Memorias de la Segunda Guerra Mundial
El pangermanismo de la primera guerra había dejado preparada la opinión para la segunda. El nazismo repugnaba por sus fórmulas totalitarias y puede decirse que el caso en Colombia, como el de toda la América Latina, en materia de opinión popular, estaba resuelto en favor de los aliados en cualquier plebiscito. Se veía con desconfianza el avance de Hitler en todos los frentes europeos y empezaba a tenerse una información cada vez más alarmante de las violencias nazistas.
Otra cosa era la estimación por la colonia alemana y su comercio, apreciados por su seriedad y la calidad superior de los productos. La ferretería, la óptica habían ganado un terreno que ninguna otra marca extranjera podía disputarles. Además, a los alemanes debíamos reconocerles que fueron pioneros en la aviación suramericana, con la Scadta, una empresa que se adelantó en Colombia, en servicios de pasajeros, de carga, de fotografía aérea, posiblemente en el mundo entero, fundando una compañía que era el ejemplo para las demás naciones. Tan exacto es esto, que los aviadores de la Scadta pasaron a ser pilotos famosos, una vez disuelta la empresa, en la segunda guerra mundial.
Tan apegados estábamos de la calidad del alemán como ser humano, que podría vincularse a la civilización colombiana, que López de Mesa, en una de sus famosas Utopías, llegó a pensar en formar grupos de inmigrantes alemanes en una diagonal que iría desde La Guajira hasta Tumaco, pensando que, con el desarrollo del país, había que atenuar el movimiento migratorio del occidente colombiano, saturado de elemento negroide, corriéndose hacia el oriente, cargado éste de población indígena. En un estudio confidencial, decía él que unas colonias de alemanes, establecidas en una diagonal que fuera como una talanquera humana, podría servir de parachoque en esta oleada de los dos costados del país. Era uno de esos sueños del maestro, que manejaba las ideas más extravagantes, pero que en el fondo da la medida de hasta qué punto había una especie de superestimación en el valor del elemento alemán.
Lo que sí tuvo más resonancia fue la aparición del fenómeno fascista y quien despertó entusiasmo, en ciertos grupos políticos, fue Mussolini. El aspecto teatral del Duce, que arrastraba las muchedumbres italianas, tuvo seguidores de derecha y de izquierda que quisieron introducir en Colombia métodos fascistas. Los que iban a Roma y veían sus apariciones en el balcón de la Plaza de Venecia no resistían la tentación de repetir el espectáculo en Manizales, en Pereira o en Bogotá. Alzate Avendaño hacía los discursos mussolinescos y Jorge Eliécer Gaitán llenó el liberalismo de fórmulas y gestos copiados directamente del modelo romano.
Caso Scadta
Fueron éstos los puntos débiles en la ideología que sirvió de base a la política de Colombia durante la Segunda Guerra. Al entrar los americanos en la guerra, empezó a funcionar en la lista negra para castigar las empresas que apoyaran a los alemanes. En la lista quedó incluido El Siglo de Bogotá. Era un golpe mortal que el gobierno mismo deploraba, porque no podía ver con buenos ojos que se acabara el periódico de la oposición. Se le negaron al periódico los despachos de papel, pero Eduardo Santos ordenó que El Tiempo le cediera todo el que había pedido. No era ciertamente El Siglo un periódico germanófilo. Laureano había pronunciado una conferencia apocalíptica -era su lenguaje habitual- sobre el Führer, recogida luego en El Cuadrilátero, que podría presentar como certificado de buena conducta. Para los americanos no resultaba creíble porque, en la casa de El Siglo, mantenía sus oficinas la Academia Caro, tertulia de fanáticos de camisas negras, integrada por Alvaro Gómez, Guillermo Camacho Montoya, Fandiño Silva, Plata Bermúdez y cuantos más que publicaba la Revista Colombiana y hacían las más temerarias demostraciones con una agresividad en que se jugaban la vida como locos.
Una mañana recibí una llamada, siendo ministro de Educación, de Palacio. El presidente Eduardo Santos me llamaba para mostrarme unos documentos. Al llegar a Palacio me enseñó una serie de fotografías tomadas de una sesión nocturna de la logia nazista que sostenía secretamente el Colegio Alemán. Los estudiantes eran iniciados y prestaban el juramento de fidelidad nazista. La documentación era concluyente, y le pregunté al Presidente: "¿Qué podemos hacer?". "Nada más sencillo -me respondió-. Usted debe cerrar el colegio esta misma tarde".
El colegio Alemán era muy estimado por quienes tenían hijos que recibían allí una educación distinguida. Se lustraban los zapatos, se peinaban, se limpiaban las uñas, se abotonaban el saco, estaban puntuales en sus clases. Daba gusto reconocer la disciplina como la urbanidad de sus modales. Al día siguiente hubo que reacomodar toda la población del colegio en los que la recibieron de acuerdo con el Ministerio. Le tocó al presidente Santos resolver en la misma forma citaciones más difíciles. En primer término, lo de la Scadta (Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos). Fue esta compañía una escuela, en algunas cosas la más avanzada del mundo para su tiempo, que introdujo todos los adelantos de transporte en carga y pasajeros en un terreno de las mayores dificultades para una aviación que se estrenaba en una geografía endemoniada. En Colombia se formaron pilotos que resultaron notabilísimos cuando se liquidó la compañía y fueron a prestar servicio en su patria durante la guerra. La Scadta transportaba primero en hidroaviones, que acuatizaban en el Magdalena, y luego en los de tipo ordinario que aterrizaban en los potreros, pasajeros y correo y luego, poco a poco, fueron movilizando carga de toda especie. Para los campamentos de las nacientes perforaciones de petróleo, llevaban todo el material y eran además hospitales aéreos que transportaban las medicinas y a los enfermos. Llegó un momento en que en Colombia se prestaban por el aire todos los servicios que luego han sido corrientes en Europa y en Estados Unidos. Entonces eran una novedad colombiana. Colombo-alemana.
