de las anteriores cuando tuvimos ese motor del mar como un estímulo que nos llevó a las cosas más increíbles. Yo todavía recuerdo la impresión que me hizo la primera película en donde vi moverse el mar contra las rocas, rompiéndose salvaje como sólo lo había leído en libros que no alcanzaron a darme la imagen total de ese fenómeno. La película primera de mar que aquí llegó fue Las rocas de Kador y su horrible crimen. Gonzalo Mejía movilizó a toda Antioquia y daba la sensación de que si no le caminaban a su proyecto de carretera al mar, Antioquia se separaba con el solo eslogan de carretera al mar.
