Alfonso Reyes
En una punta de la inmensa sala de dos pisos tenía su escritorio don Alfonso. Los dos pisos estaban divididos por un corredor circular. Las paredes eran de libros. Don Alfonso entornaba los ojos, sonreía, y empezaban a salir de los volúmenes Agamenón, Diomedes y cuantos personajes vagamente conocemos nosotros y para él eran familiares. De Helena lo sabía todo. No era sólo la crónica de las batallas sino las menudas ocurrencias y picardías de la vida diaria. De cómo un mexicano pudo enterarse tanto, y llegar a tanta familiaridad con los héroes de la Ilíada, parece un abuso literario. Don Alfonso en la cima de Tenochtitlán y abajo, el mar Caribe -de bucaneros y piratas- andaba en coloquios con Agamenón y Diomedes con la misma naturalidad de Homero a orillas del mar Egeo en los tiempos de La Ilíada.
Podría pensarse que lo de don Alfonso sería un atrevimiento literario, el más audaz que pueda cometer un mexicano. Para ser exactos, en cuanto él entornaba los ojos, iban saliendo de sus libros y tomando cuerpo los fantasmas para entrar en coloquio con el mexicano con la mayor naturalidad que pueda uno imaginar.¿Cómo explicarse que este travieso ingenio del laberinto azteca pudiera en el Golfo de México hacer amistad con los héroes de La Ilíada? ¿Cómo llegó a conocer los encantos de Helena? En todo esto no hay ningún misterio. Se sabe por la verídica tradición de la Atlántida que ésta nació cuando el jardín de las Hespérides. Congréganse los Atlantes en el Templo de Neptuno. Los que van llegando cuentan cataclismos de la tierra de donde vienen. Mientras están hablando, un terremoto hunde el templo, y la imagen de Neptuno es destruida por un rayo. A lo lejos se oye el clamor de las Hespérides. Convirtiendo en armas los árboles y las columnas del atrio, acometen a Hércules, con quien sostienen rudo combate.Trasladados ya al Caribe, de Neptuno para abajo, los dioses griegos con todas sus trampas, astucias y enredos humanos quedan contagiados de la sustancia americana. La aventura de don Alfonso le da ciudadanía americana lo mismo a Agamenón y a Diomedes que a Helena. Su gracia convierte el virreinato en un virreinato de alfeñique. Sor Juana se sale de los suelos y entra de lleno al teatro del cazador de sonrisas sin perder la profundidad de sus sueños.Don Alfonso escribe la octava partida que se le olvidó al sabio castellano. Su aventura es la más arriesgada de nuestras letras, y por eso, todos a una proclamaban su candidatura como la ideal para que se le diera el Premio Nobel. Fue entonces la grande ilusión de nuestra América. Sólo él nunca pensó en eso. Su placer estaba en conversar con los personajes que salían de sus anaqueles a platicar en veladas de regocijo devolviéndole la vida a imágenes que parecían destruidas por el tiempo.Si don Alfonso le devolvió a nuestra América el derecho de familiarizarse hasta con los del Olimpo griego, como los griegos se habían tomado la libertad de jugar en el Caribe la creación y destrucción de la Atlántida, su lección es una de las aventuras ejemplares de las letras de nuestra América que él desenvolvía como si no hiciera otra cosa que moverse sonriente por entre llamas.El México de entonces se presentaba en el mundo a través de las memorias de Pancho Villa. Los mariachis llenaban con sus cornetas y guitarrones los ámbitos, no sólo de América, sino de Europa. No eran solamente los frescos de Orozco y Diego Rivera sino los infernales de David Siqueiros los que se salían de los muros de México para llenar las revistas de arte de América y Europa.En medio de esta estruendosa presentación surgía don Alfonso como un cazador de sonrisas. Había una fineza que quedó como una nueva lección tranquila e inesperada. Todavía está por difundirse entre nosotros esa fineza de su arte que quedó como una enseñanza al margen de la revolución mexicana.Recuerdo la reacción de Alfred Knopf en Nueva York, cuando publicó la Visión de Anáhuac. Esta pequeña joya quedaba fuera de los programas editoriales de esa que era, y sigue siendo, una casa de primera línea entre las grandes de Estados Unidos.Yo trabajaba entonces con ellos, y cuando se publicó la Visión de Anáhuac me dijo Alfred, que era como una especie de emperador y fue fundador de la casa: "Lanzo el libro que no va a ser, ni con mucho, un éxito comercial. Es una joya que se va a editar por el prestigio de la casa: quiero darme este lujo y que quede como un modelo en los Estados Unidos".