Cuando sobrevino la guerra con el Perú, el presidente Olaya Herrera tuvo una idea genial: la única forma de hacerla, por parte de Colombia, era con la aviación. Tal vez fue la primera guerra aérea. Se llevó la tropa, el armamento, y se sostuvo el frente con los pilotos alemanes que encontraron el entrenamiento necesario para lucirse luego en la guerra europea. Lo que Colombia no sospechaba era que la escuela quedaba incluida dentro de un vasto plan que incorporaría a Sur América dentro de una guerra que fuera realmente mundial, según la concepción del Führer. La aviación de Bolivia fue otro experimento alemán. En la Argentina y Chile, todo lo tenía penetrado la técnica alemana.
El sueño nazista era el de una plataforma aérea que dominara todos los altiplanos de los Andes para llegar al Canal de Panamá. La Scadta sería básica dentro de esta concepción: tenían fotografiado al milímetro todo el contorno del canal con los elementos más avanzados de fotografía aérea. Al entrar Colombia en la guerra, el presidente Santos en un día terminó la Scadta, canceló la totalidad de los pilotos alemanes, los reemplazó dentro de la nueva compañía -Avianca- por pilotos colombianos y lo que era el lunes vuelos alemanes, pasó a ser el martes vuelos colombianos. No he conocido una decisión más rápida, más limpia y más eficaz en la administración colombiana. No hubo tiempo para una propuesta, para una reacción, para nada.
Injusticia con Latinoamérica
Creo que cuando se hizo el balance final de la guerra y el plan Marshall se proyectó para reconstruir el mundo, comenzando por reedificar ciudades enteras de los países causantes del conflicto y creando estados como el de Israel, se cometió un olvido grave al marginar a la América del Sur y dejarla fuera de todo proyecto restaurador. Es cierto que fue muy pequeña la contribución en tropas, en ejércitos suramericanos en los frentes europeos. Unos cuantos batallones de brasileños no alcanzaron a desempeñar un papel visible. Pero basta pensar en no haberse prestado al juego de Hitler sirviéndole, por ejemplo, con una plataforma aérea. Basta pensar -el solo imaginarlo horroriza- que hubiera servido para asestarle un golpe al Canal de Panamá. Lo que ocurría en Colombia se vio en el resto de América.
Yo estaba en Buenos Aires cuando López de Mesa, como ministro de Eduardo Santos, fue a inaugurar la estatua de Santander que se erigió entonces en Buenos Aires. En la visita al presidente Castillo, éste le dijo: "Mi querido canciller: sobre esto no debemos equivocarnos. Esta guerra la van a ganar los alemanes y sería una inmensa equivocación apuntarnos al que va a perder". Castillo había subido a la presidencia por la enfermedad del presidente Ortiz. Pronto vio que las cosas no eran como él pensaba. Berta Singerman enloqueció al pueblo de Buenos Aires recitando en el teatro La Marsellesa. La victoria de los aliados hizo esa noche vibrar hasta las piedras a un Buenos Aires que era el revés de lo que pensaba el presidente Castillo.
El plan Marshall, como proyecto para un nuevo orden mundial, correspondía a la idea que se ha formado el mundo del papel que se le ha asignado a Estados Unidos como restaurador universal, que acepta el papel de una responsabilidad indirecta de los descalabros que otros han cometido. La carga que se echaron encima los americanos, empezando por reconstruir las naciones causantes de la guerra, es un caso que todavía vemos con asombro. Lo que resulta inexplicable es que en el plan general no se hubiera incluido nuestra América, que iba a ser la defensa de la democracia en los años futuros. La responsabilidad histórica de los estadistas latinoamericanos está en no haber precisado el papel que estaba llamada a desempeñar nuestra América como un nuevo mundo que nació para ser el de la esperanza de los perseguidos, por quienes, en la Segunda Guerra, estuvieron representados por nazistas y fascistas.
Si en Colombia recluimos en Fusagasugá y en Villeta a los alemanes, japoneses e italianos en quienes vimos posibles agentes del nazismo y el fascismo y de la causa que podía representar un peligro para las instituciones democráticas, y con esto contribuimos a destruir una posible arma que trajera a Sur América el morbo hitleriano, hemos debido valorar esta contribución al hacer el balance de la victoria, al menos para tomar conciencia de nuestra propia actitud. Para darle el sentido que tuvo a la creación de Avianca. Que pudo quedar convertida en una simple filial de la Panamerican y que, por la vigilante intervención del gobierno de Santos, tomó el carácter tan colombiano que ha tenido hasta hoy. Pero, fuera de esa ganancia, ni Colombia, ni la América Latina participaron un una proporción justa del plan mundial de la liquidación de la guerra.
El Tiempo, "Lecturas Dominicales", Santa Fe de Bogotá,
30 de abril de 1995, pp. 10-11.
