Entre la Libertad y el Miedo
El libro Entre la Libertad y el Miedo, que por primera vez se publica en Colombia por Editorial Planeta, después de muchas ediciones hechas en México, Chile y Buenos Aires, tuvo una vida sobre la cual podría escribir toda una biografía.
Fue escrito tal como aparece en el título de la obra. Quienes viven hoy, sin haber conocido la época que nosotros vivimos, no alcanzan a darse cuenta de lo que fueron los despotismos de entonces. La columna que hoy escribo en El Tiempo, durante muchos meses no pudo aparecer con mi firma. Siendo el de Colombia el más blando de todos los gobiernos dictatoriales de la época, mi nombre no podía publicarse en Bogotá. Tuvimos que recurrir a un seudónimo. Yo le propuse a García-Peña este seudónimo: "S. de Monteclaro". A Roberto o le pareció que el chiste no funcionaría, o se lo prohibió la censura. Entonces la totalidad del material del periódico pasaba por los ojos de un censor que revisaba hasta el texto de los avisos económicos. Roberto, por su cuenta y riesgo, me "seudonimizó 'Ariel' ". Durante un largo tiempo fui "Ariel".
Casos semejantes, algunos dramáticos, ocurrieron en muchas partes. El libro fue prohibido en la mayor parte de los países de nuestra América. La primera edición fue editada en México por el Fondo de Cultura Económica. La cubierta se diseñó siguiendo las mismas líneas onduladas de Cuadernos Americanos. En cosa de diez países el libro lo detuvieron en las aduanas y, en algunos casos, todas las ediciones que llevaran ese diseño. Así resulté perjudicando la edición de Cuadernos, de carambola. En la Argentina los estudiantes que iban a Chile compraban el libro en la edición chilena, y las muchachas lo volvían cuadernillos que, a manera de corsé, se lo ponían en la cintura. De esta manera yo pasaba de Chile a la Argentina por la cordillera como parte del vestido interior de las universitarias. En el Perú el libro se leía por capítulos en emisoras clandestinas de los apristas. Será difícil para el lector de hoy entender estas cosas. Lo que en el libro aparece se lee hoy en seminarios internacionales de libre circulación. Creo que han bajado las talanqueras tal vez en todas partes, con excepción de Cuba. El caso de Colombia ayuda a entender por qué viví tantos años en Estados Unidos, donde fijé mi residencia finalmente en Montclair.
Cuando después de 13 años de estar fuera de Colombia regresé, al desembarcar en El dorado el jefe del aeropuerto estuvo muy cortés conmigo. Todo había cambiado radicalmente. Me hicieron seguir a la sala del jefe, que me atendió como un huésped ilustre. Nos sentamos en su despacho y, excediéndose en sus atenciones, me dijo: "Profesor: usted tendrá muy mala idea de mí, pero voy a quitársela porque no sabe lo que sucedió. Le habrán dicho que yo quemé sus libros, y eso no es cierto. Sí recibí la orden del general Rojas Pinilla para quemar los paquetes que traían sus libros y estaban en la bodega. Pero usted comprende que quemar un paquete de libros, eso no prende. Sin hacer caso de la orden yo los tiré por el Salto del Tequendama".
El funcionario estaba muy orgulloso para conmigo de haber incumplido la orden del general Rojas Pinilla. Le di mis agradecimientos, y por fortuna llegó pronto el automóvil que iba a llevarme a la ciudad.
El libro circulaba clandestinamente, entrando a pesar de estos trabajos, sin llegar nunca a las librerías. Los vendedores ambulantes lo ofrecían y lo llevaban debajo de la ruana. Algunas personas que viajaban de Chile lograban introducirlo. Esto, que pasaba en Colombia, se repetía tal vez en la mayoría de los países de nuestra América. Vivíamos de acuerdo con el título del libro. Lo escribí en Nueva York y guardo los mejores recuerdos de las facilidades que tuve para escribirlo y para informarme, de lo cual quedó lo que podía ser como un archivo, que entregué íntegro a la biblioteca de la calle 42. Allá sí teníamos las facilidades que no se encontraban tal vez en ningún lugar de nuestra América.
Por el Seminario de Tanenbaum, en Columbia University, desfilaron en aquellos años decenas de novelistas, profesores, poetas que escapaban a Nueva York. Nos reuníamos los jueves. Una tarde tuvimos en nuestro seminario cuatro presidentes fugitivos. Muchas veces me acompañaron, entre ellos Eduardo Santos de Colombia y el general Isaías Medina, de Venezuela. No quiere esto decir que no tuviera algún riesgo escribir desde Nueva York. Jesús de Galíndez, que trabajaba conmigo y ayudaba a Tanenbaum, escribió su tesis de doctorado sobre Trujillo, el famoso déspota de Santo Domingo, que se las arregló para secuestrarlo en pleno corazón de Nueva York. Lo prendieron, se lo llevaron a Ciudad Trujillo y fue sometido a increíbles torturas. Le hicieron comer el libro que publicó sobre el dictador, físicamente. Y mientras estaba haciendo la digestión del mamotreto lo llevaron al borde de unas rocas sobre la bahía y lo arrojaron al mar donde, destrozado, cayó en aguas infestadas por los tiburones.
El Tiempo, jueves 14 de marzo de 1996, p. 5A.
