Itinerario de la Emoción Colombiana
 

Nueva York, 10 de mayo. A las seis de la mañana repica el teléfono. Es un amigo que me llama de Miami para decirme: "Acabamos de hablar con Bogotá. Cayó Rojas Pinilla. ¡Viva Colombia libre!".

A las ocho de la noche mi departamento está atestado. Estudiantes de Colombia, amigos de Cuba y Venezuela, el grupo de los argentinos. A medianoche, cantábamos el himno colombiano. A un mexicano se le hacía un nudo de pena en la garganta:

"Me avergüenza -dijo- no saber cantar el himno de Colombia".

En la mañana le dirigí un telegrama a Eduardo Santos, a París, con el primer verso del himno colombiano: "¡Oh gloria inmarcesible!". Media hora más tarde recibía su respuesta, con el segundo verso de la misma canción: "¡Oh júbilo inmortal!".

13 de mayo. Las primeras cartas de Colombia. Me escribe mi hermana: "A las cinco de la mañana comenzaron las llamadas por teléfono. Los niños saltaron de la cama, se vistieron de carrera y fueron a despertar a los vecinos, pero ya todo el mundo estaba en pie. Salimos en el automóvil y nos metimos en el río humano. A la seis de la mañana ya era una fiesta universal, un carnaval. Todos los automóviles en la calle haciendo con las bocinas un ruido glorioso infernal. A mediodía la manifestación iba desde la avenida de Chile (calle 72) hasta la Plaza de Bolívar (calle 10), llenando completamente en todo el trayecto dos avenidas. Jamás hemos visto nada semejante".

Buenos Aires, 23 de mayo. He llegado y los amigos me cuentan cómo la caída del dictador colombiano se convirtió en una fiesta argentina. En Buenos Aires hay mil estudiantes de Colombia que se echaron a la calle. Se les juntaron los compañeros argentinos, venezolanos, peruanos, chilenos. Al pie de la Pirámide de Mayo levantaron tribuna. Esa noche se iluminó y embanderó el Palacio del Ayuntamiento. Las embajadas de Colombia y Venezuela pidieron protección a la policía. Los estudiantes se limitaron a desfilar cantando los himnos de sus patrias. En La Plata se declaró día de fiesta en la Universidad y en las escuelas.

26 de mayo. Ha venido a verme un mecánico argentino, del Rosario, que estuvo en Colombia hace dos años, y dejó una amiga en Bogotá. Ella le viene informando de todo en una serie de cartas que bastarían para hacer la crónica de los sucesos vista por una persona común. El mecánico me deja dos de esas cartas. Estas líneas pertenecen a una del 9 de mayo: "Como el padre Velásquez iba a pronunciar su sermón en la Porciúncula fuimos allá, a la misa de once. La iglesia estaba atestada, y lo mismo la calle. Había varios miles de estudiantes que se dieron cita. Cuando el padre dijo: '¡Maldito sea el tirano que hace infeliz a Colombia! ¡Malditos los que con la injusticia esclavizan a nuestro pueblo!', todo el mundo agitó al aire los pañuelos. Luego vino el momento de la elevación y en coro hubo diez mil voces que entonaron el himno de Colombia. La policía arrojó entonces, dentro del templo, bombas de gases lacrimógenos. La gente tuvo que salir en fuga, atacada por estos gases que producían un efecto terrible en los ojos y en la garganta. Creció la confusión porque con mangueras de apagar incendio echaba la policía chorros de agua teñida con anilina roja. Cuando salí, vi a los estudiantes haciendo barricadas con los automóviles para entorpecer la marcha de los policías. Se trababan verdaderos combates en que los muchachos sólo disponían de sus puños y de sus piernas para correr y los otros los perseguían con sus bolillos. Vi caer a un muchacho sobre quien se fueron los policías para reventarlo a patadas. Un grupo de compañeros corrió a salvarlo, y más muerto que vivo lo sacaron bajo una lluvia de bastonazos...".

 

La resistencia civil

Para justificar su dictadura, como jefe de las fuerzas armadas, Rojas Pinilla había dicho: "Si permito el libre juego de los partidos políticos, Colombia volverá a la guerra civil." Era una invención. Cuarenta años vivió Colombia con plena libertad y en esos cuarenta años hubo menos muertos que en un mes del "orden" de la dictadura. Pero había que quitarles hasta la apariencia de la verosimilitud a las palabras del déspota. El líder del liberalismo, Alberto Lleras, salió un día para España, se entrevistó con el jefe de los conservadores, Laureano Gómez, que estaba desterrado en España, y firmaron un pacto de unión nacional, comprometiéndose a deponer toda querella para lanzar un candidato único a la presidencia. Regresó Lleras con el pacto, lo apoyó todo el país y se acordó la candidatura del conservador Guillermo León Valencia.

