La Habana de Batista
Mi última visita a La Habana creo que fue cuando Batista, a una de las conferencias que teníamos en la época de Miss Grant. Era La Habana entonces la ciudad más alegre y atractiva de Caribe -la dictadura no alcanzaba a quitarle sus encantos- y para los americanos del Norte un San Remo, o Cannes para los europeos. El casino, la playa, la música y el sol. Miami resultaba aburrido y sin atractivos y, jugar a la ruleta en el tapete verde del Hotel Nacional unos pocos dólares, un pecadillo que hacía feliz a cualquier campesino de Texas o tendero de Brooklyn, porque el sol en las playas de La Habana, único, cambiaba la rutina de las vacaciones en el norte.
Tiempos de la rumba y, como todos participaban en ese baño de abundancia que traían los dólares, La Habana, hasta en el último suburbio, era una caja de música. Todos vestían bien, dormían bien, bailaban bien, y se oía cantar hasta la madrugada.
Nuestra asamblea, política. Yo, huésped de Raúl Roa, entonces humanista y crítico del comunismo, que participaba en la junta de Miss Grant, como Salvador Allende, venido de Chile, y Rómulo Betancourt, de Caracas, y Figueres, de Costa Rica, y Schlesinguer, de Estados Unidos, que luego fue secretario de Kennedy.
Ya contados los particulares de esta reunión en su famoso libro Los Mil Días, recuerdo que, cuando me preparaba para ir a La Habana, alguien prudente me dijo: "No vaya: mire lo que dice el periódico". Que estaba pogramado asesinar al jefe de la policía en el restaurante Tropicana, durante la reunión de Miss Grant. Me reí de la información y me fui para La Habana. De acuerdo con el programa publicado, a los tres días de haber llegado, asesinaron en el restaurante al jefe de policía. Los cubanos son así: extrovertidos. Y desenvueltos. Batista, sabiendo de qué trataba el Congreso, ofreció en palacio una recepción en honor de los delegados.
La dictadura era deshonesta, Batista subió del modesto taquígrafo y teniente de policía a ser uno de los hombres ricos del Caribe y era sinvergüenza. Sabía muy bien que nuestro Congreso condenaba las impudicias. Pero organizó la recepción y nosotros fuimos por cortesía. Yo llegué con mucho retardo cuando ya todos estaban reunidos. Me acompañaba el ministro de Colombia Gutiérrez Lee. Era amigo personal de Batista. El dictador estaba en el salón pero alcanzó a ver que subíamos la escalera y se adelantó a recibirnos en la entrada. Cuando estuvimos frente a él, se acercó a Gutiérrez Lee y le puso el índice en el ombligo diciéndole: "¿Este pelao sinvergüenza qué viene a hacer aquí?". Y le dio un fuerte abrazo y luego se volvió a mí para que el Ministro me presentara formalmente.
Ya en el salón, dimos dos o tres vueltas y salimos a la terraza para echar un vistazo a la plaza. Al fondo, se veían dos torres gemelas al comienzo de una avenida. Luego supe que la una era un edificio que pertenecía a Batista y la otra, el correspondiente, a su mujer... Cosas de la lotería.
La corrupción, un alegre capítulo de la administración pública y lo que peleaba entonces la oposición, el establecimiento de la contraloría para establecer la fiscalización de los gastos. El jefe de partido de oposición, Chibás, elocuente como es normal en cualquier cubano, pronunció un último discurso por la televisión que todavía se recuerda. Después de una ardiente perorata, para despedirse, teniendo en la mesita en que apoyaba el vaso de agua unos papeles de apuntes y una pistola, dijo dos o tres frases. Tomó la pistola y se la disparó en la sien. Veinte mil personas lo vieron morir en directo...
Yo salía de la reunión del Congreso con don Fernando Ortiz a almorzar a un restaurante de los que él conocía. Es el Caribe, en la geografía gastronómica de América, el que tiene platos más ricos y famosos. Y don Fernando sabía de cocina tanto como de música. Por él conocí los cangrejos moros, que me enseñó en toda la riqueza de sus entrañas, que son un estuche, el más sabroso de lo que puede ofrecerse en un cascarón sacado del fondo del mar. Pero lo hermoso en esta Habana antigua es que la cocina popular la gozaban lo mismo los pobres que los ricos. El pobre pobre no existía. En el restaurante el camarero le contestaba al parroquiano que le hacía preguntas en nuestro idioma, en inglés. Lo hacía con una picardía deliciosa como para que se enterara todo el mundo del arma que estaba usando para subir en la escala de valores. Todo fundado en la economía de la abundancia que reglamentaba las relaciones sociales.
El Diario de la Marina era uno de los más antiguos de América. Conservador. Bohemia, la revista de Quevedo, una revista liberal famosa en toda América. Circulaban los periódicos de Estados Unidos, Argentina, Europa y toda América. Cuando Jaime Torres Bodet asumió la dirección de la UNESCO decidió crear para el Nuevo Mundo una agencia especial. ¿El lugar cuál sería? La Habana.
