Mi España
 

Cualquiera imagina hasta dónde puede emocionar esta clase de homenajes póstumos. Sobre todo y particularmente éste, porque muchos pensarán que se trata de una reconciliación, por esa leyenda que se ha hecho alrededor de lo que significa mi vida frente a la cultura hispánica. Y se me pinta un poco como un individuo que se ha especializado en presentar una especie de contrapunto con España, desde la América que se independizó en 1824. Lo fundamental está en que se presenta a la cultura hispánica en una forma que no corresponde a la realidad.

Todo el homenaje organizado por la Embajada de España en Colombia puede aparecer como una especie de puente tendido para recibir a un hijo pródigo. No crean ustedes que la cosa es así. Yo creo que una de las funciones de la nueva generación está en repasar la idea que se tiene de la cultura hispánica. Cuando fui la primera vez a España, tuve una sensación extraña y me sorprendió encontrar en una misma cuadra una catedral, una mezquita y una sinagoga, que eran el testimonio de cómo en España, mejor que en ninguna otra parte de Europa, había ocurrido durante un largo período histórico un caso de convivencia fraternal entre naciones que habían tenido una historia hostil entre ellas. Basta ver que el mapa de España lo formaban unos califatos que iban desde cerca del Mar Cantábrico hasta el Mediterráneo. Duraron siete siglos en mover la frontera para hacer la reconquista española, hasta que corrieron a los moros y los sacaron, los acorralaron en Granada.

No es que se hubiera presentado una guerra de siete siglos, posible en Europa, porque en Europa se daban guerras de cien años, de treinta años. Eso no ha ocurrido jamás en América. Y naturalmente no fueron siete siglos continuos de pelea. Eran siete siglos de frontera, de un lado estaban las moriscas, que son lindas, tienen un aspecto encantador. Bastaba que se empinaran los mozos, de dieciocho y veinte años, para que las vieran y se establecía una relación humana, amorosa, con todas sus consecuencias. De manera que son siete siglos de consecuencias, de rozamiento, de acercamiento humano que lo mismo aparece en el arte, en todo lo que concierne a lo que se llama la cultura hispánica.

 

Lo árabe y lo judío

Quiten ustedes la contribución árabe a la cultura hispánica y se quedan las casas sin alero, se quedan las salas sin alfombra, se quedan los jardines sin aljibes. Eso cambia totalmente. Uno llega a Granada, llega a Córdoba, llega a Cádiz y lo que ve en todas partes es, por ejemplo, el agua libre. Se salta de la Roma pagana que construyó el acueducto de Segovia, aquellos acueductos monumentales, de arquerías fabulosas, a las albercas de los moros. Porque cristianamente el agua es muy pecaminosa. Eso de meter el cuerpo desnudo en el agua -¡Dios mío!- es muy peligroso. En cambio, el árabe pone a saltar el agua. Son esos jardines del Generalife, es esa manera maravillosa de que el agua se mueva, de que la goce la gente, de que la toque, de que toque el cuerpo, todo eso que ocurre como una especie de contribución a la cultura hispánica. Mira uno el techo de las iglesias y encuentra esos artesonados que son obra de esa carpintería geométrica en donde está la mano de obra de los árabes.

Quiten ustedes la contribución de los judíos, y se queda España sin medicina, se queda sin remedios, se queda la casa real sin quién le lleve las cuentas. Los cristianos eran una cosa maravillosa, pero no sabían sumar, no sabían multiplicar, no sabían restar... no sabían aritmética. Eso lo manejaban los rabinos. Echan a los judíos, y tenían que seguir trabajando con los conversos. La ciencia era algo que estaba en manos de los judíos y llegó un momento en que España tenía un control de las ciencias realmente sorprendente. El día en que van a buscar la ciencia griega, tienen que ir a las bibliotecas de los rabinos.

 

Lo reaccionario

De modo que esa supuesta cultura hispánica reaccionaria, de parrilla para asar herejes, de vela verde y San Benito, era una manifestación de grupos reaccionarios, pero no era la cultura hispánica. Yo, como todos los de mi generación, como todos los hispanoamericanos, aprendí a leer en libros españoles. Y no nos formamos ninguna idea de tipo reaccionario que nos animara a quemar enemigos o a echarlos fuera del país o a no recibirlos. De modo que la idea de que la cultura hispánica tenía que ser de San Benito y vela verde no corresponde a la realidad hispánica. No quiere decir que la cultura hispánica sea cerrando puertas, puede ser abriendo ventanas.

Yo, de estudiante, dejaba de comer, sobre todo las golosinas -lo que le daban a uno en la casa para entretenimiento y para recreación-, lo gastaba en comprar libros de la Revista de Occidente. Y la Revista de Occidente tenía la Biblioteca Universal, que era unos tomitos pequeñitos, la verdadera biblioteca de bolsillo, en donde estaban agrupados la literatura rusa, la literatura escandinava, la literatura italiana, todos los libros que desaconsejaba el padre Ruano, los libros prohibidos que uno no debía leer, eso no era cultura hispánica. Era realmente la anticultura hispánica escrita en español.

 

El falseamiento

De modo que cuando a uno le dicen que está en contra de la cultura hispánica porque no es fanático y reaccionario, lo que están es falseando a la cultura hispánica. Y yo creo que una de las misiones de esta generación consiste en desarraigar esa idea de que la cultura hispánica es reaccionaria. Así pensamos todos los de mi generación.

