Historia y Novela
 

He leído con emoción el saludo que la Academia de Historia me envía y que me recuerda la noche en que me recibió como numerario, hace exactamente 50 años. Fue una aventura. Lo que leí esa noche se salía de la rutina, y recuerdo la información de El Siglo, que era una cápsula venenosa con toda la insidia de que eran capaces los de la academia Caro: "Historiador habemus". Las páginas que leí al tomar posesión de la silla se apartaban del rigor tradicional. Pensaba entonces, como he seguido pensando que, para reconstruir el pasado, los papeles del archivo llegan hasta un punto en que, si la imaginación no interviene, la imagen de lo que fue queda sin vida. Acababa de publicar mi libro sobre los comuneros. Sin una sola referencia documental. Había trabajado tres años en un archivo que estaba virgen en la Biblioteca Nacional.

Había documentos doblados en cuatro y cosidos de tal forma que no habían podido leerse. Para escribir mi libro lo hice aprovechando esa documentación que estaba muerta, intacta, al punto de haberla hecho de imposible lectura. Y en todo el texto de mi libro, ni una sola referencia al documento. Tenía el capricho de presentar el relato desprovisto del aparato en que me apoyaba. Claro que ponía en peligro la verosimilitud del relato. Más tarde tuve que hacer otro libro complementario aunque el primero fue leído con benevolencia. Pero cuando me recibieron en la Academia no faltó el comentario insidioso. Lo que sostuve y lo sostengo, y lo que he visto cuantas veces me he acercado a escarbar en el pasado de nuestra América, me ha indicado que llega un momento en que los papeles dejan de hablar.

Ya no queda rastro escrito de qué pasó después de la llegada del conquistador, o cuándo salió el General con su gente de Santa Fe para Ayacucho y anduvo por valles y por páramos, con una tropa que iban siguiendo las mujeres, y llegaba a los pueblos, y no quedaba gallina viva, y sacrificaban el ganado, y se entraba a los combates, no a pelear sino a vencer, con una disciplina que nos les daba la Escuela de los militares, sino una gana de salir de los chapetones, despertada más por la magia de los discursos que por la táctica militar, que, en nuestro caso, se inventaba. De eso no queda huella en los partes de secretaría.

Cada vez que yo salía de trabajar en el archivo y tomaba el camino de mi casa, a medida que caminaba, imaginaba. Y al escribir el libro, aprovechaba tanto más lo que imaginaba que lo que había leído. Esa noche en la Academia, lo confesé todo. Hice el elogio de la historia como novela. Cuando al salir en el automóvil con Eduardo Santos, quien me había recibido, encontré que estaba regocijado porque habíamos producido un choque que hacía falta al Instituto. Recibí su aprobación. Era cuanto yo podía esperar.

Lo que siempre me he preguntado es hasta dónde puede recrearse el pasado de un pueblo sobre el documento escrito, cuando quienes lo han modelado, lo han dirigido, lo han poblado, han trabajado el campo, son analfabetos que, cuanto tienen en último caso de extrema necesidad que firmar un documento, hacen una cruz. Hay mil hechos en la vida de un pueblo que no dejan huella en el papel. Ciudades que nacen, que mudan de sitio, que mueren, que renacen, aventureros que arrastran muchedumbres, dan batallas, instalan campamentos, fundan pueblos, sin haber conocido el alfabeto. Libros de historia en que no aparece en doscientas páginas ni la sombra de una mujer. Me preguntaba yo: ¿sería esa nación sólo de hombres? ¿Lloverían los hijos del cielo? Porque en las historias oficiales, mientras no aparece el General o el Arzobispo, hasta el día en que no llega la figura oficial, no empieza a escribirse el libro.

Decir estas cosas en una sociedad tan culta como la que me había recibido esa noche, no dejaba de ser una aventura. El doctor Santos me había respaldado siempre con un cariño paternal y al comentar en el automóvil alegremente la posesión, quedé tranquilo.

Para ser exacto, cuando pienso en el pasado de Antioquia, me sirve más la Marquesa de Yolombó de Tomás Carrasquilla que la historia de Julio César García que se enseñaba en el Liceo.

En los 50 años de vida académica he encontrado un apoyo cordial. He sido presidente muchos de ellos. He visto en las páginas del boletín estudios que tal vez hubieran ruborizado a los fundadores. Hubo largos años en que el historiador no quedaba tranquilo hasta no haber disecado la materia histórica con fechas y papeles que le quitaran el calor, el color y la vida. Creo que eso ya pasó. Si en algo contribuí, debo regocijarme. Todavía me horroriza  pensar que puedan momificarse los episodios más dolorosos o felices de una Colombia que surgió en medio de luchas y heroísmos de vívida epopeya, como se mete una flor entre un libro pensando que disecada conserva todo su perfume y su encanto.

 

El Tiempo, 1º de agosto de 1996.

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