La Sala Samper
 

La casa de don Chepe Samper ocupaba casi un cuarto de manzana en la esquina de la carrera 5ª y la calle 13. Sobre el costado de la calle, quedaba el solar. Don Chepe ordenó construir una sala de conferencias que consagró a la memoria de don Santiago Samper. Era espléndida, con una capacidad para unas 300 personas, y la primera que en Bogotá se inauguraba para estrenar este aspecto de la vida cultural.

La revista Cultura la dirigía Luis López de Mesa. Y su animador inmediato era el menor de los cuatro Santos Montejo periodistas de aquella generación, Gustavo. Los otros tres figuraban, Eduardo en El Tiempo, Hernando en la cátedra, y Enrique en La Linterna de Tunja. Completaban el grupo Jiménez López, Raimundo Rivas, Calixto Torres. Una generación viajada por Europa, que formaría el grupo del centenario. Las conferencias de Cultura se publicaron en la revista de este nombre y fueron el golpe de gracia de la Sala Samper.

Hablo de ocho a diez conferencias que tuvieron lugar hacia 1920. Parece increíble hoy que quienes asistieron a ese evento se acuerden de los títulos de sus conferencias, de sus autores y hasta de los textos mismos, como si hubiera ocurrido en estos días. Cuando se habla de la generación del centenario, se piensa en la Constituyente de 1910, en la fundación de El Tiempo, en la venida de El Espectador a Bogotá; pero quienes fuimos testigos de cómo surgió ese grupo de escritores que orientó en una forma distinta el pensamiento colombiano podríamos afirmar que todo empezó en la Sala Samper en esas conferencias. Eran leídas. Se equivocan los que piensan, por los títulos, que pudieran ser charlas improvisadas.

La mayor parte se publicaron en la revista Cultura, nombre que quedó incorporado desde entonces en las nuevas costumbres de la vida intelectual. El punto de arranque podía estar en la publicación de Ariel de Rodó. Para nosotros era el paso de la generación guerrera de los generales de la guerra civil que aparecían retratados en las cajetillas de cigarrillos de la "Legitimidad", con sus barbas de pelea que les llegaban al pecho y unos bigotes de Napoleón III, sin faltar el quepis, que daba a los cigarrillos un olor a pólvora. Todo eso quedaba como la imagen que ponía en fuga los jóvenes llegados de Europa cuidadosamente afeitados, como salidos de otro planeta.

En la Sala Samper oímos a García Ortiz imponiendo una nueva imagen con el carácter del General Santander y a Raimundo Rivas refrescando la figura de Nariño y volviendo a la escena bogotana la dramática lucha de su mujer en los días de su prisión en Bogotá. Don Tomás Rueda Vargas recreó la vida de la Sabana de Bogotá y López de Mesa presentó una nueva teoría de cómo se ha formado la nación colombiana y acostumbró a escrudiñar el pensamiento americano con esa lucidez justificada que enloquecía a los bogotanos cuando reducía a apólogos grecolatinos los problemas nacionales.

En la Sala Santiago Samper nació la Asamblea de Estudiantes. Ahí pronunciaron sus primeros discursos Gabriel Turbay, Camacho Carreño, Eliseo Arango, Guillermo Londoño Mejía, Hernando de la Calle, Nicolás Llinás, los muchachos de toda Colombia que habrían de producir lo que llamábamos entonces revoluciones, es decir todo lo contrario de lo que habían sido las del siglo XIX.

Grandes agitaciones de ideas, fundaciones de revistas, academias de poesía desobediente, disidencias políticas, escuelas de economía, periódicos y sociedades literarias. Del Salón Samper bajamos los universitarios a la Sala del Conservatorio de Música, foyer del Teatro Colón, al salón de grados de la Escuela del Derecho, al de la Biblioteca Nacional, multiplicando las tribunas y llevando la agitación de Bogotá a los departamentos.

Lo que no siempre se ve es ese punto de arranque de donde parte la iniciativa. Cuando se convierte el solar de "lengua de vaca", de arboloco y de papayuela en la Sala Samper y pasa a ser lo que era el solar de la casa la sala de conferencias.

Se sigue hablando de los lanudos y los orejones de Santa Fe sin registrar cómo van formándose los núcleos que llevan a todo el país la nueva revolución sin barbas y fusiles.

 

El Tiempo, jueves 29 de diciembre de 1994, p. 5A.

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