Todo gesto del apoyo a Valencia se declaró subversivo por el Gobierno. Se fijó el alcance del material clandestino, único en que podían los partidos hacer circular sus informaciones. Tres años de prisión y diez mil pesos de multa eran el castigo para quien hiciera circular las hojas mimeografiadas. El decreto vio la luz en los diarios en la mañana, y al mediodía las señoras de Bogotá repartían en el centro de la ciudad las hojas prohibidas, a vista y presencia de la policía. A unas cuantas, entre ellas a la señora de Alberto Lleras, se las llevó a la cárcel. Era demasiado, y el dictador ordenó en seguida su libertad. La señora de Lleras se negó a salir. "No salgo -dijo- hasta que ustedes no me den explicaciones de por qué me han detenido y venga mi marido a sacarme de acá". La policía quedaba desarmada y humillada.

Guillermo León Valencia fue a Popayán -su propia casa- y como el Gobierno no permitiera la reunión de sus partidarios que querían proclamarlo, lo hicieron en el palacio del Arzobispo. Luego, el candidato fue a Cali, y allí su casa se vio cercada de tropas -tanques, artillería, infantería-, se le notificó orden de no seguir a Bogotá y regresar a Popayán: "Regreso a Popayán -les dijo- muerto o amarrado: ahora mi camino es Bogotá". Lo único que tenía en su bolsillo era una pistola con seis cartuchos. "Estos seis cartuchos bastan para un caso de honor", dijo Valencia. El Arzobispo le ofreció asilo en el palacio. Aprovechó su automóvil Valencia para pasar por en medio de las tropas e ir a decirle: "Mil gracias, Su Ilustrísima: no acepto su asilo y vuelvo a mi casa, pero le ruego recibir mi confesión como fiel católico". Valencia se confesó, recibió la comunión y volvió a su casa. Dos sacerdotes lo acompañaron. Cali parecía un campamento en vísperas de una batalla. La batalla a un gobierno armado por los Estados Unidos, representado en esa ciudad por el oficial que había capitaneado las tropas colombianas en Corea, contra un solo hombre.

¿Contra un solo hombre? No. Contra todo hombre civil. Los estudiantes se echaron a la calle. De Cali corrió la voz a toda Colombia. No quedó mozo en ninguna escuela. Se cerró el comercio. En todo el país se cegaron las vitrinas de las tiendas clavándoles tablas. Se convino desde Bogotá en cerrar los bancos. Ya nadie pudo en todo el país retirar de su cuenta un centavo. Amenazó el Gobierno con que reclutaría para el ejército a los empleados bancarios y abriría con la tropa y el pueblo las oficinas. No aparecieron los empleados y cuando militarmente se ocupó el Banco de Bogotá no se pudieron abrir las arcas triclaves. Se paralizó la industria. Ni una fábrica, ni un taller. Los gerentes dijeron a los obreros: "Váyanse para sus casas, que seguirán ganando sus salarios como si vinieran al trabajo. Ahora, quienes vamos a salir a la calle seremos nosotros". Pero quienes llevaban en la república la voz de su Marsellesa eran los estudiantes. Dos de ellos fueron fusilados en Bogotá en el momento en que de sus gargantas salían las estrofas del himno nacional.

Y cayó la dictadura. Reconozcámosle la gloria al joven director del liberalismo colombiano, a Alberto Lleras, de haber descubierto un sistema que le permitió a un pueblo inerme derrotar a un grande ejército, y restaurar la vida civil en un país sin que hubiera corrido la sangre hasta las rodillas. Si en Colombia se hubiera acudido a otra forma de lucha, decenas de miles de muertos cubrirían su suelo ensangrentado. A Rojas Pinilla -que visto ahora en traje de civil es un pobre diablo- se lo colocó al centro de un círculo de silencio. Y huyó espantado, como si le hubiera salido al encuentro su propia conciencia.

 

Cuadernos, París, Nº 26, septiembre - octubre 1957, pp. 27-29.

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