Lago Carballo ha hecho aquí una cita muy buena de los que orientaban a los universitarios en mi tiempo, Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas, Vasconcelos, una serie de maestros que nos abrían los ojos para ir formando una especie de conciencia latinoamericana, cordial y generosa. Yo no he entendido a España sino como la entiende el embajador Angulo Barturen, quien ha promovido esta reunión: una España abierta, una España que no cierra puertas, sino que abre ventanas. ¿Con qué objeto se quitó del estrecho de Gibraltar el letrero que decía non plus ultra para que no pudieran seguir al mar tenebroso? Pues para ensanchar los límites de la cultura hispánica; es que a uno no lo admiten en la cultura hispánica, sino que ella avanza. Es que la cultura hispánica deja de estar encerrada como querían los europeos, que decían "el Africa comienza en los Pirineos" y lo que hacían era que acorralaban a España y llevaban a Europa hasta los Pirineos y de los Pirineos para abajo era el Africa. Pues no, ni Africa empezaba en los Pirineos, ni terminaba en el estrecho de Gibraltar. No, en realidad el viaje de Colón lo que hizo fue abrir las puertas para que avanzara y se derramara la cultura hispánica, de manera que nosotros lo que hacemos es contribuir hasta donde podemos en ese avance.

No presumo de ser un maestro, por eso le agradezco infinitamente a Conrado Zuluaga la pintura que ha hecho de la obra mía. Cualquiera dice "pues, éste es un genio". No se preocupen, no doy para tanto. Lo que trato de ver es hasta qué punto somos capaces de corresponder a la esperanza que pusieron los emigrantes que se vinieron de Europa, porque Europa les quedaba estrecha. Eso sí, Europa en 1500 empezó ya a ser definitivamente insoportable para los que se estaban muriendo de hambre o estaban sufriendo el fanatismo que disminuía la capacidad vivible del continente, el Viejo Continente.

 

El testigo

Eso lo estaban viendo desde la época de Platón, cuando él inventó la Atlántida, era porque en Atenas ya no se podía vivir. Tan mal le iba a Platón, que estuvo como esclavo del tirano de Siracusa, en Sicilia. Para liberar a los cristianos que caían cautivos de los moros, hubo muchas batallas. Los liberados se embarcaban con Colón para venir a fundar un nuevo mundo. Pero cuando se funda una nueva Granada, una nueva España, una nueva Andalucía, se funda no para ser la misma Granada o la misma España o la misma Castilla, sino algo nuevo, más abierto.

Estamos hoy, al cabo de quinientos años. Y quinientos años no son una bicoca. Pues no. Yo voy a vivir cien años: es la quinta parte. Es decir, soy un testigo de la quinta parte de la vida del nuevo mundo. De manera que el valor de mi obra es únicamente ése: que me ha tocado ver más. No tengo capacidad excepcional ni inteligencia extraordinaria. No, no. Veo simplemente lo que alcanza a distinguir un tipo que ha vivido el tiempo suficiente para darse cuenta de cómo llegó un español como Balboa, que venía de estar durmiendo posiblemente en el suelo, en un cuero, en España; y tuvo que entrar como paje, es decir un matón al servicio de un señor. Y llega a Santo Domingo de puro desgraciado; se mete de contrabando en la expedición de Enciso, se esconde en un barril con el perro. ¡Lo más incómodo! Y cuando está lejos de la orilla, sale con el perro y eso les cae divinamente a los otros tripulantes, la trampa que había hecho Balboa. Cuando arriban a la costa, Santa María de Antigua, era ya el héroe. Empieza el perro a hacerse amigo de los indios y entonces los perros tienen ya una nueva posición en el mapa humano. Los valores populares empiezan a formar parte de la nueva cultura americana y la cultura hispánica comienza a derramarse en el continente americano y naturalmente a crecer.

 

La nueva cultura

Nosotros somos parte de esa nueva cultura: somos los que vienen a llenar los huecos que quedaron cuando echaron a los árabes y a los judíos. A los siete colores de España se suman los siete colores de América; y del surtido de colores de esa paleta, va resultando una cultura hispánica de mucha más riqueza, de mucho más colorido, en que nosotros somos también autores y actores.

Yo, como estudiante, contribuyo a ello. No sé de los cuadernos que he escrito, de los libros que he publicado, no sé qué quede. Quedarán dos o tres páginas de las que ha leído Lago Carballo, las que conoce Conrado Zuluaga y las que han reunido Conrado y Cobo Borda. Le agradezco definitivamente a la Fundación Santillana de Bogotá que me celebre este acto, aunque ha podido esperar al año 2001, que es cuando se cumplen los quinientos años de América, porque eso sí me hubiera gustado. Estoy tratando de no morirme todavía. Y aunque asista a los homenajes póstumos como éste, me gustaría mucho estar presente en un homenaje parecido en el año 2001. Bueno sí, yo espero pues que, con Belisario Betancur y con todos ustedes... Ustedes tienen muchas más posibilidades de estar vivos para entonces. Yo, si de mí depende, con seguridad estaré. Y en ese caso, los espero.

¡Vamos a ver si somos capaces de llegar! Ojalá tengamos el mismo embajador, porque este embajador sí es capaz de volver a hacer esta reunión. Y naturalmente yo soy muy capaz, aunque no los vea, de asistir. Y, con un vaso de naranjada, capaz de celebrar y darles las gracias, como lo hago ahora. Muchas gracias.

 

El Tiempo, "Lecturas Dominicales", julio 2 de 1995, pp. 2-3.

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